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La rebelión del “guetto” de Varsovia (abril-mayo 1943)

La decisión de concentrar a los judíos en barrios separados, tras el estallido de la SGM, surgió a partir de unas directrices elaboradas por Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de Seguridad, concretizándose en octubre de 1939. En esa fecha se establecieron varias docenas de “ghettos” en las regiones polacas anexionadas al Reich, y en las que habían pasado a formar el llamado “Gobierno General”. Dado que los judíos estaban muy apegados a sus tradiciones, costumbres y religión, disponiendo incluso de una lengua propia, el “yiddish “, se habían integrado muy poco en la sociedad polaca que, tal vez por ello, no mostró demasiada emoción ni criticó al establecimiento de estos barrios de residencia obligada para sus con-nacionales hebreos.

Varsovia era el principal polo de atracción de los judíos de Polonia, por lo que en agosto de 1939 allí vivían alrededor de 380.567, lo que representaba el 29,1 por 100 de la población. Justo un año después, en agosto de 1940, las autoridades de ocupación segmentaron la ciudad en tres zonas: alemana, polaca y judía. A finales de noviembre se radicalizó esta postura, obligando a los judíos que aún permanecían en otros lugares, a trasladarse a unos distritos determinados, que, en su conjunto, ocupaban una tercera parte de la región de Varsovia, que se extiende a lo largo de la orilla izquierda del Vístula, lo que hizo que 180.000 judíos y polacos se viesen en la necesidad de cambiar de residencia. Algunos días después, este ghetto fue aislado del resto de la ciudad mediante muros y alambradas.
El ghetto disponía de 1.500 edificios y de catorce puertas de acceso controladas por la Policía alemana. Constaba de dos partes (los llamados ghetto grande y pequeño), separados por una calle por la que circulaba el tranvía, y que los judíos sólo podían cruzar por unos pasos elevados. Tras el inicio de la campaña de Rusia, en septiembre de 1941, las condiciones de vida empeoraron, siendo desalojados los ocupantes del ghetto pequeño y concentrándose a todo el mundo en el grande. El hacinamiento, el hambre y las epidemias no tardaron en causar estragos. En el interior del ghetto existía un Consejo Judío (Judenrat), que dirigía la vida de los hebreos, sus habitantes, y que controlaba una pequeña fuerza de policía propia (Ordnungdienst). La vida política era muy intensa. Predominaba el Bund, organización socialista-sionista de amplia implantación entre los judíos de expresión yiddish, pero existían también varios grupos sionistas extremistas, socialdemócratas, comunistas, etc. Todos ellos trataban de animar el espíritu de resistencia de sus correligionarios, a la vez que, los de carácter no sionista, mantenían contactos con otros partidos y movimientos afines polacos. Buena parte de los grupos citados se federó en un denominado Bloque Antifascista, y la mayoría acabó integrándose en el clandestino Consejo Nacional Judío.

LA DEPORTACIÓN

Los alemanes tenían el proyecto de trasladar cuanto más al Este mejor (así estarían muy lejos del Reich) a todos los judíos sometidos a su arbitrio, una vez abandonada, por razones de fuerza mayor, la idea de conducirlos hasta la isla —entonces posesión francesa— de Madagascar. Los de las regiones polacas anexionadas y los del Gobierno General figuraban entre los primeros a deportar. Esta política también había sido decidida por Heydrich. Pero antes de que pudiera llevarla a cabo fue víctima de un atentado, perpetrado por dos judíos checos al servicio de los ingleses, en Praga. Ese hecho debió afianzar a los dirigentes alemanes en su idea de que era peligroso tener a los judíos cerca, por lo que aceleraron el plan de deportación que, en memoria de Heydrich, fue bautizado como Aktion Reinhard. Uno tras otro, los pequeños ghettos esparcidos a lo largo y ancho de Polonia fueron disueltos y sus habitantes enviados a campos de concentración o a ghettos rusos. El de Varsovia, por su considerable tamaño, quedó para el final, iniciándose en julio de 1942 la evacuación hacia el Este de judíos varsovianos.
El Judenrat estaba encargado de proporcionar diariamente 6.000 personas para su traslado, eligiéndolas entre las que no trabajaran en industrias de interés militar. No hubo apenas resistencia a tales medidas. El 3 de octubre de 1942 habían sido deportadas 310.000 personas, y sólo quedaban en el ghetto unas setenta mil más, de edades comprendidas entre los quince y los cuarenta y cinco años. Parte de ellas (alrededor de treinta mil) estaban empleadas en industrias alemanas, lo que les daba derecho a unos salvoconductos de residencia, mientras que los que no poseían tales documentos para escapar a la acción policial se escondían en las amplias zonas ahora desiertas del ghetto, en sótanos y buhardillas. Estos eran los elementos más combativos; habían eludido deliberadamente las órdenes de traslado y estaban dispuestos a enfrentarse, llegado el caso, con los alemanes. Nutrían dos instituciones armadas, la Unión Militar Judía (ZZW)
y la Organización Judía de Combate (ZOB),
que tenían lazos, respectivamente, con el Ejército del Interior polaco (AK), fiel al Gobierno en el exilio, y con la Guardia Popular, la guerrilla pro-soviética. Los comunistas eran los más volcados en ayuda a los judíos por no compartir el tradicional sentimiento antisemita que los nacionalistas polacos, y quizá también porque muchos dirigentes comunistas polacos eran hebreos. El Partido Comunista Polaco (PPR) creó un Comité de Asistencia a los habitantes del ghetto dirigido por el ya entonces secretario general comunista Wladyslaw Gomulka. Muy por el contrario, los partisanos ultranacionalistas polacos (Fuerzas Armadas Nacionales, NSZ), mantenían su propia guerra triangular: contra los alemanes, contra los comunistas y también contra los judíos.

foto: Desfallecidos de cansancio, judíos evacuados del “gheto” tras días de feroces combates, esperan su traslado hacia el Este.

SE FRAGUA LA REBELIÓN

Durante el otoño de 1942 la rebelión del ghetto fue cobrando forma. Habían partido ya los individuos menos combativos, más conformistas, y sólo quedaban los radicales, los activistas. No es de extrañar que éstos realizaran sus primeras acciones contra aquéllos correligionarios suyos que, a su entender, colaboraban con los alemanes. Así, por ejemplo, el 29 de diciembre, un comando de la ZOB asesinaba al comandante adjunto de la policía judía del ghetto
Para preparar el alzamiento, los comprometidos en el mismo constituyeron arsenales de armas, adquiridas en el mercado negro o recibidas de la Resistencia polaca. Se fabricaban sencillos artefactos explosivos, tales como granadas de mano y cócteles molotov. Esos ingenios serían utilizados en las primeras acciones violentas libradas entre el 19 y el 22 de enero de 1943, iniciadas cuando se abrió fuego contra la escolta de una columna de judíos deportados que se dirigía hacia el punto de embarque. En las refriegas murieron unos veinte alemanes y cincuenta resultaron heridos.
Pocos días antes, el 9 de enero, Himmler había visitado Varsovia y su ghetto, ordenando que se enviasen al Este a otros 8.000 judíos. Los activistas hebreos no estaban dispuestos a aceptarlo y por eso recurrieron por vez primera, a la fuerza, aunque al final de aquellos combates 6.500 judíos fueron capturados y deportados. Como consecuencia de estas acciones, el Ejército del Interior polaco empezó a ver en los hebreos a unos aliados con capacidad de lucha, mostrándose más favorable a proveerles de armas y a prestarles asesoramiento y ayuda.
Himmler, ni que decir tiene, valoró lo sucedido de un modo bien distinto, por lo que el 16 de febrero de 1943 le escribía así al jefe de Policía en el Gobierno General: Los crímenes no cesarán en tanto que el “ghetto” exista. Le ordeno que me presente un plan general de destrucción del “ghetto “. Para dirigir esta operación se nombró al general de brigada Jürgen Stroop, hasta entonces destinado en Grecia como comandante de la Policía y las SS.

LA REBELIÓN

El día 13 de marzo los alemanes ordenaron al Judenrat la entrega de 2.000 judíos. Pero la autoridad de este organismo se encontraba ya totalmente eclipsada, y en el ghetto mandaban los resistentes, por lo que ni un solo hombre se presentó para ser deportado. Este desafío iba unido a la firme decisión de resistir, pese a que en aquellas fechas no existían condiciones objetivas que permitieran albergar la más mínima posibilidad de éxito. En efecto, aunque los alemanes ya habían sufrido la derrota de Stalingrado, que tanto fortaleciese la moral de lucha de los enemigos del Reich, los frentes aliados estaban todavía a muchos centenares de kilómetros y no cabía esperar la llegada de ninguna ayuda eficaz.
El día 19 de abril, dos días después de que el general Stroop asumiese su mando,  rodeado por un triple cordón de hombres y se instalaron ametralladoras dirigidas al perímetro del barrio judío. Un pequeño número de medios pesados penetró en el ghetto (dos coches blindados, un viejo carro de combate francés, un cañón de campaña ligero y dos pequeñas piezas de flak para proteger a los destacamentos germanos. Camiones con altavoces invitaban a los judíos a la rendición.
La respuesta llegó en forma de cócteles molotov y una granizada de balas. Unos trescientos judíos fueron capturados este día y 12 alemanes murieron. Al día siguiente, rechazada una nueva oferta de rendición, se reprodujeron los choques. Los judíos habían organizado unos treinta pequeños grupos de combate, distribuidos por todo el ghetto, centralizando su acción un Cuartel General situado en el número 18 de la calle Mila. Algunos elementos polacos penetraron en el barrio para reforzarlos o bien realizaron operaciones de hostigamiento a los asediantes germanos en los alrededores de la zona judía. Los defensores se apoyaban en los edificios, que en parte habían sido preparados, abriendo pasadizos entre ellos y fortificando algunos bloques. También utilizaban la red de alcantarillado, gracias a la cual enlazaban con los resistentes polacos del exterior.
Los alemanes usaron en esta batalla unos dos mil cien hombres. No eran unidades completas, sino destacamentos de muchas de ellas, agrupados en pequeñas secciones de choque o apoyo. El grueso procedía del III Batallón del 23° Regimiento de Policía, conocido también como Batallón Schappe, por el nombre de su jefe. Esta unidad tenía su sede en Lublm. Otros elementos pertenecían a la Plana Mayor de la SS y SD de Varsovia. Intervinieron también una cierta cantidad de reclutas de la Waffen SS, miembros de un Ersatpanzergrenadier batallion (Batallón de Depósito de Granaderos blindados) acantonado, como tantas otras unidades de la SS, sobre territorio polaco. Cabe citar, por último, a soldados del Ejército regular, como los artilleros que manejaban las pocas piezas empleadas, un cierto número de hombres de un batallón de Infantería y —sobre todo— soldados de compañías de ingenieros zapadores y lanzallamas, reclamados cuando se vio que los judíos se hacían fuertes en los edificios y que iba a costar demasiado desalojarlos de no recurrirse a medios expeditivos.

Capítulo aparte merecen los numerosos no alemanes que intervinieron en la operación. El contingente principal lo formaban dos oficiales y 335 Trawniki Manner(Hombres de Trawniki).

foto: Aplastado el levantamiento, los supervivientes civiles son agrupados.

Estos soldados, mayoritariamente de origen ucraniano, recibían tal nombre por su lugar de acantonamiento, y eran especialmente temidos por los judíos, habiendo sido reclutados por los alemanes como guardianes de campos de concentración. Una cantidad no conocida con exactitud, pero muy posiblemente igual a la citada, la constituían letones y lituanos, integrantes de un batallón de Policía Auxiliar. Y no faltó la representación polaca, interviniendo en el cerco y en los combates varias unidades de la llamada Policía Azul. También actuaron para controlar los incendios provocados varias brigadas de bomberos. Completaban esta heterogénea tropa una compañía de Sanidad alemana y un destacamento de reflectores antiaéreos, este último responsable de la vigilancia nocturna de los accesos al ghetto.
Los combates no llegaron a alcanzar —digámoslo así— espectacularidad. Los judíos sólo disponían de armas ligeras y los asediantes apenas se vieron obligados a recurrir a sus medios pesados. Por la noche los combates cesaban, pues los alemanes se retiraban al perímetro exterior. Pero todo esto no restaba un ápice de violencia y crudeza a la lucha. Los judíos se hacían fuertes en un edificio, y cuando Stroop lo incendiaba, los resistentes huían entonces a otro por los techos o por el subsuelo, por lo que acabó recurriéndose a dinamitar manzanas enteras. El ghetto se tranformó en un infierno en llamas. Los combates callejeros, sin poder alcanzar el nivel que hubieran tenido de enfrentarse dos Ejércitos regulares, fueron ganando en dureza y, sobre todo, en dramatismo. Muchos judíos se negaban a rendirse y morían entre las llamas voluntariamente, o se asfixiaban en los sótanos donde se habían refugiado a consecuencia del humo, o se destrozaban al lanzarse al vacío desde los pisos donde resistieron hasta el último instante. Un cuadro numantino en pleno siglo XX.
Pero los puntos fuertes iban cayendo uno tras otro. El de Mila 18, sede del Estado Mayor de la ZOB, fue ocupado el día 8 de mayo, muriendo allí el dirigente de la insurrección, Mordechaj Anielewicz.

foto: Un SS contempla los cuerpos sin vida de dos combatientes judíos, en un caos de escombros y enseres de diverso tipo.

A partir de entonces, los combates fueron perdiendo intensidad, y el 24 de mayo Stroop firmaba el último parte sobre las operaciones, aunque ya desde el día 16, con la voladura de la gran sinagoga de la calle Tlomackie, los alemanes habían dado por finalizada la lucha. Unos cincuenta y cinco mil judíos fueron capturados y deportados, muriendo en el curso de los choques unos siete mil, bien a consecuencia de su participación en los mismos, bien por obra de los incendios, o bien ejecutados sumariamente como francotiradores. Los resistentes aseguran haber matado entre trescientos y cuatrocientos enemigos (alemanes, ucranianos, letones y lituanos) y herido a unos mil.

DEL GHETTO A ISRAEL

Militarmente, la rebelión fue un fracaso. Los alemanes la sofocaron con una cierta facilidad, empleando medios relativamente escasos, sobre todo al compararlos con los grandes efectivos que absorbían las operaciones antiguerrilla en el Este y en los Balcanes. En ningún momento la rebelión les supuso un problema estratégico como pudo ser, por ejemplo, la insurrección del Ejército del Interior polaco, también en Varsovia, en 1944. Eso sí, esa batalla no añadió gloria alguna a las armas alemanas, y pertenece al tipo de acciones que posiblemente todos los Ejércitos que se vieron envueltos en ellas desean olvidar.
Pero la rebelión se transformó en un mito. Aunque se produjeron otras, igualmente protagonizadas por judíos, en campos de concentración (Treblinka, Sobibor, Chelmno) y ghettos (Lodz, Zhitomir, Vilna, Nikolaiev), y aunque existieron importantes movimientos partisanos sionistas en Polonia, Bielorusia y Ucrania, el hecho que ha pasado a la Historia como símbolo del renacimiento militar hebreo es la rebelión del ghetto de Varsovia. En efecto, desde la Diáspora, era la primera vez que los judíos tomaban las armas, como tal pueblo (obviamente muchos habían luchado antes en el seno de los Ejércitos de sus respectivos Estados.

El mismo espíritu militar que animase a la resistencia contra los romanos, notablemente larga y dura, reapareció en Varsovia. A la imagen típica —y tópica— del judío comerciante se superpuso, por vez primera en más de un milenio, la del judío combatiente- Algo que encontraría su sublimación, sólo unos años más tarde, en la guerra israelo-árabe por Palestina y en todos los hechos de armas que desde entonces, y hasta ahora mismo, han ido escribiendo en sus anales —no siempre limpia ni gloriosamente— el Estado hebreo.

Revista Defensa nº 61, mayo 1983, Carlos Caballero Jurado


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