Actualidad
Spanish Chinese (Traditional) English French German Italian Portuguese Russian

La masonería y el Ejército en el periodo republicano

El tema de la Masonería, de tanta trascendencia en España en otra época y hoy difuminado por completo, tuvo una incidencia especial en las Fuerzas Armadas y, de manera muy acusada, en el Ejército. Actuante ya desde el siglo XVIII, esta organización conoció su mejor época en los años de la Segunda República pues no en vano la mayor parte de sus Gobiernos ofrecían una acusada componente masónica.

Sobre este tema un autor español, Luis Lavaur, ha publicado un libro de considerable interés: “Masonería y Ejército en la Segunda República (1931-1939)” (1). En él, desde una posición independiente, estudia la implantación de los Hijos de la Viuda, como eran conocidos los masones, en toda la línea de Mando comenzando por el generalato. Un fenómeno que comenzó a adquirir volumen en los años veinte cuando una Monarquía desacreditada por sus muchos errores y el peso negativo de su papel histórico, rematado por el desastre del 98 y los repetidos fracasos en la Guerra del Rif, dejaba intuir su derrumbe en un plazo más bien corto que largo.

foto: Fermín Galán. Tras su alzamiento contra la Monarquía, en Jaca, fue fusilado sin que los “hermanos” pudieran salvarle.

Mientras que en la citada década la izquierda (socialistas, ácratas y comunistas, entre otros) no dejaba de potenciarse y la República se veía cada vez más, incluso en áreas burguesas, como una necesaria promesa de cambio y regeneración, la Masonería, izquierdista y republicana por definición, atraía a muchos militares. Es entonces, como escribe Luis Lavaur, cuando se afilian hombres que en los años treinta, ya generales, tuvieron un papel destacado siendo ese el caso de López Ochoa, Batet, Miguel Cabanellas, Núñez de Prado, Riquelme o Martínez Monje. También ingresaron entonces Fermín Galán, protagonista de la frustrada intentona revolucionaria de Jaca, Ramón Franco Bahamonde, famosísimo desde que pilotó el hidroavión Plus Ultra en el primer cruce aéreo del Atlántico Sur, Segismundo Casado, quien entregaría Madrid a los nacionales en los últimos días de la guerra, y tantos más.

LOS AÑOS DEL TRIUNFO

Con la proclamación de la República, el 14 de abril de 1931, los masones uniformados se encontraron con que, por fin, formaban parte del Poder, con mayúscula, dada la numerosa presencia de hermanos tanto en las Cortes Constituyentes como en el Gobierno emanado de ellas. En efecto, de cuatrocientos setenta escaños, ciento cincuenta y dos pertenecían a Hijos de la Viuda haciendo que el boletín nº 8 de la Gran Logia Española escribiese exultante: No es ningún secreto que la francmasonería domina poco menos que en su totalidad al Gobierno Provisional, así como los altos cargos. Y así seguiría siendo en el futuro puesto que, salvo excepción, todos los jefes de Gobierno fueron, en grado variable, miembros de la Masonería: Azaña, Lerroux, Martínez Barrio, Samper, Portela Valladares y Casares Quiroga.
Azaña, que como él mismo reconoce se propuso desde el primer momento triturar al Ejército, pulverizarlo (2), además de cerrar la Academia General Militar, reducir a la mitad el generalato y rebajar las Capitanías Generales a simples Divisiones Orgánicas, reservó los principales cargos castrenses a los hermanos lo que hizo, como habría de subrayar el general Mola, uno de los que no quiso pasar nunca por ese aro, que un gran número de generales y jefes del Ejército acudiesen a engrosar las filas del Grande Oriente y de la Gran Logia Española, para acreditar su republicanismo y tener la seguridad de no ser separados de sus servicios (3). Eso sí, no todos los solicitantes fueron admitidos, figurando entre los rechazados el coronel Antonio Aranda, con el tiempo defensor laureado de Oviedo.

foto: Mola fue un enemigo jurado de los masones en el Ejército.

El uso y abuso de tales caminos para la promoción profesional hizo, según señala Luis Lavaur, que por cuartos de banderas y tertulias militares se dijese, a modo de los viejos catecismos escolares: Pregunta: ¿Quién es masón? Respuesta: El que va por delante de en el escalafón.
Estos hechos eran conocidos por la opinión pública e incluso fueron llevados a las Cortes donde el diputado independiente por Huelva, Dionisio Cano López, propuso el 15 de febrero de 1935 que se prohibiese a los militares ingresar en la Masonería al tratarse de una sociedad política, secreta, internacional y antiespañola. Fue apoyado por veintidós diputados, pocos teniendo en cuenta que en aquella legislatura ocupaban escaño ciento veinte masones. Cano leyó una lista nominal, no de todos los jefes y oficiales que pertenecen a la Masonería, con lo que no terminaría en varias horas, sino de los generales con mando que a ella pertenecen. Y añadió: Los ministros de la Guerra de la República por medio de sus camarillas masónicas y de sus gabinetes militares, han elevado a sus “hermanos” a los más altos cargos, a los puestos más delicados, y bien a menudo en perjuicio de generales muy capaces, pero que no eran masones y a los cuales se postergaba.

DE LA REVOLUCIÓN A LA GUERRA
Los sucesos revolucionarios de octubre de 1934 y la llegada de la derecha al poder, tuvieron algunos efectos figurando entre los mismos el nombramiento del joven general Francisco Franco Bahamonde como jefe del Estado Mayor Central, puesto desde el que llevó a cabo una purga de mandos masones y, por otro lado, la constitución de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA) en la que sólo una parte eran hermanos aunque todos los directivos pertenecían a la Orden figurando, entre los mismos, el capitán artillero Urbano Orad de la Torre.

foto: El capitán Urbano Orad de la Torre. Su actuación frente a los sublevados del Cuartel de la Montaña madrileño, fue fundamental para que la legalidad republicana prevaleciese en la capital de España.

Eliminado el derechista Gil Robles como ministro de la Guerra, y sustituido por un general masón, Molero, el jefe del Gobierno, Portela Valladares, llenó de correligionarios los puestos vitales del aparato castrense: general Martínez Cabrera, subsecretario de Guerra; general López Ochoa, inspector del Ejército; general. Miguel Cabanellas, jefe de la 5ª División; general Pozas, jefe de la Guardia Civil; general Núñez de Prado, director general de Aeronáutica; general Castelló, jefe de la 2ª Brigada de Infantería; general Romerales, de la 12ª; general Urbano, vicepresidente del Archivo Militar; y general Miaja, comisionado a las órdenes del ministro de Guerra.
Fue por éste y otros caminos, según señala Luis Lavaur en su apasionante libro, como se acabó desembocando en la guerra civil, el 17/18 de julio de 1936. Curiosamente Cabanellas, reconocido masón, obedeció la orden de sublevarse, en Zaragoza, y lo mismo hizo en Sevilla un general con sólidas relaciones masónicas, como escribe el autor, Queipo de Llano. También se alzaron Franco, en Marruecos, después de pensárselo mucho, y Goded, en Barcelona, estos dos últimos limpios de polvo y paja masónica. Los cuatro eran, de los veintisiete generales de división en plantilla, los únicos con mando de tropa.

foto: Un muy desaliñado general Martínez Cabrera. Al acabar la guerra fue pasado por las armas, entre otras cosas por masón. ​

La reacción política fue constituir, bajo la presidencia de Giral, un Gobierno débil en el que dos generales masones, Castelló y Pozas, fueron designados, respectivamente, ministros de Guerra y de Gobernación. Mientras las turbas, que no estaban para sutilezas, asesinaban en Madrid al general López Ochoa y, junto a él, a un respetable número de masones. Por otra parte, en los teatros de operaciones fracasaron, por incapacidad u otras causas, hermanos tan conocidos como los generales Riquelme, Villalba y Llano de la Encomienda, brillando episódicamente la estrella del estambrótico coronel Mangada, nada menos que un grado 33. Otros masones trágicamente derrotados en los frentes fueron el coronel Burillo y el coronel Puigdendolas, uno de los fundadores de la UMRA, pasando con más pena que gloria el coronel Antonio Ortega, etc., etc.

FRANCO Y LA MASONERIA
Como es obligado en un libro como éste, Luis Lavaur se hace la pregunta de si Franco fue masón contestando, con abundancia de datos, de forma rotundamente negativa. En efecto, si Franco hubiese pertenecido a la Orden, Azaña no le hubiese hecho descender del número uno de la escala al dieciocho, perdiendo veintisiete puntos reales, lo que venía a significar un fusilamiento administrativo en toda regla. Por otra parte, el texto que más se ha manejado como prueba de la militancia masónica del luego Generalísimo, es el de un antiguo compañero suyo de armas: el teniente coronel Morlanes. El autor demuestra, sin embargo, que Morlanes, contra lo que pretende, no se afilió a la Masonería en Larache sino en Barcelona, que probablemente jamás estuvo en Marruecos y que, ya en la guerra, tras entrar de miliciano alcanzó el grado de mayor en la Brigada 120. Es decir, una trayectoria que en ningún momento converge con la de Franco. (El expediente personal de Morlanes se encuentra en el Archivo de Salamanca).

foto: Portela Valladares, con bombín, en una foto que parece tomada en el Chicago de los años 30. Fue uno de los tantos masones que controlaron el poder en el periodo republicano.

Por otra parte, basta con asomarse a las biografías de Franco y a todos los estudios de carácter que sobre él se han hecho, para comprender que en absoluto podía atraerle una organización secreta que, en palabras de Niceto Alcalá Zamora, atizó la discordia dentro del Ejército. Como el propio Franco escribiera, cuando ya era jefe del Estado: Desde el punto de vista de la disciplina, nada más monstruoso que la subversión de grados a que la obediencia masónica fuerza a los militares.., se presentó frecuentemente el caso de ver altas jerarquías militares tomar en las logias asiento bajo la presidencia de un maestro masón subalterno en su oficina. ¿Puede haber algo más contrario a la jerarquización, a la dignidad y al honor militares que estas denigrantes realidades que los Ejércitos suelen vivir cuando la desmoralización masónica penetra en sus filas?

foto: El general José Miaja y, a su izquierda, con correaje, el coronel Segismundo Casado que, aunque masón, entregó Madrid a las tropas de Franco en los últimos días de la guerra.

Y Mola, otro antimasón rotundo, profundizó en estas ideas refiriéndose a la parafernalia masónica del mandil, la calavera, etc., con estas palabras: No alcanzo a comprender la razón de su existencia y menos por qué al asociarse unos hombres, cualesquiera sean los fines que se proponen, tienen que someterse a prácticas las más de las veces ridículas y extravagantes.
El libro del Sr. Lavaur termina con unos amplísimos anexos que enriquecen documentalmente la obra.

LA MASONERIA Y  LA MARINA DE GUERRA
Tradicionalmente se ha creído que la Armada Española tuvo, desde antiguo, una incidencia masónica. En el periodo republicano, y aunque no de manera tan destacada como en el Ejército, esa influencia fue manifiesta al ser masones la mayoría de los ministros del Ramo, existiendo una fuerte implantación de la Orden entre los miembros del Cuerpo Subalterno, que pasó a llamarse Auxiliar, registrándose, lo que no deja de ser curioso, una escasa presencia de mandos del Cuerpo General.
El estadillo de hermanos de la Armada, elaborado por Rafael Rubio y que Luis Lavaur recoge en su libro, es muy claro al respecto: Cuerpo General de la Armada, 27; Cuerpos de Artillería, Ingenieros, Infantería de Marina, Máquinas, Intendencia, Jurídico y Sanidad, 36; Auxiliares navales, 19; radiotelegrafistas, 7; Artillería, 36; Sanidad, 23; Oficinas y Archivos, 18; Torpedos y Electricidad, 21; Aeronáutica, 4; Máquinas, 75; Servicios Técnicos, 25; Infantería de Marina, incluidos músicos, 10; Buzos, 5; Marineros, cabos, maestres y fogoneros, 9. En total, 315.
No eran demasiados, desde luego, pero, como dice el autor, llegado el momento de incorporar la Flota al Alzamiento, Mola y los propios almirantes pagarían carísimo su error: no haber previsto, al tratar los buques, el decisivo papel en contra que jugarían unas logias marineras nutridas por suboficiales y clases de cuerpos auxiliares, como sus equivalentes en tierra, muy favorecidos por los partidos izquierdistas de la República.

foto: El ministro de Marina, Giral, preside un acto durante la Guerra Civil. Desde su puesto, y gracias a un radiotelegrafista llamado Balboa, abortó, con resultados sangrientos, el intento de alzamiento de los mandos de la Escuadra. ​

Esto hizo que, al estallar la insurrección, un simple radiotelegrafista, Balboa, protegido por el entonces ministro de Marina, el masón Giral, la abortase en buena parte, por lo que hace a la Marina, desde el Centro de Comunicaciones con que ésta contaba en la Ciudad Lineal madrileña. Balboa no sólo interceptó la alocución de Franco, radiada desde Tenerife, instando a los jefes de la Escuadra a rebelarse, sino que a través de las ondas ordenó a sus “hermanos” de logia sublevar a los cabos, buzos y fogoneros contra los mandos, provocando el asesinato masivo de los jefes y oficiales de los buques que navegaban rumbo al Estrecho.
Esta era la obra de un oscuro personaje, el capitán de corbeta Ángel Rizo Bayona a quien se debe, en palabras de Lavaur, la creación de una especie de talleres o triángulos masónicos a bordo de las unidades de la Flota, las llamadas “logias flotantes”, inspiradas en las células que en coyunturas revolucionarias dieron al traste con la Marina zarista y un buen sobresalto después a la francesa.
Dato digno de mencionarse, el autor revela que aunque los expedientes nominales masónicos guardados en el Archivo de Salamanca hace muchos años que pueden consultarse libremente, el Ministerio de Marina de la época se llevó los de sus miembros, y en el SIP del Estado Mayor de la Armada permanecen por ahora inaccesibles al examen del investigador normal.
 

(1) Cultura y Publicaciones, S. L. C/ Rufino González, 34 bis. 28008 Madrid. Tel.: 91 327 26 35. ilustrada en blanco y negro y color. 1.900 Ptas.

(2) Ver: “Don Manuel Azaña y los militares. Una aproximación histórica’, en DEFENSA núm. 241.

(3) Arrimarse al sol que más calienta es propio de la condición humana. Francisco Franco da una prueba al recordar: “Cuando fui destinado como jefe a las fuerzas de Marruecos... la iglesia a que iba a misa los domingos y festivos se llenaba de jefes y oficiales del Ejército, cosa que no ocurría en tiempos de mi antecesor, Gómez Morato. Son debilidades que tienen los que se arrastran ante el que tiene mando”. Gómez Morato era masón.

Revista Defensa nº 247, Noviembre 1998

 


Copyright © Grupo Edefa S.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin permiso y autorización previa por parte de la empresa editora.