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Don Manuel Azaña y los militares, una aproximación histórica

De un tiempo a esta parte, y con toda la razón del mundo, se habla cada vez más del “pensamiento único”. Buena prueba de ello es, en España, la política seguida por los dos grandes partidos estatales que, en una amplísima mayoría de cuestiones, piensan y actúan de la misma manera variando su posición, únicamente, en casos puntuales y en muchos de ellos, además, en base a que se encuentren en el gobierno o en la oposición. Así, el presidente Bush tuvo en los socialistas al cooperador necesario para los bombardeos contra Iraq, durante la operación “Tormenta del Desierto”, y el presidente Clinton dispuso de luz verde de los “populares” para la operación “Trueno del Desierto”. En cuestiones más domésticas, los primeros intentaron llevar a cabo el “medicamentazo”, oponiéndose los segundos, para cambiar los papeles en cuanto el PP fue gobierno y el PSOE oposición.

Una manifestación más del pensamiento único son los entusiasmos compartidos, por uno y otro partido, sobre la figura de quien fuera uno de los máximos exponentes de la República Española, D. Manuel Azaña Díaz. Tal entusiasmo es poco explicable en los socialistas, pero del todo punto insólito en las huestes del Sr. Aznar. No entraré a exponer las razones de esto que acabo de escribir ya que lo que ahora me impulsa es algo —pienso— más del interés de los lectores de DEFENSA y, en general, de quienes gustan de la Historia de España: la determinante influenc ia de Azaña en la transformación del Ejército a raíz de la caída de la Monarquía borbónica, el 14 de abril de 1931. Una cuestión que tiene su almendra en la relación entre D. Manuel Azaña y los militares que es, precisamente, el título de un libro que acaba de publicar el general de brigada D. Miguel Alonso Baquer. Además, y por increíble que parezca, ésta es la primera vez que se edita, de manera monográfica, un estudio al respecto.

LA MILICIA, MAL DE MALES

Azaña, nacido en Alcalá de Henares en 1880, sintió un temprano interés por las cuestiones militares entendidas como una palanca en favor de la llegada de la República. Para él la Monarquía tenía uno de sus apoyos básicos en el Ejército y por ello ya en 1917, un año después de recorrer las trincheras francesas de la Primera Guerra Mundial, propuso la abolición del sistema militar vigente en España como una cuestión de vida o muerte. También dijo que la guerra es un mal absoluto sin mezcla de bien alguno, aunque en 1924 la considerará positiva si lleva a la hecatombe al Ejército español que combate en el Rif. Rusia ganó mucho con sus derrotas de 1916. La revolución la libro del zarismo. La derrota es la natural aliada del enemigo interior, escribirá.

foto: Campo de instrucción, del Ejército republicano, de Pins del Vallés, el 21 de marzo de 1937.  Azaña pasó de eliminar oficiales a decir, llegada la guerra, que faltaban.

Por cierto que ese mismo año de 1924 exige la total retirada española del Rif, la poda de la oficialidad en la Península hasta el insignificante número necesario para instruir reclutas, la clausura de las academias militar es, la supresión de las capitanías generales y de los consejos de guerra, la promoción acelerada de los suboficiales al grado de oficial, etc., etc. Una llamativa serie de medidas buena parte de las cuales materializará sólo siete años más tarde, cuando se convierta en el primer ministro de la Guerra de la recién proclamada República Española.
Desde ese puesto Azaña aborda sin pérdida de tiempo algo a lo que nadie, con cordura, podría haberse opuesto: una profunda reforma castrense en personal, estructuras, etc. En realidad, ya el general Primo de Rivera tuvo sobre la mesa —las palabras son de D. Ernesto Giménez Caballero—, según dicen, el mismo decreto de reducción de plantillas que Azaña hizo efectivo apenas ocupó el Ministerio de la Guerra. Pero el problema es que este último no iba a saber separar su odio a la vieja Institución ya desaparecida y al Ejército, de lo que era bueno y necesario que se llevase a cabo. Azaña, que en palabras del coronel Segismundo Casado, un convencido republicano, padecía un complejo de inferioridad civil, que se reflejaba en el odio y en el desprecio incontenible que sentía hacia el hombre militar, actuó acorde con esos sentimientos. Así exigió de los militares, pero de nadie más, un juramento de lealtad a la República, lo que les supuso una innecesaria vejación, y abordó una reforma que, como señala el autor del libro, fue fundamentalmente política y dirigida, de entrada, contra los generales que eran —o él así lo suponía— monárquicos.

foto: El Rey Alfonso XIII rodeado de militares, con el general Primo de Rivera a su derecha. Azaña veía en el Ejército al primer  valedor de la Monarquía.

APRENDIZ DE BRUJO

Tras poner en la calle a unos 6.000 jefes y oficiales teniéndose que marchar, por ejemplo, 41 de los 51 coroneles de Artillería (pero ningún marino de guerra y ningún suboficial), el propio Azaña escribiría gozoso: El 14 de abril había 16 tenientes generales. Ya no quedan más que 4. ¡Qué limpia!. Añadiendo, respecto a los que se habían salvado de la quema: A los generales no les consulto los destinos que les voy a dar; se enteran de ellos por el Diario Oficial. El político republicano, que llega a hablar de trituración, de descabezamiento y de supresión del Ejército y de la Guardia Civil, acometerá una larga serie de medidas en todas direcciones que el lector va a encontrar, perfectamente expuestas, en el libro del general Alonso Baquer.

foto: Tarjeta presentando, sobre el fondo de la bandera tricolor, al general José Miaja.

Una de ellas, demagógica donde las hubiese, fue la de querer expulsar al mayor número posible de oficiales para sustituirlos por suboficiales promocionados a toda máquina. Algo insensato habida cuenta, además, que en la época los suboficiales procedían todos de la clase de tropa y que no pasaron por centro docente alguno, con lo que su capacidad para cambiar los galones por las estrellas era, en la mayoría de los casos, prácticamente nula. Alonso Baquer, que le reprocha a Azaña haberse deslizado por esta viscosa pendiente sin crear —lo que hubiera sido más fácil y lógico— la carrera de suboficial, dedica varios reveladores párrafos a esta cuestión escasamente conocida y que fue una de las que más apagó la llama del republicanismo en las salas de banderas. Azaña se propuso que una oficialidad salida de la clase media dejase su lugar a otra procedente de la capa más humilde de la sociedad. Algo que, junto con otras medidas de similar contenido, muchos entendieron como una vía sin retorno hacia lo inaceptable o, como escribe el autor: El pecado de Azaña consistía en haber situado a la República Española en la antesala de la Revolución rusa, posiblemente, sin quererlo y contra sus convicciones jacobinas (1).
Pero lo peor es que de la política de Azaña se dedujeron consecuencias muy graves para la credibilidad militar de España, ya muy mermada por lo que vio Wellington durante la llamada por los ingleses Guerra Peninsular contra Napoleón (2), por las desastrosas campañas americanas de mediados del siglo XIX y por las derrotas sufridas en las breñas del Rif. Como escribiría el teniente coronel Nazario Cebreiro, todavía en plena República: Compárese el Ejército que nos ha dejado Azaña y se verá que Portugal con sus seis millones de habitantes, dispone de fuerzas movilizables superiores a las nuestras. Con una Artillería aproximadamente igual, dispone de doble Infantería y Caballería. El peligro portugués es un hecho y no se tome a broma. Las cifras lo dicen. Esa es la obra de Azaña.

 (1) Azaña, para asombro suyo, no tuvo la respuesta que esperaba en los niveles más bajos de la escala de mando. El mismo lo explica así: “Los suboficiales y sargentos piden... llevar los impermeables de los oficiales, ponerse el correaje de los oficiales, que no se les obligue a dormir en el cuartel... y se les ha concedido el empleo de subteniente, que nadie me ha pedido’.

(2) Wellington, jefe del cuerpo expedicionario inglés en España, escribió sobre el Ejército de nuestro país: ‘En este Ejército no hay un general capaz de mandar un Cuerpo, ni aún de administrarle, no hay Estado Mayor ni Intendencia, y, sobre todo, no hay nadie que se avergüence de tal estado y sea capaz de intentar el menor esfuerzo para remediarlo’.

LAS RAZONES DEL ALZAMIENTO

Según siempre se ha dicho, y el libro del general Alonso Baquer lo aclara todavía más, Azaña contribuyó al alzamiento militar del 18 de julio de 1936 con la comisión de una larga serie de errores. Uno de ellos fue poner contra las cuerdas al Ejército, por un lado, y a la Iglesia, por otro. Ambos estamentos, que durante el periodo franquista marcharon de la mano, tenían muy poco que ver en 1931 hasta el punto que muchos generales y jefes eran masones, y la generalidad de los militares agnósticos pues ni tan siquiera en los momentos de mayor peligro les atraía el olor de la cera. Uno de los más destacados militares de aquel periodo, Jesús Pérez Salas, comentará: Yo no he presenciado ningún caso de un oficial en África que se hubiera confesado el día antes de asistir a una operación de guerra.

foto: El general Saliquet. Azaña lo calificó de “bruto’

Pero la persecución a unos y a otros, a los hombres de uniforme y a los de sotana o hábito, les llevó a un acercamiento que, subraya Alonso Baquer, hubiese resultado inimaginable unos años antes. Y ese acercamiento fue determinante para la sublevación cuyos dividendos, por cierto, se los llevó la Iglesia con el nacional-catolicismo, el verdadero régimen imperante en la España de aquellos cuatro decenios, y no, contra los que muchos suponen, el Ejército; aunque ese es, en todo caso, un punto de vista personal de quien escribe esta recensión.

¡FALTAN OFICIALES!

Gracias, pues, a Azaña, al estallar la guerra el Ejército republicano se vio desbordado debido, entre otros factores, a la precariedad de cuadros de mandos que sufría. Su penuria resultaba tan dramática que el antiguo ministro de la Guerra, ahora presidente de la República, hubo de lamentarse: Lo que falta son los mandos. Los nuevos oficiales subalternos no tienen instrucción ni experiencia bastante para ocuparse de la comodidad de las tropas fuera de combate. Faltan buenos jefes de batallón... Bastantes unidades superiores tienen un solo oficial de Estado Mayor.
La cosecha, que ahora el aprendiz de brujo recogía, no era otra que reveses contínuos en los campos de batalla hasta que un día, arrojada al arroyo la suprema autoridad del Estado, Azaña huyó a Francia donde no tardó en fallecer.

UNA PLUMA VERDADERAMENTE VIPERINA
El desprecio que Manuel Azaña sentía por los militares queda perfectamente reflejado en lo que escribió sobre los más destacados de ellos. Ya en 1925 califica al general Cavalcanti de “oficialito de frente angosta”, al general Martínez Anido de “lúgubre y feroz” y al general Aguilera le atribuye “una de las inteligencias más obtusas de nuestro Ejército”. Pero es a partir de su nombramiento como ministro de la Guerra y luego siendo presidente de la República, cuando su lengua —y pluma— se desatan.

foto: El general Masquelet  se cuenta entre los que estuvieron, en todo momento, con Azaña.

Al general Burguete le llama “vanidoso”, en el coronel Mangada ve un “rostro y maneras de frailecillo”, del general Caminero dice que lleva el fajín “como una colcha”, al general Queipo de Llano lo considera “una nulidad”, del coronel Azpiazu dice que es “feo, con dentadura de oro, muy entrometido” y al general Cabanellas le tilda de “viejo, flaco, andaluz, parece un cantaor jubilado”.

Para Azaña el general Saliquet es “bruto, aunque diplomado”, el coronel Varela “un tontín”, el general Sanjurjo “vive con una mujer sin estar casado” y el general Goded se gana los calificativos de “pequeñuelo, enjuto, bilioso, con unos ojuelos que no parecen suyos sino postizos, es muy vanidoso y pedante”. Otro más, el general Arangurem, es “el jefe sonámbulo de la 45 División Orgánica”, mientras que el general Miaja no pasa de ser “vanilocuo y ligero”. A Francisco Franco lo señala, y acierta, como, entre todos, “el único temible”.
De la quema se salvan muy pocos. Uno de ellos es el general Vicente Rojo cuya opinión, cuenta, “tiene para mí gran autoridad”. Otro, el general Masquelet, “recio, frío, liberal, sin ambiciones, soltero que se pasa el tiempo leyendo o trabajando” aunque, luego, escribirá que, momentáneamente, “logra impacientarme por su embobamiento y susto”. En esta cortísima lista figura, igualmente, Muñoz Grandes, “buen oficial, que pudo y debió ser recompensado de modo más digno”.
Algo que ha de tenerse en cuenta es que, con parecidos o aun peores epítetos, trajo a colación a muchos personajes de su tiempo incluyendo, entre los mismos, a miembros de su propio partido político (*). No es de extrañar que los afectados contraatacasen y que Azaña se viera centro de acusaciones muy graves, con la de homosexual a la cabeza.
(*) De su ministro de Agricultura, Sr. Domingo, dice que es “una calamidad”, al presidente de la República, Sr. Alcalá Zamora, al que echará de su sillón para sentarse él, le califica de “parlanchín”, de Indalecio Prieto escribe que “la violencia de su carácter es tal que tiene aterrorizados a sus funcionarios”, descalifica a su ministro de Educación, Sr. De los Ríos, al sostener que “su expresión pedante y rebuscada y su terquedad fanática le hacen muy cargante”, etc.

Revista Defensa nº 241, mayo 1998​


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