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Hacia un nuevo paradigma en la industria de defensa y en la propia defensa

La manida y cuestionada venta de España a Arabia Saudí de armas de precisión excedentes de las Fuerzas Armadas, un acuerdo Gobierno a Gobierno suscrito hace años, ha desencadenado un torrente informativo a nivel nacional del que pueden extraerse algunas conclusiones interesantes respecto a la visión que se tiene en España de la industria de defensa. Al hilo del efecto pernicioso que la cancelación de este contrato, relativamente pequeño en términos económicos, pueda tener sobre otros de gran calado y carga de trabajo a nivel nacional suscritos con el país árabe, en muchos medios se han hecho análisis que comparan la facturación del sector o el empleo en defensa con otros como el de la hostelería o el sector servicios, como si fuera necesario elegir entre uno y otro, obviando la gran diferencia de los primeros y su valor añadido:  la productividad.

Ser más productivo supone poder hacer más tareas, fabricar más o prestar más servicios en menos tiempo o con menos dinero, ahorrando tiempo y dinero para destinarlos a otros fines o incluso otros sectores de actividad. La inversión en medios productivos de alta tecnología es la principal forma de aumentar la productividad, de ahí que sectores como el de la industria de defensa o aeroespacial sean los de mayor nivel en este ámbito. Junto al capital en tecnología invertido, la cantidad y calidad de la mano de obra y el nivel tecnológico son determinantes en el nivel de productividad. El de defensa es uno de los sectores más productivos, pero la ausencia de un plan industrial claro, estable y consensuado con los diferentes grupos políticos está lastrando su capacidad de crecimiento. Esto se suma a la falta de fondos disponibles para el desarrollo y adquisición de nuevos sistemas de armas para nuestras Fuerzas Armadas por parte del Ministerio de Defensa. En España es hoy más necesario que nunca un nuevo paradigma o planteamiento de relaciones entre la industria nacional, la Administración y las empresas extranjeras.

Coexisten en suelo nacional unas cuantas firmas de gran tamaño, contratistas habituales del Ministerio, con participación industrial del Estado o integradas en grupos internacionales; y por otro una mayoría de empresas de tamaño medio privadas, algunas familiares o participadas por fondos de inversión. Desde que se pusieron en marcha los programas especiales de armamento, el Gobierno pretendía que estos sirvieran de locomotora para el sector, fomentando la cualificación tecnológica de las participantes, la llegada de compensaciones industriales cuando el contratista era extranjero o la capacitación para afrontar el mercado de exportación sin complejos.

La crisis económica que ha afectado al país y al Ministerio, especialmente desde 2008, ha reducido no solo los grandes proyectos sino los de cualquier tipo, no siendo hasta hace bien poco que se ha vuelto a hablar de un nuevo ciclo inversor, aunque hayan sido muy pocos los proyectos con los que se ha comprometido el actual Gobierno. Urge una apuesta decidida por la industria y un trabajo de calado sobre la opinión pública que permita afrontar sin miedo presupuestos para la adquisición de armamento. Fomentar el carácter militar de las Fuerzas Armadas no es una perogrullada. La larga y permanente apuesta por difundir un rol pacificador y salvador en situaciones de emergencia puede distorsionar la realidad que en España debe asumirse respecto a las FAS, con la misma naturalidad y acogida pública que la defensa nacional tiene en otros países de nuestro entorno.

Fotografía:  Eurofighter Typhoon

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