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Los primeros pasos de Biden en Oriente Medio

El nuevo inquilino de la Casa Blanca ha marcado desde su primer día una agenda muy diferente a la de Donald Trump. El republicano había seguido una táctica de externalización de la seguridad en la región en sus aliados, fortaleciéndoles con todo tipo de concesiones y suministrando armas de su más moderno arsenal, con el objetivo de que fueran ellos los que asumieran el rol principal, en cuanto que eran los principales afectados. En este sentido deben entenderse las concesiones a Israel, reconociendo la capitalidad en Jerusalén y apoyando sus acciones abiertas o clandestinas contra sus vecinos.

Su segundo gran aliado en la región era Arabia Saudita, que recibió el más ambicioso paquete de venta de armas de la historia reciente y gozaría de plena autonomía para proseguir con su guerra en Yemen y mantener la presión sobre el gran enemigo de todos en la zona, Irán. Asimismo condujo a otros aliados a sumarse a esta alianza, especialmente Emiratos Árabes, que había sido autorizado para comprar los modernos F-35, a apenas unas decenas de millas de las costas iraníes; y sobre todo su gran éxito, a mi juicio, el restablecimiento de relaciones entre países árabes, como Emiratos e Israel, que venía a romper con el tradicional consenso árabe sobre la cuestión Israel-Palestina.

Trump mantuvo una fuerte presión sobre Irán, negándose a aceptar concesión alguna, y también sobre Turquía, al que puso en la lista negra de países compradores de sistemas de defensa, al acercarse peligrosamente su diplomacia a los intereses de Rusia e Irán. Pues bien, toda estrategia perfectamente trenzada y coherente, ha saltado por los aires y con un resultado incierto. Las decisiones más inmediatas han sido un aterrizaje brusco frente a sus aliados árabes. La suspensión de la venta de los aviones a Emiratos se ha producido a la vez que el nuevo Gobierno norteamericano marcaba distancias con Riad. Asimismo, ya se ha avanzado una revisión del estatus con Irán, sin que por parte de Teherán se haya producido cambio alguno en su política exterior. En definitiva, Biden va a debilitar a sus aliados en la zona, sin que sepamos todavía cuáles van a ser las alternativas que va a poner sobre la mesa.

No parece probable que se eche atrás en el reconocimiento de Jerusalén, pero su más que probable acercamiento a los palestinos creará nuevas tensiones, que fortalecerán a los movimientos más radicales en Gaza y Cisjordania. Si Estados Unidos entra de nuevo en el juego de la Unión Europea con Irán, éste último se verá más reforzado, tanto en sus políticas como en sus acercamiento a Rusia y China, mientras que acrecentará su presión en Siria apoyando a Asad, lo que sin duda implicará una fase de recrudecimiento de la guerra civil en Siria. Si Biden, decide reforzar una vez más a los kurdos, para que contrarresten la presión iraní y turca, entonces el problema se tensionará con Ankara.

A la Casa Blanca le van a quedar sólo dos opciones: o bien deja que el avispero se torne mucho más peligroso y no hace nada dejando a sus aliados en la región sin medios de defensa y se desentiende; o bien acabará por intervenir militarmente con cualquier excusa, como defender a los kurdos o a Jordania o a cualquier de los elementos más débiles de la cadena de alianzas en Oriente Medio. Sin la presión del oro negro, con unos precios al alza que hacen más rentables muchos de los yacimientos de fracking y de arenas en Canadá, dejaría a Europa sobre todo una patata caliente en la que no le quedaría más remedio que claudicar. Europa, a diferencia de Estados Unidos, necesita de sus más sólidos enemigos para sobrevivir. Sin Rusia y sin Oriente Medio, Europa se morirá de frío y sin movilidad. Por estas razones, por mucho ruido que se haga, Europa intentará atraer a Biden hacia una normalización de relaciones con Rusia e Irán y, si éste cae en la trampa, puede ser un error estratégico de nefastas consecuencias para el resto del siglo.

Tenemos que entender que el gran conflicto del siglo XXI será por la hegemonía mundial entre un modelo de capitalismo autoritario, cuyos máximos son exponentes son Rusia y, sobre todo, China, y otro de socialdemocracia liberal que, después de la salida de Trump de la Casa Blanca, lideran Europa y Estados Unidos. Todos los conflictos regionales deben entenderse y encuadrarse dentro de esta dinámica. Los segundos actores optarán por uno de los bloques, no en función de su cercanía política o cultural, sino en la medida en que satisfagan mejor sus intereses particulares. Mientras Occidente se ha dormido en los últimos veinte años, los enemigos no han cesado de expandir su estrategia.

Rusia continúa amenazando a Europa, mientras que se acerca a Turquía e India y a las ex repúblicas de la ruta de la Seda; China continúa su expansión hacia el Sur, y en esta clave debe entenderse el golpe de estado en Myanmar y su lenguaje claramente belicista contra Taiwan y los pro occidentales del Océano Pacífico (Australia, Japón y Corea del Sur, principalmente). Rusia y China han vuelto a ganar presencia en Latinoamérica, en la que sus aliados, bajo la denominación de populistas, vuelven a dominar la escena política en Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela. Nicaragua, México y Cuba, siendo éste último todavía el eje sobre el que pivota toda la política contra Occidente en el Continente, por lo que una relajación de las relaciones con La Habana reforzará la influencia comunista en América Latina. En África, asistiremos al próximo gran escenario de esta contienda.

Biden ha comenzado con muy mal pie en política exterior. Esta distensión no va a traer ni más seguridad, ni más prosperidad; fortalecerá a sus enemigos y alejará a los que han sido sus aliados más fieles. Pareciera que la nueva política exterior norteamericana ha sido diseñada más por Pablo Iglesias que por Merkel o Johnson. Esperemos que rectifique a tiempo para evitar unas consecuencias que serán, sobre todo, desastrosas para Europa, que debería haber iniciado hace décadas una política de independencia energética, como comenzó Estados Unidos desde el comienzo de siglo, para vivir al margen de tantas disputas, que sólo nos crearán problemas en nuestra vida cotidiana y en nuestra seguridad.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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