Nos adentramos en el segundo cuarto de este siglo XXI y la impresión generalizada, ante los fenómenos políticos, sociales y geoestratégicos que se producen, es que nos penetramos en un cambio de era, mucho más que un cambio de ciclo. Esta transformación histórica no llegará a todo el mundo con la misma intensidad y la percepción es que el gran perdedor de este devenir será Europa, especialmente los países del Sur, que nos llevaremos la peor parte.
Es un cambio que llegará a finales de siglo, cuando los acontecimientos y las guerras hayan definido el mundo de la era futura del XXII, que conocerán los niños que están naciendo ahora. El pobre y viejo Continente lideró el mundo gracias a su protagonismo en las 2 primeras revoluciones industriales y subsistió de sus colonias hasta finales de 1950. La UE generó un espacio económico y social que alargó una posición de segunda potencia mundial, hasta los años presentes. El liderazgo cambió de continente después de la II Guerra Mundial, pero no salió de la civilización occidental, ya que fueron sus descendientes los que poblaron Estados Unidos.
Es una era contemporánea que comenzó con la Ilustración y la Revolución Francesa y que termina con la ruptura de la relación transatlántica, con la emergencia de China como la gran potencia militar y económica de las próximas décadas y con las presiones demográficas que se producirán en lo que queda de siglo. La razón de la decadencia europea se explica porque la llegada de la tercera revolución industrial -la de la informática y la automatización- encontró a Europa mal preparada, con una estructura productiva rígida, una falta de inversión en sectores clave y una confianza desorbitada en la burocracia y en el buen criterio del pueblo y sus gobernantes.
Esta situación se ha perpetuado en la cuarta revolución industrial, donde el Continente ha quedado rezagado respecto a otras potencias en áreas como la inteligencia artificial, la computación en la nube, la mecánica cuántica y las plataformas digitales. La fragmentación política, la falta de visión común y la lentitud en la toma de decisiones han lastrado la capacidad de respuesta europea. La pérdida de identidad es otra característica definitoria.
La inmigración, lejos de integrarse en nuestras estructuras occidentales, se empeña en mantener las propias, produciendo una transformación del paisaje occidental construido durante siglos de homogeneidad. Pero nada podemos hacer ante el declive demográfico. La vieja sociedad europea no podrá mantenerse sola en 25 años apenas. Con unas industrias cada vez menos competitivas, es imposible crecer en el mundo junto a nuestros rivales.
Nuestros trabajadores, métodos, empresarios, productos y regulación han quedado totalmente desfasados y el gran motor de Europa durante décadas, las exportaciones basadas en la calidad, el producto o el diseño, están dando paso a una economía de servicios poco competitivos, muy costosos e incapaces de enfrentarse a países como India o China.
El gran cambio de este final de era implicará que los liderazgos no estén basados en un modelo de libertad, sino autoritario, ante la imposibilidad de que las sociedades democráticas acepten deshacer todo el estado de bienestar creado en el último medio siglo. Las múltiples amenazas forzarán a los países más desarrollados hacia gobiernos autocráticos, que podrán subsistir con apariencia democrática, como mecanismo de supervivencia ante las amenazas de la gran masa de población de África y Asia, que, incapaz de competir y sumida en la miseria, aspirará a la destrucción del opulento, pero decadente, Occidente como mecanismo de defensa.
La cuestión demográfica, como siempre ocurre, determinará el devenir de lo que queda de siglo. Occidente, entendido como Europa y América, comenzará su declive poblacional en breve, especialmente el Viejo Continente, que con los datos de natalidad actuales habrá perdido un cuarto de su población en 2100. Asia y África concentrarán a finales de siglo al 75 por ciento de la población mundial, con las tensiones que una enorme masa joven ejercerá sobre las sociedades occidentales. La edad media en Europa es actualmente de 43 años y la de África de 19 y aquí estará el 35 por ciento de la población mundial a finales de siglo.
China aguantará unos años su liderazgo económico, pero, por su acusado declive poblacional, podría verla reducida a finales de siglo en un 30 por ciento y una edad media superior a los cincuenta años. La crisis demográfica llevará a la colonización de áreas vecinas, mucho más jóvenes, para mantener su economía operativa y esta es una amenaza que debemos considerar.
Todavía hoy determinadas materias primas y rutas comerciales siguen siendo elementos críticos para la supervivencia de los estados y no pueden ser compartidos por todos. Es decir, habrá poseedores de estas materias o rutas que harán todo lo posible para impedir que estén el alcance de otras potencias. Veremos quebrarse principios que creíamos eternos en esta carrera por la hegemonía, como la no explotación de los polos, fondos marinos o el espacio y esta expansión conducirá a problemas geoestratégicos, pero también medioambientales muy negativos para todos en las próximas décadas.
El avance tecnológico intensifica la competencia global por recursos estratégicos, especialmente materiales raros para la fabricación de dispositivos electrónicos, baterías y tecnologías renovables. Europa, con recursos limitados en su territorio, depende en gran medida de importaciones, lo que la hace vulnerable ante tensiones geopolíticas. Además, el deshielo del Ártico abre nuevas rutas marítimas y acceso a recursos energéticos, incrementando la rivalidad entre potencias por la explotación de esas riquezas, carreras en las que Europa se encuentra sin ambición ni medios.
El cambio de era que atraviesa Europa supone tanto una amenaza como una oportunidad si no caemos en la indolencia. Para no quedar definitivamente rezagado, el Continente debe apostar por la innovación, la educación y la cooperación, tanto interna como externa. Afrontar la crisis demográfica, invertir en tecnología y garantizar un acceso seguro a los recursos estratégicos serán condiciones indispensables para mantener su relevancia en el escenario global.
Solo así Europa podrá convertir los desafíos actuales en motores de la nueva etapa de prosperidad y liderazgo, pero no son las estructuras ni los líderes actuales los que pueden abordar esta tarea ingente. Los políticos europeos deben entender que la defensa y la seguridad global serán ejes fundamentales de sus políticas para que los estados sobrevivan, pues vendrán años oscuros.
Cuando acabe el siglo, el mundo habrá cambiado tanto que lo ocurrido en el XX y XXI estará superado por un planeta mucho menos habitado, más sostenible medioambientalmente, con muchas más zonas salvajes, grandes urbes abandonadas, la presencia en nuestras vidas de robots que harán gran parte de los trabajos, hijos que se tendrán a la carta en laboratorios y con una enorme longevidad, pero esto quedará reservado a los países que lideren este mundo.
Los demás sufrirán este abismo y poco a poco irán desapareciendo, si es que antes no se han llevado por delante a la civilización que lidere estos cambios a lo largo de este siglo. (Enrique Navarro. Presidente MQGloNet)





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