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D. Antonio de Leiva y el Condestable de Borbón en la batalla de Pavia

Diez años dura la campaña emprendida por la pareja real, doña Isabel I de Castilla y don Fernando II de Aragón, para conquistar Granada, último baluarte de la dinastía Nazarita en España, teniendo efecto con la entrada triunfal de los reyes el 6 de enero de 1492. Se dice que en esta gran epopeya intervinieron tropas castellanas, pero lo más cierto es que colaboraron núcleos de Aragón y Cataluña, como castellanos participaron en la empresa de allende el Mediterráneo en pos de la Corona de Aragón pues, no en balde, se daba el paso hacia la unidad tan anhelada por la reina Isabel.

Las lides e incidencias de esas campañas del fin de la reconquista supondrían como las enseñanzas de una gran academia militar, y de ella saldrían adiestrados capitanes como fue aquel Gonzalo Fernández de Córdoba, señero en maniobras militares aprendidas en la sierra agreste de Granada y que más tarde pondría en práctica y para mayor gloria en las tierras escabrosas de La Calabria italiana.
Resonancia había de tener este “Hernández de Córdoba” —como cariñosamente le llamaba doña Isabel— en todo el ámbito hispano, que hasta en el reino de Navarra —no incorporada todavía al ente patrio— hubo de entusiasmarse un rapazuelo llamado Antonio de Leiva por aquellas “fazañas” de tal capitán. Vínose para Castilla y se alistó con decidido deseo en las filas de su ejército. Por entonces don Gonzalo ya estaba en Italia y el templado mozo navarro, a sus veinte años, tiene ocasión de mostrar su pujanza en las Alpujarras con motivo de una rebelión de los mudéjares en el año 1500, por la que queda distinguido y tenido en cuenta.
En 1501 don Gonzalo prepara nueva etapa en la guerra de Italia y requiere gente que engrose su ejército y allá va nuestro Leyva a demostrar su valía. Esta vez es en Venecia, que sufre el asedio de los turcos y que no tendrá consecuencias gracias al auxilio prestado por don Gonzalo a esta ciudad, batalla resuelta cómodamente y en la que Leyva no logra brillar. Cuando el Gran Capitán pasa a la Calabria, ésta es ocupada con relativa facilidad, no metiéndose en Tarento por estar defendida por don Fernando, hijo del rey de Nápoles, en espera de un incierto acuerdo entre Luis XII de Francia y nuestro don Fernando de Aragón. Pero el Gran Capitán hábilmente induce al joven don Fernando a que siga resistiendo, prestándole su ayuda, consiguiendo que los franceses no tomen esta plaza ni siquiera Barletta, ni Canosa y así apoderarse de Castellaneta.
Entretanto, Leyva pasa casi desapercibido. Su época bajo la férula de los Reyes Católicos y el Gran Capitán no es la suya; todavía ha de esperar la era del emperador Carlos, que será la que le consagre. Él se limita a acumular sapiencia y estilo militar, pues genio le sobra y aquello lo adquirirá en su pelear junto a capitanes como Pedro Navarro, García de Paredes, Hernando de Alarcón, Villalba, Gómez de Solís.
En 1503 obtiene la cima de su gloria el Gran Capitán con las victorias conseguidas en Ceriñola y Garellano, al vencer a los franceses que manda el duque de Nemours. En estas acciones don Gonzalo ya le distinguirá a Leyva como:
“es un duro capitán”.
Llega el año 1512, cuando se celebran las batallas de Rávena, Módena y Mantua y el Gran Capitán ha sido sustituido por el virrey de Nápoles, don Ramón de Cardona.

Leyva no actúa, al ser destinado a la Lombardía. Ha llegado el tiempo de la actuación de nuestro emperador Carlos V. Los frentes de la batalla se han ensanchado hasta los Países Bajos y el contrincante de don Carlos es Francisco I de Francia, un rival empedernido y difícil. Leyva sigue por Italia en aumento de prestigio, tanto, que el mismo Emperador, en un gesto de magnífica llaneza, se alista en la 1a compañía de uno de sus Tercios “para así mejor quererle y honrarle” dice el Emperador. En 1522 se celebra la batalla de la Bicocca. Los Tercios de Leyva colaboran con las fuerzas del marqués de Pescara, Sforza y Colonna, obteniendo un gran éxito al vencer a la hasta entonces mejor infantería, como era la suiza. El 24 de febrero de 1525, acontece la batalla de Pavía en la que don Antonio de Leyva se encuentra defendiéndola de las encarnizadas acometidas de los franceses que no ceden en su empeño de tomarla, pero Leyva aguanta estoicamente hasta la llegada de las fuerzas del marqués de Pescara que junto a las del marqués del Vasto, Carlos de Lannoy y el Condestable de Borbón acuden en su ayuda. El choque tiene lugar en las afueras de la ciudad, en el Parque de Mirabello, junto al arroyo Vernácula. Don Antonio de Leyva es sacado de la ciudadela en silla de mano y, aunque aquejado de un dolorosa gota, se yergue fiero y dirige a su gente que combate ardorosamente hasta que llega la clamorosa derrota del ejército de Francisco I. Este, por causa inexplicable, se alejó de los suyos cuando su caballo cayó por efecto de arcabuzazo recibido por detrás, atrapando en su caída al rey por una pierna, por lo que quedó inmobilizado. Algunos historiadores extranjeros han diferido el verdadero hecho, pero lo cierto es, y según versión de un testigo presencial de la época, que le rindieron tres soldados españoles, el guipuzcoano Joane de Urbieta, el granadino Diego de Ávila y el gallego Alfonso Pita. El primero, al ver a su alférez abanderado en trance de perder la bandera en manos de unos caballeros franceses, acudió en su ayuda, logrando que así no fuera, mientras que Ávila y Pita hubieron de entregarlo a don Carlos de Lannoy.
En 1527 sucede la batalla conocida como la del Saco de Roma y ello va a suponer un descrédito para el prestigio de nuestro Emperador, pero éste no se hará solidario con el proceder de ciertas mesnadas de incontrolados enemigos de la fe cristiana. En ello no participa Leyva, debido sin duda al empeoramiento de su enfermedad; pero sí el fogoso Condestable de Borbón, que al ser el primero en escalar el muro es abatido y muerto de un arcabuzazo por el gran orfebre Benvenuto Cellini. Una de las últimas acciones de don Antonio de Leyva fue el 21 de octubre de 1529, en la toma de Milán y que constituyó una gran victoria para las armas del Emperador. Leyva, en su silla de mano, fue a petición suya introducido entre las fuerzas enemigas, de tal modo que, a decir de las crónicas, sólo con la fiereza de su gesto, imponía terror en el enemigo.
Pasado el tiempo, y a causa de su progresiva dolencia, este corajudo navarro que llegó a tener bajo su mando un ejército de 50.000 infantes, 10.000 caballos y 100 cañones, moriría en 1536, quizá con el pensamiento de lealtad puesto en su Emperador.


Texto y dibujo de Miguel de Montaner


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