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Carlos I de España y V de Alemania, “Hispanorum Imperator”

Impaciente estaba el joven don Carlos de Gante, archiduque de Austria además de duque de Flandes y de Borgoña —títulos heredados en temprana edad y por temprana muerte de su abuela paterna María de Borgoña—, por llegar a España a raíz de fallecer el abuelo materno, el rey don Fernando en 1516. Ya en Gante había querido usar el título de rey de Castilla, pero el buen cardenal Cisneros, con sabia diplomacia, había sabido aplacarle e inducido a esperar. Su madre, doña Juana, aunque deficiente mental, todavía se hallaba en vida y era lógico evitar cualquier tipo de discordia.

Su infancia había transcurrido apartada de ella y por lo tanto no conocía más afecto que el de su tía-madre, doña Margarita de Austria, que plena de ternura y solícito cuidado había hecho de él un verdadero príncipe. El 19 de septiembre de 1517, el bisoño monarca que iba en años con la fecha, desembarcaba en el puerto de Villaviciosa de Asturias con todo un elenco de personajes flamencos y extranjeros bien dispuestos al disfrute de privilegios. El anciano Cardenal, pese a su buena voluntad, no pudo recibirle, ya que hubo de detenerse en Roa (Burgos) aquejado ya del último mal, tanto, que dos meses más tarde moriría tal vez con el hondo pesar de ese último consejo que evitara aquellos sus primeros errores.
Fallecido el Cardenal les fue fácil a la camarilla de advenedizos extranjeros el gestionar el asunto de los reinos y el reparto de cargos y prebendas ante la indignación de los españoles que veían con estupor como conjuntamente madre e hijo eran proclamados, en Madrid y Valladolid, reyes de Castilla y León.
El 12 de enero de 1519 muere en Baviera el Emperador Maximiliano de Austria y Carlos ha de trasladarse a Alemania como aspirante a la Corona Imperial. Necesitando fondos para el viaje, insta subsidios en las Cortes de Santiago y al ser negados en ésta, recurre a las de La Coruña que se los concede. Emprende el viaje dejando interino como gobernador a su preceptor, el cardenal Adriano de Utrecht, que ha de habérselas y actuar con mano firme en los levantamientos de los comuneros y germanías valencianas. Mientras tanto, Carlos, en Alemania, pugna por la elección imperial con los también aspirantes Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia y el duque Federico de Sajonia, y al ser elegido éste cede sus derechos al de Gante, por lo que el 23 de octubre de 1520, en Aquisgrán, Carlos, tras solemne juramento como defensor de la fe católica, quedaría coronado Emperador y, por motivo del rango imperial, prevalecería el nombre de Carlos V sobre el de Carlos I.
En 1522, y antes de su regreso a España, cedió a su hermano Fernando el archiducado de Austria y es paradójico que siendo éste nacido en Alcalá de Henares llegara a ser en su día coronado como Rey de romanos y más tarde Emperador alemán, con el nombre de Fernando I.
Cuando al fin llega a España, en ese mismo año, viene totalmente cambiado el ya Emperador Carlos V. Por supuesto, ha prescindido de esa corte de entrometidos borgoñeses y se siente más a gusto rodeado de españoles entre los que dos de ellos le prestarán excelentes servicios: el cardenal Taver y don Francisco de los Cobos. Su trato es afable y sencillo con todos y pronto se gana el afecto y la confianza de sus súbditos que, en principio, le habían escatimado. Si tiempo atrás los preceptores flamencos obviaron enseñarle nuestro idioma, ahora lo habla a perfección y se siente orgulloso al hacerlo. En el período de tiempo que va hasta 1529, su españolización es completa, y cuando en 1525 había contraído matrimonio con su prima Isabel de Portugal, lo hizo por ser ésta casi española. Dos años más tarde nace el heredero Felipe II y quiere que su educación sea netamente española, encargando para ello a un preclaro profesor de la Universidad de Salamanca: Juan Martínez de Silíceo, la instrucción del Príncipe. En 1535 da una muestra de su españolismo en el Vaticano, ante el papa Paulo III. cuando acusa a Francisco I de Francia en presencia del obispo Macon, su embajador. Este simula no entenderle y entonces el Emperador le replica ásperamente: “Señor Obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana
El Emperador, cuya actividad bélica fue muy intensa, pues, de cuarenta años de reinado, veintidós lo pasó en campañas, tuvo en Francisco I un empedernido adversario —cuatro batallas sostuvo con él y una con su hijo Enrique II—, además del turco Solimán II y el inquietante Lutero.
Después de las batallas en el ducado de Milán, la victoria de la Bicoca, la resonante de Pavía y el fatídico saco de Roma, el Emperador ha de enfrentarse a las luchas religiosas provocadas por la actitud de Príncipes y Electores alemanes en los que la Reforma había prendido desmesuradamente.
En 1547, Carlos V, ya en las postrimerías de su brío guerrero, sostiene la batalla de Mühlberg contra Juan Federico de Sajonia, un obstinado mantenedor de la Reforma. La operación no resultó complicada gracias a la forma en que fue planteada por el Emperador y su colaborador, el duque de Alba. Carlos V, abrumado por la gota y casi sin poder sostenerse a caballo, tuvo aún energía para ponerse al frente de los escuadrones alemanes y cruzar el río Elba, llevando celada y coraza y, calada la lanza, arremetió contra las huestes del Elector por el flanco, mientras por el centro los arcabuceros españoles del duque de Alba, al mando del coronel Alvaro de Sande, abriendo hueco, ponen en fuga a las fuerzas del de Sajonia que queda apresado y para salvar la vida son abiertas las puertas y entregada la ciudad.
Después de una breve paz volvieron a encenderse las no extinguidas brasas de la guerra por Flandes, Italia y Alemania. Enrique II, aliado con Solimán II, se lanzaron contra Hungría y esta vez con Mauricio de Sajonia enfrente tuvo que hacerles cara por Turingia y luego por los Alpes tiroleses donde fue variada su fortuna. Intervino más tarde en Metz, Verdún y Toul, ya disminuido por el progreso de su enfermedad, pues tenía que ser llevado en parihuela y pese a las recomendaciones del duque de Alba y el que había de ser nuevo jefe, Filiberto de Saboya, el estoico Emperador seguía en liza.
Su última batalla tuvo lugar en el Artois. Enrique II se retiró con sus fuerzas, constituyendo una victoria para Carlos V. Era el año 1554 y se hacía inminente su abdicación, tanto, que al año siguiente, en Bruselas, depositaba en Felipe II los reinos de España, Países Bajos y las Indias y en su hermano Fernando I el Sacro Imperio Romano.
Retirado al Monasterio de Jerónimo de Yuste, en 1557, allí sucumbiría este austero Emperador, el mayor y más poderoso de todo el Orbe que hasta al final quiso dar ejemplo de humildad.


Texto y Dibujo de Miguel Montaner


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