Los combatientes españoles en la II Guerra Mundial siempre han sido objeto de interés y de estudio. Aunque España no participó oficialmente, sí que lo hicieron a título individual miles de compatriotas, integrados en unidades tan diversas como la Resistencia francesa, el Ejército estadounidense, la Wehrmacht alemana o el Ejército Rojo. Su participación ha llegado hasta nuestros días gracias a la labor de los diferentes estudios e investigaciones históricas y a la publicación de las memorias de los veteranos. Juan Lario Sánchez fue, por número de victorias, el mejor aviador español en la contienda. Luchó en la Guerra Civil y combatió en algunas de las batallas más importantes de la Mundial, como Stalingrado, Kursk o Berlín. Esta es la historia de un piloto que sobrevivió a 2 guerras, al exilio y a la posguerra.
Juan Lario nació en Madrid el 5 de septiembre de 1918 en una familia de clase media. Estudió en los primeros años de la recién constituida 2ª República y comenzó a trabajar como delineante en la misma empresa constructora que su padre, que era maestro de obras. Tenía una prometedora trayectoria profesional que se vio truncada el 18 de julio de 1936 por el estallido de la Guerra Civil. Se presentó voluntario ese mismo mes en las Milicias, participando en la defensa de Madrid. Combatió en frentes como el de Somosierra, Guadarrama, Pozuelo, Aravaca o el Pardo. Aunque estaba destinado en una unidad de infantería, observaba con inquietud los aviones que sobrevolaban la capital y el frente. Admiraba a aquellos pilotos que se jugaban la vida en los turbulentos cielos de la guerra aérea. En abril de 1937 se presentó voluntario para Aviación. Tenía claro que quería ser piloto. Fue trasladado a la Base Aérea de la Ribera, en Murcia, donde cursó estudios de piloto militar.
Tras esta primera instrucción fue enviado, junto al resto de jóvenes pilotos, a la Academia de Vuelo y Combate de Kirovabad, en la URSS (Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas). A diferencia de la anterior promoción, en la que enseñaban a los alumnos a volar todo tipo de aeronaves, en la de Juan sólo les instruían a manejar el avión que iban a pilotar en España. Nuestro protagonista aprendió a volar en el biplano U-2, el caza I-5 y, finalmente, el avión con el que combatiría: el Polikarpov I-15 Chato. Entre el viaje, la instrucción y la vuelta estuvo medio año fuera de España. Regresó en diciembre de 1937 y su padre había fallecido antes. Tras un breve permiso de 15 días junto a su familia, fue encuadrado en la 4ª Escuadrilla de Cazas Chato, bajo el mando del comandante Ladislao Duarte. Este piloto, antes de ostentar la jefatura de la unidad, había combatido en el frente Norte junto a la escuadrilla vasca. La 4º estaba formada por novatos y veteranos.
Para unos era una oportunidad de poner en práctica su aprendizaje y para otros la ocasión de renovar sus fuerzas operativas. Pero la Escuadrilla se encontraba en una situación precaria, con sólo 4 aviones. Juan fue trasladado a la 2ª de cazas Chato, ubicada en El Toro y bajo el mando del teniente Leopoldo Morquillas, otro veterano del frente Norte. Este aviador había pertenecido a la escuadrilla que pilotó por primera vez los cazas Chato, por lo que era un mando del que los novatos recién llegados podrían aprender mucho. Lario combatió en la Batalla de Teruel, donde, junto al resto de sus compañeros de Escuadrilla, se enfrentó a los cazas alemanes de la Legión Cóndor. En esos cielos descubrieron la táctica alemana Schwarm, que consistía en el apoyo mutuo de 2 parejas de cazas. Los alemanes la perfeccionarían durante la Guerra Civil y se acabaría convirtiendo en la más común de su Fuerza Aérea (Luftwaffe) durante la II Guerra Mundial. En Teruel, Juan pilotó uno de los 120 cazas que participaron en la batalla.
En el Grupo 28
De nuevo Lario, junto a su Escuadrilla, fue trasladado a El Vendrell. Durante su estancia sufrió un accidente que le llevó a estar ingresado en un hospital de Barcelona. Tras recuperarse, en mayo de 1938 fue encuadrado en el Grupo 28, formado por los cazas biplanos Grumman G-23 Delfín, bajo el mando del comandante Andrés García Calle, conocido como Lacalle. A estos aviones los pilotos los apodaban Pedro Rico, por su semejanza entre la panza del avión y el aspecto del alcalde de Madrid. La picaresca española manaba incluso en los peores momentos. El Grupo tenía una particularidad respecto al resto de unidades y es que era la única que estaba formada por aviones de procedencia no soviética. Los Grumman eran norteamericanos. El 31 de mayo de 1938, Juan Lario fue ascendido a teniente. Ocupó el puesto de segundo jefe de la 1ª Escuadrilla y posteriormente de jefe de la 2ª, llevando a cabo misiones de bombardeo y reconocimiento.
En junio de 1938, las 2 escuadrillas del grupo se separaron y la de Juan fue enviada al frente centro, ubicándose en Carlet. A estas alturas de la guerra, el Ejército republicano se encontraba en retirada y los Grumman estaban obsoletos respecto a las aeronaves enemigas. No lograban alcanzar a los bombarderos por la elevada altura a la que volaban y su lento ascenso provocaba que los pilotos tuvieran que dedicar largas jornadas de vuelo, a la espera de encontrar algún enemigo sobre el que poder lanzar su artillería. En esta precaria situación, los republicanos tuvieron que defender los cielos de Valencia. Juan participó en el frente de Levante, en la defensa del litoral mediterráneo, en el del río Ebro y de nuevo en el del Segre, en el que había combatido anteriormente. Mientras los republicanos se retiraban hacia Cataluña, Juan fue trasladado a la 2ª Escuadrilla del Grupo 71, una unidad de costas, siendo este su último destino. Combatió en todos los frentes de Cataluña hasta la frontera entre España y Francia en 1939.
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Juan Lario junto a sus compañeros de Escuadrilla del Grupo 28.
El final de la contienda le obligó a cruzar los Pirineos, junto a miles de españoles, con el objetivo de llegar a Francia, dejando a sus seres queridos en España. El Gobierno francés, ante el aluvión de exiliados, les internó en campos de prisioneros, donde sufrirían la falta de alimentación o las duras condiciones de salubridad. Él fue internado en el de Argelés, donde compartió estancia con otros aviadores republicanos y también con los futuros miembros de La Nueve, los españoles que, a la cabeza de la División Blindada Lecrerc, entrarían en París combatiendo contra las fuerzas alemanas y liberando la ciudad. Se fugó en dos ocasiones del campo de prisioneros, siendo apresado de nuevo. En 1939 el PCE (Partido Comunista de España) intervino por los excombatientes republicanos y les facilitó un salvoconducto para viajar a la URSS.
El 7 de julio llegó a Leningrado. Otra vez estaba en tierras rusas, pero esta vez como civil. Se incorporó a trabajar en una fábrica de maquinaria agrícola, dada su profesión de aparejador y comenzó a cursar estudios en la universidad. Para sorpresa de los españoles exiliados, Alemania invadió Rusia el 22 de junio de 1941. Habían escapado de una guerra y, ahora, se encontraban en otra. La gran parte de ellos se presentaron voluntarios para alistarse en las filas del Ejército soviético. Muchos no olvidaban la ayuda que prestó Alemania al Ejército nacional y querían aportar la suya y experiencia al combate. Lario, junto a otros pilotos y excombatientes españoles, fue trasladado días más tarde del ataque germano a unas instalaciones del Ejército, donde seleccionaron a aquellos que eran aptos para el combate. La mayoría fueron llevados a unidades de guerrilla tras la retaguardia enemiga.
El caso de los pilotos fue diferente. Su experiencia en el combate aéreo era valorada por los mandos soviéticos y a 3 de ellos, incluido Juan Lario, se les encomendó un informe sobre los aviadores españoles que vivían en el país. En las próximas semanas llegarían antiguos compañeros de armas para unirse a ellos. Era el comienzo de la historia de los aviadores españoles en la II Guerra Mundial. El ataque alemán impidió a muchos poder incorporarse, teniendo que resignarse a combatir como guerrilleros. Tardarían tiempo en unirse a la aviación soviética. En este grupo podemos destacar al piloto José María Bravo, un as de la aviación que derribó 23 aparatos en la Guerra Civil y que incluso cuenta con una película biográfica en Rusia. En 1943 escoltó el avión de Stalin cuando se dirigía hacia la conferencia de Teherán.
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Juan Lario con un Grumman G-23 “Delfín”.
Aviadores de la Fuerza Aérea Soviética
Los primeros pilotos en unirse a la Fuerza Aérea Soviética (VVS) conformaron el denominado Grupo de los 19. En agosto de 1941 comenzaron los entrenamientos en el aeródromo de Chékalov con los cazas Yak-7 y Yak-1. Fueron a la región de los Montes Urales, donde aprendieron a manejar aviones alemanes que habían llegado por el pacto germano-soviético. Juan Lario destacó por su innata habilidad de aprender a pilotar aeronaves enemigas, ya que sólo necesitaba un par de horas para adaptarse a su manejo. Pilotó los más famosos aparatos alemanes, como los Ju-88, Do-217, Me-109 y Me-110. Había combatido contra estos aviones durante la Guerra Civil y ahora los pilotaba contra sus propios dueños.
Los aviadores españoles, por encima del resto de nacionalidades, se caracterizaban por su osadía en el combate. Esto es lo hemos visto en otras unidades formadas también por españoles, que destacaban por la denominada furia española. En el caso de los pilotos no fue distinto. Se les ocurrió atacar al enemigo con sus propios aviones, creando confusión, caos y destrucción. En un primer momento los soviéticos vieron esta táctica demasiado arriesgada, pero, finalmente, accedieron a que se llevase a cabo por aquellos intrépidos españoles. Era el nacimiento de la guerrilla aérea. Juan Lario pilotó los cazas Me-109, uno de los mejores modelos de la Luftwaffe. Sin embargo, esta estrategia no dio los resultados esperados y los aviadores fueron trasladados a la defensa de Moscú.
Los alemanes se encontraban a 100 km, de la capital soviética y parecía que la guerra estaba perdida. A diferencia de otras nacionalidades, Stalin confiaba en los comunistas españoles y en el PCE, ya que les consideraba leales, así que les encargó la defensa del Kremlin. Muchos serían integrados en una unidad de infantería motorizada del NKVD y los aviadores en las escuadrillas de la 1ª Brigada Aérea Especial de Guardafronteras, también perteneciente a esta unidad. El NKVD era el departamento encargado de la seguridad estatal, por lo que sus miembros eran fiables ideológicamente para el régimen comunista. Esto muestra la confianza que tenía Stalin en los españoles, permitiéndoles incorporarse a una unidad tan ideológica.
Nuestros aviadores despegaron hacia los cielos de la capital soviética, batiéndose en combate contra los pilotos alemanes hasta mayo de 1942. En esta batalla, volaron los cazas MiG-1 y MiG-3. A principios de 1942, el resto de aviadores españoles comenzaron a incorporarse a las fuerzas aéreas soviéticas. Muchos de ellos no habían podido combatir ya que el final de la Guerra Civil les había sorprendido en la academia de vuelo en Rusia. La gestión de oficiales rusos ex combatientes de la Guerra Civil fue esencial para que los españoles pudieran incorporarse a la aviación soviética. En junio de 1942, Juan Lario es trasladado a la región del Cáucaso, que alberga una importante zona petrolífera, ansiada por el Ejército alemán para sus futuros planes de expansión y producción bélica.
Fue encuadrado en el 108º Regimiento de Aviación de Caza, que formaba parte de la 105ª División de Aviación de Caza. Esta unidad estaba comandada por veteranos de la Guerra Civil española. Allí Juan tuvo la ocasión de pilotar el Yak-3, de similar manejo a los aviones que ya había probado. En octubre de 1942 es llamado por el Estado Mayor de la Aviación de Caza en Moscú, que le pone al mando de una escuadrilla, con el objetivo de participar en el Frente de Velikie-Luki. Sin embargo, Juan es enviado a un frente más urgente, el de Stalingrado. Su unidad, recién trasladada, estaba formada por veteranos ya experimentados en el combate aéreo, lo que supondría una ventaja en la batalla que se avecinaba.
El objetivo de los soviéticos era cercar al VI Ejército alemán, candado por el General Paulus. No iba a ser una tarea fácil, por lo que los rusos concentraron a un gran número de tropas y material. Este episodio, como se ha comentado en numerosas ocasiones, supondría el principio del fin del 3er Reich. Lario, a bordo de los más modernos cazas soviéticos del momento, llevó a cabo misiones de protección de los bombarderos, combatiendo contra una Luftwaffe alemana que dejaba patente su decadencia, con problemas de combustible y escasa presencia. La Fuerza Aérea Soviética se había adueñado de los cielos de Stalingrado.
Aviones alemanes capturados
De nuevo la idea de utilizar aviones alemanes capturados comenzó a coger fuerza, por lo que se rescató la táctica de la guerrilla aérea. Juan Lario, al tener experiencia en combate utilizando esta estrategia, fue llamado por el mando soviético para ponerla de nuevo en práctica. El problema que tenía es que había un doble riesgo: uno de ida y otro de vuelta. Los alemanes podrían descubrir que la aeronave no era suya, aunque llevara sus colores e iconografía y, por lo tanto, derribarla. Al volver de una misión, los soviéticos podrían no reconocer la aeronave como una tripulada por uno de sus pilotos y confundirla con una enemiga por las mismas razones que los germanos, por lo que también podrían abatirla.
Sin embargo, esta vez sí que dio sus frutos. A bordo de un caza alemán recorría los aeródromos enemigos realizando vuelos de reconocimiento sin que las tropas enemigas se percataran de nada. Pero la mayor proeza que logró ¡fue la de infiltrarse en los grupos de aviones de transporte Ju-52 que proveían de suministros al cercado Ejército alemán en Stalingrado. Aprovechando su falsa apariencia, atacaban estos convoyes aéreos derribando múltiples aeronaves. Los alemanes no salían de su asombro: un caza de los suyos les estaba ametrallando. Esta táctica duró hasta el final de la Batalla de Stalingrado, cuando ya no hizo falta, debido a la rendición. Los soviéticos comenzaron su empuje hacia el territorio del Reich y Juan Lario fue trasladado de aeródromo en aeródromo a medida que la campaña avanzaba.
Tuvo la ocasión de probar diferentes aeronaves aliadas, tanto norteamericanas como inglesas, gracias a la Ley Norteamericana de Préstamo y Arriendo. Pudo volar el famoso Spitfire, el avión que defendió Inglaterra del asedio nazi. También pilotó los Douglas A-20, Curtiss P-40 y Bell P-39. Combatió en los cielos de Jarkov y en la Batalla de Kursk, considerada la más grande de toda la II Guerra Mundial, donde miles de tanques y aviones se enfrentaron entre sí. Allí también lucharon los aviadores españoles de las escuadrillas azules integrados en la Luftwaffe alemana, por lo que podrían haberse enfrentado entre ellos, aunque no consta ningún episodio o no ha trascendido, lo que no significa que no pudiera haber ocurrido.
El escenario es posible, tanto por fechas como por zona geográfica. Juan peleó en Ucrania, en Polonia y en el territorio del Reich, mientras el avance del Ejército Rojo era imparable. Finalmente, llegó a Berlín y tuvo que hacer frente a una Luftwaffe desesperada. La superioridad aérea soviética era abrumadora y los alemanes ya no tenían nada que hacer. Pero no se rendían, combatiendo hasta el 2 de mayo de 1945. El mismo día que Hitler se suicidó en el búnker de la Cancillería, Juan Lario estaba combatiendo en los cielos. Era el 30 de abril de 1945. Su último destino fue el 348º Regimiento de Aviación de Caza.
Su balance de victorias durante la II Guerra Mundial lo convierte en el mejor aviador español en esta guerra: 27 derribos individuales y 8 compartidos. Además, hay que sumarle 7 durante la Guerra Civil. Entre 1941 a 1945, llevó a cabo 2.660 vuelos, 1.377 horas de vuelo, 886 servicios de guerra y participó en 97 combates aéreos. Pero lo más sorprendente de Juan Lario es que no pertenecía a una unidad especializada de caz, formada por ases aéreos, como existía en las Fuerzas Aéreas soviéticas, sino que estaba en unidades dedicadas a todo tipo de misiones, como protección de bombarderos o reconocimiento. Además, nunca fue derribado. Acabó la guerra con el rango de coronel.
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Juan Lario junto a aviadores soviéticos.
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Dibujo realizado por Juan Lario de la Batalla de Berlín.
Vida posterior
En 1946, mientras formaba parte de las fuerzas de ocupación tras la guerra, conoció a María Lavrentieva, con la que se casaría meses después y tendría 2 hijas. En 1948 fue desmovilizado del Ejército y pasó a la vida civil. No volvería a pilotar más. Juan echaba de menos su tierra y volvió junto a su familia a España en 1957. A su llegada por barco a Castellón, fue interrogado por la policía del régimen franquista. Se instaló en Madrid, donde trabajó dos años en un taller mecánico hasta que consiguió un puesto de trabajo en la fábrica ENASA de los camiones Pegaso. Dedicó su vida a su familia, a estudiar y escribir. Por su faceta literaria logró diversos premios.
Publicó su experiencia en la Guerra Civil en 1973 en el libro Habla un aviador de la República. Aunque Juan estuvo involucrado en política en los años anteriores y durante la Guerra Civil, algo muy común en ese período, tras volver a España se desvinculó de cualquier actividad en ese ámbito. Para la familia Lario, el 20 de noviembre de 1975 no fue un día de celebración, sólo un día más en el calendario. En 1979 se mudó a Alcalá de Henares, residiendo la mayor parte del tiempo en la Avenida Virgen del Val. En los años ochenta tuvo que reclamar la recuperación de su historial militar, ya que al haber luchado en el bando republicano no tenía derecho a ninguna de las ventajas que existen por ser ex combatiente.
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Juan Lario con el uniforme de coronel del Ejército del Aire.
Finalmente, el Ministerio de Defensa le otorgó el rango de coronel honorífico del Ejército del Aire. Falleció el 24 de junio del 2000 en Alcalá de Henares. En su antigua vivienda no hay nada que recuerde que vivió allí no sólo un héroe de guerra, sino también el mejor aviador español de la II Guerra Mundial. Las circunstancias de la vida y de la historia le llevaron a combatir en nuestra Guerra Civil y en la contienda mundial. Tuvo que sobrevivir, como pudo, a las adversidades del destino como tantos otros jóvenes de su época. Juan pudo contar su historia, pero muchos de sus compañeros de aviación no.
Cuando Juan hablaba de su experiencia en la guerra siempre lo hacía en plural, con un nosotros, porque él no había luchado solo, lo hizo junto a un grupo de intrépidos y osados jóvenes españoles que no dudaron en jugarse la vida cuando el destino llamó a sus puertas. Ellos fueron los aviadores españoles de la Fuerza Aérea soviética. Su recuerdo y memoria formarán siempre parte de la historia. Hoy día se mantiene su viva gracias al trabajo de la Asociación de Aviadores de la República o de la hija del propio Juan, Violeta Lario, a la que agradezco que me haya abierto las puertas de la historia de su padre. (Álvaro Villegas)
Bibliografía y fuentes
Arasa, D. (2005): Los españoles de Stalin; Belacqva Ediciones y Publicaciones.
Lario Sánchez, J. (1973): Habla un aviador de la República; Editorial Gráfica Torroba.
Lario, Violeta (2026): Entrevista personal realizada por el autor sobre Juan Lario.
De Madariaga Fernández, R. (2008): Figuras de la aviación española: Juan Lario Sánchez; Aeroplano nº 26, págs. 76–87.
Historia y Vida (1977), n.º 106.
Historia y Vida (1991), n.º 285.







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