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¿Tiene Europa los pies de barro en materia de seguridad y defensa?

(Revista Defensa 245, septiembre 1998) Europa, la Europa occidental se entiende, fue “salvada” por los Estados Unidos durante el curso de la Segunda Guerra Mundial. Hasta que el Tío Sam decidió entrar, “in person”, en ese conflicto, el mismo discurría bajo los mejores auspicios para las potencias del Eje. Sin los norteamericanos y su avasallador empuje industrial, no habría sido posible el desembarco en el Norte de África, ni la conquista de Sicilia, ni la neutralización de la amenaza submarina alemana en el Atlántico, ni el arrasamiento de las ciudades enemigas bajo oleadas interminables de aviones de bombardeo, ni el día “D” en las playas de Normandía, etc., etc.

La victoria de 1945 fue, sobre todo, la victoria de los Estados Unidos y el hecho de que casi sin solución de continuidad estallase la Guerra Fría, en la que de nuevo los europeos occidentales solicitaron —muertos de miedo— el paraguas protector norteamericano, sentenciaron el papel de aquellos como aliados de segunda supeditados a la gran potencia del otro lado del Atlántico. La asunción pública y sin complejos de esa dependencia, a la que vino a materializar la OTAN, tuvo lugar durante decenios de manera prácticamente unánime y sin más voces en contra que las de unos pocos líderes entre los que sobresale, caracterizadamente, el general Charles de Gaulle.
Recordemos que en los años 60 este militar y político francés dijo cosas del calibre de las siguientes: el Reino Unido quiere enmascarar su declive enfeudándose a la potencia americana. Italia no es seria, de hecho no existe. Alemania tiene los riñones partidos, de manera que los alemanes no son otra cosa que los boys de los americanos... Un trato duro resumido en esta sentencia: Los europeos van a Washington a recibir las órdenes como, en el mundo comunista, los países satélites se han habituado a que las decisiones se tomen en Moscú.  

foto: Junio de 1970. De Gaulle, ya retirado de la actividad política, se entrevista con Franco en El Pardo. Lo que dijo el estadista francés sobre la actitud vicaria de Europa occidental y de sus principales países, “vis a vis” de los Estados Unidos, se mantiene vigente casi treinta años después.

Desde entonces, sólo ha cambiado la última parte de las palabras de aquel gran estadista. En efecto, Moscú dejó de contar pero todo lo demás mantiene, hasta la fecha, su pleno vigor y ello pese a que, desmembrada la URSS y desaparecido el Pacto de Varsovia, fueron muchos los que creyeron, al principio, que al desaparecer aquella amenaza, los países europeos occidentales encontrarían —no contra los Estados Unidos, por supuesto, sino diferenciados o al limón con ellos, según los casos— su propio perfil en materia de Seguridad y de Defensa. Es decir, que por vez primera podrían hablar con voz propia y en apoyo de sus intereses no siempre convergentes, ni mucho menos, con los de Washington.

foto: Los “rangers” norteamericanos se entrenan con vistas al desembarco de Normandía. Sin la entrada de los Estados Unidos en la SGM esta contienda habría tenido, probablemente, un desenlace distinto.

EL FIASCO BALCANICO

La primera prueba de hierro para calibrar el peso de la entonces Europa comunitaria vino dada por la crisis de la ex Yugoslavia y, acto seguido, por la cruenta guerra de Bosnia- Herzegovina. Como todo el mundo recuerda, lo sucedido fue bochornoso ya que los europeos se perdieron en el marasmo de sus contradicciones, de sus inhibiciones y de sus políticas de capilla que muchas veces respondían a viejas afinidades forjadas, algunas de ellas, en algo tan remoto como la Primera Guerra Mundial.
Mientras que los propios Estados Unidos instaban a sus socios continentales a hacerse cargo del avispero balcánico, éstos asistían —unas veces impotentes y otras manchados por las más odiosas complicidades— a hechos tales como los campos de exterminio, la expulsión manu militari de decenas de miles de personas, el largo y criminal cerco de Sarajevo, las matanzas en masa, etc. Al final, resulta sabido, a los Estados Unidos no les quedó más remedio que intervenir militarmente lo que, aunque de mala manera y sin que ningún castigo haya caído sobre las espaldas de los responsables de esos desafueros (los serbios de Milosevic, Karadjic y Mladic), puso punto final a los combates.

foto: Musulmanes bosnios retirados de la fosa común en la que habían sido enterrados por sus asesinos.

ARGELIA

El siguiente papelón llegó con la guerra civil no declarada de Argelia. Una vez más los europeos colocaron en la ventana la jaula de los grillos, y cuando los muertos ya se contaban por decenas de miles, Bruselas movió ficha siendo rechazada su iniciativa, de entrada, por el Gobierno de Argel aunque luego permitiría el envío de unos pocos delegados, sin ninguna libertad de movimientos —y mucho menos para investigar—, y sólo después de que, previamente, hubiesen entonado una salmodia en apoyo del citado ejecutivo.
Fue vergonzoso escuchar al ministro de Asuntos Exteriores español, Abel Matutes, decir: Hay que evitar caer en la tentación de deslegitimar la acción del Gobierno argelino, legalmente constituido.¡Legalmente constituido, cuando se remite a un golpe de Estado militar y a la dinamitación de un proceso democrático! El comisario europeo encargado del Magreb y Oriente Próximo, el también español Manuel Marín, aún fue más lejos al declarar, poco antes de emprender viaje a Argel, que sus autoridades no son responsables de las matanzas... cuando en muchas de ellas todo apunta a lo contrario, etc., etc.

MUDOS O SICARIOS EN ORIENTE MEDIO

Y hablando de papelones recordemos lo sucedido en la crisis más grave y endémica de nuestro tiempo: la de Oriente Medio. Atado de pies y manos como consecuencia de la presión del poderoso lobby judío norteamericano, el Gobierno estadounidense continúa practicando una política discriminatoria gracias a la cual Israel recibe todo y a los palestinos se les niega hasta las briznas de aquello que les ha otorgado el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por no mencionar los acuerdos de Oslo y de Madrid cuyo cumplimiento fue garantizado, entre otros, por los propios Estados Unidos.
El parón del proceso de paz mesoriental se produjo cuando el ultranacionalista primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, relanzó la colonización de la parte árabe de Jerusalén, dándole luz verde al nuevo asentamiento de Har Jomá. Torpemente, la Unión Europea rechazó una propuesta árabe que condenaba esa medida alegando que, de esta manera, reforzaría su propio papel mediador en el proceso de paz. Así y todo, unos meses más tarde cuatro países europeos, haciendo acopio de valor, pidieron que se paralizasen las obras de Har Jomá quedando la iniciativa en nada ya que, como era de temer, los Estados Unidos opusieron su veto con la escusa baladí de que no puede calificarse a Jerusalén Este de territorio ocupado, cuando así lo definen nada menos que las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Ya en aquellos momentos (marzo del presente año) la situación había evolucionado lo suficiente como para que Thierry de Montbrial, miembro del Instituto de Francia, escribiese: El consenso europeo sobre el Medio Oriente es real, pero parcialmente ocultado por la voluntad de Londres, de Bonn y de La Haya, de no emprender nada sin haber recibido el permiso de Washington. Añadiendo: tal es el reflejo que paraliza casi sistemáticamente la emergencia de una política extranjera y de seguridad común. Para concluir: El gran editorialista norteamericano William Pfaff aconseja a los europeos que ignoren las opiniones de Washington y pongan todo su peso en la balanza para obtener un acuerdo lo más justo posible entre Israel y los palestinos. Tiene razón. Pero los europeos aún no están maduros para semejante audacia (*).

(*) Una nueva prueba del temor —¿o pánico?— reverencial de los países más poderosos de la Unión Europea frente a los Estados Unidos se vio con ocasión de la visita, a Moscú, del presidente francés Chirac, y del canciller alemán. Kohl. A su anfitrión, Boris Yeltsin, se le ocurrió decir que este encuentro suponía el nacimiento de una troica” destinada a contrabalancear la excesiva influencia de los Estados Unidos en Europa, desatando, de inmediato, los azorados mentis de las delegaciones francesa y alemana.

IRAQ Y KOSOVO

Y para acabar dos guindas sobre este papel, claramente demostrativo de hasta qué punto siguen vigentes las corrosivas opiniones del general De Gaulle. La primera la puso, a comienzos de año, la nueva crisis querida e impulsada, una vez más contra Iraq, por los Estados Unidos. Ante un panorama tan terrible como el que se iba materializando en esa explosiva zona del mundo y cuando aún nadie ha olvidado las negativas consecuencias de todo tipo que el casus belli anterior tuvo para los socios de la Unión Europea —recesión económica, daños espectaculares en el turismo, pérdida de mercados, etc.—, las reacciones autárquicas brillaron por su ausencia. Peor aún pues, en palabras de uno de los periodistas mejor informados o independientes de nuestro espacio geográfico, Ignacio Ramonet: Europa no existe. Su política exterior y de seguridad común es un fantasma. La demostración la tuvimos con ocasión de esta crisis. El 3 de febrero, sin consultar a los otros Estados europeos, los británicos —que presiden la Unión— ajustaron su paso al de los Estados Unidos y anunciaron que participarían en el bombardeo de Iraq. Poco a poco, y en orden disperso, la mayor parte de los Quince, con la excepción notable de Francia, se alinearon sobre esta posición belicista e hicieron pasar su solidaridad con respecto a la OTAN por delante de sus propios intereses europeos.

foto: Patrullas israelíes en Nablus, en junio de 1970. La ocupación militar israelí de tierras árabes afecta directamente a la Unión Europa pero, por temor a Washington, nadie se atreve a enfrentar ese problema.

En cuanto a la segunda guinda, y última en el tiempo, no es otra que la de Kosovo en donde se está repitiendo, según denunciaba DEFENSA, la trágica situación ya vivida en Bosnia- Herzegovina. Como aquel editorial era tan claro como rotundo no me extenderé en este tema. Tan sólo lo ofrezco al lector como un triste ejemplo adicional de lo que, a lo largo de todo este texto, he venido denunciando: lo incapaz de la Unión Europea para ir más allá de las cuentas de resultados y de los baremos económicos. En materia de Seguridad y Defensa tiene los pies de barro, los músculos desmadejados y la mente con encefalograma plano. Al final, y si no al tiempo, será el señor de la Casa Blanca quien determine qué es lo que tendrá que hacerse.

Revista Defensa nº 245, septiembre 1998, Fernando Fernández de Loaysa


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