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Los combates navales de Cavite y Santiago de Cuba, el desastre del 98

¿Fue culpa de los contralmirantes Montojo y Cervera, comandantes de las dos Escuadras o tal vez del Gobierno de la nación que ciego, no supo parar a tiempo una contienda suicida? ¿Se puede achacar la guerra a las ansias colonialistas y expansionistas de los EE.UU., promovidas, además de por Monroe en 1823, por un oscuro capitán de navío, Alfred Thayer Mahan, profesor del Naval War College de Newport, en cuya obra “Influencia del poder naval en la Historia”, se traslucía un profundo desprecio por lo español y una gran admiración por lo sajón?. A lo largo de las próximas líneas se pretende analizar exclusivamente la contienda naval para sacar una serie de enseñanzas aún válidas y aplicables a la Armada Española en el siglo XXI, pues ya se sabe que el que no conoce la Historia está condenado a repetirla.

LOS ORIGENES DE LA GUERRA
Si algún acontecimiento marca el nacimiento de los EE.UU. como una gran potencia, es el de la guerra de 1898 de la que obtuvo nuevos territorios y la posibilidad de proyectarse hacia el exterior. Para eso le fue de vital ayuda la situación de las colonias españolas que, a finales del siglo XIX, era caótica, con una insurrección latente en Filipinas y una conflagración abierta en Cuba. El Gobierno español se mostraba incapaz de alcanzar una solución que devolviese la paz y la prosperidad a sus posesiones allende los mares. Para ensombrecer aún más el panorama los EE.UU., que ansiaban alcanzar el estatuto de gran potencia después de haberse apropiado por la fuerza de Texas y de la mitad del territorio de México, haber comprado a los rusos Alaska y estar a punto de anexionarse las islas Hawaii, miraban con satisfacción y avidez intervencionistas el descontrol en las ricas colonias españolas, defendidas por un agotado Ejército cuyas líneas de comunicaciones marítimas con la Península protegía una Marina calificada en Madrid como poca y mal pagada.

Foto: El periódico sensacionalista “The World” informa, a su modo, de la explosión del “Maine”

Sólo faltaba, pues, el pretexto que vino en forma de un acorazado, el Maine, llegado al puerto de La Habana el 25 de enero de 1898 como embajador de buena voluntad, pero que en la práctica tenía el cometido de velar por los intereses de los ciudadanos estadounidenses en Cuba, y la misión de levantar un croquis con las defensas de artillería de costa de La Habana.
El Gobierno español quiso considerar esta visita como de cortesía y envió en correspondencia al crucero Vizcaya a Nueva York. Pero la fatídica noche del 15 de febrero, a las 21:40 horas, se oyeron dos explosiones y el acorazado yanqui, partido en dos a la altura del pañol de municiones del cañón de 152,4 mm de proa, se hundía llevándose consigo los cuerpos de 266 de los 354 hombres que componían su dotación. Al día siguiente, la Prensa amarilla capitaneada por William Randolph Hearst, propietario del “Journal” de Nueva York, y secundada por Pulitzer, dueño del “The World”, se atrevió a publicar en la primera página que la explosión era debida a una insidiosa bomba o mina española.
De nada valieron las conclusiones de la comisión naval española que achacaban el desgraciado evento a una explosión interna producida por la combustión instantánea de las carboneras y a la posterior deflagración del pañol de municiones contiguo, tesis que en 1975 habría de refrendar el prestigioso almirante norteamericano Hyman G. Rickover, creador de los submarinos nucleares, en su obra “How the batt elship Maine was destroyed” (Como fue hundido el acorazado Maine).

foto: Así plasmó un dibujante la salida de Dewey del puerto de Hong Kong, donde los ingleses le dieron apoyo logístico. ​

El grito Remember the Maine! (¡Recordad el Maine!) unido al de To Heli with Spain! (¡Al infierno con España!) recorrió todos los Estados de la Unión, sirviendo como banderín de enganche para numerosos voluntarios que estaban dispuestos a combatir contra los españoles y liberar a Cuba de las atrocidades que supuestamente éstos cometían allí. Por si fuera poco, el “Journal” publicaba en su primera página, como titular, que lo sucedido era el peor insulto a los EE.UU. en toda su Historia, y, a continuación, una carta del embajador español en Washington Dupuy de Lome, dirigida al político José Canalejas, en la que el diplomático tildaba al presidente norteamericano, el republicano Mc Kinley, de débil, populachero y politicastro. De nada sirvieron las excusas del Gobierno español y el cese fulminante del embajador, el daño ya estaba hecho. El corresponsal del “Journal”, Remington, telegrafió a Hearst desde Cuba poco después del hundimiento del Maine: Todo está tranquilo, no habrá guerra, quiero volver. Respuesta inmediata de Hearst: Quédese, usted envíe los dibujos. Yo prepararé la guerra.
Los tambores de Marte comenzaron a sonar por las costas Este y Oeste de los EE.UU., reclutando voluntarios. La Escuadra del Atlántico, del contralmirante Sampson, comenzaba a prepararse bajando a la base de Cayo Hueso, próxima a Cuba, mientras que la Escuadra Asiática del comodoro Dewey, se aprestaba en la colonia inglesa de Hong Kong. En España los políticos aún confiaban en evitar la guerra, perdiéndose dos meses preciosos en alistar la Escuadra de Filipinas al mando del contralmirante D. Patricio Montojo y Pasarán, y la de Instrucción, en Cartagena, al mando del también contralmirante D. Pascual Cervera y Topete. Paradójicamente, los diarios españoles se lanzaron a una carrera de insultos contra los norteamericanos tachándolos de desorganizados, con un Ejército ridículo y mal preparado y una Escuadra indisciplinada y poco eficiente, al mismo tiempo que lanzaban soflamas patrióticas incitando a su vez a una guerra que teóricamente nos llevaría a una fácil victoria contra tan débil enemigo. (En 1898 el Ejército de los EE.UU. contaba con tan sólo 28.000 efectivos mientras que las tropas españolas estacionadas en Cuba ascendían a 155.302 hombres, más 41.518 voluntarios).

foto: Una vista de las fortificaciones de la ciudad de Manila, con las baterías encima de las murallas.

El 6 de abril el secretario de la Marina estadounidense, John D. Long, daba órdenes concretas al contralmirante Sampson para destruir los barcos españoles, bloquear los puertos de Cuba y proporcionarles armas a los insurrectos tan pronto como se declarase la guerra, al mismo tiempo que el acorazado Oregón iniciaba un largo tránsito de 15.000 millas desde Bremerton, en el Pacífico, hasta Cayo Hueso, en el Atlántico, vía el Estrecho de Magallanes, para reforzar la Escuadra del Atlántico. El 11 de abril el presidente McKinley se dirigía al Congreso instándole a reconocer la independencia de Cuba, y el 25 declaraba la guerra a España con retroactividad del 21 de abril.

LA BATALLA DE CAVITE
El día siguiente a la explosión del Maine en La Habana el asistente al subsecretario de Marina, Teodoro Roosevelt, ordenaba al comodoro George Dewey alistar la Escuadra Asiática, que como ya vimos se encontraba en Hong Kong, y prepararse para destruir a la Escuadra de Montojo en las Filipinas. Dewey procedió a pintar sus blancos buques de gris naval, al mismo tiempo que zarpaba desde EE.UU., para apoyarle, el crucero Baltimore cargado de municiones y se adquiría un buque carbonero. El 22 de abril hacía acto de presencia el Baltimore y en sólo 48 horas entraba en dique para limpiar sus fondos y era puesto nuevamente a flote, de forma que el 24 salía la Escuadra compuesta por los cruceros Olympia donde arbolaba su insignia Dewey, el ya citado Baltimore, Boston y Raleigh, los cañoneros Concord y Petrel, y el auxiliar Mac Cullogh que carecía de armamento pesado. Sin poder combativo por tratarse de transportes, figuraban los carboneros Zafiro y Nansam. Gran parte del público que los despidió en los muelles de Hong Kong pensaba que se enfrentaban a un futuro incierto y que muchos de los que cubrían pasamanos en sus cubiertas, no iban a volver con vida.

foto: Recreación artística de la batalla de Cavite.

¿Qué hacía entre tanto Montojo para alistar a sus buques? La Marina Española había cometido, desde antaño, el error de situar su único arsenal en Cavite, dentro de la amplia bahía de Manila y al pie del castillo de San Felipe. Este enclave era incapaz de defender a una Escuadra frente a fuerzas que la atacasen desde la mar, pues estaba abierto y no ofrecía cobijo contra quienes lograsen forzar la entrada. Algo factible si se burlaban de noche las defensas de la isla de Corregidor, situada en mitad de la canal de acceso. Por el contrario la cerrada bahía de Subig, al otro lado de la península de Bataan y a 30 millas de Manila, era inexpugnable en el caso de que estuviese artillada su entrada, algo que apreciarían los norteamericanos al instalar en ella, años más tarde, la mayor base naval con la que contaron en Asia.
El 15 de marzo de 1898, es decir con un retraso de un mes después de la voladura del Maine, fueron enviados a Subig cuatro cañones de 150 mm. modelo 1885, algo anticuados pues al no ser de tiro rápido eran incapaces de competir con los modernos cañones navales, debiéndose además hundir algunos buques en la entrada y fondear minas para imposibilitar su forzamiento. El 20 de enero el agregado naval en Washington, teniente de navío Sobral, ya había advertido que de decidirse a intervenir, lo primero que harían los EE.UU. sería atacar las Filipinas.
Así y todo, cuando llegó la proclamación oficial del estado de guerra los cañones no estaban totalmente instalados en Subig por lo que el almirante español tenía ante sí tres opciones, una vez descartada la de encerrarse en Subig: fondear frente a Manila, al amparo de sus cañones, fondear frente al arsenal de Cavite protegido por la escasa artillería de Punta Sangley o hacerse a la mar, evitando el enfrentamiento en fuerza y realizar una guerra de corso contra los buques norteamericanos, amparados entre las 7.000 islas que componen el archipiélago filipino, con la ventaja de contar con un apoyo logístico terrestre del que carecían los norteamericanos, situados a 7.000 millas de sus bases navales.

foto: Un testigo vio de este modo al “Reina Cristina” tras la batalla de Cavite.

Entretanto la Escuadra de Dewey llegaba a la isla de Luzón el 30 de abril, destacando el comodoro a los cruceros Baltimore, Concord y Boston para reconocer la bahía de Subig, lugar donde lógicamente esperaba encontrar a la Flota española. Ante la ausencia de ésta, Dewey reunió a todos sus comandantes a bordo del Olympia tomando la decisión, de común acuerdo con éstos, de forzar esa misma noche la entrada de la bahía de Manila para atacar al día siguiente a los españoles. A las 23:30 horas con los buques totalmente oscurecidos y tan sólo una pequeña luz a popa para guiar al siguiente en la formación, los siete incursores pasaban frente a la siniestra mole de la isla de Corregidor (Fig. 1), con la incertidumbre de no saber si encontrarían minas en su derrota. Súbitamente la chimenea del Mc Cullogh se puso a escupir llamas, pero nadie reparó su presencia desde las baterías. Tan sólo una salva disparada desde la cercana isla del Fraile molestó la entrada de la Escuadra yanqui. Al amanecer del día 1 de mayo los norteamericanos se encontraban frente a Manila, donde algunas baterías costeras abrieron fuego sin consecuencias para Dewey situado fuera de su alcance. Los serviolas avistaron entonces a la Escuadra de Montojo fondeada frente a Cavite, la peor opción de todas por ser la que menos posibilidades le daban de sobrevivir.
Componían la Escuadra de Filipinas los cruceros Reina Cristina insignia de Montojo, Isla de Cuba e Isla de Luzón, cruceros no protegidos Castilla, Don Antonio de Ulloa y Don Juan de Austria, por último el cañonero Marqués del Duero. En número de buques de Montojo era superior a los norteamericanos, pero no así en desplazamiento, artillería ni blindaje. Además su operatividad y adiestramiento dejaban mucho que desear, pues los repuestos y cualquier tipo de apoyo logístico llegaban tarde y mal desde España. Pero todo ello lo sabía perfectamente su almirante que era, además, el responsable de su adiestramiento.
A las cinco de la mañana la línea de fila compuesta por el Olympia, Baltimore, Raleigh, Petrel, Condord y Boston, por este orden, recibía la primera salva del único cañón de 150 mm de Punta Sangley que estaba apuntado hacia la Flota norteamericana. A 5.000 metros los cañones de 203,2 mm del Olympia, Baltimore y Boston abrieron fuego sobre los Castilla y Reina Cristina, causándoles graves daños. La Flota yanqui inició una serie de pasadas a seis nudos sobre la inmóvil Escuadra de Montojo, cerrando cada vez más las distancias hasta llegar a 2.000 metros de ella. A las 07:30 horas el Reina Cristina ardía como una tea, por lo que Montojo trasladó su insignia al Isla de Cuba. El Castilla, mientras, sufría un duro castigo que le convertiría en un montón de hierros humeantes, el Marqués del Duero había intentado valientemente efectuar un ataque sobre la línea norteamericana pero recibió tal lluvia de fuego que tuvo que retirarse, al igual que el resto de la Escuadra de Montojo, al abrigo del arsenal de Cavite.

foto: Acceso a Manila por la Puerta de Isabel II

A las 07:35, inesperadamente, la flota norteamericana se retiró pues había cundido la alarma de que no quedaban municiones. Afortunadamente para Dewey no fue así, aprovechándose la retirada para almorzar y reponer fuerzas ya que las dotaciones, exahustivas, estaban en sus puestos de zafar rancho de combate desde hacía diez horas. A las 11:05 el crucero Baltimore, en solitario, se acercó a la batería de Cañacao manteniendo un duelo hasta que los cañones terrestres fueron silenciados, lo que hizo que todo el fuego de la Escuadra de Dewey se concentrara sobre Punta Sangley, hasta que la batería izó bandera blanca. Al amparo de sus cañones se encontraba el Don Antonio de Ulloa prácticamente desmantelado. Entonces ocurrió el hecho por el que Montojo fue llevado ante un Consejo de Guerra y separado del servicio, acusado del delito de abandono de puesto al frente del enemigo. Veamos que sucedió:
El pequeño cañonero Petrel, al tener menos calado entró de forma audaz en la ensenada de Bacoor, próxima al Arsenal caviteño, disparando a las 11:10 horas tres cañonazos, que no fueron contestados por los cuatro buques supervivientes, izando la bandera blanca, pues Montojo había desembarcado previamente. Al refugiarse el almirante en el Arsenal, y al ser bombardeado éste en el Castillo de San Felipe después, había dado instrucciones de que, en el caso de que se reanudase la lucha, fuesen evacuados los buques. A las 11:50 horas del 1 de mayo la Escuadra de Montojo había dejado de existir, al ser hundidos los Reina Cristina, Castilla, Don Antonio de Ulloa y Don Juan de Austria. Este último pudo ser reparado y sirvió bajo pabellón estadounidense hasta 1917, al igual que los cruceros Isla de Luzón e Isla de Cuba, que más tarde, en 1912, fue vendido a Venezuela en cuya Marina sirvió hasta 1940 con el nombre de Mariscal Sucre, lo cual demuestra que los buques españoles no eran tan viejos ni tan malos como se ha escrito.
El precio de esta victoria sin precedentes para los 1.734 norteamericanos fue de un muerto, el suboficial mecánico Randall, del Mc Cullogh, un hombre obeso que sufrió un infarto provocado por la temperatura de 50 grados que soportaba en la cámara de calderas, y dos oficiales y siete marineros heridos como consecuencia de la explosión de una caja de municiones del Boston, es decir el 0,5 por cien. Por parte española hubo que lamentar 161 muertos y 193 heridos, de 1.965 hombres, un 18 por cien, correspondiendo en su mayoría a las dotaciones de los cruceros que fueron los que mayor castigo soportaron. Los impactos obtenidos no dicen demasiado de las cualidades artilleras de los dos bandos pues de 5.681 disparos norteamericanos tan sólo alcanzaron su objetivo 139, es decir un 2,4 por cien, si bien por parte española este número se redujo a tan sólo 25 impactos.
El comunicado de Montojo al ministro de Marina, Bermejo, fue tan lacónico como impreciso: A medianoche de ayer la Escuadra americana consiguió forzar puerto antes de amanecer; presentó en línea frente a Cavite los ocho buques de que se compone. A las 07:30 se incendió proa “Cristina”; poco después ardió también popa. Roto servomotor transbordé con mi Estado Mayor al “Cuba”. A las 08:00 completamente incendiado el “Cristina” e igualmente el “Castilla “; demás buques, averiados, refugiados ensenada de Bacoor, fue preciso ir echándolos a pique para evitar cayeran en poder enemigo. Se calcula que pérdidas ascenderán 400 bajas; muertos capitán de navío Cadarso, capellán Novo y otros. Ha sido un desastre que lamento profundamente lo presentí y anuncié siempre por la falta de fuerzas y recursos. Montojo.

 EL PERIODO ENTRE COMBATES
Antes de los acontecimientos ya citados habría que hacer un inciso, haciendo constar que la Armada Española a comienzos de 1898 figuraba en quinto lugar, en el mundo, por su tonelaje y número de buques, e incluso Frederick T. Jane, editor del prestigioso anuario británico “Jane’s Figthting Ships”, hacía el siguiente comentario: Los habitantes de la franjo costera americana pueden sufrir un gran daño por parte de España, ya que el acorazado “Pelayo” puede realizar ésto casi impúnemente..., el acorazado “Cristóbal Colón” puede hacer lo mismo..., y el resto de los buques acorazados españoles son más que suficientes como para impedir el bloqueo de La Habana. Sin duda confundía a Cervera con el audaz Nelson.
El 12 de enero de 1887, el almirante Rodríguez Arias, ministro de Marina en un gabinete Sagasta, conseguía por fin ver aprobado un Plan Naval para la construcción de una nueva Escuadra, consistente en un acorazado, el Pelayo, un crucero protegido, el Reina Regente, y cuatro más pequeños, amén de una docena de torpederos. Aparte de los buques ya encargados, se había previsto la financiación de siete grandes cruceros acorazados y de unos diez cañoneros. En Cartagena, un teniente de navío llamado Isaac Peral iniciaba, en 1888, las pruebas de mar de un submarino eléctrico torpedero, único en el mundo y que no se materializaría en serie por las envidias y asechanzas que llevaron al ministro de Marina, almirante Beránger, a desechar su construcción, error que le hizo afirmar años más tarde al ya contralmirante Dewey: De haber contado la Escuadra de Cavite sólo dos submarinos del tipo Peral, el resultado hubiera sido bien distinto, pues su efecto moral era muy superior al del torpedo y la mina.
En 1894, a cuatro años de la guerra con los EE.UU., una comisión del Parlamento español demostró que el plan de construcción de la Escuadra no se estaba llevando a cabo de acuerdo con el calendario previsto pues muchos barcos iban muy retrasados o aparecían defectos no previstos y el dinero del presupuesto asignado estaba prácticamente agotado. Además, los recortes efectuados por los liberales en el presupuesto de Marina, provocaron que los buques en servicio no tuvieran el adecuado mantenimiento. En 1895 se perdió con toda su dotación en un temporal, en el Estrecho de Gibraltar, el flamante crucero Reina Regente, entregado tan sólo siete años antes, achacándosele el infortunio a los pesos altos de su artillería principal. En tal estado de cosas estalló la crisis con los EE.UU., siendo ministro de Marina el contralmirante Segismundo Bermejo y comandante general de la Escuadra el ya citado contralmirante Cervera y Topete, amigo de Sagasta.

fofo: El almirante Pascual Cervera no supo estar a la altura de las circunstancias.

Cervera, que había sido ministro de Marina del 14 de diciembre de 1892 al 23 de marzo de 1893, nada o casi nada pudo hacer para remediar los defectos que le veía a la Flota y que en una colección de documentos referentes a las vicisitudes de las más tarde bautizada Escuadra de Operaciones de las Antillas, analiza con espíritu pesimista y fatalista, cuando no derrotista; documentos —todo hay que decirlo— con los que intenta derivar hacia otros las responsabilidades de lo que, luego, sería la más espantosa derrota sufrida jamás por una Escuadra española.
Ya el 14 de mayo de 1898, una carta a su primo, el general jurídico Juan Spottorno, hace referencias al almirante Byng, fusilado en Plymouth tras su derrota en Menorca, al almirante Persano, derrotado en Lissa y posteriormente desgradado, a Mathews, en Cabo Sicié, a Bazaine, ahorcado después de Metz, etc., previendo pues la catástrofe que se le venía encima. Su trayectoria posterior le aboca claramente hacia ella al carecer de un mínimo de iniciativa y, de acuerdo con el almirante Eliseo Álvarez Arenas, de visión de la maniobra estratégica y táctica. En su abundante correspondencia con el ministro de Marina, demuestra una gran preocupación por el tema económico, pero no da cuenta de los ejercicios o adiestramientos que deberían hacer los buques, sobre todo el tiro naval, previendo las posibilidades de un enfrentamiento con los EE.UU.
El 12 de febrero solicitaba al ministro una información que podríamos calificar de inteligencia sobre el futuro enemigo: distribución de los buques y bases navales, cartas y derroteros necesarios, objetivos previstos y planes de Gobierno. Información básica que creemos debió estar en su poder con mayor antelación, para poder redactar los planes de operaciones. El tema de la artillería principal del Cristóbal Colón, aún sin instalar, es otro de sus motivos de preocupación, al igual que el de la munición y cierres defectuosos de 140 mm. De hecho y por desidia del Arsenal de apoyo, el Colón entró en combate sin contar con su artillería principal de 254 mm. Otros buques importantes de la Escuadra, los acorazados Carlos V y Pelayo, tampoco estuvieron disponibles para acompañar a Cervera a las Antillas, y de los ocho buques principales del Apostadero de La Habana optó por no contar con ellos dado su mal estado y falta de instrucción.
Paradójicamente ajeno a estos menesteres, el “Heraldo de Madrid” del 6 de abril decía optimista: La victoria será fácil porque tan pronto como abran fuego nuestros buques desertarán las tripulaciones de los barcos norteamericanos, formada como es sabido por gente de todas las nacionalidades. Semanas más tarde, y después de la terrible derrota de Cavite, “El Imparcial”, también optimista, peroraba:
Ahora comienza la pelea y el azar de las armas vacilará mucho antes de discernir el título de vencedor…

foto: Por razones incomprensibles el “Pelayo”, en primer plano, y el “Alfonso XIII”, al fondo, se quedaron en España.

EL TRÁNSITO HACIA SANTIAGO DE CUBA

El 27 de marzo por fin la Escuadra de Cervera abandona Cartagena rumbo a Cádiz donde recoge toda la munición existente. El 8 de abril, apremiado por el ministro de Marina y el gobernador general de Cuba, general Blanco, que echa en falta una fuerza naval que evite el bloqueo norteamericano de la isla pone proa a Cabo Verde. Con Cervera van tan sólo los cruceros Infanta María Teresa, buque insignia, y Cristóbal Colón, como hemos visto sin su artillería principal, debiéndosele reunir en Cabo Verde los cruceros Vizcaya y Oquendo, además de la Escuadrilla de cazatorpederos y torpederos. En España quedan, al no haberse alistado incomprensiblemente, los buques mayores, los acorazados Pelayo y Carlos V, crucero Alfonso XIII y las fragatas acorazadas Victoria y Numancia. En La Habana se cuenta con el crucero Marqués de la Ensenada y los cruceros no protegidos Alfonso XII, Reina Mercedes, Isabel y Conde de Venadito, todos ellos sitos en el Apostadero al mando del contralmirante Manterola.

foto: Tres de los buques que participaron en la batalla de Santiago de Cuba. De izquierda a derecha, los “Infanta María Teresa”, “Oquendo” y “Vizcaya”

El 14 de abril fondea Cervera en Cabo Verde, comenzando a carbonear todos sus buques. Seis días más tarde, y aún fondeado, propone Cervera regresar a las Canarias para garantizar su defensa, evitando ir a Cuba o Puerto Rico, alegando la inmensa superioridad de los buques norteamericanos. El día 21, el ministro le responde que las Canarias están perfectamente aseguradas y que salga cuanto antes hacia Puerto Rico, orden que repite el 22 y que vuelve a ser contestada por Cervera, lo que obliga al ministro a convocar una junta de generales de la Armada, el 23, donde se decide que la Escuadra de Cervera compuesta por los tres cruceros acorazados y los cazatorpederos Terror, Furor y Plutón al mando del capitán de navío Villaamil, marche a las Antillas pudiendo recalar en Puerto Rico o Cuba.
Esta decisión le es comunicada a Cervera el 24, pero éste no se hace a la mar hasta el 29 comunicándolo con el mensaje en clave Salgo para el Norte. Cervera, al contrario que Dewey en Hong Kong, no viaja acompañado de buques mercantes que transporten el preciado carbón, lo que a la larga causará graves contratiempos al tener que depender de rendez-uous con los carboneros, que nunca tendrá lugar.
El 12 de mayo la Escuadra llega a Fort de France, Martinica, donde queda el Terror con sus calderas quemadas, negándose el gobernador francés a carbonear al resto de los buques, por lo que el 14 la Escuadra entra en Curaçao donde obtiene 600 toneladas de carbón, a todas luces insuficientes para cubrir las consumidas, y que paradójicamente le son suministradas por el cónsul norteamericano, capitán Smith.
Desde este puerto vuelve Cervera a informar al ministro de todas las deficiencias ya archiconocidas de sus buques, con la esperanza de que le ordene volver, cosa que en efecto sucede, pero al reclamar el general Blanco, el 17 de mayo, la presencia de la Escuadra en Cuba, la orden es revocada. Por fin, el 19 entra Cervera con sus buques en Santiago de Cuba, decisión nefasta como veremos porque la plaza carece de recursos alimenticios y de comunicaciones por carretera o ferrocarril con La Habana.
Entre tanto, el contralmirante Sampson había procedido a la búsqueda de los buques españoles, bombardeando San Juan de Puerto Rico, el 11 de mayo, al no encontrar la Escuadra en ese lugar, y replegándose a su base de Cayo Hueso, el 20, no sin antes ordenarle al comodoro Winfield Scott Shley, comandante de la Escuadra Volante, ir a Cienfuegos a la caza de Cervera. Al no dar con él también Shley pone proa a Cayo Hueso para arrumbar de nuevo hacia Santiago a donde llega el 29, descubriendo allí a la Escuadra española e iniciando el bloqueo.
Cervera le había hecho saber al ministro sus deseos de limpiar máquinas y calderas, y carbonear antes de zarpar. El 21 el comandante general del Apostadero de La Habana, Manterola, le comunica la salida a la mar de la Escuadra yanqui. A su vez el general Blanco le da cuenta, puntual, del paso de los barcos enemigos frente a Cienfuegos y La Habana.
El 23 de mayo Cervera inicia un tímido intento de abandonar Santiago pero le vuelve a vencer la indecisión y el temor a un enfrentamiento con su rival que él considera superior pero que en esos momentos es inexistente por lo que el cazatorpedero Terror ya reparado, abandona ese mismo día Martinica y alcanza Puerto Rico sin ser molestado. El 26, Cervera protagoniza otro tímido amago de hacerse a la mar, pero al avistar el semáforo tres buques enemigos en el horizonte se echa de nuevo atrás, perdiendo así su última oportunidad pues el día 29 de mayo, como ya se ha dicho, es descubierto por la Escuadra Volante de Schley que establece rápidamente el bloqueo.
El 3 de junio los norteamericanos abordan el embotellamiento total de la Escuadra española, al hundir durante la noche al buque carbonero Merrimac tripulado por tan sólo siete hombres al mando del teniente de navío ingeniero Richmond Pearson Hobson, en la canal de entrada. Afortunadamente, el fuego certero del Reina Mercedes y el Plutón destrozan el servomotordel timón y el Merrimac se hunde dejando expedita lasalida.

foto: El general Blanco, capitán general de Cuba en el momento de los hechos.

Con la Escuadra de Cervera bloqueada, Sampson aprovecha para desembarcar sin oposición, a partir del 22 de junio en las cercanas playas de Daiquiri y Siboney, el 5º Cuerpo Expedicionario. Consta de 16.000 hombres del Ejército de los EE.UU. al mando del general Shafter, cifra similar a las tropas del general Linares, comandante general de la División de Cuba, que asombrosamente han abandonado el día antes las trincheras que dominaban las playas, y desde las que hubieran podido fácilmente impedir el desembarco.
Cervera desembarca a mil hombres al mando de su jefe de Estado Mayor, el capitán de navío Bustamante, para cooperar a la defensa de Santiago de Cuba por tierra. El ministro de Marina, que desde 18 de mayo es el contralmirante Auñón, viendo la inactividad y falta de decisión de Cervera decide ponerlo a las órdenes del general Blanco, capitán general de Cuba, a partir del 25 de junio. Este le comunica al almirante que acechará la ocasión oportuna para salir dirigiéndose a donde juzgue conveniente; pero en el caso de que los acontecimientos se agravasen hasta el punto de creerse próxima la caída de Santiago de Cuba, la Escuadra saldrá resuelta lo mejor que pueda. . El general no quiere que bajo ningún concepto la Escuadra caiga en manos del enemigo sin combatir, por el grave efecto que ello tendría en la moral de las tropas bajo su mando. Por ello, al empeorar el sitio a Santiago, Blanco telegrafía al ministro de la Guerra, el 2 de julio: He ordenado salga la Escuadra inmediatamente, pues si se apodera de ella enemigo boca puerto está perdida.


EL COMBATE NAVAL DE SANTIAGO DE CUBA
El domingo 3 de julio, y una vez reembarcada la marinería que había combatido duramente en tierra, Cervera ordena zarpar a sus buques a las 09:30 horas, sentenciado irremisiblemente por la locura o el falso orgullo nacional, escribiría Mahan años más tarde. La Escuadra sale a plena luz del día, algo inexplicable pues inmediatamente el Iowa hace fuego al avistar al buque insignia, el Infanta María Teresa, al que siguen el Vizcaya, Cristóbal Colón, Oquendo y los dos cazatorpederos Furor y Plutón. De nuevo Cervera vuelve a desoir la táctica naval que aconseja que salgan primero a los cazatorpederos para que, con su mayor velocidad, sorprendan al enemigo e intenten atacarlo con sus torpedos.

foto: Los dos acorazados italianos que la Armada estuvo a punto de comprar, sin que prosperasen las negociaciones. Su posesión hubiera potenciado extraordinariamente el dispositivo naval español.

El orden de salida de los cruceros también fue curioso pues si pretendía escapar, lo lógico era haber puesto al buque más veloz, el Colón, en cabeza, y al más lento, el Vizcaya, en la cola para no entorpecer a los más rápidos. La suerte no les era del todo adversa a los españoles pues el almirante Sampson, a bordo del crucero New York, había decidido entrevistarse con el general Shafter esa misma mañana en Siboney, a 10 millas de distancia, algo de lo que se arrepentiría toda su vida, no asistiendo por ello al combate. Igualmente, había enviado al acorazado Massachusetts esa misma mañana a carbonear a Guantánamo. Así, frente a la Escuadra de Cervera, y de levante a poniente, quedaban los acorazados Indiana, Oregón, Iowa, Texas, el crucero Brooklyn, buque insignia de Schley, y los yates armados Gloucester y Vixen.
El Infanta María Teresa arrumbó hacia el Suroeste, intentando embestir al buque más próximo que era el Brooklyn situado al Suroeste Este arrumbó hacia el Sur, poniendo la popa al crucero español cuyo primer disparo cayó entre el Texas e Iowa, que inmediatamente abrieron fuego. Entre la salida del Infanta María Teresa y el Vizcaya transcurrieron diez interminables minutos en los que el buque insignia tuvo que soportar el fuego de los cuatro acorazados y del crucero norteamericanos. Por el contrarío, el Cristóbal Colón salió muy próximo al Vizcaya, y aprovechando que el fuego enemigo estaba concentrado sobre el Infanta María Teresa, comenzó a escapar sin sufrir daños. Entretanto, el Brooklyn, que había maniobrado para evitar el intento de abordaje del Infanta María Teresa, no vio, con la humareda de los disparos, al Texas a punto de colisionar. La rápida reacción del comandante de este acorazado, dando toda atrás, evitó el abordaje que hubiera supuesto la pérdida de los dos buques. Esa deficiente maniobra fue interpretada como una huida ante los españoles y de ella tuvo que responder más tarde Schley ante un tribunal militar.
En ese momento, los cuatro buques españoles abrían fuego sobre el Brooklyn a una distancia de 2.500 metros, mientras éste disparaba todos sus cañones simultáneamente sobre los Infanta María Teresa, Vizcaya y Oquendo. Sobre este último buque hacía fuego también el Iowa, que ayudado por el Oregón, barrieron la cubierta del buque español con su metralla.  Una salva del Indiana provocó un incendio a popa del Vizcaya, mientras que un certero impacto causaba gran daño en el Infanta María Teresa, al cortar la tubería principal del vapor.
En medio del fragor del combate, salieron los cazatorpederos Furor y Plutón, que avistados por el yate Gloucester, rápidamente atrajeron el fuego de los acorazados Indiana, Iowa y Oregón. Un disparo del Iowa prácticamente partió en dos al Plutón al reventarle una caldera. Con todo el fuego concentrado sobre el Furor, éste intentó lanzar un ataque con torpedos dado que se encontraba a tan sólo 600 metros.
En ese momento, las 10:15 horas, dos salvas del Indiana hundían al Furor con su jefe de Escuadrilla a bordo, capitán de navío Villaamil, mientras que el Plutón varaba en la costa cubana.
Más hacia el Oeste, el Brooklyn y el Oregón batían a 2.000 metros al Infanta María Teresa, al mando directo de Cervera, al haber caído herido su comandante, capitán de navío Concas. Visto lo desesperado de la situación y disminuida su velocidad por los incendios en calderas, Cervera puso proa a tierra para varar y salvar a la dotación. Cuarenta minutos había durado su combate, cuando tocaba fondo 6 millas al Oeste de Santiago cerca de Punta Cabrera.

foto: Los vapores filibusteros “Laurada” y “Bermuda”, anclados en Coopers Point, Filadelfia, bajo la protección del crucero norteamericano “Hamilton “.  Desde mucho antes de la declaración de guerra a España, los EE.UU.  colaboraban activamente con los insurrectos cubanos.

El Oregón concentraba ahora su fuego sobre el Oquendo situado a 900 metros y tan sólo 12 minutos después de la destrucción del Infanta María Teresa, el segundo crucero español ardía como una tea, varando a media milla del buque de Cervera, habiendo muerto a bordo su comandante, el capitán de navío Lazaga. La caza del Oregón continuó esta vez sobre el Vizcaya, ayudado por el Brooklyn. Cuando el buque de Schley se encontraba a 3.500 metros del crucero español un disparo certero decapitaba al marinero escribiente George Ellis, situado en las proximidades del comodoro. Fue la única baja mortal norteamericana en todo el combate.
Al unirse el Texas a los perseguidores y cerrar distancias, el Vizcaya fue igualmente incendiado varando en la playa de Aserraderos, a 18 millas de Santiago. En ese momento, el último buque español, el Colón, estaba a seis millas por la proa de sus perseguidores y prácticamente intacto, dando 20 nudos, una velocidad que evitaba que le pudiesen dar alcance. Pero a las 12:50 horas un proyectil de media tonelada de 330 procedente del acorazado Oregón, situado a 9.000 metros, cayó por la proa del Colón, y unos pocos minutos más tarde, otra salva del 330 lo hizo justo por la popa. El crucero español, al sentirse ahorquillado, amó la bandera. El último cañonazo del día acababa de ser disparado.

Por el hecho de rendir el crucero sin luchar hasta el final, fueron juzgados y condenados por un Consejo de Guerra, en España, el comandante del Colón, capitán de navío Emilio Díaz Moreu, y el segundo jefe de la Escuadra, general José Paredes, que se hallaban a bordo. El Colón sólo sufrió un muerto y 25 heridos.
Afortunadamente, cuando la dotación de presa quiso hacerse cargo del magnífico y novísimo buque se vio chasqueada pues los mecánicos españoles habían abierto las válvulas de fondo y en la cámara de calderas el nivel del agua del mar era de 4,5 metros. A las 23:00 horas, el Colón daba la vuelta, pero su bandera, intacta, fue recuperada y puede hoy contemplarse en la entrada del edificio principal de la Academia Naval de los EE.UU. en Annapolis, muy cerca de donde se conserva el palo trinquete del Maine, como marcando el principio y fin de una guerra que nunca debió suceder.

Los innumerables heridos fueron evacuados al buque hospital Solace y, posteriormente, a Norfolk. Al almirante Cervera le rescató una falúa del yate Gloucester, y al comandante del Vizcaya, capitán de navío Antonio Eulate, que quiso entregar su espada al comandante del Iowa, le autorizaron a conservarla como muestra de admiración por su heroica lucha.
De los 2.227 hombres que componían las dotaciones de la Escuadra española, 323 murieron en combate y 151 resultaron heridos, lo que representaba un 24 por cien de bajas, pero de 9.433 disparos realizados sólo 122 hicieron blanco, un 1,3 por cien, es decir, mucho peor que la Escuadra de Dewey. Esto le hizo escribir al siempre crítico Mahan, que era preciso revisar profundamente el adiestramiento y métodos de tiro, pues el próximo enemigo puede no ser tan incompetente como los españoles. Curiosamente éstos consiguieron un resultado mucho mejor, pues de 1.530 disparos obtuvieron 64 impactos, es decir un 4 por cien.


El parte transmitido por Cervera al general en jefe Blanco fue el siguiente: En cumplimiento de las órdenes de VE., salí ayer mañana de Cuba con toda la Escuadra, y después de un combate desigual contra fuerzas más que triples de las mías (¿?), toda mi Escuadra quedó destruida, incendiados y embarrancados “Teresa”, “Oquendo” y “Vizcaya” que volaron; el “Colón”, según informes de los americanos, embarrancado y rendido; los cazatorpederos a pique. Ignoro aún las pérdidas de gente, pero seguramente que suben de 600 muertos y muchos heridos, aunque no en tan grande proporción. Los vivos somos prisioneros de los americanos. La gente toda rayando a una altura que ha merecido los plácemes más entusiastas de los enemigos. Al comandante del “Vizcaya” le dejaron su espada. Estoy muy agradecido a la generosidad e hidalguía con que nos tratan. Entre los muertos están Villaamil y creo que Lazaga, entre los heridos Concas y Eulate. Hemos perdido todo y necesitaré fondos. Cervera. Playa del Este, 4 de julio de 1898.


CONCLUSIONES
La destrucción de las Escuadras de Montojo y Cervera, supuso para España la pérdida automática de las Filipinas y de Cuba, al quedar las tropas aisladas de España y sin posibilidades de recibir refuerzos humanos ni materiales. Además por el tratado de Paris, pésimamente negociado, se cederían Puerto Rico y Guam, recibiendo 20 millones de dólares a cambio.

foto: La fragata “Numancia”, que había sido modernizada en Forges et Chantiers de la Méditerranée, de Francia, se quedó en aguas españolas.

Achacarle este tremendo desastre únicamente a los contralmirantes Montojo y Cervera sería del todo injusto, pues si bien a Montojo le condenó un tribunal militar la causa contra Cervera fue sobreseída por tan sólo un voto de diferencia, el tremendo abandono que había sufrido la Armada Española en la segunda mitad del siglo XIX, trajo este resultado. Los mismos buques bien mantenidos y adiestrados, y con unos jefes decididos y con visión táctica, bien diferentes al derrotista Cervera o al abandonista Montojo, hubieran conseguido, si no la victoria total, sí al menos causarle graves daños al enemigo.
Para ejemplo tenemos la batalla del río Yalu de 1894, donde el almirante japonés Ito, con tres cruceros, echó a pique la Escuadra del almirante chino Chio Ting que contaba con dos acorazados, gracias a la mayor eficacia en el tiro de los disciplinados japoneses, ya que Chio Ting quiso aplicar la receta de Lissa, embestir al contrario, siendo destruido en su intento por el certero fuego del enemigo, algo que debería haber sabido Cervera. La errónea decisión de enviar la Escuadra de Instrucción, dejando los buques más poderosos en España, Pelayo y Carlos V, se pagó bien cara. Curiosamente esta decisión fue tomada por los dieciocho almirantes del Consejo de Generales, número que a todas luces nos parece elevado para contar, como se contaba, con tan sólo cuatro cruceros acorazados operativos.

foto: La fragata “Victoria”, otra nave modernizada en Forges et Chantiers de la Méditerranée, no participó en los dramáticos sucesos del 98

Al final, el honor lo salvaron las acciones de héroes como la del guardiamarina Enrique Chereguini Buitrago a quien después de amputarle un proyectil las dos piernas, no quiso abandonar su puesto, o el teniente de navío Fajardo, que tras perder un brazo dijo que aún le quedaba otro para luchar, el condestable Zaragoza, herido gravemente en el abdomen que pidió morir envuelto en la enseña nacional, el capitán de navío Villaamil muerto en el puente del Furor o el capitán de navío Bustamante, jefe de Estado Mayor, herido mortalmente cuando marchaba al frente de la marinería para reconquistar una posición en las Lomas de San Juan, y tantos otros héroes anónimos que cayeron en cumplimiento de su deber dejando teñida con su sangre la bandera que juraron defender.
Algo que también demostraron al mundo los 33 combatientes del pueblecito de Baler, 180 km. al Norte de Manila, que resistieron al mando del teniente Martín Cerezo, durante 337 días después de que las Filipinas se hubieran cedido a los EE.UU., demostrando que el soldadito español aún era digno de admiración y respeto.
La falta de visión geoestratégica que siempre nos ha caracterizado, no supo prever a tiempo el enfrentamiento con la nación que con el paso del tiempo y gracias a su victoria de 1898, sería la primera potencia mundial, debiendo haber puesto el Gobierno de Cánovas, primero, y el de Sagasta, después, todos los medios a su alcance para evitar el conflicto suicida.


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