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Cohetes reglamentarios de campaña en España. La semilla de la SGM

Durante la Segunda Guerra Mundial (SGM) los cohetes, que habían caído en el olvido durante la Gran Guerra, fueron utilizados por primera vez en combate por el Ejército Rojo el 7 de julio de 1941, en Smolensko, causando una considerable sorpresa a los alemanes. Se trataba de los BM-13 de 132 mm., los más característicos entre los “Katiuska” u “Órganos de Stalin’ todos ellos estabilizados por aletas. La División Azul sufrió los terroríficos efectos de las preparaciones artilleras rusas, en las que se incluían los cohetes, experiencia que fue transmitida a los mandos del Ejército español junto con los informes técnicos, obtenidos por diversas maneras, relativos a los magníficos cohetes alemanes estabilizados.

Los ejemplos ruso y alemán se propagaron rápidamente, de tal forma que prácticamente todos los principales contendientes utilizaron cohetes desde aviones, barcos y afustes terrestres. Los ingleses comenzaron modestamente con cohetes antiaéreos de aletas, pero terminaron usando masivamente unos derivados suyos en empleo tierra-tierra y, sobre todo, aire-tierra.
Los norteamericanos sufrieron los muy eficaces cohetes estabilizados por rotación alemanes ya en el Norte de África, y poco después fabricaban sus propios cohetes estabilizados por aletas, el más característico de los cuales era el M-8 de 4,5 pulgadas (114,3 mm.), del que llegaron a producir la gigantesca cantidad de 2.537.000 unidades.
Además, aquel conflicto mundial dio carta de naturaleza a los misiles balísticos (y de crucero) superficie-superficie, las armas de represalia del III Reich, basadas también en la tecnología de los cohetes, con lo que estos salieron de la guerra con la consideración de armas imprescindibles.

foto: A finales de los años 40,  los CR-32 “Chirri”  dispararon cohetes.

La experiencia de rusos, fundamentalmente, y alemanes, hizo florecer de nuevo en España la investigación sobre los cohetes y, sin que hayamos conseguido encontrar más detalles hasta la fecha, hay constancia documental de que, en 1946, se probaron en el Polígono de Experiencias de Carabanchel, en la línea de tiro de 14 km., unos cohetes de 220 mm. de calibre y 2 m. de longitud, dotados de aletas y resaltes a cola de milano, proyectados en la Pirotecnia de Sevilla por el teniente coronel de Artillería (luego de Armamento y Construcción) Manuel Espinazo Cabrera. De estos cohetes se conservan hoy en día dos ejemplares, uno en el museo del Laboratorio Químico Central de La Marañosa (previamente en el Polígono de Carabanchel) y otro en el Museo Regional Militar de Sevilla.
En aquellos primeros años de nuestra posguerra cobró vida también otro, lanzado desde el aire, diseñado por el teniente coronel de Aviación José Pazó, que tuvo algún desarrollo posterior en los años cincuenta (cohetes del INTA), como veremos. Incluso el Ejército del Aire realizó una versión del mismo para su empleo antiaéreo por las tropas paracaidistas. Un ejemplar de  estos cohetes se conserva en el mencionado Museo Militar Regional de Sevilla.

Por otra parte, el gesto norteamericano de desmantelar la fábrica subterránea de las V-2 de Mittelwerke (Sajonia) y trasladarla a los EE.UU., junto con sus ingenieros (Werner von Braun, etc.), al que se anticiparon los rusos con todo lo que de interés militar o industrial caía en su área de influencia, fue seguido por el resto de los aliados, así como por otras naciones, incluso ajenas al conflicto.
España hizo lo propio en 1949, una vez que los férreos controles sobre la Alemania ocupada se fueron relajando ante el mal cariz que tomaba la Guerra Fría. Los técnicos alemanes que reclutó, secretísimamente, el Alto Estado Mayor (AEM), fueron integrados en el recién nacido Centro de Estudios Técnicos de Materiales Especiales (CETME) del Instituto Nacional de Industria (INI).
En este contexto, y quizás por lo estratégico del campo de los cohetes, el tratamiento dado al mismo fue algo distinto, creándose en 1950 la Comisión para el Desarrollo e Investigación de Cohetes, en la que es se integraron técnicos alemanes de los diferentes Grupos de Trabajo formados en el CETME.
Estamos, pues, como luego veremos, en presencia de los orígenes de casi todos los cohetes y el cañones sin retroceso españoles. En 1952, por orden del Estado Mayor Central del Ejército (EMC) de 14 de agosto (Diario Oficial —DO— n° 180) nació el Laboratorio Químico Central de Armamento (LQCA), en base al que existía en la Fábrica Nacional de Productos Químicos de La Marañosa (antigua Fábrica de Gases de Guerra Química), y en los terrenos aledaños a la misma. El LQCA tubo, parte fundamental en el desarrollo de los cohetes españoles, al diseñar y probar los motores y sus combustibles, entre otros trabajos relacionados con estas armas (mecanismos de control, espoletas, cabezas de combate, lanzadores, etc.). La firma en 1955 de un convenio con la empresa germana Nitrochimic A.G impulsó los trabajos que venían desarrollándose sobre cohetes, especialmente a partir de dos años después.

foto: Detalle del dispositivo de lanzamiento y dos cohetes “Pazo’ bajo el ala inferior derecha de un Fiat CR-32.

Lo fundamental de la aportación alemana fueron las pólvoras de doble base y la organización de las mismas bien en macarrones (cilindros huecos de gruesas paredes, incluso formados por gajos yuxtapuestos), además de solucionar a la estabilización por rotación de los proyectiles, conseguida mediante orificios de salida de gases tallados en espiral en la placa de toberas.
El 11 de septiembre de 1959 el EMC del Ejército, creó la Comisión para la Investigación y Desarrollo de Cohetes, vinculando el cargo de presidente de la misma al general director de la Escuela de Aplicación y Tiro de Artillería. En 1963 la citada comisión pasó a denominarse Junta de Investigación y Desarrollo de Cohetes (JIDC), siendo reestructurada el 6 de junio de 1965. Poco se conoce documentalmente de aquel organismo, y de su antecesor, en parte por lo reservado de sus actuaciones y en parte porque cuando en la práctica fue suprimido, se hizo de forma tan precipitada que sus archivos pasan en un día de su sede, en la calle Hermosilla, al Laboratorio en La Marañosa, desastre del cual no han sabido hasta la fecha.

Durante muchos años (de 1963 a 1974), la Junta estuvo presidida por el teniente general procedente de Artillería Manuel Marcide Odriozola, auxiliado por un general segundo jefe, el coronel director de la Escuela de Aplicación y Tiro de Artillería (EATA) y el general inspector del Cuerpo de Armamento y Construcción(CIAC), entre otros, y compuesta por un equipo técnico de ingenieros del Cuerpo de Armamento miembros del LQCA, del Polígono de Experiencias de Carabanchel (PEC) y del Taller de Precisión y Centro Electrotécnico de Artillería (TPYCEA), y otro táctico de artilleros de la EATA.

La labor de los equipos de la Junta y del Laboratorio, en unión con los de las fábricas de armas y de pólvoras (Trubia, Granada, Valladolid, etc), en su mayoría cedidas temporalmente por el Ejército en préstamo (aunque hoy estén cerradas o privatizadas en su mayoría), a la Empresa Nacional.

Santa Bárbara (ENSB), hizo posible la creación de toda una familia de armas basada en los cohetes estabilizados por rotación, los primeros de los cuales entraron en servicio en 1960, apenas diez años después de iniciada la andadura de la Comisión de Cohetes, continuando en las plantillas de las unidades españolas durante una veintena de años, con un rendimiento magnífico.
La JIDC fue diluyéndose en el seno de la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) del Ministerio de Defensa, hasta terminar desapareciendo en los años noventa; concretamente, por la Orden Ministerial n°83 de 1987 (Boletín Oficial de Defensa -BOD.- de 28 de abril), aunque el definitivo abandono de la citada sede de la calle Hermosilla, y traslado de los expedientes a La Marañosa, no se realizó hasta 1994. Curiosamente, aquel mismo año de 1987 se suprimía de las escalillas de capitanes de Artillería a Daoiz y Velarde, los cuales figuraban en las mismas desde el 7 de julio de 1812, por decreto del Consejo de Regencia.

Los primeros cohetes de aletas
A comienzos de los años setenta se vio claro que los cohetes de combustible sólido giroestabilizados habían llegado al límite de sus posibilidades de desarrollo, por lo que se comenzaron las experiencias con aletas, las cuales vinieron de la mano de la siempre inalcanzada precisión de los cohetes estabilizados por rotación, cuya estabilidad del vuelo impone que su longitud no pueda superar seis o siete veces su calibre; limitación que, en la práctica, supone no puedan superar alcances mayores a la veintena de kilómetros para los grandes calibres (características ya conseguidas por el cohete español tipo 0-3, del que más adelante se tratará). Para distancias mayores, con precisiones admisibles, son necesarias las aletas.

foto: Cohete “T” y su lanzador balístico.

Esta solución obligó a suprimir las múltiples toberas inclinadas, de engorrosa, lenta y cara fabricación, obligatorias anteriormente para producir el movimiento de rotación, por lo que ahora sólo era necesaria una, pero con unas condiciones de diseño y construcción más exigentes, tanto en su forma como en los materiales que la constituían, pues debían aguantar temperaturas mucho más elevadas, incidiendo también en el diseño de los combustibles sólidos. Por otra parte, los avances en los propulsores sólidos hicieron posible estas soluciones alternativas al sistema de estabilización por rotación. Los proyectos españoles se iniciaron siguiendo el ejemplo de los norteamericanos y los rusos, quienes no descuidaron las posibilidades que ofrecían los grandes cohetes de combustible sólido estabilizados por aletas, desarrollando con rapidez en los años cincuenta/sesenta los,simples, seguros y económicos cohetes de vuelo libre (balísticos y sin guía) Honest John y Little John, por un lado, y Luna ó FROG (Free Rocket Over Ground), como se conocieron en Fax: 9 código OTAN), por otro. Muy eficaces en el campo táctico, además de servir para desarrollar la investigación de nuevos propergoles, eran capaces de lanzar considerables cargas de combate, incluidas las nucleares y químicas, a distancias nada despreciables para la época (alrededor de los 60 km.).
España proyectó y experimentó, en 1970 y años posteriores, mediante experimentos parciales y vuelos de prueba en el polígono Costilla de Cádiz, el cohete J, un descendiente de los giroestabilizados modelos D y G, que estaba previsto tuviera un calibre de 381 mm. y 32,5 km. de alcance, una solución intermedia entre el Honest John y el Little Jhon, y equiparable a los primeros FROG. En 1970 la Junta adquirió seis motores y luego, en 1972, 20 cohetes completos. Los últimos vuelos se realizaron en Cádiz en 1977/78.
El cohete definitivo se habría disparado desde un lanzador montado sobre un camión. En 1974 tuvieron lugar varios disparos desde un lanzador balístico montando sobre un camión Pegaso 3050 derivado del lanzador del cohete Teruel.
Las características del J-1 (Jerez) eran: 301 mm. de calibre, 4 m. y 467 kg. de peso, siendo capaz, teóricamente, de llevar una cabeza de guerra de 105 kg. a 42 km.de distancia.
Por otra parte, los cohetes rusos de 122 mm. estabilizados por aletas BM-21 Grad, con su lanzador de 40 alveolos y alcances de 11 y 20 km., según se tratara del cohete corto o el largo, estaban indicando el camino a seguir. En España fueron utilizados unos derivados de los cohetes giroestabilizados R-6 B-2 de 108 mm. de calibre, dotados de aletas fijas para crear el cohete T, cuyas características eran: 110 mm. de calibre, 1,224 m. de largo, 24 kg de peso y 12 km. de alcance. Las primeras pruebas se realizaron en 1973. Del desarrollo del cohete T nació el sistema de lanzacohetes de campaña alemán LARS, de igual calibre, a través de los acuerdos de colaboración con las empresas de ese país que colaboraban con el Laboratorio Químico Central.

foto: Ametralladora MG3A 1 del lanzador “Teruel’

Buscando unos efectos similares a los de un proyectil de artillería clásica de calibre 155, calibre que se había impuesto como el más normal por el empleo generalizado de medios mecanizados en todos los Ejércitos, y que no se conseguían con el T por su menor cabeza de guerra, y también un alcance mayor al del clásico proyectil M-107 del obús norteamericano M-114 de 155/23, se sustituyó el proyecto por el de un nuevo cohete de 140,5 mm. denominado Teruel 1, del que se derivarían los famosos cohetes verdaderamente operativos de ese nombre. El Teruel-1 era un cohete de tobera única y cuatro aletas fijas con las siguientes características:

Denominación: Teruel 1 (T-1) Calibre: 140,5 mm. Longitud: 2.044 mm. Peso total: 57,12 kg. Peso cabeza guerra: 19,26 kg. Carga propulsora: 19,8 kg. Velocidad máxima: 707 m/s. Alcance: 19.000 m.

Para aquel Teruel se diseñó una primera cabeza multigranada, dotada de espoleta a tiempos o cronoelectrónica (mientras que la cabeza rompedora normal llevaba la conocida PD. M-81 o una de proximidad Thomson). Esta apenas desarrollada cabeza, que pesaba 19,26 kg., llevaba 35 granadas contrapersonal/material dispuestas en cinco filas ó lechos; las granadas frenaban su caída mediante dos aletas que se desplegaban una vez expulsadas del cohete por la acción de la espoleta.
El primer lanzador (L-24) concebido para el Teruel-1 estaba formado por una jaula compuesta por 24 alveolos o tubos lanzadores, los cuales estaban dotados de unos resaltes para apoyo y guía de las aletas fijas. El camión previsto para transportarlo sobre su caja era un Pegaso 3045 de 3 ton. de carga en todo terreno (TT), herencia del último empleado en los cohetes R6 B2.  
Pronto estas previsiones quedaron fijas atrás pensándose en un lanzador capaz de disparar 40 cohetes de aletas rebatibles, para lo que fue cambiado el camión por un Pegaso T-2/ 3050 de tres ejes y 6 ton. Hasta obtener el prototipo definitivo se ensayaron otros en los que iban dos jaulas independientes y cambiables con facilidad, la de la izquierda con 12 alveolos para cohetes Teruel-1, y la de la derecha con 12 para cohetes D- 3 estabilizados por rotación, luego como sustituida por otra con 20 cohetes Teruel-2 de aletas rebatibles. Todos ellos contaron con un mecanismo de elevación hidráulico que facilitaba el movimiento del considerable peso que suponían incluso los solo 24 Teruel 1 (unos 1.500 kg.).
Este pre-prototipo, de matrícula ET-59402, contaba con una cabina ampliada (con techo en forma de tejadillo, y sin soporte de ametralladora) donde viajaba todo el equipo de pieza y desde la que podía dispararse el lanzador. También presentaba por tener el alza del goniómetro de puntería a la derecha y contaba con sólo dos gatos traseros de nivelación.
Puede considerarse que tanto el cohete como el prototipo de su lanzador (L-24 Teruel-1, de 24 alveolos), fueron unas meras realizaciones para demostrar la validez del concepto, sirviendo para probar las soluciones que se implantaron en los definitivos cohetes Teruel de aletas rebatibles.

Los “Teruel”

Tras los primeros cohetes de aletas fijas T y Teruel-1 surgieron los que universalmente conocemos como cohetes Teruel de 140,5 mm. de calibre y cuatro aletas rebatibles, el Teruel 2, T-2 / Ter-2 o Teruel N (el corto), del que se llegaron a fabricar unas 8.000 unidades y que entró en servicio en 1987, y el Teruel L (o largo, inicialmente conocido como Teruel 3). Durante la etapa que duró el desarrollo del Teruel 2, desde mediados de los años setenta a principios de los ochenta, convivió, como hemos visto, con sus predecesores, con los que habría de compartir lanzadores experimentales y destino en el Regimiento Lanzacohetes.

El Teruel 2 es, o mejor dicho, se puede decir que era, pues, en general, ya ha sido desplazado por el modelo Segovia de igual calibre, un cohete muy eficaz. Su combustible estaba constituido por un grano de pólvora de doble base extruida, en forma de un cilindro alargado con una perforación interior, a lo largo de su eje, cuya sección se asemejaba al dibujo de los radios de una rueda de vagón. Estaba inhibido por su superficie lateral mediante lo que podríamos denominar un cinta aislante, de forma que la combustión solo tenía lugar perpendicularmente a su eje, desde la perforación interior hacia las paredes; las características físicas del grano eran 1,18 m. de longitud y 18,4 kg. de peso. Estaba contenido el combustible sólido en el interior de una cámara de combustión formada por un cilindro de acero de 1,275 m. de largo y 2,5 mm. de espesor, a la que se roscaba por un lado la cabeza de combate y por el otro el conjunto que contenía la tobera única junto con las aletas y los frenos aerodinámicos.
Completaba el motor el encendido, situado en la parte contigua a la cabeza de guerra, que estaba formado por dos inflamadores eléctricos fabricados por Explosivos Río Tinto (ERT), los cuales prendían fuego a una carga de 20 gramos de pólvora negra contenida en una bolsa de plástico. La combustión duraba 1,57 segundos (s), al final de los cuales el cohete había adquirido un impulso de 3.500 kp.s (kilopondios por segundo) y una velocidad comprendida entre 670 y 685 metros por segundo (mis).
La tobera única incluía, en su parte divergente más externa y fijas a su superficie, 12 pequeñas aletas (álabes) ligeramente inclinadas con respecto al eje longitudinal del cohete, las cuales conferían al mismo un ligero movimiento de rotación, fruto del empuje de los gases al chocar contra ellas, que buscaba compensar las pequeñas tolerancias de fabricación en cuanto a paralelismos y simetrías.
Volviendo a hablar en presente, pues el cohete Teruel 2 sigue siendo válido, el mecanismo estabilizador del vuelo del cohete lo componen cuatro aletas curvas rebatibles que se abren automáticamente al abandonar el mismo el alveolo del lanzador, las cuales tienen, una vez desplegadas, una inclinación de 0,5 grados
respecto al eje del cohete. El conjunto de aletas rebatibles y álabes inducen al cohete un movimiento de rotación de 1.600 revoluciones por minuto (rpm), que hace derivar ligeramente al proyectil hacia la derecha.
El bloque de tobera contiene también cuatro frenos aerodinámicos, los cuales pueden permanecer plegados durante toda la trayectoria o abrirse, por parejas,
perpendicularmente al eje y en forma de cruz, lo cual permite, de manera similar a la artillería clásica con sus combinaciones de varias cargas de proyección con un mismo proyectil para obtener distintas trayectorias, conseguir con un único modelo de cohete y un mismo ángulo de tiro hasta tres trayectorias distintas, según que se desplieguen cuatro, dos o ningún freno. Esto posibilitaba resolver problemas de tiro tales como superar grandes obstáculos del terreno, batir los objetivos con proyectiles que inciden casi perpendicularmente al suelo, y contar con diversas duraciones de trayecto (tiempo de vuelo) para batir un mismo objetivo.

foto: Construcción de un lanzacohetes “Teruel” en una factoría de la ENSB.

 El cohete en sí ofrece las siguientes características generales: Calibre: 140,5 mm.
Largo con guardapolvo: 2,07 m. sin guardapolvo: 2,04 m. Peso: 56,4 kg. Peso de la cabeza rompedora de HE.(sin espoleta): 17,9 kg. Peso espoleta BC-140: 570 g. (usaba también la espoleta EESA de proximidad) Peso total cabeza HE: 18,5 kg.
Peso de la carga (TNT): 6,9 kg. carga propulsora: 18,7 kg. (18,7 una vez inhibida)
Alcances (km): 18 (sin frenos desplegados); 15 con 2 frenos desplegados; 2 con 4 frenos desplegados. Máx. duración trayecto: 68 s. Velocidad fin trayecto 325 m/s
Dimensiones empaque: 2.112x205x200 mm. Peso del empaque: 70 kg. Vida (sin mantenimiento): de 10 a 15 años.

Se experimentaron otras cabezas de combate, quedando constancia en algún estadillo posterior (1.988) de existencias en polvorín: cohetes Ter-2 de ojiva liquido (sic, ¿?), ojiva minas contracarro (c/c), ojiva paquete inteligente (sic), que suponemos son, en parte, embriones de desarrollos plasmados luego en el Ter-3, además de una sorprendente novedad.
El cohete se emborna automáticamente al ser introducido en el alveolo, mediante unos contactos eléctricos anulares establecidos en la cazoleta de la pieza de tobera.
El vehículo lanzador, derivado de los experimentados con el Teruel-1, permite el transporte, en el interior de una cabina blindada contra disparos de armas portátiles (chapa de acero) y climatizada, del jefe de pieza y tres sirvientes (más el conductor). Esta cabina, dotada también de transmisiones y de una ametralladora de autodefensa MG-3A1S de 7,62 mm., derivada de la conocida MG-42, ordena el disparo del lanzador desde ella, a través del compacto programador de disparo de la marca EISA. (dimensiones: 370x350x200).
Cuenta con las funciones de:
• Estado de carga de cada alveolo.
• Seguros (uno manual del apuntador y tres automáticos).
• Comprobaciones de circuitos (manual y automático).
• Elección del primer alveolo que hará fuego.
• Cadencias de disparo (entre 0,6 y 2 segundos).
• Modalidad de disparo y cadencia de las ráfagas.
• Duración mínima de la ráfaga completa: 45 segundos.
El lanzador propiamente dicho, formado por dos jaulas de 20 alveolos que pueden ser sustituidas rápidamente por otras preparadas para disparar otros tipos de cohetes, tiene unos mecanismos de puntería accionados hidráulicamente, con dos velocidades (rápida y lenta, para la puntería gruesa y fina), doblados por un sistema mecánico para caso de emergencia. Incluyen el movimiento de las compuertas traseras de las jaulas, que inicialmente se hacía subiéndose a la parte superior del lanzador mediante una escalera fijada en su lateral derecho. El sector de tiro horizontal es de 2.13000 (milésimas artilleras) y el vertical de 977ºº.

foto: Pruebas de tiro del segundo prototipo en San Gregorio (Zaragoza).

La entrada/salida en posición del lanzador previamente cargado de munición dura dos minutos, aunque en situaciones extremas se puede reducir a 40 segundos, y corre por cuenta de un hombre solo.
La carga tiene lugar en un asentamiento en el terreno distinto de aquel desde el que se ejecuta el tiro, en una operación que hacen dos hombres y dura 15 minutos.
La puntería la realiza el correspondiente sirviente desde el suelo, por medio del alza, dotada de clinocorrector y goniómetro, situada en el lateral izquierdo.
El camión-lanzador es un Pegaso 3050/3055, con un motor de esa mima marca modelo 9220/10 de 201 Cv. a 2.000 rpm. Pesa 20.600 kg. cargado con 40 cohetes, siendo su autonomía en carretera de 500 km. Tiene una longitud total de 7,6 m., una vía de 2,7 m. y una altura máxima de 3 m (en posición de transporte). Los primeros lanzadores tuvieron las matrículas ET-59431-1 y ET-59432-1.

foto: El apuntador de un lanzacohetes introduciendo el ángulo de tiro en el alza y la deriva en el goniómetro.

Además de otros posibles vehículos (puesto de mando, transmisiones, reconocimiento, topografía, meteorológico), el sistema de armas lo completa el camión de municionamiento, dotado de pluma elevadora capaz de llevar 80 cohetes en cuatro contenedores de 20 (dos módulos o unidades de medida de municionamiento).
La composición de un grupo lanzacohetes es de tres baterías de lanzadores, y la de una batería de seis lanzacohetes y otros tantos vehículos de municionamiento.
El sistema Teruel entró en servicio en 1987 en el Regimiento de Artillería Lanzacohetes, donde sustituyó el material cohete del único Grupo Lanzacohetes (GALCA). También está en servicio en la República de Gabón.

 “Teruel L”
El Teruel-3 (T-3 / Ter-3), como inicialmente se conoció al L, nació a comienzos de los años ochenta con el objetivo de aumentar el alcance del Teruel hasta los 25 km., además de ampliar y multiplicar la carga de combate, es decir, su potencia de fuego. Para el mismo se desarrollaron hasta cinco cabezas de guerra intercambiables con idéntico motor alargado, permaneciendo prácticamente invariable el lanzador definitivo del T-2.
El motor formado por dos granos o macarrones, ahora con la sección del orificio interior en forma de estrella de seis puntas, de pólvora de doble base igual que la del Teruel, uno largo (de 1.180 mm. del T-2) y otro corto (nuevo, de 820 mm.), contenidos en una cámara de combustión formada por la unión de dos tubos (el antiguo del T-2 de 1.275 mm. y otro suplementario de 890). El artificio de encendido está colocado entre los dos granos, en la pieza (intermedia) de unión que hace solidarios los dos tubos. El incremento del alcance lo explica la mayor duración de la combustión, 2,7 segundos frente a los 1,5 del T-2. Externamente las diferencias con el Teruel-2 están en el peso, ya que aumenta de 37,6 kilos a 56,5, y en la longitud (de 1,45 m. a 2,18); en cuanto a prestaciones hay que decir que el impulso total supera los 3.500 kp.s alcanzando los 5.600. En el resto los dos motores/toberas son similares. Los estabilizadores son ligeramente distintos.
Inicialmente (estamos hablando del Ter-3), alrededor del año 1.983 se experimentaron unas cabezas dispersadoras de granadas contrapersonal, contramaterial y fumígenas que no fueron definitivamente aprobadas. Las granadas primeras eran muy similares a las granadas de mano PO. reglamentarias entonces, fabricadas también por Plásticas Oramil. El paquete definitivo (12,9 kg) estaba formado por 42 granadas prismático- hexagonales (270 g de peso, 88 mm. de largo, y 46 mm. de diámetro circunscrito) dotadas de espoleta a percusión instantánea, compuestas por 55 gramos de explosivo de composición B, 970 bolas de metralla de 3,2 mm de diámetro y 0,134 g de peso (40.740 bolas por cohete).

foto:  De izquierda a derecha: “Teruel 2” (rompedor normal), “Teruel L” (rompedor de gran capacidad), y “Teruel L multigranada” (5 minas c/c o 63 contrapersonal/material/humOS).

La cabeza multigranada contramaterial la constituían 28 granadas de carga hueca fabricadas por Instalaza, de forma cilindro-cónica y con perforaciones circulares para estabilizar su caída, de manera que esta sea siempre vertical (al objeto de asegurar la actuación de la carga hueca), con un peso total de 21 kg., y una capacidad de perforación individual de 100 mm. La cabeza multigranada fumígena la componían 14 botes de humo conteniendo mezcla Berger, con una duración de emisión de 4 minutos.

Pero el diseño definitivo de la carga de combate quedó establecido con las siguientes cabezas de guerra:
• Rompedora normal (T-3N), igual que la del T-2, con espoleta a percusión o de proximidad, y carga de TNT o composición B
• Rompedora de gran capacidad (T-3GC) con iguales espoletas.
• Cabeza prefragmentada de bolas (T-3B), de empleo similar a la GC con espoleta de proximidad, cargada con 11.400 bolas.
• Dispersadora de granadas de carga hueca (T-3Dg), contra personal y material, con capacidad para perforar entre 70 y 100 mm. de blindaje de acero; también hay paquetes de granadas fumígenas (28 por cohete).
• Dispersadora de minas contra carro (T-3Dm), capaces de destrozar las cadenas de los carros de combate.
Las dos últimas actúan activadas por espoletas de tiempos programables electrónicamente (cronoelectrónicas), para lo que necesitan que un programador de disparo especial envíe a la espoleta la duración de trayecto óptima, al cabo de la cual el cohete expulsará su carga en las condiciones de máxima eficacia con relación al alcance y ángulo de tiro.
Los cohetes, dotados de las diversas cabezas, tienen las siguientes características
diferenciadoras (ver cuadro):

Las cabezas dispersadoras de submuniciones lanzan las mismas frontalmente cuando llegan a un punto de la trayectoria que permite la salida de las mismas; el despliegue del paracaídas de frenado del paquete, el cual actúa durante 4 segundos hasta conseguir que la caída sea estable y a una velocidad de 40 m/s.; la liberación de las minas o granadas mediante una pequeña carga activada por retardo pirotécnico iniciado por la espoleta, y su caída estabilizada por sendos paracaídas (o artificio similar); y la llegada al objetivo con la dispersión deseada.
Con el impacto contra el suelo se produce la explosión de las granadas o la puesta en marcha de la espoleta de la mina (sensores diversos, tiempo de autodestrucción, etc). El programador que, desde la cabina programa la espoleta del cohete mientras se encuentra en el alveolo, gobernando además el resto de las funciones de disparo, se comprende que debe ser de muy especial diseño y construcción.

En 1988 el programa, denominado oficialmente EN 8024 Teruel L tenía asignados presupuestariamente 232 millones de pesetas, de ellos 123 iniciales para ese año. Con el citado crédito se encargaron los siguientes trabajos:
• Desarrollo de la 4ª y  5ª fase paquete de granadas de carga hueca contrapersonal y material, por la empresa EXPAL (40,2 millones de pesetas -MP-).
• Desarrollo de la 2a fase del paquete de minas contracarro SH-1 por EXPAL: 37,6 MP. También le fue solicitada a la empresa EXPAL la fabricación de 25 paquetes de minas SH-2F (3,9MP)
• Desarrollo de la 2ª y 3ª fase de la granada de bolas, a cargo de la Fábrica Nacional de La Marañosa, con un presupuesto de 26 MP.
• Construcción de 110 cabezas de gran capacidad y 75 cohetes completos Teruel N, por un total de 15,8 MP, por parte de la ENSB.
• Homologación de la espoleta a percusión BC-140 de la empresa Bressel.
• Diseño de la espoleta cronoelectrónica EC 002C, y fabricación de 90 unidades, a cargo de Bressel, por un importe de 17 MP.
Investigación y producción de un prototipo de programador de disparo para graduación de espoletas cronoelectrónicas asignando a Bressel 15 MP. El programador sería el denominado ECOO2C.
• Contactos con las empresas Aljabar, Kynos y ENSB para el desarrollo de un contenedor-lanzador, así como con Resopal y Trebelan para la realización de un empaque estanco.
• Estudio de una dirección de tiro de cohetes por parte de INISEL; etc.
Durante ese año hubo diversos tiros de experiencias para probar el comportamiento del cohete L con distintos frenos aerodinámicos desplegados, así como el de las cabezas dispersadoras y las espoletas de proximidad. También se celebraron reuniones de trabajo en el seno del Comité Director de Hispano- Francés de Cooperación en Cohetes y Misiles.
Todo ello viene a colación para testimoniar y datar el estado de desarrollo del Teruel-L, así como ofrecer una idea de lo complejo que resulta un sistema de armas de este tipo.

foto: El efecto de una mina contracarro conduce, como mínimo, a la pérdida de la cadena.

El modelo definitivo de lanzador del Teruel-L, que en esencia es el que permanece aún en servicio como LCM-40/Teruel-2, está dotado de cabrestante, ametralladora MG-3A1, y cuatro gatos hidráulicos que anulan la suspensión del vehículo Pegaso 3055 durante el tiro e inmovilizan la plataforma. En esta versión la matrícula del prototipo por el que la JIDC pagó a la empresa Abajar, en 1988, unas 800.000 pesetas para la ejecución de diversas modificaciones, es ET-VE-74079.1. En el mismo la manipulación de la munición, dado su tamaño y peso, hacían resentirse un tanto el funcionamiento del equipo de sirvientes (2 artilleros), a pesar de las mejoras introducidas.

Las características más destacables del nuevo lanzador son:
Peso vacío 18.500 kg., 22.000 cargado. Mide 7,6 m. de largo y 2,6 de alto. Se tarda 5 minutos en entrar en posición, efectuar un descarga completa (tiro de 40 cohetes) y salir de posición. La ráfaga puede espaciarse 0,6 y 2 s entre disparo y disparo. Sector de puntería en elevación: de 0° a 55° Sector de puntería en dirección: entre 75° a un lado y 105° a otro del eje del camión. El alza se denomina ML-16, estando dividida en soporte nivelante y aparato óptico. Velocidad máxima en carretera (cargado): 80 km/h.
Pendiente máxima superable: 40 por cien. Autonomía en carretera: 800 km.

Se complementa con un vehículo de municionamiento, montado sobre un camión igual al del lanzador, que es capaz de llevar 120 cohetes Teruel/Segovia. Este último dispone de una grúa hidráulica, gatos tentemozos, dos plataformas giratorias y dos extensibles hidraúlicamente situadas sobre la caja de carga, ametralladora de autodefensa, más otros complementos que facilitan su tarea.
En 1987, según la revista ‘Defense & Armament Héraclés International” n° 65, la empresa francesa ACMAT recibió el encargo de adaptar un lanzador Teruel a su camión WPK 8.70 SH, 8x8, de 7 ton de carga útil, el único aerotransportable en su gama, publicando además una fotografía del resultado. No se llevaron adelante las conclusiones de estos estudios.

En cualquier caso, el Teruel-L era/es un sistema de armas de bajo precio, fácil manejo y de gran eficacia. En comparación con la artillería cañón en servicio aquellos años, la superaba en eficacia (unas tres o cuatro veces) y en alcance. Una batería de 6 lanzadores puede batir un objetivo tipo OTAN de 20 hectáreas en una sola descarga de proyectiles rompedores, mientras un grupo de tres baterías es capaz de hacer lo propio en 56 hectáreas con 4.800 kg de explosivo, y bastante más si la granada es de gran capacidad.

Se da la circunstancia de que este tipo de lanzadores podrían ser utilizados con éxito contra los grandes incendios forestales, además de contratando helicópteros ucranianos como se viene haciendo, ya que la capacidad de atacar grandes áreas de incendio con submuniciones dispersadoras de líquidos extintores o inhibidores, con precisión y a distancia, es de todo punto realizable, aunque, por supuesto, no sea políticamente correcto.

Otros desarrollos
Sobre la base del Teruel-2, pero con pólvora composita del tipo CTPB, durante los años 1990/01 se probó el cohete Toledo, batiendo blancos a 27 km.
Así mismo, en todo similar al Teruel pero con calibre 155 mm. se diseñó el Soria, en 1.983 /84, con unos alcances del orden de 20 km. Tenía una longitud de 3,524 m. y era de dos fases.  Ninguno de los dos prosperó.

Los cohetes “Segovia”

El considerable tamaño y peso del Teruel-L hizo buscar, antes de llegar a la fase de su producción en serie, un sustituto que redujera tan incómodas características a las del manejable Teruel-2, aumentando a la vez que aumentara el alcance del mismo hasta los 25 km del Teruel-L (se le denominó también demostrador tecnológico MC-25), pero con el objetivo de alcanzar los 27, permaneciendo compatible con el sistema Teruel (mismo calibre, lazador, etc). A este proyecto acabó por denominársele Segovia.
Así mismo se determinó, a principios de los años noventa, desarrollar un lanzador que, además de reducir sus dimensiones para hacerlo compatible con el gálibo de RENFE (altura de la catenaria y de los túneles) y con la bodega de determinados aviones, permitiera la recarga automática del mismo, incluso con cohetes distintos a los Teruel/Segovia, mediante la sustitución de los correspondientes contenedores-lanzadores; este lanzador tomaría la denominación de L-30 (30 alveolos de 140,5 mm).
A la vez que cobraba vida el Teruel inicial se trabajaba en un cohete de mayor tamaño pero de similares características de funcionamiento, el denominado Duero, de 225 mm., como veremos más adelante. Pero dadas las cortas disponibilidades presupuestarias de los años 80 se volcó la investigación en cohetes probeta basados en los Teruel; este sistema permite economizar gastos y tiempos, llegando a conclusiones aceptables por extrapolación de resultados. Pues bien, las soluciones Duero aplicadas a los mencionados cohetes probeta de 140 mm. se juzgaron adaptables a los Teruel de serie con pocos cambios, llegando también por este otro camino a los Segovia.

Foto: Disparo de un cohete “Segovia”.

Los cambios consisten esencialmente un nuevo grano de combustible y una nueva tobera, ambos elementos derivados de los empleados en el Teruel-L, traduciéndose externamente las diferencias con el Teruel-2 en una ligera mayor longitud del Segovia y unas mayores dimensiones de los estabilizadores de este último.
El propulsor del Segovia está constituido por un grano de 20,7 kg de pólvora composita HTPB, fundido (colado) directamente en el tubo de la cámara de combustión, que es idéntica a la del Teruel-2. Este grano está inhibido en sus bases y su cavidad interior tiene forma de estrella de seis puntas. Cambios posteriores en la composición de la pólvora, en el cohete denominado Segovia 2, han permitido elevar el alcance a los 30 km.
El conjunto del motor Segovia inicial pesa 41,4 kg, mide 1,43 m de largo, dura su combustión 2,5 s y produce un impulso total de 5.000 kp.s.
La tobera, similar a la del Teruel-L, presenta un diseño algo distinto, sobre todo en las versiones últimas de los Segovia, dado que las nuevas pólvoras empleadas son más energéticas, incrementando el alcance a cambio de una superior temperatura de los gases de salida, circunstancia esta que hizo variar el diseño, incluyendo un revestimiento de material ablativo, manteniéndose el de los álabes (situados en la parte divergente exterior) inclinados 15° respecto al eje del cohete.
Las cabezas de guerra son las del Teruel-L.

En sí, el Segovia 1-2 se ha convertido, por falta de presupuestos, en mero demostrador tecnológico del Duero. Lo mismo que el Segovia 2, de 32 km de alcance, el cual incorpora una cámara de combustión de materiales compuestos (fibra de vidrio, etc.), al objeto de disminuir el peso del motor y aumentar el alcance.

En cuanto al lanzador L-30 (dos jaulas de 15), cuyo diseño definitivo está acabado, se desarrollaron al menos dos modelos intermedios, pasos impuestos siempre por los recortes financieros, por lo que se montaron sobre los camiones de los más antiguos lanzadores experimentales tipo Teruel propiedad de la JIDC, probándose su comportamiento en diversas experiencias con ocasión de lanzamientos de cohetes Teruel-L y Segovia.

foto: “L-30” (prototipo 3) descargando un contenedor/lanzador vacío.

Este sistema puede disparar, desde sus contenedores de transporte lanzamiento tanto los cohetes nacionales de 140,5 m de los tipos Teruel-2, Teruel-L y Segovia, y los Duero de 225 mm, como, por ejemplo, los del MLRS norteamericano de 227 mm.
La primera modificación afectó a los mecanismos de elevación y a los equilibradores, absolutamente distintos de los clásicos del lanzador L-40, tal como pude apreciarse en alguna fotografía en la que comparten el lanzador y una jaula antigua de 20 alveolos con otra moderna de 15.
 El paso siguiente consistió en acoplar al anterior el sistema automático de recarga de contenedores-lanzadores.
El modelo definitivo, totalmente y  acabado pero no construido aun por las repetidas razones crematísticas, irá montado sobre un camión Iveco de 10 ton, inicialmente con solo dos ejes y tracción 4x2 ó 4x4 seleccionable desde la cabina, y estará dotado de un sistema de suspensión hidroneumático, el cual elimina la necesidad de los cilindros de bloqueo de las ballestas, así como la hidráulica que era necesaria antes para disminuir la altura total del vehículo en caso de transporte por ferrocarril o avión.
La suspensión es de dos tipos diferentes, la normal para movimiento en carretera/caminos y el bloqueo de todos los ejes para el tiro.
El vehículo cuenta con un convertidor de par y una caja de cambios automática (eléctrica), lo que facilitará la conducción, además de aumentar la seguridad de la misma.
Desde la cabina del mismo se realizará la carga y descarga de los contenedores/lanzadores de los cohetes, mediante el sistema fijado a la plataforma del lanzador propiamente dicho a través de dos motores hidráulicos y dos carros transversales, los cuales son desplazados longitudinalmente por estos motores y un conjunto de guías y husillos de bolas, permitiendo todo ello el movimiento de traslación y subida/bajada de los contenedores. Para facilitar la maniobra, los asientos de conductor y el jefe de pieza son giratorios, de forma que desde los mismos pueden apreciar perfectamente los movimientos a realizar.

foto: El L-40 “Teruel” en posición de marcha, con la ametralladora de defensa inmediata sobre la cabina.

La cabina, incorpora protección NBQ, receptor GPS, comunicaciones HE, ordenador de control para el tiro y de la topografía, sistema de programación del disparo de los cohetes y comprobación de los mismos, telemando de las operaciones de puntería y extensión de los gatos de sustentación, más otros complementos. Dos hombres tan sólo bastan para efectuar desde ella todas las operaciones necesarias con vistas al tiro. Para caso de avería, muchos de los sistemas están doblados por otros de accionamiento mecánico.
En cuanto a mantenimiento, la mayoría de los circuitos del lanzador poseen elementos digitales, lo que facilita la sustitución de módulos completos.
Desde luego, si el sistema Segovia, incluyendo sus mejoras, se hubiera implantado definitivamente entre nosotros, seguramente hoy en día estaría presente en otros Ejércitos, pues ya se sabe lo mal que se exporta aquello que no está completamente en servicio en la nación que lo fabrica.

“Tajo” (MSS-120)
La pretensión del Ejército español de contar con un misil superficie- superficie (MSS) táctico no murió con el inacabado Jaén. Hacia 1987 el EME definió unos someros Objetivos de Estado Mayor para el desarrollo de un MSS denominado Tajo, con un alcance de 100 a 120 km, y que debería constituir la base de la Artillería de Cuerpo de Ejército, estando enfocado a batir los objetivos situados a retaguardia del despliegue de las divisiones enemigas de primera línea, tales como emplazamientos de misiles, aeropuertos, reservas y organizaciones logísticas, por no mentar a nuestros vecinos del Magreb, tan agresivos e inestables (decimos nosotros), argumentando que si los mismos fueran atacados desde el aire el porcentaje de bajas de aviones propios sería muy grande, dado el aumento de las defensas antiaéreas y su eficacia.
Debía estar dotado de buena movilidad táctica pero, sobre todo, de una gran movilidad estratégica.
La carga de combate típica, con 1.000 kilos útiles, consistiría en una cabeza dispersadora de granadas perforantes (contramaterial), llamada a producir, dentro de un círculo de 800 m de diámetro, un 10 por cien de bajas entre el personal que se encontrara al descubierto, y unas perforaciones de hasta 100 mm en plancha de blindaje (con un diámetro mínimo de 20 mm). Todo ello con un error circular probable de 300m a 100 km.

foto: Motor INTA 430 “Veleta’ del misil superficie-superficie “Tajo”.

El diámetro de su cuerpo debería haber sido inferior a 500 mm y su longitud menor de 6 metros, no superando su peso los 2.000 kg. El tiempo de vuelo para el alcance máximo se cifraba en algo menos de 200 segundos.
Se había configurado la batería de fuego en Mando, una sección de Plana Mayor sobre BMR (Blindado Medio de Ruedas) y 4 ó 6 secciones de lanzamiento (pelotones de fuego), compuestas a su vez de un vehículo de mando, un lanzador y un vehículo de municionamiento; todos ellos con cabinas blindadas. La batería desplegaría en un frente de 10 km.
La topografía tendría por medio de navegadores y procedimientos topográficos que permitieran errores longitudinales menores de 25 m e inferiores a las 0,500 en dirección.
Habría un calculador de tiro central para toda la batería y enlace de datos, vía radio, con cada lanzador.
Para el lanzador, autopropulsado sobre ruedas y dotado de tres sirvientes, estaban previstas rampas para uno o dos misiles, y su longitud no hubiera superado los 10 m. Estos lanzadores hubieran tenido que ser capaces de desplazarse campo a través cargados con sus misiles, a la vez que transportados por ferrocarril. Con mecanismos de puntería hidráulicos, estaba previsto que entrara en posición en menos de 15 minutos, que abandonara la misma en menos de 6, y que la recarga durara otro cuarto de hora. La vida del misil, en almacenamiento y sin ningún tipo de trabajo de mantenimiento sobre él, se calculaba en cinco años. Las pruebas en el asentamiento deberían ser sencillas, del tipo va — no va.

El INTA y la JIDC acordaron en 1986 los requisitos preliminares siguientes:
- Peso total máximo 2.000 kg
- Carga militar mínima 500 kg
- Peso unidad control 200 kg
- Longitud total 6 m
- Calibre 430 mm
- Envergadura máxima 855 mm 1
- 120 km con un ángulo de tiro de 60°.

Debía estar guiado durante la fase inicial (caliente) de la trayectoria, por un tiempo superior al de combustión, al objeto de aumentar la precisión.
Durante 1988 la agonizante JIDC (disuelta por Orden Ministerial n°83 de 1987) y el LOCA desarrollaron la fase de previabilidad del proyecto, encargando el desarrollo de estudios de detalle a Explosivos Río Tinto ERT (motor cohete principal y micromotores de control), EXPAL (carga útil de la cabeza de guerra), CESELSA e INISEL (guía y control), Bressel y TPYCA (calculador de tiro), Santa Bárbara (lanzador y vehículos), etc.
La fase de viabilidad fue acometida durante ese mismo 1988, con un presupuesto de 36 millones de pesetas (de un total de 150 asignados al conjunto del proyecto), de los cuales 30 fueron para el desarrollo de un motor probeta por parte de EXPAL y 6 al INTA para el diseño de la tobera. También se encargaron a ERT los microcohetes de corrección de la fase caliente de la trayectoria, comunes al cohete Duero,
experimentándose en lanzamientos probeta; concretamente: 10 cohetes Teruel N, otros 10 Teruel L, y otros 10 para el Duero de 225 mm de calibre.
El motor INTA 430 Veleta, que hubiera sido la base de su propulsor, fue desarrollado para el Alto Estado Mayor en la planta piloto del INTA 300, a finales de los años setenta, probándose dos motores entre 1979 y 1981. Sus características eran:
Diámetro 432 mm
Longitud 4.500 mm
Propulsante compuesto plástico GPC-200
Peso de propulsante 745 kg
Peso total 897 kg
Empuje medio 24.000 kg
Impulso total 165.126 kg.s
Tiempo de combustión 8 s total de combustión 8,6 s
Impulso especifico 219 s.
El desarrollo definitivo  seguramente hubiera tenido dos etapas, aumentándose su alcance en un 40 por cien. La primera fase con 577 kg de propulsante, 5 s de
combustión y 237 KN de empuje y la segunda con 192 Kg, 20 s y 19 KN respectivamente.
También se estudió el encargar la construcción de los definitivos tubos (cuerpos de los cohetes), mediante la técnica de fluotorneado, a la empresa alemana Leifeld.
Ante la falta de recursos económicos, en un país en el que se había disparado el gasto público (fundamentalmente por la instauración de las Autonomías regionales), las experiencias, que estaba contemplado que avanzasen conjuntamente con las del Duero, fueron postergadas en beneficio de las de éste (quien tampoco habría de tener luego mucha suerte), quedando condenado este ambicioso y muy necesario proyecto.

“Duero”
Denominado inicialmente Teruel L de 40 Km., es un cohete similar al norteamericano MLRS, tanto por su calibre (225 frente a 227) y alcance (40 Km.), como por otras prestaciones (lanzador de 12 alveolos, munición intercambiable, etc).
Su desarrollo inicial se programó para que tuviera lugar entre los años 1989 y 1995, comenzando en el primero de ellos la fase de viabilidad, seguida de la de definición en el 90, continuando en el 92 con el desarrollo, y cualificándolo en 1994. El programa se denominaba oficialmente EN 8621 y tenía previstas unas inversiones plurianuales de 1.800.000.000 pts hasta 1993. Pero la endémica falta de recursos económicos hizo que solo pudiera ser sacado adelante mediante el apoyo de otros programas en marcha (léase cohetes Segovia), y, aun así, parcialmente, estancándose en los años 90, para relanzarse tímidamente con el nuevo siglo.
En el año 1990 tuvieron lugar algunos lanzamientos de prototipos dotados de aletas fijas, como da fe el ejemplar que se conserva en el museo del LQCA.


A finales de los años noventa, además de los Segovia 1, 1-2 y 1-3, el Laboratorio trabajaba en los cohetes demostradores tecnológicos BICOM 1, BICOM 2 y MC-2.000; todos ellos con calibre Teruel (140,5) caracterizándose los BICOM por ser de dos fases.
En el año 2000 al programa se le denominó Sustituto del Sistema Teruel (SAST), y en 2001 recibió otro impulso bajo la dirección del nuevo jefe de Programa, el general subdirector de Sistemas de la Dirección de Abastecimiento (DIAB). Fue recopilada toda la documentación de los Segovia y demás demostradores tecnológicos encargándose la construcción de 114 cohetes más, basados en el tipo Segovia, para continuar las experimentaciones y ensayos probeta. La última fase del desarrollo perfeccionará el lanzador L-30 Segovia/L-12 Duero, el ordenador de control y tiro, y el sistema de control de vuelo.
El Duero es un cohete balístico de 225 mm. de calibre, capaz de transportar municiones dispersables a 42 km. Cuenta con una longitud total de 4,46 m y un peso total de 241 kg. Está diseñado para atacar las reservas de las unidades de primera línea, los despliegues artilleros, los puestos de mando y centros de transmisiones, y los órganos logísticos, así como para neutralizar zonas con minas y proyectiles contracarro.
La cabeza de guerra mide 1,74 m. y pesa 71 Kg., de los cuales 46 son de carga útil. Las empresas EXPAL e INSTALAZA son las encargadas del desarrollo de las diversas submuniciones (minas contracarro —C/C—, granadas contra personal y material —C/P dM—, proyectiles contracarro, etc). La cabeza prevista más importante es la compuesta por un paquete de submuniciones inteligentes contracarro. Ha sido diseñada para ser expulsada del cohete a una altura sobre la zona de objetivos comprendida entre 800 y 1.000 m, determinada con precisión por los cálculos del ordenador de tiro situado en el lanzador y ordenada ajustadamente por la espoleta cronoelectrónica. A partir de aquí, y una vez dispersadas en su correspondiente zona de acción, cada submunición desciende suspendida de un paracaídas que ella misma gobierna realizando, por medio de un buscador infrarrojo, una exploración del suelo hasta descubrir un blindado, momento en que lo fija y lo sigue, haciendo explosión a unos 50 m sobre él y lanzándole un núcleo perforante autoformado por la explosión (EFP) a una gran velocidad, que penetra en el carro desde arriba, donde menor blindaje tiene, destruyéndole.
El motor, de una sola fase y con un grano de 90 kg de peso, con hendidura central en forma de estrella de seis puntas, tiene una longitud de 2,52 m y un peso de 154 kg. La tobera, diseñada por el INTA, está envuelta por un estabilizador dotado de 4 aletas rebatibles y con un peso de 16 kg. Lo más novedoso es el estudio que ha llevado a fabricar el vaso (tubo) del motor con materiales compuestos, y el empleo de nuevas pólvoras para el grano, el cual puede construirse mediante gajos.
Entre la cabeza de guerra y el motor se encuentra el conjunto denominado interfase, de 20 cm de longitud, que comprende los micromotores que corrigen la trayectoria del proyectil durante la fase caliente (encendido del motor principal), tan necesaria en las grandes distancias de empleo.
El lanzador es el conocido L-30 del Teruel, perfeccionado para convertirlo en aerotransportable en aviones el tipo C-130 H, dotado de protección NBQ, navegador GPS y ordenador de tiro, control de vuelo y soporte de planos digitalizados del terreno, que podrá intercambiar sus jaulas de contenedores-lanzadores de cohetes con el MLRS.
Esperemos que, por enésima vez, la falta de visión no vuelva a hacer naufragar el programa. Y decimos la falta de visión porque nadie podrá alegar que sea por economía, pues todo lo barato es caro y más en una época tan inestable en nuestras fronteras.

Extra nº 66 de la Revista Defensa (José María Manrique, Miguel Ángel Martínez y Santiago Sánchez Renedo)


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