Actualidad
Spanish Chinese (Traditional) English French German Italian Portuguese Russian Grupo Edefa

Putin tantea a Biden: Ucrania 2.0

Vladimir Putin se resiste a morir políticamente y mucho más a reconocer que su gran país está en una profunda depresión económica, social y demográfica. En este contexto deben entenderse todos los movimientos recientes de Putin contra europeos y norteamericanos; desde sus ataques cibernéticos contra infraestructuras críticas occidentales, a los continuos sabotajes de los cielos europeos, pasando por el imponente despliegue militar en la frontera de Ucrania, dispuesto a una invasión para integrar a las regiones más prorrusas del Este, en un paso más de su estrategia contra el Gobierno de Kiev.

Incluso hemos pasado de la diplomacia de las cañoneras a la de las vacunas, repartiéndolas por todo un elenco de aliados que no recibieron nada  de Moscú en las últimas décadas, a costa de retrasar la inoculación del paciente pueblo ruso con el glorioso nombre de Sputnik, recordando los tiempos de la grandeza política del Estado soviético. Putin es el último gran líder del mundo. En Occidente los líderes han pasado a la historia y en el gigante chino han sido subsumidos por la inmensa y capitalista burocracia.

Esta autocracia sólo es sostenible con una continua presión sobre los opositores, sobre Europa, a la que desprecia por sus debilidades, a cuyos líderes humilla y también desprecia profundamente, sobre un Biden al que ve como un viejito con Alzheimer; y a su vez necesita de un incesante cultivo de la imagen del líder supremo, un Putin que presume de bañarse en el hielo o de correr y cazar osos en Siberia. La pregunta que se hacen las organizaciones militares y diplomáticas de Occidente en estos momentos es hasta dónde está dispuesto a llegar en esta escalada.

La respuesta es muy obvia: hasta que Occidente decida pararle los pies. Esta táctica de supremacía la necesita para imponerse a una oposición que padece de tuberculosis, para mantener un presupuesto de Defensa que es insostenible para un país que pierde población cada año y que tiene unos servicios sociales y públicos al nivel de los países africanos, con unos sueldos que compiten con Argelia o Filipinas, frente a una burguesía que disfruta de un nivel de vida envidiable para la mayoría de los occidentales.

Para alimentar la autoestima rusa, despliega armas como el nuevo misil supersónico nuclear o las cabezas nucleares camufladas y móviles para convencerles de que son invulnerables y que tienen la llave de la supervivencia de planeta. Para una gran mayoría de los rusos que nunca ha conocido la democracia, Putin es lo mejor que les ha pasado en su historia. En Rusia están convencidos de todo cuanto les dice Putin; y ahora pretende auto ungirse como Napoleón, emperador por la gracia de un dios, que ha pasado a formar parte de la estructura de poder de la nueva organización política.

Para los rusos todos estos sacrificios son compensados por sentirse importantes, por creerse superiores. El día que este mito se termine, Rusia será un país que chocará con su realidad, pero esto no ocurrirá mientras Putin esté en el poder. Rusia ha pasado su historia camuflando su realidad; como hizo Potemkin para convencer a Catalina de la rápida reconstrucción de los territorios conquistados en Crimea con fachadas de cartón piedra; o la Unión Soviética, inventándose idílicas ciudades en las zonas mineras de Siberia para atraer a trabajadores, de forma forzosa claro, o creando archipiélagos Gulag, bajo el disfraz de centros de producción y reinserción.

Putin admiraba a Trump, aunque lo percibía como un loco pretencioso; pero esta imprevisibilidad del anterior presidente americano le atemorizaba mucho e intentó o consiguió atraerle a su terreno. Se sentían como dos hombres y un destino, el dominar el mundo. Pero con Biden ha llegado la tradicional política de defender la libertad en todos los sitios donde está amenazada, porque esa es la única manera de mantener al mundo en un determinado progreso político y social.

Washington ha vuelto a su tradicional política exterior de los últimos ochenta años, que tan mal resultados le ha dado siempre a Moscú. Si Biden no se achanta, que es lo que espera Putin para darle un zarpazo a Ucrania, y hace causa común con Europa y la OTAN toma cartas en el asunto, Moscú deberá renunciar a sus pretensiones sobre Ucrania y los estados bálticos. Rusia no puede meterse en un conflicto en Ucrania que acabe como Afganistán y que se llevó por delante al régimen soviético.

Por esta razón, la propaganda rusa mantiene la crisis de Ucrania en un lugar poco destacado, mientras que en Donbass se preparan para lanzar un nuevo ataque contra Kiev, esperando esta vez que las tropas rusas entrarán a ayudarles. Deberían haber aprendido la lección de Varsovia en 1944. El giro hacia China es un intento de reeditar un eje de reparto del mundo.

China se quedaría con Asia y Rusia con sus ojos puestos en sus vecinos del Sur y del Oeste. Pero Rusia no es la Alemania de 1939, es más bien la Italia de ese año, y China no se va a dejar embaucar ni va a dejar que Putin le cambie su expansiva agenda. Beijing quiere repartirse el mundo con Estados Unidos y convivir, mientras Rusia está en una huida hacia cualquier sitio que le permita mantener un liderazgo que cada vez es más débil y que sólo tiene en la testosterona de Vladimir su último activo para mantener la grandeza de Rusia.

Por Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


Copyright © Grupo Edefa S.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin permiso y autorización previa por parte de la empresa editora.