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700 años de Granada y la pólvora. El gran cambio

Disparo de un almajaneque contra una fortaleza.

Los caballeros de Santiago estaban aterrados. Los nazaríes cercaron Huéscar, el castillo que defendía la frontera murciana, y estaban ayudados por lo benimerines. Pero estos traían una terrible novedad, el cañón.

Los almajaneques, catapultas y otros elementos se basaban en la neurobalística, es decir, en la fuerza impulsora de, por ejemplo, crines de caballo enrolladas, que arrojaban bolaños a distancias relativamente cortas y con una fuerza que los muros de las fortalezas, concebidas para el asalto con escalas, podían aguantar.

Sin embargo, la pirobalística, es decir, la artillería que utilizaba la pólvora como impulsora de balas de cañón era otra cosa. Aumentaba la distancia de disparo y la potencia de fuego hacía que a los pocos disparos los muros cedieran y se abrieran grandes brechas que facilitaban la expugnación por asalto. Pero todo esto era una novedad, una gran novedad. De hecho, es muy posible que fuera la primera vez que se utilizaba en Europa, y desde luego era la primera vez que se utilizaba en la península.

Ibn Al-Jatib recoge que Ismail I de Granada “disparó con un aparato imponente, que funcionaba con la ayuda de la nafta, unas bolas ardientes a una tronera de una torre inaccesible de su fortaleza y produjo unos efectos como los que producen los rayos del cielo.”

Y también que, tan solo cuatro días después de aquel infausto 14 de julio de 1324, “bajó de ella la gente precipitadamente a rendirse a discreción[1]

Y desde aquella fecha han pasado 700 años. Y todavía se fabrica pólvora en Granada … y muchas más cosas. Pero eso lo veremos luego.

En aquella época la pólvora se fabricaba en el propio Real, es decir, en el campamento que cercaba una villa o castillo. Y era una actividad peligrosa porque la unión del azufre salitre y carbón se hacía en un mortero de mano. El azufre se recogía nativo de la mina, el carbón se preparaba a partir de agramizas, pero el salitre solo se podía obtener a partir de tierras enriquecidas en nitrato potásico por bacterias nitrificantes. Estas tierras se encontraban en umbrías, cuadras u otros lugares similares había que purificarlas. Pero necesariamente contenían pequeñas piedras que podían producir chispas que hacían deflagrar la mezcla en elaboración.

Tampoco los cañones eran muy seguros. Las bombardas o lombardas, eran las piezas de grueso calibre más utilizadas. Empleaban bolaños, esto es, proyectiles esféricos de piedra y se fabricaban igual que los toneles, conformando un tubo a partir de duelas de metal que se mantenían unidas mediante zunchos.

Bombarda o lombarda (“El material de guerra”, 1982, Biblioteca Central Militar)

Su fiabilidad era tal que se ofrecía a los condenados a muerte conmutarles la pena si aceptaban actuar como artilleros. Para solventar el problema se recurrió al oficio más experimentado en fundición de grandes piezas, esto es, a los campaneros, que consiguieron unos excelentes cañones de bronce a partir del siglo XV.

¿Y la pólvora? Por la misma época se comienza a experimentar con la vía húmeda, es decir, a efectuar la mezcla de los componentes mezclándolos con agua, de modo que se obtenían dos ventajas. Por una parte, se conjuraba el peligro de las explosiones accidentales y por otra, como había que granear la pólvora, se obtenían fracciones para cañón y para armas ligeras.

Además, el aumento la seguridad, permitió iniciar la industrialización del proceso de fabricación, primero utilizando los batanes, esto es, molinos hidráulicos para tejidos, que se adaptaron a la fabricación de pólvoras, y desarrollando después molinos específicos para moler y mezclar las pólvoras.

Batán para pólvora (“Los veintiún libros de los ingenios y máquinas” de Juanelo)

Y los nazaríes situaron el suyo donde pudieran controlarlo, esto es, a los pies de la Alhambra, junto a la puerta de Guadix baja (Bab al-difaf o Puerta de los Tableros), cerca de lo que hoy conocemos como puente del Cadí, porque por allí pasaba una acequia que discurría paralela al río Darro y que los cristianos denominaron acequia de San Juan. Y allí encontraron el molino, es decir, la “Fábrica” los Reyes Católicos cuando en 1492 entraron en Granada. Y la producción de pólvora dependió de la Alhambra desde entonces hasta 1857.

Esta Fábrica siguió produciendo hasta que en 1590 explotó dando “un grandísimo rumor y estruendo … quemó el molino … y más de doscientos quintales de pólvora, derribó muchas casas del contorno (Albaicín) … An muerto muchas gentes y otras questán, a lo que se entiende, devaxo de tierra. A sido en esta ciudad caso de admiración”.

Por ello la Fábrica buscó, en 1624, un nuevo emplazamiento próximo a Granada, pero aislado de forma que se evitaran futuros accidentes. Además, se procuró un lugar con agua abundante y que tuviera la fuerza suficiente para mover los molinos. El Fargue fue el lugar ideal. A solo cuatro leguas de Granada y con la acequia de Aynadamar que pasaba por una pronunciada cuesta, proporcionaba al agua la velocidad y fuerza suficiente para mover los molinos.

Ese carmen (En Granada, quinta con huerto o jardín) que se compró había perteneció al morisco Juan Çiyçi, y medía 12 marjales y 25 estadales y lindaba por uno de sus lados con el Camino Real. Por cierto, que el marjal es una medida propia de Granada porque es, aproximadamente, la superficie del Patio de los Leones de la Alhambra.

Plano de la acequia de Aynadamar hacia 1575 según el apeo de Loaysa (“La Granada morisca”, 1575)

Y en ese carmen se instaló primero un molino, y luego dos. En 1766 ya había tres, el de Santa Bárbara, el de San Antonio y el de San Francisco. Cada uno disponía de 9 morteros y en cada mortero se labraba arroba y media de pólvora, lo que permitía producir unos 120 quintales al mes. Pero, en la práctica, los procedimientos no habían variado con el paso de los años. No se había producido avance alguno.

Tampoco ayudó en nada la llegada de los franceses en 1810, y aunque la Prefectura de Granada produjo pólvora para su artillería, al retirarse dos años después hacia Murcia, lo hicieron por la carretera de Granada a Guadix, Baza y Almería, que ellos mismos habían construido para el trasporte de su artillería, y a su paso por El Fargue prendieron fuego a los molinos de pólvora existentes.

La Fábrica languideció, porque solo se reconstruyó parcialmente con un solo molino, hasta que en 1850 se hizo cargo de ella el cuerpo de Artillería. Y ese mismo año se compran los cármenes de San Francisco y San Antonio y al poco se adquiere El Cerrillo para la construcción de un polvorín. En Granada se compraron las Eras de Cristo, donde se fabricaría el carbón. El paraje estaba relativamente próximo a El Refino, que se había comprado en 1698 a los Hermanos de San Juan de Dios, y en el que se purificaba el salitre.

Retrato conservado en la Fábrica del coronel de Artillería D. Antonio Jacome Villena, primer Director entre 1850 y 1858.

Pero, además, se cambian sustancialmente los procesos productivos, adoptándose ya en 1867 el denominado “método de toneles y prensas” que permitía aumentar la densidad de la pólvora, al comprimirse la pólvora mediante grandes prensas que se movían manualmente y se mejoraban las condiciones de fabricación, haciéndolas más seguras.

Pero los tiempos cambian y la Fábrica no iba a quedarse atrás. Se estaba experimentando con la nitración de diversas sustancias y se obtuvieron explosivos más o menos potentes, como el nitrobenzol, la nitronaftalina, el ácido pícrico o la nitroglicerina. Y también se obtuvieron mejores pólvoras, esto es, con un mayor poder propulsor, con una menor presión en el arma y una baja corrosión. Eran las llamadas pólvora sin humo elaboradas a base de nitrocelulosa gelatinizada.

Colado de explosivos.

Con un equipo formado, entre otros, por el farmacéutico granadino Juan Nacle y los capitanes Manuel Herrero y José Calera se diseñaron para la Fábrica unas instalaciones modernas, se formó al personal, se dotaron de la última tecnología de la época y consiguieron ser los primeros en España en obtener una pólvora sin humo en laminillas para fusil el 14 de junio de 1897. El coronel Aranáz, a la vista de los avances técnicos posteriores, mejoraría notablemente los procesos y dotaría a la Fábrica de renombre nacional e internacional.

Durante el resto del siglo XX la Fábrica fue creciendo con nuevas instalaciones, nuevos procesos y nuevos fabricados. Cambió de manos, pero ha seguido siendo un potente foco industrial para Granada y un referente económico para su zona de influencia (Beas de Granada, Huétor Santillán, Víznar, Alfacar…).

Proyectiles flecha.

La actual fábrica

Hoy en día, FMG Fábrica de Munición de Granada, dirigida por Antonio Caro Chena y perteneciente al consorcio eslovaco MSM Group, sigue fabricando pólvoras, como antaño, siendo un activo estratégico, un centro de excelencia y colaboraciones internacionales. Pero además fabrica munición de gran calibre para cañón, mortero y carros de combate, misiles, producción e I+D, equipos EOD para desactivación de explosivos y cuenta con un centro de pruebas con capacidades de ensayo y calificación de tiro. (Joaquín Alastrué Funes)

[1] Ibn al-Jatib. Historia de los Reyes de la Alhambra. (Pg. 189)

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