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“Fazer as cousas a modiño”, sensatez, templanza y prudencia, el talante gallego del JEME y su impronta al frente del Ejército de Tierra

El General de Ejército Amador Enseñat y Berea durante su discurso en el Club de Periodistas Gallegos (foto: Club de Periodistas Gallegos)
El General de Ejército Amador Enseñat y Berea durante su discurso en el Club de Periodistas Gallegos (foto: Club de Periodistas Gallegos)

Coruñés de nacimiento, el Jefe de Estado Mayor del Ejército (JEME), general de Ejército Amador Enseñat y Berea, era elegido "Gallego del Año" el pasado 11 de marzo por su brillante carrera militar y su constante promoción de Galicia lo largo de toda su trayectoria. Reproducimos a continuación su brillante discurso al recibir este reconocimiento del Club de Periodistas Gallegos en Madrid, una clase magistral en la que condensó en catorce las características de la forma de ser y sentir del gallego, toda una guía para “crear ese Ejército de Tierra necesario, eficaz, disponible, resolutivo, cercano y comprometido al que aspiramos”.

“Señoras y Señores, buenas tardes. Sean mis primeras palabras para agradecer al Club de Periodistas Gallegos en Madrid y, en particular a su Presidenta, doña Pilar Falcón, el inmerecido nombramiento de “Gallego del Año 2023”. Supone un inmenso honor pero también, soy consciente, lleva consigo el compromiso de estar a la altura de tal distinción.

Agradezco también a don Ángel Expósito, extraordinario periodista y todavía mejor persona, gran amigo de la milicia, embajador de marca Ejército y del que me precio ser su amigo, como ha demostrado con su más que generosa laudatio. Con laudatios como esta me viene a la mente un dicho gallego: “Onte escoitei falar tan ben de ti, que pensei que xa morreras…!”

Espero que la Santa Compaña no salga a mi encuentro. Mis disculpas por no saber hablar bien gallego. Y ello a pesar de tener presente una caricatura de Castelao, en la que un gallego de la capital decía a otro paisano: “Yo soy tan gallego como tú, el gallego no lo hablo, pero lo entiendo…” y el paisano le respondía “igualiño que o meu can, o galego non o fala, pero carallo se o entende!”.

Nací en la ciudad herculina, en el Hospital Militar, mirando al mar por encima de la muralla medieval y a escasos cincuenta metros de la tumba de Sir John Moore en el bello Jardín de San Carlos, en una familia de tradición militar paterna y de raigambre jurídica y musical materna.

Los Enseñat, gallegos desde el último cuarto del siglo XIX; los Berea, de incierto origen, lo son, con toda certeza, desde tiempos anteriores. Dios no me concedió oído musical y, el mío, quizás porque es mi ahijado, se lo doné por entero a mi hermano Fernando, coronel de Artillería, quien es heredero de las dos tradiciones familiares. Estudié desde los dos años en la Grande Obra de Atocha, de la que mi tía abuela fue fundadora con el venerable don Baltasar Pardal y Vidal, y, más tarde, en los Dominicos.

Mi hábitat fue la Ciudad Vieja. Castellano-parlante, como casi todos los coruñeses de la capital, al menos en aquella época, pasé algunos veranos en el pazo de Souto, invitado por una familia amiga, sito en la parroquia de San Fiz de Cerdeiras, del municipio lucense de Begonte, donde conocí y amé la Galicia profunda.

Mis anfitriones, finalizando la primera parte de la década de los 70, organizaban una anual “misa en galego”, que oficiaba don Manuel Espiña, y a la que asistían personajes del galleguismo, como Domingo García Sabell o Uxío Novoneira, a los que tuve la oportunidad de conocer, aunque, por mi edad, no de tratar.

En esa época también era acólito de la parroquia de Santa María y Santiago con don José María Fuciños, hoy Abad de la Colegiata. Entre otras misiones, ayudé en el besamanos del hoy Cardenal don Antonio María Rouco Varela, en su presentación en la Colegiata de Santa María del Campo de A Coruña como Obispo Auxiliar de la diócesis de Santiago de Compostela. ¡Quién me iba a decir a mí que casi 50 años más tarde iba a tener el honor de ser su compañero en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas!

A los 16 años, tras haber fracasado en mi primer intento de ingreso en la Academia General Militar, cursé primero de Ciencias Físicas en la Universidad de Santiago de Compostela, viviendo en una Residencia Universitaria acolada a lo que entonces era un Cuartel y hoy la sede del Parlamento Gallego. Disfruté un año de la que hoy es la capital de Galicia, de sus gentes y de sus monumentos, especialmente de la Catedral y la plaza del Obradoiro, regados por el continuo orvallo, de las tazas por las Rúas do Vilar y do Franco y de los cubatas de litro compartidos en los locales cercanos a la Plaza Roja.

Tras el feliz ingreso en Zaragoza, comencé a sentir la morriña de mi tierra, ansiando regresar ao meu lar en las vacaciones de verano, Navidad y Semana Santa, ya que los medios de comunicación de entonces (el célebre Sanghai que unía Galicia con Barcelona) no permitían hacerlo en los permisos cortos. Cuando fui promovido a teniente, no se convocó ninguna vacante en A Coruña, por lo que vine destinado a Madrid, tierra de innegable capacidad y voluntad de acogida, que ya por entonces sus habitantes atendían extraordinariamente el ruego de nuestra Rosalía de “castellanos de Castilla tratade bén aos galegos”.

La morriña no desaparecía, a pesar de regresar muy a menudo a la vivienda familiar y reconfortar mi cuerpo y alma respirando o cheiro do mar cerca de las playas del Orzán y Riazor (por entonces, el Paseo Marítimo no estaba finalizado). Unas lejanías no prolongadas, que impidieron compartir el sentimiento de Rosalía cuando escribía “adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos”, porque a la semana siguiente, a lo sumo en dos, iba a regresar. No obstante, dada la lentitud del tren expreso o de los autobuses cuando no había autovía, habría sido más rápido que me llevasen sus “airiños, airiños, aires”.

A medida que me asentaba en Madrid y las escapadas a Galicia se hacían más esporádicas, reconozco que la morriña me asaltaba y cuando creía oír tocar “as campanas de Bastabales, moríame de soidades”, si bien no hasta el punto de “sin querer tornar a chorar”. Finalizado el Curso de Estado Mayor en 1996, maté el gusanillo y regresé por dos años a mi Galicia, al ser destinado a la Brigada Aerotransportable en Figueirido, Pontevedra.

Disfruté de la preciosa ciudad de Pontevedra, de los paisajes de su provincia y descubrí que las Rías Baixas, aunque menos agrestes, eran tan bellas como las Altas y en verano hacía mejor tiempo. Que además de los pimientos de Padrón, existían los del Salnés, que maduraban antes aunque también empezaban a picar más pronto que los de Herbón. Las cuestas de Vigo, también impresionante urbe, me parecieron menos empinadas que como las recordaba de niño. Incluso en mi corazón deportivista, hice hueco para los cuadros granate y celeste. En el período 2000-2001 realicé el Curso de Mando y Estado Mayor Avanzado en el Reino Unido.

En mis ocasionales viajes a Londres pude convivir con la emigración, con la que tomaba caldo gallego, lacón con grelos, pulpo a feira o callos con garbanzos. Incluso llegué a coincidir con el fallecido Ernesto Atanes, capellán de la colonia española y fundador de la Bodega de Monterrei Crego e Monaguillo, con sus estupendos caldos de Mencía y Godello. Nuestros paisanos emigrados a esas tierras tenían, como Alejandro Sanz, el corazón partío entre el sueño de regresar a su Galicia natal y la realidad de estar anclados por sus hijos que habían formado sus familias en aquellos lares.

Un año después, pude disfrutar del Centenariazo en el Bernabéu, donde el “Superdepor” nos hizo soñar a todos proclamándose Campeón de la Copa de Su Majestad el Rey ante los que éramos enfervorecidos seguidores, afónicos de cantar A Rianxeira. Hoy, nuestros sueños son otros: que el Deportivo, convertido en “Pobredepor”, ascienda a Segunda División.

Parece que este año lo puede conseguir. De 2013 a 2020, los designios del Mando me llevaron a Granada, donde rehíce mi vida con Eva, quien gusta de nuestra tierra, al menos en verano. Para mitigar la morriña me hice dos Caminos de Santiago, o Camiño inglés, siempre he sido un poco vago pues es el más corto, uno desde Ferrol y otro desde A Coruña, completándolo eso sí hasta Fisterra y Muxía. En febrero de 2020 regresé a Madrid, donde me he encontrado de forma sorpresiva con el Premio que me han otorgado. Reiterándoles mi agradecimiento, agradezco a la vida haber nacido gallego. Nacer y sentirse gallego imprime carácter, un carácter que ha sido clave en mi vida personal y, especialmente, en la profesional.

Compartiré con ustedes algunos rasgos de nuestra personalidad que me han sido de gran utilidad en ese peregrinaje: En primer lugar, el sentido común, o noso sentidiño, o fazer as cousas a modiño, nos aporta sensatez, sosiego, templanza, prudencia; claves para analizar sabia y serenamente las cuestiones más complejas y adoptar las decisiones más acertadas.

En segundo lugar, la moderación, que nos hace huir de soluciones extremas y de enfrentamientos innecesarios: si tienes la razón, ¿para qué discutes?; si no la tienes, ¿por qué discutes? En tercer lugar, la empatía, ponernos en el lugar de los demás, clave para mejorar las relaciones interpersonales y, en el campo de la estrategia y la táctica, para determinar las intenciones y líneas de acción de los posibles adversarios o competidores.

Desde la tan tópica como real práctica de responder a una pregunta con otra (la más común ¿por qué me lo preguntas?), hasta la costumbre de responder no lo que pensamos, sino lo que pensamos que el otro piensa. En cuarto lugar, la discreción, saber ocultar los sentimientos y emociones, reservándolos para el ámbito privado y, en el campo militar, útil para lograr la seguridad de la información.

No tiene nada que ver con la indecisión, como a veces se malinterpreta. No voy a caer en el tópico del encuentro con un gallego en la escalera. Me referiré al poeta castellano Ventura Ruiz de Aguilera quien, en una poesía dedicada a Manuel Murguía, marido de Rosalía, decía: “si la gaita gallega el pobre gaitero toca, no acierto a deciros si canta o si llora”.

En quinto lugar, el realismo, a veces identificado como cercano al pesimismo. Rosalía respondía a Ventura Ruiz de Aguilera: “Aunque contenta a gaitiña, o probe gaiteiro toca, eu podo dicirche: non canta, que chora”. Los gallegos no nos dejamos llevar por promesas vacuas ni nos engañamos nosotros mismos con cuentos de la lechera. Ponernos en lo peor tiene, en mi opinión, dos beneficios. En el campo militar, gran predisposición para identificar la hipótesis más peligrosa del adversario, sobre la que se monta la seguridad. En la vida, no es fuente de tristeza sino de alegría a poco bien que salgan las cosas. Gracias a ello, mucha gente cree equivocadamente que soy optimista y de buen carácter.

En sexto lugar, el relativismo. Nuestra tópica respuesta “depende” es un signo de nuestra aversión por las verdades absolutas, por los axiomas preconcebidos, por las recetas prefabricadas. Cada situación o problema ha de tener su propia solución. No hay dos situaciones iguales. Estamos acostumbrados a analizar en todo momento los diferentes factores y circunstancias para adaptarnos rápidamente a la evolución del escenario. En séptimo lugar, la firmeza en la defensa de los principios, de los valores que consideramos esenciales e innegociables, como nuestros paisanos defienden los lindes de sus fincas.

En octavo lugar, nuestra facilidad para acercar posiciones, lograr acuerdos, crear consensos. Como ejemplo, hacerles creer a ingleses y franceses que, en enero de 1809, ambos resultaron vencedores en la que nosotros conocemos como Batalla de Elviña. En noveno lugar, nuestra humildad y austeridad, nada que ver con la tacañería y sí nacidas del espíritu de la Vírgen de Muxía: “Nosa Señora da Barca, ten o tellado de pedra, ben o pudera ter de ouro, miña Virxe, si quixera”.

En décimo lugar, nuestra tradición matriarcal. Galicia es, sin duda alguna, un matriarcado. Pocos pueblos valoran el trabajo de la mujer como nosotros, entregada trabajar en la casa y el campo, para reemplazar a un marido ausente en la emigración, en la mar, en la taberna haciendo trueques y negocios o simplemente tomando una taza holgazaneando y faltando al compromiso de sus deberes familiares y laborales.

¡Cómo no vamos a valorar a las mujeres si nuestra raza y sangre cuenta, entre otras, con María Pita, Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Isabel Zendal o Isabel Barreto, la primera mujer Almirante de la historia de España, glosada en la novela de Eva García, La Casa del Algodón, recientemente presentada en este Club!

En undécimo lugar, nuestra retranca que no es sorna, ironía, sarcasmo ni burla, pero sí un inteligente sentido del humor, que yo utilizo para enseñar sin ensañar, resaltando las contradicciones o los errores y, a veces, corrigiendo de una forma no especialmente rigurosa, aunque a algunos les duela más la retranca que un castigo. Una estrategia que no da lugar al contrataque, si no es en los mismos términos.

En duodécimo lugar, nuestra multi-identidad. Los gallegos construimos lo nuestro nunca en oposición contra lo de otros, sino integrando; sumando, no dividiendo. Yo me siento profundamente coruñés, que es mi forma de sentirme gallego; profundamente gallego, que es mi forma de sentirme español. No encuentro ningún tipo de problema en vivir apasionadamente estas tres identidades: coruñés, gallego, español; identidades que se refuerzan unas a otras.

En decimotercer lugar, nuestra facilidad de integración, relacionada también con nuestra multi-identidad y la propensión a la emigración, para, sin dejar de sentirnos parte de la tierra de origen, identificarnos con los modos, usos y costumbres de la tierra de acogida, cuando el destino nos ha llevado a vivir y trabajar allende nuestros lares.

Por mi parte, he intentado el hermanamiento de la retranca gallega con la malafollá granaína, por ahora sin éxito, aunque mi carácter da buena prueba que la coexistencia de ambos endemismos en una misma persona no es imposible. Sentirse profundamente gallego y, sin dejar de serlo, ser hijo adoptivo de Granada no sólo es posible sino consustancial a nuestra idiosincrasia.

Por último, fruto de todo lo anterior, nuestra predisposición a conformar equipos de trabajo con hombres y mujeres de variada procedencia que nos ayuden a mitigar los excesos o defectos en la puesta en práctica de nuestras singularidades o nos aporten alguna de las, pocas, virtudes de las que los gallegos carecemos.

Estoy muy orgulloso de todos mis subordinados, algunos de ellos llegados hoy aquí de Galicia, trabajando en nuestro común empeño de prestar el mejor servicio a España. Estas catorce características de nuestra forma de ser y sentir me guían a diario para intentar crear ese Ejército de Tierra necesario, eficaz, disponible, resolutivo, cercano y comprometido al que aspiramos. Tengo la impresión de que su ejercicio ha podido ayudar también a que ustedes me hayan considerado equivocadamente merecedor del Premio “Gallego del Año 2023”.

Un premio que agradezco profundamente, que me acerca a la condición de ser “profeta en su tierra”, al provenir de un enclave gallego en la capital de España como es el Club de Periodistas Gallegos en Madrid. A los miembros del Club y a los que sin serlo me han querido acompañar aquí y ahora, muchas gracias de todo corazón.”

 

 

 


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