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Las Fuerzas Armadas del siglo XXI

La caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética terminó con una concepción de las amenazas militares y de las respuestas adecuadas que pervivió durante más de un siglo. La posibilidad de grandes guerras en las que los países europeos pudieran verse involucrados era remota y, por tanto, muchos de los principios sobre los que se habían basado las fuerzas armadas desde la revolución francesa fueron cayendo como piezas de dominó. El servicio militar obligatorio, uno de los mayores logros de las democracias, al extender el uso de la fuerza a todos los ciudadanos y no a mercenarios al servicio del poder económico, fue cuestionado, no solo por la creencia de su inutilidad ante un escenario que no requería a cientos de miles de habitantes capacitados para actividades muy individuales, sino porque realmente suponía un coste social enorme, ante una juventud que veía dilapidar sus mejores años de formación para un servicio que ya no resultaba necesario.

Los cambios sociales no sólo trajeron el ejército profesional, sino que, además, supusieron la incorporación de las mujeres a las fuerzas armadas, lo que sin duda no es tan fácil de digerir para un estamento que hacía de la concepción machista una de sus bases de fundamento. Hoy en día las fuerzas armadas son mucho más abiertas, y con muchos más derechos que en ningún otro momento en la historia. Además, su mayor capacitación profesional les permite utilizar sistemas cada vez más complejos y ganar en efectividad.

Quedan todavía muchos elementos por mejorar. Entre ellos, sin duda el más importante es la reincorporación del soldado y marinero profesional a la vida profesional, después de haber servido en sus mejores años a su país. Todavía la experiencia profesional, a diferencia de otros países, como Estados Unidos o Reino Unido, siguen sin ser valorada, lo que constituye un craso error para los empresarios. Yo siempre animo a las empresas a contratar soldados y marinos, personas entregadas, con gran capacidad de sacrificio y acostumbradas a la disciplina.

Sin duda en el campo de los derechos también hay que ir adaptando las normas a un entorno muy diferente, donde no parece que deban sacrificarse determinados derechos individuales en  beneficio de la disciplina que exige la vida militar. No es un trade off fácil de resolver, pero, a pesar de los avances producidos, todavía deben darse pasos significativos.

Sin embargo, consolidado este modelo de fuerzas armadas, que responde a los conflictos de baja intensidad que hemos conocido en los últimos veinticinco años, nos encontramos con un escenario que podría parecer muy diferente del que dio pie al ejército profesional, reducido y mixto. Hoy en día, el Estado Islámico dispone de fuerzas armadas en un territorio más grande que Europa y que abarca desde Nigeria a Indonesia, con más de veinte países afectados. Rusia, la gran potencia nuclear y convencional en Europa, ha quebrado la confianza con la invasión de Crimea y la actuación cobarde, pero efectiva, apoyando con medios militares una guerra de independencia en regiones prorrusas en Ucrania, atentando contra un país soberano que recién acababa de firmar un tratado de asociación con la Unión Europea. Hoy en día Rusia dispone de 200.000 efectivos y 7.000 carros de combate en la frontera europea y una reserva de millones de hombres. Entonces, la pregunta es: ¿Sirve el modelo de ejército profesional y de tamaño reducido para disuadir a los potenciales enemigos de atacarnos? Y, en caso de que deban actuar en un conflicto abierto en Europa, ¿serán derrotados por un ejército como el de Rusia, que hoy es la mayor amenaza militar para Europa?

No me cabe duda que para la disuasión militar no solo hacen falta ejércitos y capacidad nuclear y que existen otras herramientas, como la presión económica o diplomática. Pero a veces éstas fallan, como ha ocurrido tantas veces en el pasado.  Si éste es el caso, ¿debemos sentirnos seguros con el modelo de Ejército profesional que tenemos en España? Sin entrar en otras consideraciones importantes, como el déficit en el presupuesto de mantenimiento e inversiones, creo que deben adoptarse algunas medidas que permitan disponer de una estructura de fuerza más adecuada a nuestras necesidades de seguridad.

En primer lugar, debemos llegar a la parte superior de la horquilla con unos efectivos de tropa y marinería profesional superiores a los 100.000. Esto permitiría tener las principales unidades al cien por cien de efectivos y disponer de suficientes para las rotaciones necesarias. Considero que con las actuales condiciones económicas no sería difícil incrementar el número actual en unos 15.000 hombres.

En segundo lugar, pienso que debería formarse una fuerza de reserva real, con entrenamiento militar y con capacidad para incorporarse a filas y a maniobras cuando así se exija. Personas que podrán compatibilizar su trabajo y obligaciones con una cierta disponibilidad, para, en caso necesario, integrarse en las unidades operativas o logísticas de las Fuerzas Armadas. Análisis más técnicos deberían darnos una cifra objetivo de este segmento, pero sin duda necesaria para encuadrar con cierta rapidez a personal preparado a determinadas unidades.

No tenemos el mismo escenario de hace diez años y será peor en las próximas décadas, de manera que debemos ser capaces de reaccionar a tiempo. Éste es el nuevo reto para las fuerzas armadas en Europa y en España.


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