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Cara y cruz de los cuerpos de seguridad en la crisis catalana

Con la detención de altos cargos de la Generalidad, España vivía uno de los momentos más duros en la lucha contra el desafío independista catalán. Expectantes aún con lo que habrá de deparar el 1-O, el proceso está evidenciando el triste papel de buena parte de la policía autónoma catalana, los Mozos de Escuadra, en la contención del referéndum ilegal. La misma fractura que hoy divide a los catalanes en torno a la cuestión independentista ha de tener, en buena lógica, fiel reflejo en este cuerpo, engullendo en su seno a quienes creen en la defensa de la legalidad vigente el proceder de los que se han envuelto en la incontinente y opresiva espiral independentista.

Atrapados en el engranaje de un Gobierno que hace mucho tiempo dejo de gobernar para todos los catalanes, es fácil imaginar el total desamparo a que se enfrenta la ciudadanía catalana contraria a esta brutalidad rupturista, que se viene disfrazando de democracia y pacifismo en el más absoluto y temible clima sectario. Cuando la puesta a disposición de los intereses de unos cuantos lleva a los mandos de las propias fuerzas de seguridad autonómicas a ahorcar en público el servicio para el que nacieron, cuando se quiere arrastrar a todos sus miembros a una campaña de inacción al servicio de la acción que defienden unos cuantos, ¿quién protege a los catalanes de los lobos con piel de cordero que quieren dinamitar el Estado de Derecho?, ¿qué seguridad les brindan quienes han de velar por su protección?. Si mañana, siguiendo la doctrina que hoy quiere imponerse, en los pueblos catalanes de la frontera con Aragón se hiciera un referendum solicitando su anexión a esta comunidad, a qué mandato obedecerían, ¿al del Estado de Derecho, al los intereses del Gobierno catalán, al concepto supremo democrático de nuevo cuño que impone como legal y defendible cualquier referendum?

Quienes ansiaban ver los tanques del Ejército entrando en la Ciudad Condal, quienes esperaban como agua de mayo amenazantes declaraciones, quienes en vano anhelaban que las Fuerzas Armadas españolas asumieran en este espectáculo el papel castigador que permitiera, al fin, la foto de los mártires independentistas catalanes subyugados por el estado represor, han tenido que conformarse, a falta de mejor atrezzo en su búsqueda permanente de la performance, con colocar claveles en los vehículos de la Guardia Civil. El esperpento no tiene fronteras, aunque se empeñen en ponerlas.

Denostadas por los nacionalismos más radicales, por las hordas reaccionarias y la ambigüedad de los tibios, peor si cabe, como el de la alcaldesa de Barcelona, los miembros de las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil, curtidos en la paciencia, en aguantar la provocación, en el cumplimiento de su deber en los entornos más hostiles, se mantendrán firmes en medio de esta tormenta, cumpliendo con su deber para garantizar la seguridad de los españoles, trabajando aquí, en el Sahel y apagando el fuego si amenazara hoy con devastar los verdes campos de Gerona.

Mientras, cabe preguntarse qué se puede y debe esperar de los cuerpos de seguridad autonómicos, cuando años de adoctrinamiento conducen a un territorio a lo que hoy se vive en Cataluña, qué tipo de colaboración y qué nivel de confianza, indispensable, podrá alcanzarse para coordinar acciones de seguridad a nivel nacional en el marco de la amenaza terrorista que hoy  impera. Esa misma amenaza que mañana podría derivar en una nueva edición del terrorismo nacionalista que España ha soportado durante décadas fruto de la siembra del insensato odio a lo español que, sin medir las consecuencias, se está  inoculando ya  desde las escuelas.  El 2-O llega lleno de retos. 


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