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El estado de nuestras Fuerzas Armadas

Desde 2008, el Ministerio de Defensa se vio afectado por el mayor recorte de recursos de todas las políticas públicas del Estado español, afectando fundamentalmente a inversiones, operación, entrenamiento y sostenimiento, las cuatro claves, junto al recurso humano, sobre las que se cimenta la operatividad de unas Fuerzas Armadas. Esto condujo a tener una estructura de gasto en la que más del 75 por ciento se destina a pagar sueldos, cuando la media de los países europeos está entre el 50 y el 60 por ciento. Simultáneamente, se han visto involucradas en numerosas y complejas operaciones en el exterior que transmiten una imagen de cierta de capacidad e idoneidad para cumplirlas. ¿Pero tenemos las Fuerzas Armadas que necesitamos? ¿Los recortes han afectado seriamente a nuestra capacidad, seguridad y participación en las organizaciones supranacionales? Todas las políticas públicas tienen una base que determina su prioridad, así como su capacidad de cumplir con los objetivos asignados, se llama presupuestos.

Desde 2008, las inversiones en Defensa no sólo se han reducido, sino que han dejado de existir. Los pagos pendientes de los grandes programas iniciados hace más de veinte años ahogan cualquier posibilidad de allegar nuevos recursos, teniendo que pagar unos excesos de gastos no soportados por la capacidad real, que limitan la renovación del material y la adaptación del mismo a las nuevas tecnologías. Debemos abordar nuevas amenazas como la ciberseguridad, que es capaz de producir, de forma absolutamente invulnerable y sin necesidad de declarar a un enemigo, más daño en un día que un ataque militar, y no existen recursos para construir una alternativa eficiente. En los próximos años muchas plataformas deberán ser reemplazadas y no fue posible hasta ahora siquiera definir si se hará o vamos a un proceso de jibarización de nuestro esquema de seguridad militar.

Las inversiones en mantenimiento se reducen a medida que nuevas plataformas, se van incorporando a nuestro inventario. Hoy dedicamos a esto la misma cantidad que hace 25 años, cuando la era digital apenas había llegado. Disponemos de costosos equipos que supusieron un desembolso a las arcas de miles de millones, que simplemente no se pueden operar porque no hay para gasolina o un mantenimiento preventivo adecuado. Uno de los principales esfuerzos del Ministerio es ver donde podemos colocar los excedentes de equipos recién adquiridos, que no vamos a utilizar por insuficiencia de recursos o porque se sobredimensionaron las necesidades. Vivimos en una especie de espejismo, ya que cuando observamos las operaciones que tan brillantemente realizan nuestras Fuerzas Armadas en Líbano, Irak o el Mediterráneo tenemos la impresión que detrás existe todo un mecanismo de seguridad sólido que nos permite mantener nuestras ambiciones y preservar la capacidad de cumplir con las altas misiones asignadas.

Hoy el presupuesto de defensa, de casi 6.000 millones de euros, que en términos constantes se remonta a la dictadura, que no fue muy generosa con las Fuerzas Armadas, se destina a tener desplegados 2.500 hombres en diversos escenarios internacionales que, al tener sus fuentes de financiación extraordinarias, realizan con gran éxito unas misiones que son un espejismo. La mayoría de las unidades viven en una situación de inanición, sin apenas recursos para ofrecer una vida militar que incluya la formación y medios para estar dispuestos para abordar cualquier reto que se presente. Nuestro esquema se basa en disponer de equipos preservados y militares cobrando su sueldo y realizando tareas básicas de formación, en la esperanza de que en caso de necesidad seremos capaces de poner toda esta maquinaria en marcha en un plazo razonable y con perspectivas de éxito. Resulta evidente que el actual modelo no es posible a medio plazo sin un incremento sustancial de los recursos. Pero lo que debemos plantearnos es nuestro modelo de seguridad en un mundo mucho más global y con estructuras plurinacionales. Nada como los momentos de hundimiento del sistema para realizar una profunda reflexión. Continuamos con un modelo que se basa en aglutinar todas las capacidades en un solo país, cuando deberíamos centrarnos en transformarlo hacia otras internacionales.

Sobre una base de 120.000 efectivos, se requiere duplicar el presupuesto de defensa, para alcanzar los ratios medios de nuestros socios europeos en entrenamiento, formación, horas de vuelo y maniobras. Necesitamos un presupuesto de inversiones neto en torno a los 3.000 millones de euros anuales frente a los menos de 800 millones actuales y sólo para mantenimiento dedicar por encima de los 1.500 millones, sólo para lograr un esquema mínimo fiable. En el plano del personal hay dos asignaturas pendientes. Los sueldos son insuficientes para atraer a personal capacitado y con aptitudes y distan mucho del de otros servidores públicos, como policías. Se compensa con menos obligaciones, pero afecta de manera muy significativa a su nivel de preparación y motivación. Para exigir, debe realizarse un esfuerzo económico, para que el servicio se preste de una manera exigente y con las máximas garantías. Esto mismo ocurre con los oficiales y suboficiales, cuya única aspiración es recibir ingresos adicionales por participar en operaciones internacionales y compensar una situación anómala para sus capacidades y dedicación. El segundo problema es la caracterización de la vida militar, corta en el caso de la tropa y marinería. En otras profesiones, la Seguridad Social y el Gobierno arbitraron medidas correctoras para evitar el perjuicio que supone una vida profesional corta. Nosotros les quitamos a los jóvenes los mejores años de su vida y los devolvemos al mercado con una formación y experiencia poco requerida en el sector civil a los 45 años.

No tenemos ni las Fuerzas Armadas que requieren nuestros países, ni los recursos adecuados para que cumplan adecuadamente sus misiones, ni nuestra sociedad parece dispuesta a realizar un esfuerzo significativo para solventar estos problemas, por lo que un cambio es preciso si no queremos renunciar a nuestras ambiciones de seguridad, a la solidaridad con nuestros aliados y mantener un alto grado de confianza en su capacidad. Las personas que conforman las Fuerzas Armadas son el principal activo y la garantía de que un cambio es posible y que sabrán estar a la altura que se les exige. Lo demás es una cuestión de voluntad política, que siempre parece que para Defensa nunca encuentra su espacio. Que nunca tengamos que arrepentir nos de esta desidia.

Enrique Navarro


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