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De Afganistán al estado islámico

Constituye una certeza histórica que Occidente nunca ha entendido al mundo musulmán y la manera de abordar las amenazas que de esta parte del mundo han existido desde comienzos del Siglo VII hasta la actualidad. Ya ha pasado demasiado tiempo y todavía Occidente no sólo sigue amenazado por muchos de los acontecimientos que ocurren allí, que a su vez cada más son mas amplios ante los ojos absortos de europeos y americanos, que no entienden como ingentes masas de población se abrazan a una actitud bélica basada en principios religiosos, volviendo a las épocas más tenebrosas de la historia de la humanidad. En mi opinión, los gobiernos occidentales han fracasado en medir el nivel de la amenaza y sus potenciales consecuencias y también en fortalecer los gobiernos democráticos o afines del mundo islámico.

Los movimientos integristas ya controlan una parte muy importante del territorio en el Sahel, donde están estableciendo regimenes políticos que basan su estrategia en la implantación de un sistema de terror y en la expansión hacia sus vecinos. La fortaleza alcanzada por grupos como Hoko Boroko en Nigeria, uno de los principales productores de petróleo del mundo y el país más importante económicamente de África, es sin duda, de todas las amenazas, la más grave y la que primero debe atajarse. Libia es el otro escenario en el que, si no se produce una inversión de la actual tendencia, podría caer en manos fundamentalistas radicales, con la importancia que el gas del Norte de África debería jugar en el futuro a medio plazo de la matriz de dependencia energética europea. El estado islámico es la tercera amenaza, quizás la más seria a corto plazo, ya que afecta a dos países claves en el medio oriente: Irak y Siria.

Las potencialidades externalidades del fulgurante crecimiento del ISIS afectarán a países inestables política o económicamente, como Líbano y Jordania, y sin duda Cisjordania y Gaza podrían confluir en intereses fácilmente con el estado islámico. Será critico cómo el régimen actual egipcio es capaz de controlar a los seguidores de los Hermanos Musulmanes, que siguen siendo mayoritarios entre la población egipcia. Hasta donde estará el Ejército dispuesto a llegar para mantener el actual régimen político será sin duda el elemento fundamental. Si en las actuales circunstancias Egipto estuviera bajo el régimen de Morsi, Israel se encontraría aislado, amenazando su desaparición como Estado.

La debilidad institucional en países como Afganistán y Paquistán sigue siendo amenazadora para que se produzca una revitalización de los grupos terroristas radicales, que continúan controlando una significativa parte del territorio de ambos. Pero, todavía más al Oriente, continúan actuando grupos terroristas en China, Indonesia y Filipinas. Son demasiados frentes abiertos. La participación de muchos europeos en estos grupos se ha exagerado, pero no cabe duda de que añade condimentos a la situación global. ¿Qué lleva a musulmanes nacidos en Europa a unirse a estos grupos terroristas? Es muy difícil de determinar, pero sin duda también hay mucho por hacer con la comunidad islámica en Europa, que ya alcanza cifras considerables en zonas del Norte de Europa y Francia.

A mi entender, los musulmanes que emigran a Europa lo hacen buscando una vida mejor y a países donde no les importa convivir con otras religiones, a diferencia de los suyos de origen, donde no se tolera la diferencia. La gran mayoría de esta población no constituye una amenaza y, sin embargo, deben ser los que más apoyen una estrategia de contención del islamismo radical en el mundo. Tienen acceso al mejor sistema de vida en todos los sentidos y deberían ser correa de transmisión del conjunto de valores que defendemos. Como estados democráticos, es inevitable que surjan resentimientos o que grupos o personas puedan convertirse en amenazas para la seguridad, pero son mínimos, contados con los millones de musulmanes que habitan en Europa y Estados Unidos.

Occidente debe atajar de forma rápida y con contundencia a los movimientos terroristas, sin darles tiempo a expansión alguna, y serán otros muchos países árabes los que se unan. Las monarquías de la región no pueden quedar neutrales, porque esa será su propia perdición. La actitud de Irán frente a Irak marca un camino a seguir, siempre y cuando los objetivos sean comunes, y no se aprovechen situaciones de hecho para mover piezas estratégicas. La posición occidental de mostrar apoyo a los rebeldes sirios durante el comienzo del conflicto, en lugar de fortalecer al régimen en el poder, ha sido sin duda un gran error, pero que todavía tiene marcha atrás, como también ocurrió en Libia.

Corresponde ahora organizar una gran coalición internacional e interconfesional para atajar estos movimientos de forma rápida y taxativa. Una vez recuperada la seguridad, deberán venir otras políticas, pero ahora la prioridad es nuestra seguridad y nadie puede escabullirse entre palabras incomprensibles para no adoptar de inmediato un compromiso militar con nuestros aliados y dar comienzo lo antes posible a las operaciones. Los países que se oponen a estas acciones sólo tienen un interés: debilitar a Europa. Si la Unión Europea se olvida por un tiempo de sus diferencias y adopta una posición enérgica común con nuestros aliados, todas las amenazas se desvanecerán y recuperamos una sensación de seguridad y estabilidad, que ahora está muy debilitada.


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