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La muerte del acorazado y la Segunda Guerra Mundial

A lo largo de un siglo fue la esencia de las grandes armadas y objeto de deseo de las menores. Sin embargo, al comenzar la II Guerra Mundial (SGM) había datos más que suficientes para saberlo superado por tecnologías ya presentes: sólo la ceguera de los almirantazgos, aferrados a la tradición y poco proclives a aceptar la innovación, condujo a los acorazados, incluso los de nueva factura, a su augurada defunción.

Si hay que proponer una definición de acorazado, la nuestra simultanea necesariamente dos criterios superpuestos, aplicados al buque de combate en su momento tecnológico: el mayor calibre disponible en su artillería principal y el blindaje más grueso posible. Ideal y teóricamente, se consideraba el único barco de guerra capaz de destruir a otro acorazado y al mismo tiempo indestructible para cualquier nave, salvo acaso otro acorazado: concepto universal que lo resuelve todo, dueño del poder omnímodo y decisivo. Si una flota no contaba con ninguno, era marginal y costera.

Foto: En 1906, el "Dreadnought" marcó el punto de inflexión entre el acorazado tradicional y el definitivo.

Entonces cabría preguntarse: ¿por qué se hacían también cruceros, destructores, cañoneros?, ¿por qué las armadas no se componían en exclusiva de acorazados? Pues el barco así definido, el poder resolutivo, resultaba carísimo de construir y aún más de dotar y mantener. Por ello, en número significativo sólo estaba al alcance de las grandes potencias e incluso para éstas resultaba un desperdicio emplearlo en todas las funciones, muchas de las cuales desempeñaban con eficacia barcos menores y más asequibles

Con la excepción de los pequeños acorazados de defensa de costas o monitores, el incremento de calibre obligaba a agrandar el casco, que se aprovechaba para aplicarle una coraza más extensa y también más gruesa, en una carrera de crecimiento paralelo de ambos criterios, en aras de obtener un barco capaz de horadar el blindaje de todos los acorazados enemigos, mientras impediría a estos hacer lo propio con el suyo. La competición, naturalmente, proporcionó naves cada vez mayores y más onerosas.

Por otra parte, si su carácter decisivo e invulnerable fue real durante bastantes décadas del XIX, sigilosamente fueron surgiendo otras armas que ponían en cuestión su aureola de invulnerabilidad, aunque los almirantazgos, cegados por la grandiosidad de sus acorazados, tardaron demasiado en asimilar y conferir su justo valor a las nuevas amenazas. Ninguna de aquellas teorizaciones que los sacralizaban como argumento resolutivo, decisivo e indiscutible tomó en consideración alternativas a la artillería, capaces de neutralizar un acorazado.

La primera de ellas fue el torpedo, que llevaba más explosivo que el mayor proyectil de cañón naval y que, a diferencia de este, podía largarse desde un barco menor, torpedero, destructor, lancha o submarino, incluso más tarde desde un avión. No era fácil acercarlo al blanco, pero tampoco un problema insalvable, y entre ambas guerras mundiales hay suficientes ejemplos de neutralización o destrucción de acorazados a cargo de medios mucho más pequeños y económicos.

Foto: El “Minas Gerais” brasileño de 1910.

En sus primeras décadas de vida, los santificadores del acorazado tradicional contemplaron el aeroplano como un interesante auxiliar de observación, netamente incapaz de ocasionar con sus bombas diminutas el más mínimo rasguño al indestructible buque de batalla, y su tradicionalismo les impidió asimilar que el avión iba creciendo rápidamente y adquiriendo capacidades de carga que lo convertirían en una amenaza cierta, palpable y reproducible en gran cantidad.

Su limitado alcance se superó, haciéndolo operar desde plataformas navales, pero muchos estados mayores continuaron ciegos a una percepción tan inmediata y, aferrados a la gloria que sus acorazados continuaban prometiéndoles, se negaron a ver lo inevitable: a lo largo de toda la SGM (1939-45) sólo tres marinas (Reino Unido, Estados Unidos y Japón) emplearon portaaviones, eso sí, en forma extensa. Ninguna de estas había renunciado al acorazado: antes bien, también ellas fueron las máximas usuarias de esta clase de buque de combate hasta que comprobaron en sus propias carnes que había perdido su proverbial invulnerabilidad…

Foto: El ruso “Poltava”, de 1916, acabaría llamándose “Frunze”: inmovilizado desde 1925, fue el único de cuatro gemelos que contemplaría la II Guerra Mundial en calidad de pontón.

El Tratado de Washington

Personas bienintencionadas creyeron que los horrores sin precedentes de la I Guerra Mundial (PGM) supondrían la abolición de todo conflicto futuro. No era esa la visión de gobiernos y estados mayores que, por ceñirnos a nuestro tema, no cancelaron ni mandaron al desguace los acorazados que tenían en construcción en el momento del armisticio, sino que los acabaron en los años siguientes a 1918. El Tratado de Washington de 1922 implicó una limitación efectiva y creíble a la persistente carrera de armamentos navales y, concretamente en el campo de los acorazados, detuvo su construcción en todo el mundo durante casi 15 años, con sólo dos excepciones consentidas.

Como consecuencia directísima suya, dos tercios de los acorazados que alcanzan la SGM se habían construido durante la PGM o en años contiguos. El tercio restante atañe a los mayores y más poderosos acorazados de la historia, pero los más madrugadores entre ellos, puestos en grada por Italia y Alemania en 1934-35, tenían la pretensión de aparentar cumplir aquel tratado en su limitación de desplazamiento estándar a las 35.000 ton. En nuestro análisis sólo consideraremos 7 potencias usuarias de acorazados durante la SGM, que totalizaron 72 barcos de esa clase: excluimos los brasileños (Minas Gerais y São Paulo) porque, aunque esa nación entró en el conflicto en 1942, no vieron acción a lo largo de la guerra, a causa de su edad.

Foto: Hacia 1948, el viejo “S’evastópol” presentaba este aspecto.

Los acorazados antiguos

Nuestro Cuadro 1 inventaría exhaustivamente esos dos tercios de acorazados nacidos en los años que rodean la PGM, fáciles de agrupar: los franceses, italianos y rusos desplazaban a plena carga entre 23.500 y 29.500 ton., mientras que los demás, norteamericanos, británicos y nipones, oscilan entre las 30.500 y las 39.500, cruceros de batalla incluidos con la excepción espectacular del Hood, de 48.500, a pesar de su cicatera coraza. Para la serie de los 4 Kongo japoneses conviene puntualizar que se diseñaron y realizaron como cruceros de batalla, pero en los años 1927-32 y 1933-40 dos sucesivas reconstrucciones –mucho más que modernizaciones– incrementaron sus dimensiones, potencia y blindaje: tras la primera de ellas, todos los textos y especialistas sin excepción coinciden en considerarlos auténticos acorazados.

En cuanto a reconstrucciones, otra muy profunda afectó a 4 acorazados italianos, 2 de la serie Giulio Cesare y 2 Caio Duilio similares, iniciados antes de la PGM, pero modificadísimos en 1933-40, pasando de tener 13 piezas de 305 mm. a 10 de 320; obvias mejoras en formas de casco, propulsión y artillería secundaria los pusieron muy al día. El Tratado de Washington era muy estricto en cuanto a las condiciones bajo las cuales se autorizaba la construcción de nuevos acorazados, que forzosamente tenían que mandar al desguace a aquellos que sustituían.

Foto: Cuatro acorazados japoneses: por orden creciente de lejanía, el “Nagato”, cabeza de su serie, “Kirishima”, de la serie “Kongo”, y los dos del tipo “Ise”, él mismo y el “Hyūga”.

Al Reino Unido se le permitió construir su extraña pareja Nelson y Rodney desde 1922, debido, entre otras cosas, a que antes de ellos la Royal Navy no había agotado el límite de calibre. Sin embargo, para atenerse estrictamente al máximo de 35.000 ton. estándar, el diseño tuvo que concentrar absurdamente toda la artillería principal a proa del retrasado puente, al objeto de que la cintura protectora fuese más corta y contuviese el peso dentro de lo estipulado por el Tratado, a costa de perder muchos ángulos de tiro, ya que la tercera torre sólo podía disparar por el través, no por popa.

Los sucedáneos

Durante la PGM proliferó un sucedáneo del acorazado, denominado crucero de batalla. Es fácil insertarlo en aquella nuestra definición inicial, pues incumple el segundo de los criterios que había que superponer, el del blindaje, es decir, se trata de un gran buque de batalla con el calibre más brutal posible, pero coraza reducida, lo que lo abarata y le consiente velocidades altas. A la SGM llegan tres barcos británicos de esta clase, entre ellos el ejemplo más acabado, el tristemente célebre Hood, en su día mayor que cualquier acorazado.

Poco antes de la SGM y durante ella, tres armadas construyeron sendas parejas de otros sucedáneos, que siempre han presentado problemas de clasificación a especialistas e instancias oficiales, pues no encajan con justeza en aquel concepto del crucero de batalla, aunque lo más frecuente es considerarlos como tales. Nos referimos a los Dunkerque y Strasbourg franceses, Scharnhorst y Gneisenau alemanes y a los tardíos Alaska y Guam norteamericanos, por cierto, esos dos únicos de todo nuestro presente inventario que se idearon y construyeron después de entrar su país en la guerra… No necesitamos declararlos cruceros de batalla: nos llega con decir que son sucedáneos de acorazado, porque incumplen uno de los dos criterios establecidos, sea el de coraza, sea el de calibre.

Foto: El “Caio Duilio” reconstruido, bajo el esquema mimético de 1942.

El término informal acorazado de bolsillo se empleó profusamente sobre tres buques alemanes de los años treinta: nosotros los excluimos de plano de este estudio, pues ni por tamaño, por blindaje, ni mucho menos por calibre, se aproximan lo más mínimo al concepto de acorazado.

La sgm y después

La fiebre desbocada por construir nuevos acorazados en los años inmediatamente anteriores al conflicto es prueba evidente de que este se consideraba inevitable. Aunque Estados Unidos no se suma a la conflagración hasta diciembre de 1941, las tres series de grandes acorazados que en ese período incorpora a su flota inician sus obras en 1937, 1938 y 1940. Cada potencia naval diseña un tipo de superacorazado en esos años, salvo la US Navy, que proyecta los dichos 3: las 8 series resultantes constituyen sin discusión la culminación del tipo, aunque también su canto del cisne.

Los Richelieu, King George V, Vittorio Veneto y las series norteamericanas North Carolina y South Dakota oscilan entre las 42.000 y 49.000 ton. a plena carga, los Bismarck alemanes e Iowa estadounidenses se alinean en la gama de las 53.500 y 58.500, y los monstruos definitivos, los Yamato, alcanzan las 73.000, porque son también los únicos con artillería de 18 pulgadas. Además de los que acabamos de relacionar hubo proyectos aún mayores –todos con artillería de 16 pulgadas (406 mm.)–, que no superaron la fase de diseño o bien se cancelaron en una fase incipiente de las obras en grada, y aquí ya no estamos seguros de ser exhaustivos:

* Estados Unidos: 5 Montana, 70.500 a plena carga, 12 cañones principales.

* Alemania: 6 tipo H-39, 63.000 ton. en plena carga, 8 cañones.

* Unión Soviética: 4 Soviétskiy Soiúz o Proiékt 23, 65.000 toneladas, 9 cañones.

* Reino Unido: 4 Lion, 46.000 ton., 9 cañones.

Foto: El británico “Nelson” en sus pruebas de artillería.

Planes meramente especulativos indujeron a los alemanes a proyectar acorazados aún mayores, los H-41 y sucesivos, con calibres de 420, 480 mm…, dentro de su tendencia enfermiza a idear armas-maravilla. El proyecto H-44 acomete de lleno el campo de lo delirante, con 141.000 ton. y 8 cañones de 20 pulgadas (508 mm). Menos quimérico era el proyecto A-150 japonés, con desplazamiento y casco similares a los Yamato, pero 6 cañones de 510 mm. Dos ejemplares iniciaron obras y pronto las cancelaron: los japoneses se habían percatado de que el acorazado ya era muy poco decisivo y renunciaron a proseguir su cuarto barco de la serie Yamato, mientras el tercero, Shinano, lo convertirían en portaaviones.

De los 3 Richelieu, el último, Clemenceau, jamás se acabó, pero el Jean Bart se terminó en 1955. Presumen los franceses de haber puesto en servicio el primer acorazado de la historia (la Gloire, de 1860) y con este el último: pésimo negocio, porque estuvo activo dos años y dos meses, pasando en 1957 a la reserva, para causar baja en 1970. También los británicos acabaron en 1946 su Vanguard, que, iniciado durante la Guerra, aprovechaba artillería remanente de la PGM. El resultado económico de esta otra entrega anacrónica fue también desastroso: marchó al desguace en 1960. Es bien conocido que Estados Unidos conservó en reserva sus 4 Iowa durante muchas décadas, reactivando ocasio­nalmente alguno, con un solo objetivo: el bombardeo de costa a cargo de su poderosa artillería.

Foto: El HMS “Rodney” en 1942, tras beneficiarse de una modernización en Liverpool.


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