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La revolución industrial de la defensa

La evolución de los aspectos militares se ha caracterizado por una constante transición, aprovechándose de las corrientes que se han producido en los avances tecnológicos. Durante miles de años, esos aspectos militares eran una mezcla de número de efectivos, estrategia y una decidida voluntad de victoria. Los escasos, pero importantes, avances tecnológicos asociados a la pólvora tuvieron una tan rápida difusión que en pocos años la ventaja competitiva que otorgaba estar en la vanguardia tecnológica se difuminaba.

La revolución industrial, que cobró toda su fuerza a mediados y finales del siglo XIX, implicó una producción en masa basada en una adecuada combinación de recursos, capital, trabajo y tecnología. Los ejércitos se adaptaron rápidamente a esta cultura industrial y nacieron las distintas armas y servicios militares, que actuaban de forma coordinada, multiplicando la capacidad de fuerza. La capacidad de movilizar grandes recursos por los bandos en guerra llegó a su máxima exponente en la II Guerra Mundial, cuando un 25 por ciento de la población mundial estuvo vinculada al esfuerzo bélico; desde las minas y los campos de cultivo, hasta los grupos de operaciones especiales, representando cientos de millones de personas y un esfuerzo presupuestario que alcanzaba a una cuarta parte del producto interior bruto.

La guerra fría, al no concluir en un conflicto militar a gran escala, supuso una constante reducción de los recursos dedicados al esfuerzo bélico y una movilización enorme de los asignados al sector civil. Las infraestructuras y los avances científicos cambiaron la sociedad de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, a pesar de este constante crecimiento económico, que se concentró básicamente en lo que denominamos Occidente, todavía estamos sufriendo las consecuencias de los procesos de descolonización. Incluso las amenazas terroristas y los conflictos latentes en Oriente Medio tienen su punto de arranque en esos procesos y el acceso a la independencia de casi la mitad de los estados. Si hasta 1945 la mitad del territorio del planeta era propiedad de apenas cinco países, hoy en día existen más de doscientos independientes.

El crecimiento de población ha producido, asimismo, una nueva tensión, ya que la mayoría de los habitantes del planeta vivían en países en vías de desarrollo, generándose un proceso de enorme desigualdad que ha producido enormes tensiones en las últimas décadas. Sin embargo, los avances científicos e institucionales de los cuarenta años pasados han transformado el mundo de tal manera que se han sentado las bases para un futuro muy diferente. Casi un quinto de la población mundial ha salido de la pobreza; la multiplicación de la producción agrícola gracias, a la biogenética, ha permitido producir tres veces más alimentos que hace cincuenta años en la misma cantidad de tierra. La mejora de la salud hizo que la esperanza de vida en África y en Asia haya aumentado más de un 30 por ciento; más de lo que lo había hecho en toda la historia de la humanidad. La escolarización en los países en subdesarrollo avanza a unos ritmos de crecimiento superiores a los dos dígitos.

En definitiva, marchamos hacia un mundo que a la vuelta de unos cincuenta años se habrán superado muchos de los grandes lastres históricos. Sin embargo, no todo es positivo en el futuro de la humanidad; los egoísmos, el envejecimiento poblacional  y el invierno demográfico producirán tensiones hasta finales de siglo. La mejora en las condiciones de vida también traerá una mayor aversión al conflicto como medio de resolución de problemas, lo que provocará que muchos de los latentes se eternicen en una constante dialéctica de conflicto y pacificación. Exceptuando algunos lugares geográficos en los que existen graves pugnas territoriales motivadas por razones geoestratégicas o religiosas, la mayoría de los potenciales conflictos militares estarán basados en acciones de baja intensidad, dedicadas básicamente a la prevención o para la generación de unas condiciones de institucionalidad que aseguren el desa­rrollo económico y social en los países más vulnerables.

Este tipo de conflictos no requerirá de grandes esfuerzos militares, ya que las coaliciones serán fácilmente armadas al tratarse de potenciales acciones que generarán un amplio consenso internacional. La generación de capacidades globales nacionales será sustituida por otras compartidas, y el proceso de internacionalización de la defensa seguirá un curso implacable, a medida que se vayan generando condiciones de habitabilidad. Pero en la planeación de la defensa no podemos quedarnos en la idealización de un futuro mejor y en paz para todos. Todo este proceso positivo podría quebrarse por la propia voluntad de los hombres. La presencia de elementos contaminantes en el desarrollo social, los virus y enfermedades podrían jugarnos una mala pasada y, por tanto, la perspectiva de un futuro en paz es posible, pero poco probable, al menos para lo que queda de siglo.

Así que, junto al esfuerzo tecnológico y de inversiones para continuar reduciendo las desigualdades y crear un mundo más igualitario y en progreso, será necesario estar alerta ante las nuevas amenazas y sus características. Si la revolución industrial posibilitó que sólo los grandes imperios pudieran iniciar guerras, hoy en día no es un fenómeno reservado a las naciones. Los ciberataques no necesitan de grandes intereses nacionales o estratégicos, sino simplemente de una voluntad de producir mal, o más bien de un beneficio económico particular. En el islam todavía quedan décadas de transformación para superar un mundo regido por unos postulados espirituales, que son intocables y que incitan a una parte de su población al enfrentamiento como mecanismo de respuesta para blindarse. Son todavía muchos los miedos que atenazan a las sociedades que profesan esa religión.

En Europa, a pesar de las visiones negativas, el proceso de integración continúa y, en apenas un par de generaciones, la religión dará paso a un renovado laicismo, lo que será producto del abandono de raíces y de la cantidad de información que recibimos. A medida que cambiemos la publicidad y propaganda por información, el mundo disfrutará de sus mejores años, que están por venir. Un mundo más sofisticado y en paz, con más desarrollo y menos conflictos obligará a un notable cambio en nuestra manera de configurar la defensa, que ya no será nacional, ya que la tecnología y el progreso derribarán fronteras con mucha más facilidad de lo que lo hicieron los avances militares. Será una defensa orientada a nuevas amenazas y con medios basados en la profesionalización constante y en la tecnología.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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