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Las relaciones entre la industria y la defensa

La historia de las guerras, si excluyéramos la capacidad militar de los guerreros espartanos, ha ido ligada al desa­rrollo de la producción y la innovación militar. Los imperios se cimentaron primero con el hierro y el acero, antes que con la cultura o el arte. Desde Asiria hasta los imperios modernos, todos sin excepción han basado su éxito en el poderío militar. Por esta razón, la industria militar solo podía estar dirigida y gestionada por sus usuarios, en el supuesto de que éstos serían sin duda los que mejor utilizarían los recursos para sus objetivos militares.

Y así fue durante siglos, hasta hace apenas el XX, que cambió a la humanidad en cuanto a sus modos de vida, más que ningún otro. Es el Siglo en el que se dominaron a la mayoría de las enfermedades; cuando la educación se universalizó y los avances científicos y tecnológicos permitieron que cientos de millones de personas en un mundo cada vez más superpoblado salieran de la pobreza. Un Siglo que transformó la manera de comunicarnos y movernos por el mundo. Como no podía ser de otra manera, el Siglo XX, producto de esa globalización, trajo guerras mundiales y centenares de conflictos bélicos alrededor de los grandes actores estratégicos.

Sin embargo, todavía a día de hoy las relaciones entre las industrias de defensa y los gobiernos apenas han variado su naturaleza. La generación de dependencias mutuas y, sobre todo, las interferencias políticas en las decisiones y acciones empresariales demuestran que la gran mayoría de las ineficiencias asociadas a las industrias públicas productores de bienes para la defensa se mantienen, aunque en muchos casos haya cambiado la titularidad de la propiedad, sin que por ello hayan variado de forma significativa los modelos de producción.

La antítesis de este modelo es el sector farmacéutico, cuyo cliente casi único son los gobiernos y que apenas tienen interferencias en su gestión, considerando que se trata de un bien esencial como es la salud. La iniciativa privada ha llevado a una constante innovación; a la generación de plusvalías y, sobre todo, a curar muchas enfermedades. La inversión en innovación en el sector farmacéutico crece en dos dígitos en cada año, sin que los gobiernos les digan como producir, el que producir o para quien producir, las tres grandes cuestiones a las que la economía debe dar respuesta.

Por una parte, todavía se mantiene una profunda desconfianza entre los usuarios, es decir militares y las empresas. Los primeros tienen la impresión de que éstas no satisfacen sus necesidades, añorando viejos tiempos de ineficiencias, pero en los cuales la industria militar era una parte inseparable de la acción militar. Por otra parte, la industria de defensa apenas ha impulsado la innovación tecnológica, que ha sido más producto de las necesidades militares que de las propias inversiones en investigación y desarrollo.

De hecho, la inversión en I+D militar privada es muy baja si la comparamos con otros sectores, quizás menos críticos con la tecnología, pero con un mercado mucho más eficiente que permite asegurar un retorno económico a una inversión de esta naturaleza. En el caso de la defensa esta seguridad no es tan cercana, ya que resulta muy posible que la innovación desarrollada llegue tarde, ya que otro actor más potente ha incidido de forma más rápida y eficaz en el mercado. Y es que el problema de la industria de la defensa y de la seguridad es sobre todo el mercado.

Es una institución que solo tiene sentido cuando proporciona un intercambio de bienes y servicios eficiente a un precio razonable y admitido por las partes. El mercado de la defensa en primer lugar es bastante imprevisible, ya que la oferta va tan estrechamente ligada a la demanda, y no solo en cuanto a la cantidad, sino también a los tiempos, que apenas la oferta tiene una influencia notable en el mercado. Es el único caso, diría yo, en el que no se cumple la ley de Say, de que toda oferta crea su demanda.

Es un mercado muy inestable, cuyos fundamentos se basan en coyunturas externas, que resultan a menudo muy poco predecibles. De hecho, todas las grandes guerras han pillado a las industrias bajo mínimos y, sin embargo, durante largos periodos de paz, la industria de defensa ha progresado y crecido de forma muy significativa. Nadie es capaz de saber cuál será el presupuesto del año que viene y cuál será su distribución.

Las prioridades cambian con las lecciones aprendidas del último conflicto. Una de las lecciones más claras de los conflictos mayores del Siglo XXI es que, lejos de diseñar sistemas de armas para atender las necesidades nuevas, resulta más fácil y rápido adaptar viejas soluciones a problemas nuevos. Si quisiéramos desarrollar una nueva generación de equipos por cada conflicto, estaríamos abocados a unos presupuestos de defensa enormes.

El mayor lastre que ahora sufre, a mi juicio, el sector es el claro intervencionismo de los gobiernos para crear gigantes industriales, pero no porque innoven más, ni porque tengan más activos o produzcan más bienes; sino porque se añoran los tiempos de las viejas empresas públicas. Se trata de simplificar la interlocución creando gigantes que luego distribuyan el trabajo y la innovación entre empresas más pequeñas, que sufren una intermediación costosa y poco eficiente.

Es constante en toda Europa la tendencia a concentrar las compras y dispersar, como ya ocurriera cuando los grandes conglomerados industriales públicos creados después de la II Guerra Mundial. Si realmente necesitamos ser más eficientes y avanzar en tecnología y reducir costes, es absolutamente necesario avanzar en la liberalización del mercado; en el incremento del número de proveedores y en la supresión de barreras que escaso valor añadido y que terminarán por reducir la competitividad y el desarrollo tecnológico.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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