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La hora de la Cooperación Industrial

En la cumbre de otoño de la Conferencia de offset y cooperación industrial que se celebró en Vancouver, donde reunieron más de 300 grandes empresas de los cinco continentes, un año más coordiné la sesión gubernamental con los departamentos y organizaciones que gestionan la cooperación industrial de más de 32 países. Ninguno de ellos, incluyendo los más europeístas, han renunciado a apoyar a su industria como un pilar básico de la defensa y mantienen activas políticas de cooperación industrial. En estos momentos en los que en España se vuelve a hablar, y ya van unas cuantas, de leyes de financiación para la defensa, resulta oportuno repasar cuáles son los condicionantes que afectan a su implantación en  España.

La deuda que arrastran los PEA (Programa Especial de Defensa) no puede crecer, debe desaparecer; y los nuevos programas deben financiarse y gestionarse de una manera diferente de aquella que fue, hay que decirlo, la más exitosa labor de política industrial y de compras del Ministerio de Defensa en toda su historia. Gracias a los PEA existe la industria española de defensa, dispone de productos propios, se ha hecho plataformista, exporta y, sobre todo, coopera con las grandes industrias mundiales, especialmente europeas. Y gracias a ellos España tiene una defensa digna y moderna. Pero todo ese gran esfuerzo, aun pendiente de pago, quedaría inconcluso si no continuara.

Si, además, no dotamos a las Fuerzas Armadas de los mínimos necesarios para su operatividad, estaremos poniendo en peligro muchas más cosas que los puestos de trabajo. Si nos fijamos en el estado de la industria, las grandes tractoras pierden dinero y esto no es sostenible, porque arrastran a todo el sector, y no olvidemos que las cuentas de resultados de las mayores empresas se salvaban por la facturación en defensa, no por la civil. Necesitamos participar en los nuevos grandes programas internacionales para no descolgarnos del tren tecnológico y de la cooperación en materia de Defensa.

Hoy la defensa y la tecnología estarían en la edad de piedra si no fuera por el Eurofighter, el NAEW o el Meteor. Si queremos ser buenos socios de nuestros amigos y beneficiarnos de sus grandes inversiones en I+D, comencemos por ahí. Si no hay nuevas plataformas, las capacidades industriales se perderán en pocos años y será imposible recuperarlas. Y estamos hablando de perder las capacidades industriales de Navantia, Indra, Airbus o General Dynamics, no ya de las medianas y pequeñas que bastante tienen con sobrevivir cada día a las dificultades financieras de sus clientes y a la escasez de pedidos.

Nuestra industria necesita nuevos proyectos de alto contenido industrial y tecnológico. Más Typhoon no es solución, necesitamos una nueva generación que incorpore todos los avances tecnológicos de los últimos veinte años. En cuanto a buques, hay que trabajar en tecnología stealh y en mayor automatización; la revolución de los RPAS está por llegar y no digamos la robótica, los sistemas basados en energía cinética, inteligencia artificial, las soluciones de blockchain para la logística y la ciberdefensa. Nos estamos quedando muy atrás y, no olvidemos, somos miembros del club de los grandes países de la Unión Europea post Brexit, como para permitirnos este nuevo desfase histórico.

No se trata sólo de potenciar a nuestra industria, sino de mantenernos en el primer nivel de los sistemas de defensa, especialmente cuando otros muchos países ya se están equiparando a nuestras capacidades en el Norte de África. Si no revertimos este proceso de forma inmediata, perderemos la histórica supremacía regional en el Sur en apenas una década y luego vendrán las lamentaciones. Pero es que las necesidades son todavía más acuciantes para nuestra Defensa.

Necesitamos reemplazar tantos equipos, que la lista sería interminable, pero, si nos centramos en los más básicos, precisamos nuevos sistemas de defensa antiaérea, pues los que tenemos están diseñados para aviones de dos generaciones anteriores; tenemos artillería de costa con cien años de antigüedad; nuestras fragatas Santa María disponen de tecnología de los setenta; los aviones de patrulla marítima de la guerra de Corea necesitan una jubilación; los entrenadores se caen a pedazos; los aviones de reabastecimiento en vuelo están para el museo; y del armamento terrestre ni hablemos. Y si quieren más, vayamos a los cuarteles y veamos la vida de los hombres y mujeres. No nos engañemos, no hay dinero para la defensa que España tiene; ni digamos para la que necesita. Llevamos muchos años bajo mínimos y esto no aguanta.

El conjunto de las fuerzas en el Congreso, y el PP y Ciudadanos tienen también su cuota de responsabilidad, deben aprobar una ley de dotaciones para la defensa que establezca un programa de inversiones de 12.000 millones de euros en seis años para nuevos programas; que incremente el presupuesto de mantenimiento durante cuatro años a un ratio del 20 por ciento anual; y que se garantice un crecimiento del gasto anual en inversiones 2 puntos porcentuales superior al deflactor del PIB (Producto Interior Bruto) una vez culminado este proceso inversor; y, finalmente, que prime legislativamente a la industria española como proveedora de las plataformas y sistemas, pero de la chicha, no solo del caparazón.

Una ley de financiación que permita las adaptaciones en la Ley de Contratos Públicos y fomente las iniciativas de externalización y financiación privada de programas de Defensa, con modelos que garanticen su sostenibilidad financiera, y olvidar contratos marco que se quedan siempre muy lejos de sus expectativas presupuestarias. Con estos modelos se podría avanzar en proyectos privados, como un centro único de formación en helicópteros; la gestión del entrenamiento aéreo; un gran centro nacional de simulación; uno público privado de ciberseguridad; y gestión privada de maestranzas y arsenales y centros de mantenimiento.

Sin duda hay mucho por hacer que redundaría en mejoras operativas, siempre que tengamos claro que la externalización es más costosa que la internalización, donde siempre podemos hacernos trampas.  La coyuntura crítica determina que 2019 debería ser el primer año de la transformación para llegar a un documento de visión de 2020, con objetivos cortos y ambiciosos que incluyan la ley consensuada de financiación, el plan de inversiones y las modificaciones legislativas que permitan optimizar la gestión. (Enrique Navarro)


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