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El fin de la OTAN

La Alianza Atlántica se enfrenta en estos tiempos a un nuevo, quizás decisivo, reto para determinar su futuro. Si con el fin de la Guerra fría tuvo que reorientarse desde una potencial conflagración contra la Unión Soviética a una acción más global frente a diferentes y muy variados objetivos, con la llegada de Trump a la Casa Blanca, la OTAN se enfrenta a otro reto que puede llevarle a su desa­parición. Trump no es un caso aislado en la política exterior de Washington, sino que más bien es su digno representante. Durante décadas Estados Unidos fue el baluarte de seguridad en Europa, porque precisamente era su mayor garantía en ese ámbito. Pero nunca a los americanos le interesó la política exterior más allá de sus propios intereses.

Pero ahora nos encontramos con un modelo de presidente que se encuentra más cómodo con los populismos autoritarios, que en Europa son la principal amenaza, que con las democracias del estado de bienestar. Donald Trump está empeñado en debilitar a Europa, porque forma parte de su estrategia de nuevo orden mundial, en el que las democracias ilustradas deben ser irrelevantes. Pedir lo que no tiene sentido ni necesidad, sólo busca una respuesta negativa para precisamente justificar el aislacionismo.

¿Por qué pedir un aumento sustancial del gasto militar en Europa, si Rusia ya no es tan amenaza? ¿Qué sentido tiene que el gasto en Defensa se duplique? Si Estados Unidos quiere mantener su posición estratégica dominante, para qué iba a querer que estas insignificantes democracias europeas incrementaran su gasto en defensa. La respuesta es que Trump lo que busca es lo contrario de lo que pide. Pero si éste es el caso, entonces, ¿cuál es la realidad estratégica de Trump y qué deberíamos hacer los europeos? Vamos con la primera cuestión.

Para el presidente de Estados Unidos su estrategia de defensa pasa por fortalecer a regímenes autoritarios regionales que pueden imponer un cierto orden mundial sin amenazar a los intereses del gigante americano. Para Trump, el uso de la disuasión y de la fuerza tiene una clara vocación económica. Mientras impone restricciones comerciales a China, que pueden colapsar a la segunda economía del mundo, y de paso cargarse la política macroeconómica de Estados Unidos, envía sus destructores a la zona, haciendo una demonstración de fuerza.

Lo mismo hace amenazando y promoviendo la división entre los socios europeos, buscando unas relaciones bilaterales con aquellos países cuyos gobiernos más congenian con su estilo autoritario y utilizando al gran enemigo de Europa como un pivote esencial de esa política de debilitamiento. Pero Trump también tiene una gran debilidad: no sabe jugar cuando las cosas se complican, optando por una disuasión sorpresiva, como el caso de Corea, que ha pasado de ser el germen del eje del mal a un colega, sin que realmente nada haya cambiado.

Donald Trump no puede ni quiere involucrar a su país en un conflicto y de ahí que busque esas alianzas que le permitan disponer de guardaespaldas en determinadas zonas calientes. La gran amenaza de Europa, a pesar de todo lo anterior, no es él, es la propia Europa. El agotamiento del liderazgo alemán unido al Brexit y los miedos que atenazan a las sociedades europeas pueden conducirnos a la finalización de la más exitosa política que ha acontecido en el Viejo Continente por siglos. Una Europa cada vez más dividida y cuestionada internamente constituye el escenario perfecto deseado por Putin y Trump.

Por eso Europa debe hacerse más fuerte; y los grandes países han de abordar unas reformas estructurales que permitan un saneamiento de sus cuentas y fortalecer políticas de estado. La creación de unas fuerzas armadas entre los cuatro grandes países de la Unión Europea con un presupuesto incrementado al 2 por ciento del PIB nos daría un esfuerzo en seguridad de casi 200.000 millones de euros, el doble que el presupuesto militar de Rusia. Una iniciativa de esta naturaleza descolocaría a los grandes jugadores estratégicos y devolvería a Europa a una situación de privilegio, ya que solo debería entender a su propio escenario continental. A su vez permitiría un distanciamiento de Estados Unidos, con quien cada vez compartimos menos valores.

En segundo lugar, debe reforzarse como un adalid del libre comercio y de la globalización. Frente al creciente proteccionismo norteamericano, que le llevará a la ruina, Europa debe apostar por la globalización. Gracias a ella, podrá continuar en la senda de reducción de la pobreza, especialmente en África, y rebajar de esta manera la presión migratoria.

El debate del resto de este siglo será entre los que defienden las fronteras y el estado nacional y los que apuesten por un mundo cada vez más interconectado, que se ha revelado como el mayor dinamizador de la economía de los últimos cincuenta años. Los nacionalismos pretenden rebelarse contra este fenómeno, porque pierden su sentido cuando ya no existen intereses particulares y diferentes. Son como los bárbaros que terminaron con el mayor éxito de globalización de la historia de la humanidad, el Imperio Romano, para sumir al mundo en la oscuridad.

Mientras que Estados Unidos y otros países que desean fortalecer sus fronteras y piensan que podrán ser más ricos y dar más oportunidades a su población con políticas proteccionistas, Europa debe apostar por mercados más abiertos, por generar capacidades de crecimiento en África especialmente y buscar aliados estratégicos con aquellos estados que comparten ideales e intereses comunes. Trump le está dando a Europa una gran oportunidad de retomar el protagonismo mundial. Y cuando los británicos se den cuenta que están en el camino equivocado, la democracia liberal europea volverá a ser un foco de inspiración y de hegemonía económica y estratégica.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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