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¿Camino de la paz o de la guerra?

El mundo siempre ha estado sometido a tensiones que han derivado a conflictos a lo largo de la historia, pero fue en 1939, cuando pudo iniciarse una auténtica Guerra Mundial, posibilidad que murió definitivamente en Hiroshima el 6 de agosto de 1945. La posibilidad de una guerra nuclear que implicara el final de la vida en el planeta, ahuyentó el fantasma de un conflicto total y, en consecuencia, surgieron numerosos pequeños campos de batalla especialmente alrededor del fenómeno de la descolonización en África y en Asia, que sirvieron de trágica válvula de escape.

La Guerra fría, en el fondo fue una partida de ajedrez, cuyos jugadores movían las fichas ajenas, con el fin de posicionarse en el tablero mundial, pero a pesar del sentimiento que producía de que la guerra era posible, nadie lo creía en el fondo, pues el precio sería demasiado alto, incluso para el vencedor. El terrorismo ha sido una nueva forma de violencia que se ha globalizado, pero más allá de fenómenos concretos, especialmente en África y en Asia, y en muy inferior medida en España, nunca ha estado cerca de provocar una conflagración planetaria.

Hoy en día asistimos a los ciberataques que, según todos los aliados, proceden de los servicios de inteligencia militares de Rusia. Estas acciones, aunque producen un daño económico elevado, no son más que una versión moderna de los U-2 sobre territorio soviético o los numerosos scrambles sobre el cielo de Europa, una manera más ruda de entender la diplomacia. Sin embargo, esta vez ha sido nuestro gran aliado el que ha abierto un melón, que no sabemos qué consecuencias producirá y que, de una forma imprevisible, podría conducirnos a una crisis mundial sin precedentes.

No cabe duda de que la casi globalidad de los conflictos potenciales se dan en países en vías de desarrollo, Oriente Medio y África, o donde potencias intentan buscar áreas de expansión territorial, como es el caso chino en Extremo Oriente, que obedece a una estrategia de la era industrial de acceder a materias primas esenciales para garantizar el crecimiento. Es decir, siguen esquemas bastante previsibles. Lo cierto es que la brutal reducción de la pobreza en todos estos países en los últimos treinta años ha sido la mayor contribución a la seguridad mundial.

Acompañando a este fenómeno de desarrollo económico y social, los modelos democráticos se han ido imponiendo en casi todos los países, lo que sin duda también es un enorme fenómeno de estabilización. Las naciones en vías de desarrollo se han beneficiado de los altos precios de las materias primas y, sobre todo, del capitalismo que ha generado millones de empresas en todo el mundo y la creación de más de 400 millones de puestos de trabajo en los últimos veinte años.

La globalización ha sido, sin duda, el mayor dinamizador de este crecimiento económico, la apertura de fronteras y la reducción de aranceles ha generado que se haya duplicado el volumen de las exportaciones en lo que va de siglo, generándose un tráfico de mercancías en los últimos diez años superiores a toda la primera mitad del Siglo XX. La globalización ha producido, como no podía ser de otra manera, una reacción contraria de aquellos que se sienten intimidados o amenazados por este fenómeno de apertura de fronteras, que ha derivado a movimientos populistas, que a pesar del fuerte ruido que generan, tienen un impacto político más bien escaso.

Pero la unilateralidad norteamericana en estos dos años de era Trump puede echar por tierra mucho de lo conseguido en los últimos decenios. La guerra comercial con la fuerte imposición de aranceles de Estados Unidos no tiene como objetivo proteger a la industria norteamericana, ya que ésta se halla en pleno empleo. Tiene como meta dinamitar el crecimiento comercial del gran enemigo estratégico que es China. Toda la estrategia del gigante asiático desde los años ochenta se ha basado en mantener un alto ritmo de crecimiento económico. Con el fin de controlar a una población de 1.200 millones de personas ávidas de consumir.

Ante el fracaso de las políticas de control de la natalidad, la opción china ha sido el capitalismo salvaje y crecer a costa de todo el mundo, y en especial de Estados Unidos. Sin embargo, la guerra comercial abierta por Washington podría ser el equivalente a lo que la iniciativa de la guerra de las galaxias de Reagan tuvo sobre la Unión Soviética en los años ochenta. La ralentización del crecimiento chino o incluso una recesión podría no provocar el mayor caos en un país que se ha acostumbrado a construir edificios que nadie va a usar para mantener a las mentes ocupadas en actividades inocuas.

Pero hay una segunda consecuencia más global: Estados Unidos ya es el mayor productor mundial de petróleo y los estados del fracking producen tanto como Venezuela o Nigeria. Si a este factor se une la guerra comercial y la consiguiente subida de tipos de interés, que ya lleva tres decisiones en este sentido de la FED en lo que va de año. Estamos ante una situación que puede devenir en insostenible, aunque es parecido a los fenómenos del tequilazo o del cafetazo. El impacto ahora sería tremendamente mayor cuando el volumen de la deuda pública y privada mundial ha alcanzado máximos históricos.

Para países como Brasil, México, Arabia, Indonesia, Rusia o India, que representan una cuarta parte de la población mundial, la constante depreciación de sus monedas frente al dólar está produciendo un triple fenómeno: inflación y por tanto, empobrecimiento de las familias que más se beneficiaron del crecimiento de los últimos años; incapacidad para atender el servicio de la deuda: y la incesante subida de tipos de interés para evitar la salida de capitales que dinamita las posibilidades de crecimiento. Las consecuencias de una posible quiebra de países como Turquía, Brasil, Colombia, Rusia o Sudáfrica, produciría una situación de inestabilidad con consecuencias desconocidas. Si queremos mantener el mundo en paz, o los países desarrollados estamos dispuestos a renunciar a muchos de nuestros privilegios o estaremos abocados a eliminar todas las causas que han contribuido a la seguridad global en los últimos veinte años.

Enrique Navarro

Presidente MQGloNet


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