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La quiebra de los sistemas de defensa

Desde la Edad del Bronce hasta la caída del muro de Berlín, el estado natural de los países ha sido la guerra. La supervivencia de los estados y de cualquier forma de comunidad se supeditaba a una conquista militar para, de esta manera, acceder a los bienes necesarios para desarrollarse. La guerra absorbía la inmensa parte de los recursos y todo este estado de la cuestión se mantuvo desde que aparecieron las espadas de hierro, que dieron la superioridad sobre las de bronce, hasta la guerra de las estrellas lanzada por el presidente Reagan en los años ochenta. Todas las naciones buscaron siempre disponer de mejores ejércitos que sus vecinos y dotarse de la tecnología militar que les diera la victoria en el campo de batalla.

De hecho, la riqueza de un país se medía en función de su capacidad militar, ya que sólo la conquista en un mundo con escaso nivel tecnológico permitía a los reyes incrementar su poder. Los recursos naturales definían éste sobre el planeta y sólo podían obtenerse a través de la guerra y la ocupación de los recursos del enemigo, que a menudo lo era por disponer de bienes que nosotros deseaban. Hoy en día no es necesario invadir países para acceder a sus recursos y, sobre todo, la riqueza de un país es intangible y se basa sobre todo en una combinación de atractivos de muy diversa naturaleza y en tecnología. Con la caída del muro de Berlín y la ausencia de un enemigo estratégico, fueron muchas las voces que cuestionaron la supervivencia de este modelo, argumentando que en el mundo actual los mecanismos de contrapoderes internacionales son suficientes, fuera de la amenaza militar, para alcanzar una distribución óptima de los recursos.

El desarrollo social y cultural ha contribuido, además, al convencimiento de que las sociedades modernas no necesitan las guerras. Si exceptuamos algunas bravatas nucleares de países como Corea del Norte, Irán y Paquistán, podemos decir que la inmensa mayoría de las naciones ha alcanzado un nivel de compromiso con la paz y la seguridad global suficientes para evitar un conflicto de escala mundial. En definitiva, bajo esta tesis, los países occidentales especialmente los europeos, iniciaron una reducción sin precedentes de sus gastos militares para atender otras necesidades de las sociedades contemporáneas y, sobre todo, ante la firme decisión de que los países ya no entrarían en guerra si no se diera una crisis que demandara una acción multinacional.

Los dos primeros perjudicados de estos recortes fueron los gastos de operaciones y, más aún, los de mantenimiento. Las sucesivas crisis económicas, que tienden a hacerse imperecederas, han servido de freno para no congelar las inversiones en sistemas nuevos, debido a su impacto tecnológico o industrial. Es decir, en los últimos veinte años los países occidentales han incidido en un esquema que ha llevado a alargar de forma extraordinaria la vida de los sistemas a través de diversas modernizaciones; limitar la operatividad de los sistemas para reducir sus costes de mantenimiento; y mantener o minorar el número de efectivos militares al amparo de la excusa de la profesionalización. Es decir que estamos en una fase del modelo de agotamiento en el que todavía siguen incorporándose sistemas, como el Eurofighter, el JSF o el A400M, mientras que vamos sacando de operación multitud de sistemas para los que no existen capacidades de soporte debido a los recortes. A su vez, los efectivos militares están cada vez menos preparados, con menos horas de vuelo o de mar y con un decaimiento moral, producto de la incomprensión que la sociedad muestra hacia su profesión.

La siguiente fase del modelo está comenzando a asentarse. Ante la imposibilidad de disponer de grandes presupuestos para programas mayores, comienzan a plantearse retrasos considerables en la entrada en servicio de nuevas plataformas, lo que impactará en primer lugar sobre la industria de defensa europea, que ya prevé una caída de la demanda en la siguiente década de un 30 por ciento respecto de la anterior y de un 70 respecto de la primera década del siglo. A su vez, la minoración de los créditos de mantenimiento conducirá a una cada vez menor capacidad militar y al abandono de un gran número de plataformas que, aunque se encuentran en buen estado, los países son incapaces de mantener. Es decir, nos conducimos indefectiblemente a unas fuerzas armadas mucho más pequeñas, especialmente en Europa; con un menor nivel de desarrollo tecnológico; menos preparadas para el combate.

Esto no sería un problema si todo el mundo fuera Luxemburgo, pero este modelo no es universal. Siguen existiendo dos grandes superpotencias, que continúan acelerando sus capacidades militares con la incorporación de nuevos sistemas y dotados de tecnologías de última generación. Frente a este estado de cosas, Occidente, e incluso especialmente Estados Unidos, están abandonando su deseo y capacidad de liderazgo mundial. La superioridad militar que durante décadas Occidente ha mantenido sobre sus dos grandes actores antagónicos, China y Rusia, se disipa cada año que pasa. Esta reducción del gap de superioridad estratégica viene acompañada de una política claramente hostil al modelo de vida occidental, de manera que tenemos enemigos que cada vez tienen más claras sus intenciones de dominar nuestro modelo de vida y que, además, cada año que pasa, están más cerca de conseguir su objetivo de ser superiores.

Que las principales potencias militares de las próximas décadas sean dos regímenes autoritarios constituye una amenaza sin precedentes. Es como si el muro de Berlín se hubiera caído, pero hacia nuestro lado, ante el empuje de las fuerzas militares rusas y chinas. Estas dos superpotencias se han percatado de la gran debilidad de Occidente para plantear un modelo de conflicto que será exitoso si no entendemos que el de supervivencia de las naciones no varió con la caída del Muro de Berlín, sino que, a día de hoy, los países más importantes y respetados siguen siendo los que disponen de mayores capacidades militares. La quiebra de nuestros sistemas de defensa es la antesala de la quiebra de nuestro modelo de vida basado en los valores que nos han hecho grandes. Y esta es la realidad de la derrota a la que nos encaminamos.

Enrique Navarro

Fotografía: Helicópteros de ataque rusos MI-28NE.


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