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Las prioridades de la seguridad en España

Escribo esto en plena campaña electoral y cuando todavía existen grandes dudas sobre cuál será la mayoría que apoyará al nuevo Gobierno. Esta campaña atípica, caracterizada por la presencia de cinco grandes partidos nacionales, ha permitido visualizar con mayor claridad que en otras elecciones anteriores cuáles son los objetivos y los programas en materia de seguridad y defensa. Estas semanas se han visto muy marcadas por los atentados de París y el derribo del avión ruso por el ISIS, sin contar otros ataques de menor entidad que se han producido en muy diversas partes del mundo. Estos hechos han abierto un  gran debate sobre una potencial campaña militar en Siria contra la organización terrorista del Estado Islámico y, en particular, sobre cómo debe abordarse esta cuestión en un país que lleva atenazado en decisiones de política de seguridad desde la salida de Irak.

Sin embargo, el debate a mi juicio no ha partido del elemento esencial del que debería: ¿Qué es lo que realmente podemos hacer?; y, en segundo lugar, ¿qué queremos hacer? De estos dos análisis se pueden extraer muchas conclusiones sobre las prioridades de cada partido en materia de defensa y seguridad y poder entender mejor cuáles son las intenciones reales de los partidos que podrían gobernar España a partir de enero. La primera sorpresa es que hubo bastante unanimidad sobre lo qué queremos hacer. Pero muy escaso sobre lo que realmente se puede hacer.

Si observamos la primera cuestión, todo el mundo coincide en el hecho de que hay que acabar con la organización terrorista y se alude a tres instrumentos básicos: más y mejor inteligencia; una cooperación militar internacional más intensa, especialmente con los países de la región; y, en tercer lugar, ataques aéreos limitados. Sin embargo los tres instrumentos son insuficientes. La inteligencia es un instrumento para vencer en la guerra contra el terrorismo, ya que nos proporciona información y, por tanto, nos determina la respuesta. Pero mi impresión es que la inteligencia aconseja destruir los fundamentos, la logística y la capacidad operativa del ISIS y sus grupos acólitos, de manera que no puede inducirse al error que con más inteligencia por si misma se acaba con el terrorismo y que se va a detener a los miembros de la organización criminal.

La intervención militar de los países de la zona no es posible, porque no garantizan la destrucción de la organización terrorista, ya que no permite controlar ni la acción bélica, ni sus consecuencias. La irrupción en escena de los ejércitos de la región sería un problema mucho mayor. No existe unanimidad en Oriente Medio y cada país tiene estrategias diferentes para el problema sirio, Al Qaeda e ISIS. Pensar que los mercenarios árabes van a resolver el problema de Occidente es una quimera, y más bien lo que puede provocar es una situación de conflicto más enquistado y con graves consecuencias en términos de su extensión.

Finalmente, los ataques aéreos apenas destruyen el 25 por ciento de la capacidad operativa de ISIS. No existen grandes bases aéreas, ni cuarteles, ni bases navales que destruir. Los objetivos son vehículos, camiones o grupos aislados y podemos encontrar miles de potenciales objetivos a ser batidos. Pero, además, la globalización del terror de ISIS permite que muchos de sus campos de entrenamiento estén ya en Libia, Mali o Nigeria, de manera que escasa destrucción se podría realizar a estas alturas de su infraestructura. Sin intervención militar terrestre occidental, el problema se enquistará y lo peor es que el EI encontrará un nuevo lugar donde asentar sus bases y recomenzar su actuación criminal. Mientras que en Irak no exista un Gobierno de unidad asumido por todas las partes, el ISIS siempre tendrá donde nutrirse de nuevos miembros. Lo más rápido y factible para la solución del problema sería el reparto de Irak en tres países conformados por las mayorías religiosas existentes. Pero nada nos garantiza que esta nueva nación sunita surgida del fin del estado iraquí no pueda convertirse en el nuevo Afganistán del Oriente Medio.

Pero el análisis de esta cuestión pretende traer a colación la segunda cuestión: ¿Cuál sería la posición de nuestro nuevo Gobierno ante una crisis de seguridad?, que, como vemos, opta como última línea de defensa por la acción operativa militar y con muchas dudas sobre su necesidad. Si una organización nos ataca en nuestras calles, asesinando a nuestros paisanos, incluyendo niños; los tenemos identificados, sabemos desde donde se dieron las órdenes; dónde se entrenaron, dónde están sus bases ideológicas y operativas y no pensamos que debemos destruir ese régimen, ¿qué tipo de Gobierno tenemos? ¿Cómo de seria se toma nuestra seguridad? ¿Qué más necesitamos que ocurra para que adoptemos una posición de defensa activa? ¿Cuántos miles más tendrían que matar para justificar una respuesta militar? ¿Qué pensarán nuestros enemigos terroristas si ante semejante ataque respondemos con argumentos de mayor cooperación, de que hay que esperar a ver qué nos piden, que deben ser otros los que solucionen este problema?

Y si estas dudas asaltan a todos nuestros gobernantes, ¿para qué queremos un ejército, unas fuerzas armadas equipadas? Es mejor admitir que no vamos a defender nuestra seguridad y que deseamos que mediante la buena voluntad y el dialogo no nos ataquen, pero que, si lo ejecutan, lo podrán seguir haciendo con impunidad porque a nuestro gobierno la vida y la seguridad de sus ciudadanos le importa poco. Un gobierno democrático que no es capaz por razones electoralistas o de imagen de adoptar decisiones difíciles e impopulares es un gobierno que no sirve a sus ciudadanos. Esperemos que la gravedad de los hechos y de la amenaza y liberados del yugo de las urnas permitan al Gobierno comenzar a tomarse en serio nuestra seguridad. Así sea.

Enrique Navarro

 


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