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Los nuevos retos de la Alianza Atlántica

La celebración de la cumbre de la OTAN en Varsovia ha llegado quizás en uno de los momentos más trascendentales de su historia, con un Reino Unido fuera de la Unión Europea, el principal actor estratégico de esa Unión y el principal aliado de Estados Unidos, que regresará a una relación bilateral reforzada con su tradicional socio del otro lado del Atlántico. Este hecho va a provocar que la Alianza bascule geográficamente hacia otros puntos menos calientes y, quizás, con menos interés para los países hegemónicos del Continente y, en particular, Francia y Alemania.

También coincidía con el 25º aniversario del fin del Pacto de Varsovia. No resulta casual dicha celebración, que significó el triunfo de las democracias en los países de Europa del Este que quedaron atrapados en las garras del comunismo tras el telón de acero. Como no podía ser de otra manera en tiempos de tensiones, pero, a fin de cuentas, de paz, el lenguaje siempre es doble. Por una parte, de disuasión ante comportamientos agresivos que puedan derivar en ataques directos contra un país miembro de la Alianza; y, por otro, de ofrecimiento de colaboración hacia los potenciales agresores, buscando vías de entendimiento.

Pero vayamos por partes. La Alianza Atlántica ha tomado algunas decisiones concretas que no son menores. De un lado, el despliegue de cuatro batallones de acción rápida en las repúblicas bálticas y Polonia muestran el claro compromiso con aquellos países que sienten la amenaza rusa. En particular, la presencia de tropas norteamericanas de forma permanente en Polonia es uno de los saltos cualitativos más importantes de la historia de la OTAN. Asimismo, se ha decidido reconstruir y reactivar viejas infraestructuras de la guerra fría y el despliegue del sistema de defensa antimisiles. La Alianza ha pasado de una actitud vigilante frente a Rusia, a una estrategia de disuasión activa. La última vez que desa­rrolló una política en este sentido fue con los despliegues de misiles con cabezas nucleares en Europa, a comienzos de los años ochenta.

En esta cumbre, los estados miembros de la OTAN han adoptado  la Declaración de Seguridad Transatlántica de Varsovia, en la que han establecido que los retos procedentes el Sur y del Este siguen siendo una fuente esencial de inestabilidad para la región y, en general, para la paz mundial. Aunque en el texto aprobado se lee que la OTAN no amenaza a ningún país y que el bloque está dispuesto al diálogo con Rusia, se han tomado acciones concretas para proporcionar más apoyo en inteligencia, equipamiento y formación a Georgia, Moldavia y Ucrania, naciones amenazadas por el expansionismo ruso en los últimos años. La reacción de Rusia no se ha hecho esperar y, obviamente, ha declarado que la Alianza ha regresado a la retórica de la Guerra Fría. Pero, ¿qué podía esperar después de lo ocurrido en Ucrania y los numerosos encuentros no casuales con aviones de la alianza sobre espacio aéreo europeo?

Pero no solo es el Este de Europa motivo de preocupación para la Alianza. El flanco Sur presenta vulnerabilidades graves. A pesar de que su importancia estratégica es menor comparada con lo que sucede en la frontera con Rusia, no cabe duda que se trata de la situación que va a requerir de un mayor despliegue de medios a medio plazo, tanto para disminuir las tensiones y sus causas en los países de origen de estos conflictos, como para evitar que, como consecuencia de algunos de ellos, pudieran activarse otros problemas de mayor envergadura, en especial en Siria, donde no existe ningún criterio de coordinación entre los países que luchan contra  el Estado Islámico y la oposición a Asad. El derribo de un avión ruso por la Fuerza Aérea turca, si bien ya ha sido superado políticamente, ha obligado a la alianza a desplegar aviones AWACS para el control del tráfico aéreo en la región y evitar posibles encuentros desagradables entre los aviones de las más de doce naciones que intervienen en el conflicto sirio.

Para asegurar un mejor y más eficaz control del tráfico en el Mediterráneo, tanto de bienes y, en especial, armas, como para luchar contra la inmigración ilegal, la OTAN ha iniciado una nueva misión en el Mediterráneo, llamada Guardián del Mar. Tendrá como base la actual Operación Active Endeavour frente al contrabando de materiales que puedan ser usados por terroristas. Según los objetivos especificados para la nueva misión, los buques de la Alianza tendrán que monitorizar la situación en el mar, combatir el terrorismo, consolidar sus capacidades y apoyar la operación Sofía  de la Unión Europea contra las mafias que comercian con seres humanos, aprovechándose del drama de los refugiados y de la inmigración ilegal.

Los líderes de la OTAN han decidido también prolongar la misión Resolute Support en Afganistán más allá de 2016. Además, se han comprometido a garantizar su contribución a la financiación de las fuerzas de seguridad de ese país hasta 2020. Esta labor de muy amplio alcance consiste en proporcionar asesoramiento, asistencia y formación. La OTAN, asimismo, se va a involucrar de una forma más activa en el adiestramiento de oficiales iraquíes y reforzará sus capacidades en el propio país para combatir al Estado Islámico. Igualmente, la alianza seguirá entrenando a cientos de soldados iraquíes en Jordania.

Por último, ha llamado la atención que los líderes de la Alianza hayan decidido la creación de un nuevo centro de fusión de inteligencia en Túnez y apoyarán a las fuerzas especiales operacionales de esa nación en su lucha contra el terrorismo. Responde a una solicitud del Gobierno, que ha visto cómo en los últimos meses el terrorismo del Estado Islámico ha penetrado en el pequeño país y amenaza con su extensión hacia Marruecos, fronterizo con la Unión Europea.

Vivimos unos años muy convulsos y complejos, en los que la sensación de inseguridad se ha incrementado de forma exponencial. Hoy en día estamos más cerca que en muchos años de conflictos bélicos a gran escala y el entorno cambiante obligará a los países de la Alianza y, en particular, de la Unión Europea a incrementar de forma notable sus gastos en defensa. El objetivo del 2 por ciento del PIB de gasto militar ha vuelto a ser puesto sobre la mesa y ahora sí que se trata de una necesidad a corto plazo. Veremos si las naciones pretenden una vez más escurrir el bulto.

Enrique Navarro


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