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Gastar en Defensa

El gasto destinado a Defensa en cualquier país democrático del planeta termina, invariablemente, sometido a la presión de medirse con el destinado a educación, sanidad o cualquier otro concepto de gasto en fomento de lo que se entiende como medidas para el bienestar social de una nación. Así, indefectiblemente, se entra en una dinámica en la que lo destinado a Defensa se percibe entre la población de manera simplista como el gasto en armas, ese que merma recursos que podrían tener mejor destino en medidas directamente enfocadas a mejorar la calidad de vida de la población.

A mantener esta distorsionada visión sobre el asunto contribuyen tanto el ideario de determinada clase política, instalada en la teoría de Rousseau de que el hombre es bueno por naturaleza (y, como corolario, y el gasto militar lo corrompe), como la inacción de otra, que, aun siendo más consciente, como la historia y el presente se empeñan en demostrar, de que el hombre es un lobo para el hombre, se ha mostrado incapaz de trasladar los mensajes adecuados a la opinión pública.

Mantener  o generar  bienestar social no es una cuestión aislada que ningún país pueda lograr por sí mismo a golpe de talonario. Lo que está ocurriendo en Europa por el efecto migratorio de la crisis Siria, la de Oriente Medio en general y la desestabilización africana (no perdamos aquí a Libia de vista) es buen ejemplo. Actuar en el origen de la causa que permita mantener la seguridad y la estabilidad de los países europeos requiere acciones militares en escenarios lejanos y eso va de la mano del gasto en Defensa y del buen destino que de éste y de esas acciones sepa hacer la clase dirigente, aquella democráticamente salida de las urnas. No se gasta en Defensa para generar conflictos, se gasta en Defensa porque los conflictos y las amenazas existen, han existido siempre y seguirán existiendo.

Y esta es la parte más dura de la cuestión que se sigue sin trasladar públicamente de manera correcta, la que justifica que haya que fabricar y comprar sistemas de armas y que en ese mismo sector industrial se desarrollen, junto a los elementos de ataque, los  directamente destinados a salvar vidas, como los empleados  por las Fuerzas Armadas en auxilio de la población en casos de emergencia. Y entre los primeros y estos no hay distinción. Todo ello es gasto en Defensa y todo ello es gasto destinado a mantener el bienestar social del que disfrutamos, vaivenes económicos mediante.


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