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Las Fuerzas Armadas de Venezuela en medio de la crisis

Bajo la unión cívico-militar con que supuestamente se gobierna Venezuela, lo militar se ha ido conformando como el gran poder contra cualquier asomo de disidencia. Lo cívico ha quedado subyugado a lo militar, y éste, a su vez, justifica su fuerza en garantizar lo cívico. Oscuros intereses mantienen ese círculo cohesionado, un juego de beneficios mutuos que no conviene quebrantar a ninguna de las partes. Como dejó claro el presidente Nicolás Maduro tras recibir la promesa de lealtad incondicional de la Fuerza Armada, en respuesta a las manifestaciones de un pueblo que protesta por las penurias a las que el régimen le somete: Amor con amor se paga, lealtad con lealtad se paga.

En cualquier democracia mínimamente asentada la frase pondría los pelos de punta, pero no en Venezuela, donde, en nombre del antimperialismo y el socialismo chavista, todo es posible. Desde el poder se ha impuesto una particular doctrina de lucha militar, generando un lenguaje propio para sostener la ficticia guerra contra todo lo que se le ha vendido al pueblo venezolano como amenaza. Patrullas, milicias, pueblo en armas, desfiles, juicios militares a los ciudadanos, soflamas guerrilleras de los setenta... Durante años se ha alimentado la existencia de un enemigo, una amenaza allende las propias fronteras, para justificar el pervertido rol de lo militar en el país. Hoy el enemigo les revienta en casa. Ya no son quijotescos molinos de viento los que hay que abatir, es al propio pueblo venezolano en masa.

En medio de la crisis, en su imparable espiral, Maduro anunciaba la expansión de la Milicia Nacional Bolivariana, un cuerpo de 500.000 civiles a los que el presidente ha prometido armar con un fusil. Es la huida hacia adelante, dispuesta a arrasar con cualquier escollo. Desde que el chavismo se viera obligado a dar marcha atrás y devolver  sus competencias a la Asamblea Nacional, en poder de la oposición, el foco de atención internacional se ha puesto en la existencia de movimientos disidentes dentro del Gobierno y en la fuerza que puedan llegar a alcanzar. Es difícil saber, dado el hermetismo reinante, hasta qué punto el régimen es monolítico y, aún más, hasta qué punto lo son las Fuerzas Armadas.

Que la corrupción, vinculada incluso al narcotráfico, salpica a buena parte de la cúpula militar, encabezada por el controvertido ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, es algo de lo que se viene hablando desde hace años. Convertida en guardia pretoriana del presidente e implicada de manera creciente en asuntos de orden civil, el juego de malabares que la institución debe hacer para justificar su acción en la defensa de la Constitución y el respeto al presidente elegido en las urnas es cada vez más complejo, toda vez que desde el Gobierno se trata de quebrantar la Carta Magna y que a aquel que fuera elegido en las urnas el pueblo ya no lo quiere. Los días del chavismo de Maduro parecen estar contados. Ni el actual apoyo incondicional de las Fuerzas Armadas podrá evitarlo. La regeneración de la institución en manos, más tarde o más temprano, de un nuevo gobierno, será tarea titánica.


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