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Europa ante la crisis de los refugiados

El demoledor efecto en Europa del auge del Estado Islámico (Daesh) ha superado cualquier previsión. Los atentados terroristas que se cobraron la vida en París de más de cien personas en noviembre del pasado año, semanas después de la explosión del avión ruso que, con el mismo sello, se llevó por delante 224 vidas, o los últimos atentados de Bruselas, no han generado en el Viejo Continente mayor desequilibrio que el inherente a la activación de las alertas antiterroristas.

Es la inaudita oleada de refugiados huyendo de la devastada Siria en la que se atrincheró el terrorismo islámico, sin que nada corrobore que la retirada en su momento de Bashar al Asad hubiera cambiado este escenario, lo que realmente está atacando los cimientos europeos. Este es el gran golpe de los terroristas islámicos en el Viejo Continente, su mayor victoria.

Turquía saca tajada, Marruecos también lo hará, si como se prevé cerrada la ruta de los Balcanes la oleada de inmigrantes se desvía al Estrecho, Rusia vuelve con fuerza a la escena política internacional,  Angela Merkel pasa de héroe a villano en pocos meses y el populismo de corte xenófobo se hace fuerte en una Europa que en pocas semanas saltó de la solidaridad al miedo, avistando el crecimiento en su suelo de una población de religión musulmana cuyos cachorros se teme terminen siendo el enemigo en casa. El terrorismo islámico consigue así que esta Europa, estandarte de los derechos humanos y las libertades, levante muros y renuncié a buena parte de su credo.

Quienes tratan de entonar el tua culpa argumentando que de los lodos de las acciones de Occidente en el Oriente Próximo, apoyando la política exterior de George Bush en Irak o Afganistan, vienen estos barros y apuestan por una suerte de  estrategia de conciliación y diálogo para salir de este negro túnel olvidan que ya no hay más camino que acabar por aplastamiento con el origen de estos males.

El hipotético escenario de paz en Siria no terminará per se con la amenaza yihadista, en permanente búsqueda territorial en la que expandirse. La nueva operación naval en el Egeo que ahora se plantea la OTAN no es más que un parche en este enorme bote que hace aguas por muchas partes. El Norte de África y la región del Shael son un foco potencial de amenaza que debe controlarse, volcando el máximo esfuerzo para evitar a la postre un nuevo y catastrófico escenario de refugiados que nos devuelva al mismo punto de partida, ese del que no hemos salido aún.


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