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Las enseñanzas de la guerra contra el Estado Islámico

En lo últimos dos años se ha desarrollado una guerra absolutamente asimétrica entre los ejércitos regulares de países tan poderosos como Irak, Siria, Turquía y Arabia, contra el denominado Estado Islámico de Irak y el Levante. Durante ese lapso, unos 45.000 efectivos pusieron en jaque e los ejércitos de la región, ocuparon una franja enorme de territorio, estableciendo una administración y fueron capaces de evitar cualquier tipo de insurgencia interna. La recuperación del territorio sometido por el grupo terrorista ha sido una tarea muy complicada, que ha llevado mucho tiempo y un esfuerzo bélico enorme. Si pensamos que el cerco de Mosul comenzó en el pasado mes de octubre y que nueve meses después todavía existen combates esporádicos en la zona, nos damos cuenta que estamos asistiendo a un nuevo concepto de conflicto bélico, que sin duda contiene a muchos de las ideas tradicionales.

La primera idea en la que quiero fijarme es el desastre de la coalición internacional. La ausencia de un líder claro, como ocurrió en la II Guerra Mundial, aceptado por todos, ha conllevado una gran anarquía en la acción de los distintos miembros. Solamente negociar los derechos de sobrevuelo y de intercepción entre los aviones de combate aliados fue un problema mayúsculo. Cada actor internacional ha establecido su propia red clientelar dentro de la zona de combate, lo que ha supuesto, además, que la acción militar en general haya sido contradictoria, provocando grandes retrasos.

En Irak estos efectos han sido menores, ante el liderazgo del Ejército iraquí apoyado por Estados Unidos, pero incluso aquí las disensiones internas dentro de esa nación se han manifestado en el curso de las operaciones. Para las operaciones de enfrentamiento directo se han utilizado a fuerzas chiitas más fiables que los hermanos sunitas del Daesh. La multidiversidad cultural, étnica y religiosa en las fuerzas militares de Irak han sido a su vez un freno en el avance de las acciones militares, produciendo sin duda consecuencias muy negativas. Esta es otra interesante conclusión de la que los sicólogos podrían sacar interesantes análisis sobre la moral de victoria de fuerzas combatientes regidas por diferentes creencias.

A pesar de que el territorio ocupado era muy extenso y despoblado, las batallas se han dado en las grandes ciudades, utilizadas por los terroristas como ratoneras y escudos humanos, su principal línea de defensa frente a los ejércitos regulares. Las mayores restricciones morales de los ejércitos de la coalición han provocado que las operaciones hayan sido muy selectivas sin la utilización masiva de la fuerza, salvo si excluimos la ciudad de Alepo, donde sí se dieron todas las características propias de un conflicto más tradicional, al convertirse la caída de la ciudad en un símbolo, aunque en este caso poco o nada tenía que ver con la guerra contra el Estado Islámico.

En la batalla de Mosul, un Ejército de casi ochenta mil efectivos ha sido incapaz de tomar de forma efectiva y rápida una ciudad defendida por apenas unos diez mil terroristas, con mucho menos equipamiento. Una vez más, hemos asistido a un conflicto donde el elemento humano ha cobrado fuerza sobre el material. El lento avance casa por casa en el casco antiguo de la ciudad se ha convertido en un laberinto en el que centenares de soldados iraquíes han fallecido, sin que se tenga claro cuántos terroristas murieron y cuántos huyeron de la ciudad antes de la caída.

La brutalidad en las zonas de retaguardia por el Daesh ha sido asimismo un elemento determinante de su permanencia en el poder. El miedo generado en Irak por sus acciones puso en jaque a todo un Ejército de un millón de efectivos. Durante este tiempo apenas ha habido disensiones internas, que han sido castigadas de forma brutal. El Daesh, en su manera de entender la política, no pretende convencer de sus ideas, sino imponerlas, y sin duda este elemento le ha permitido, a su vez, mantener una administración que generaba millones de euros diarios en ingresos.

Uno de los fenómenos más característicos de este conflicto ha sido la apertura de un segundo frente en Europa a través de la utilización del terrorismo como un flanco nuevo, al modo que la resistencia actuó en la II Guerra Mundial. Sin embargo, el objetivo de los terroristas no era militar, sino básicamente tiene como objetivo forzar a tomar decisiones en el campo principal de batalla erróneos para los intereses occidentales. Aunque en un principio pudiera considerarse que las respuestas francesas con el despliegue del portaviones Charles de Gaulle o de la aviación belga tuvieron un impacto positivo inmediato, lo cierto es que materializaron como objetivo más la represalia directa, que realmente contribuir a las operaciones militares en curso. Pudiera decirse que estas acciones no han sido de gran utilidad en Oriente Medio.

Este fenómeno de combinación de terrorismo y guerra será muy habitual en todas las próximas en las que Occidente tenga algún interés. Máxime teniendo en cuenta que todavía subyacen muchos conflictos, tanto en la Península Arábiga, como en el Sahel, nos vamos a encontrar con nuevas amenazas terroristas en el territorio europeo. De hecho, debemos esperar que otros frentes, como Yemen, donde Al Qaeda tiene una fuerte implantación, o Afganistán, se organice esta especie de quinta columna de voluntarios más o menos conscientes que actuarán en Europa para abrir un frente diferente y distraer la atención sobre el corazón de las luchas por el poder en todo el Islam. Sin duda nuevas doctrinas deberán desarrollarse para mantener una superioridad militar sobre lo que serán la gran mayoría de las guerras del Siglo XXI.

Enrique Navarro
Presidente MQGloNet


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