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El resurgir de Al Qaeda

En mayo hará tres años que Bin Laden fue ejecutado por tropas de élite americanas en el interior de Paquistán, junto a la principal academia militar del Ejército pakistaní. Desde entonces, algunos líderes de segundo nivel de la organización también han sido abatidos por los drones o tropas de élite norteamericanas. En este periodo apenas se han producido atentados cometidos por lo que podríamos denominar organización terrorista en Occidente. Ante este entorno, deberíamos pensar que la lucha contra el terrorismo islámico, que trata de derrotar a Occidente, ha conseguido sus resultados. Sin embargo, no es esa, ni mucho menos, la percepción que debemos tener.

Podríamos afirmar que Bin Laden llegó a ser un jefe o comandante de un grupo terrorista, pero nunca consiguió manejar todos los hilos de los diferentes  grupos que actuaron en su nombre y bajo su impulso intelectual en Occidente, África y Asia. Hoy en día Al Qaeda es más una idea, una sociedad terrorista virtual, que apenas dispone de una estrategia dirigida de un ejército terrorista. Sin embargo, hoy la organización ha recobrado una fortaleza que parecía impensable hace unos pocos años.

En enero de 2014, y gracias en parte a la primavera árabe, tan apoyada por Occidente, Al Qaeda domina grandes zonas del Magreb y tiene una influencia creciente en países como Libia, Mali, República Centroafricana, Argelia, Sudán, Chad y Nigeria. Actualmente, los conflictos en estos países se están profundizando y verdaderas guerras civiles en zonas tan paupérrimas como las citadas pueden acentuarse en los próximos meses. Detrás de todos estos problemas está la mano de Al Qaeda.

En Siria, la alianza entre los rebeldes y Al Qaeda es cada vez más evidente. Si bien los daños que se están produciendo a la población civil son gigantescos por ambos lados, los secuestros de periodistas y las tácticas de los rebeldes recuerdan a las acciones del grupo terrorista. Occidente no puede permitir que los rebeldes bajo el influjo de Al Qaeda se hagan con el poder en Siria, porque supondría un paso cualitativo mayor a los conflictos de Irak o Afganistán. En Irak ya han llegado a dominar e imponer su ley en importantes ciudades del centro del país, como comenzaron a hacer en Afganistán a finales del siglo pasado. Si los sunitas se alían con Al Qaeda para sobrevivir en el conflicto Suaqui, los resultados pueden ser catastróficos para la región.

El asalto al centro comercial en Kenia y la creciente influencia en Somalia, Tanzania y Uganda muestran que sus ambiciones territoriales se extienden por África Oriental. La crisis política en Egipto, con la prohibición de los Hermanos Musulmanes, puede ser el caldo de cultivo para que la organización terrorista refuerce su presencia en un país de casi noventa millones de habitantes, con uno de los ejércitos más potentes de la zona. Los atentados en el Sinaí muestran la creciente pérdida de control del Ejército egipcio de gran parte de su territorio, en especial la que linda con nuestro aliado natural en la zona.

En las últimas semanas se ha recrudecido el terrorismo islamista en Rusia, con los atentados en Volvogrado, que tienen el mismo procedimiento que los cometidos por palestinos en Israel o por Al Qaeda en Irak. Los conflictos sin resolver en Chechenia y otras repúblicas del Cáucaso y el juego de alianzas políticas con un partido islamista moderado gobernando en Turquía, y con claras ansias de expansión política en la zona, presentan un nuevo frente en una región crítica para Occidente, por los recursos naturales que abundan en la zona.

En el extremo oriente la situación tampoco es favorable. Los movimientos islamistas se refuerzan políticamente en países como Indonesia, Malasia y Bangladesh, que agrupan a casi trescientos millones de personas. Ante este avance en diferentes zonas del globo, Occidente se refugia en una política de creer que el terrorismo está derrotado y que apenas tiene capacidad de golpear en países de África y en Oriente Medio, donde los gobiernos locales son incapaces de contener esta ola de atentados y el crecimiento de las organizaciones terroristas.

Sin embargo, con solo dejar a Al Qaeda un estado  fallido sobre el que montar su estrategia destructiva, como ya hizo en Afganistán, podemos volver a vivir situaciones pasadas, pero con gobiernos más débiles en Occidente. Irak Siria, Chad, Mali, Sudan, Libia, Republica Centroafricana, Nigeria, etc., cualquiera de estos grandes países es candidato a ser un estado fallido dominado por  islamistas radicales, bajo el influjo y la autoridad intelectual de los sucesores de Bin Laden.

No cabe, por tanto, bajar la guardia, sino todo lo contrario, reforzar los mecanismos de cooperación de inteligencia; incrementar las capacidades militares para intervenir en estos potenciales escenarios,  asignar a la Alianza Atlántica mayor capacidad de prevención y definición de acciones contra la generación de estados o regiones fallidas, sin control estatal y sometidas a grupos terroristas organizados.

Sin embargo, tenemos la percepción de que los Estados Unidos están inmersos en un proceso de reducción significativa de capacidades militares y de inteligencia; queriendo vivir en un sueño americano irreal, visto lo que está aconteciendo en la esfera global. Los países europeos, inmersos en la crisis económica, apenas tienen aliento para dedicarse a sobrevivir como unión política y económica. Todavía la desconfianza es muy grande con los que podrían ser potenciales aliados en esta guerra contra el terror, Rusia y China especialmente, que comparten con Occidente el interés común de no dejar que el mundo sea gobernado por grupos subversivos, que sometan el desarrollo económico, comercial y social del mundo a la voluntad de unos radicales.

Tomar conciencia de que se trata de un problema común, que no se puede combatir aislados de los nuevos actores globales, debe ser el primer paso para prevenir los ataques terroristas, eliminar a los grupos subversivos y promover un desarrollo social y económico en los países musulmanes, que acabe por siempre con los nidos de radicalismo que todavía sobreviven en muchos países víctimas de la pobreza y el rencor.


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