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El colapso de Venezuela y sus implicaciones militares

El deterioro de la situación en Venezuela, con la escalada de violencia del Gobierno contra ciudadanos que se manifiestan pacíficamente en las calles y más de 70 muertos oficiales y centenares de presos políticos, sin duda va a conducir al colapso de la dictadura militarista populista que rige el país desde comienzos de este milenio. Hay tres razones que abundan en esta tesis. En primer lugar, que importantes figuras del chavismo se estén posicionando abiertamente contra Maduro y su pretensión de crear una asamblea de partido único, al más puro estilo comunista. En segundo lugar, el llamamiento del poderoso ministro de Defensa, general Padrino, a que los militares no intervengan en la represión; y, por último, el nuevo posicionamiento de Trump sobre Cuba. Este último hecho puede resultar definitivo. La vuelta de tuerca que en la política hacia La Habana está dando Trump cierra las esperanzas de una transición económica sin transición política en Cuba, como pretenden los Castro con el apoyo del anterior presidente de Estados Unidos.

El hecho que Washington no condicionara ningún cambio político al régimen castrista para proceder a la apertura había llevado al convencimiento que era posible seguir interviniendo en Venezuela con impunidad. Ahora el mensaje es totalmente diferente y afecta a la línea de flotación del régimen venezolano, que es La Habana. No es posible apertura sin cambio político y ya el régimen cubano ha desechado la posibilidad de mantenerse con los petrodólares venezolanos, por lo que no parece muy evidente que el apoyo ideológico de La Habana se mantenga. No parece que vaya a ser una transición muy larga, pero no cabe duda que la caída de Maduro contiene implicaciones de alto calado, geoestratégicas y militares. En los últimos años, Venezuela ha estado reforzando sus Fuerzas Armadas con nuevos equipos de origen chino y ruso, principalmente.

Aunque existen grandes incógnitas sobre la capacidad de operación y de uso de estos equipos, sin duda han supuesto un gran desequilibrio estratégico en la región, mientras que los demás países apenas incrementaron sus presupuestos de Defensa, si exceptuamos el caso de Colombia por el conflicto interno. El cambio de régimen llevará implícito alterar las relaciones del país, de manera que la influencia de Rusia en la región se verá claramente disminuida y parece lógico pensar que Estados Unidos y Europa se convertirían en los nuevos aliados estratégicos de una Venezuela democrática. La segunda consecuencia será un lento, pero constante, proceso de reducción de los presupuestos militares en Venezuela, al ya no existir ni intereses estratégicos que lo fundamenten, ni tampoco un expansionismo frente a sus vecinos.

Este proceso sin duda debería conducir a una relajación del gasto militar en la región, una vez desaparecida la principal amenaza para las democracias más estables del Continente, que eran Venezuela y sus acólitos. En este sentido, deberíamos asistir a procesos de disminución de los gastos militares en Brasil, Colombia y Perú, fundamentalmente, por lo que los mercados no deben esperar un expansionismo en las compras de equipos para la defensa en la región, sino más bien todo lo contrario. La caída del régimen de Maduro, unida sobre todo a la del régimen populista en Argentina con la llegada de Macri, conllevará cambios políticos inminentes en otros países, especialmente en Nicaragua y Bolivia, donde sus gobiernos afrontarán el creciente descontento social sin contar con los dólares del petróleo venezolano. 

El caso de Ecuador será ligeramente diferente, ya que el nuevo Gobierno salido de unas dudosas elecciones ya viene manteniendo posturas ligeramente distantes con respecto a Caracas y si quiere mantener su posición en la región no le quedará más remedio que fortalecer sus relaciones con sus grandes vecinos, que ya están en sus antípodas. Esta relajación geoestratégica va a implicar asimismo un cambio radical en la configuración y equipamiento de las Fuerzas Armadas. Por una parte, los países que afrontaron conflictos internos deberán reducir de forma muy significativa su pie de fuerza y, en consecuencia, las necesidades de equipamiento serán menores. Pero, a su vez, los nuevos gobiernos democráticos, en la búsqueda de alianzas internacionales estables que les permitan incrementar los lazos comerciales, comenzarán a ser, cada vez con más fuerza, partícipes en las misiones internacionales, especialmente en África y Oriente Medio, donde ya algunos países tienen una larga tradición.

En segundo lugar, también asistiremos a una mayor integración de algunos países de la región en la Alianza Atlántica, que cada vez será más meridional, como contrapeso a la creciente presencia rusa y China en el hemisferio Sur. Debemos esperar movimientos de integración de países como Argentina y Colombia en las estructuras políticas y militares de la Alianza Atlántica. Estos dos fenómenos conducirán a una renovación de los equipos por otros que tengan una mayor homologación con los ejércitos europeos. En esta línea deben entenderse los procesos que están abiertos o se abrirán en breve para dotar a Colombia, Brasil y Perú de nuevos aviones de combate de última generación. También se darán excelentes oportunidades para los medios de proyección estratégica. Una vez que el Continente deje de ser un potencial escenario de conflicto, las fuerzas armadas deberán atender otros frentes operacionales, la mayoría de los cuales estarán ubicados a miles de kilómetros de sus fronteras.

También asistiremos a procesos de adquisiciones de medios navales, especialmente de fragatas de alto porte. Durante décadas las fuerzas navales de los países de la región han estado basadas, aparte de en la capacidad de operación fluvial, en corbetas y submarinos del tipo Scorpene. Con estos medios estaba asegurada la superioridad regional en unas aguas de operación que están cercanas a las costas nacionales. El proceso de internacionalización de la defensa obligará a redefinir las necesidades de equipamiento naval y, sin duda, las soluciones más adecuadas serán fragatas por encima de las 5.000 ton., con capacidad para operar helicópteros y buques de proyección estratégica. Por primera vez en la historia veremos a navíos de América Latina operar en nuestras costas junto a los de la Alianza Atlántica.

En definitiva, se avecinan grandes cambios y en consecuencia grandes oportunidades para las que España tendrá una posición estratégica envidiable, al disponer de soluciones propias que se adecuarán como el guante a la mano a las necesidades de los ejércitos de la región. Sólo será necesaria la ambición política y estratégica para aprovechar estos cambios trascendentales.

Enrique Navarro
Presidente MQGloNet

 


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