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Adios al capitán general

La abdicación de SM el rey Juan Carlos I, mando supremo de las Fuerzas Armadas, después de casi cuarenta años en el trono, debe ser motivo para mirar al pasado y recordar en unas breves líneas lo que ha supuesto este reinado, que ha marcado el momento más brillante de toda la historia española, el monarca de la reconciliación, necesaria desde el propio nacimiento del Estado español. Nunca los españoles vivimos en paz durante un periodo tan largo desde la llegada de Tariq a las costas de Cádiz, en el año 711.

No es fácil definir cuáles son las funciones que corresponden al rey en cuanto mando supremo de las fuerzas armadas; ni en qué consiste la competencia para declarar la guerra y hacer la paz que le asigna la Constitución, pero a la vista de los hechos, resulta más sencillo evaluar cuál ha sido su significado en todo este tiempo y para qué ha servido la institución de la monarquía durante este largo periodo que excedió a la dictadura franquista y que, por tanto, debería ayudarnos a superar con su abdicación toda aquella etapa para ponerla en los libros de historia y en el recuerdo individual de cada persona.

En mi opinión siempre se sobrestimó la actitud supuestamente antidemocrática de las Fuerzas Armadas en los años setenta y aquello del ruido de sables, que fue más bien un invento de la derecha para manejar a la izquierda en unos años muy difíciles, en los que había muchos vientos que soplaban en contra del cambio en España. La inmensa mayoría de las Fuerzas Armadas desde el primer momento se pusieron a las órdenes del rey y del Gobierno y han sido eje fundamental de la consolidación democrática de España. La persona del rey garantizó la estabilidad en momentos convulsos, diseñó la transición, desmontó el régimen franquista desde dentro, como se han de demoler los edificios, y acabo con el enfrentamiento histórico entre españoles.

Parece un trabajo de Hércules, pero lo hizo nuestro rey, no solo, pero se supo rodear de los mejores y gozó con la confianza y el apoyo de todos, desde Carrillo a Tarradellas, Ardanza o Fraga. Nadie generó más consenso en la historia de España que Juan Carlos. Fue él quien defendió, como era su obligación, la democracia ante el golpe de estado y no como hicieron otros antecesores suyos, que optaron por la vía fácil, que al final resultó trágica para el país. Gracias a él, Felipe González pudo hacer una gran reforma militar necesaria y que tuvo un sostén continuo del rey, que en años más jóvenes compartía muchos momentos de zozobra en las Fuerzas Armadas ante los embates.

Entre sus compañeros de armas ha sido uno más; no el vetusto rey que mira a la tropa desde el caballo, sino el que pilota el helicóptero y se mete en el fango a comer el rancho. Para todo hay que valer y si algo le ha caracterizado en este periodo ha sido su cercanía con los compañeros. No tengo duda que si no hubiera sido rey hubiera sido militar, pues esa ha sido su verdadera vocación. Ha encarnado como nadie los valores militares del compañerismo, la lealtad y la voluntad de servicio a la patria. Siempre ha estado atento a las necesidades de sus compañeros y al lado de ellos en los momentos difíciles.

La industria de defensa también le debe mucho a Su Majestad. Desde los primeros años del reinado apoyó de manera inteligente las exportaciones de nuestras industrias, desde los BMR a Egipto al portaeronaves a Tailandia, las fragatas a Noruega y un largo etc. Solamente por toda esta labor se merece todo mi respeto. Ha sido el mejor comercial que ha tenido España, siendo la única competencia que no tenía asignada en la Constitución.

Ha sabido entender su posición de neutralidad impecable, incluso cuando muchos le reclamaban su acción en defensa de una determinada idea, que seguramente él compartía. En esos momentos supo estar al margen de las disputas.  Las Fuerzas Armadas van a quedar un poco huérfanas. Un rey se hace cada día en el trono y, estando convencido de la preparación del nuevo, deberán pasar muchos años en el fango, comiendo rancho hasta que se consolide su posición, que estoy seguro que lo hará.

Creo que a las Fuerzas Armadas les gustaría despedir a su capitán general con gran boato y solemnidad y a mí también, pero ya sabemos que son otros los tiempos que vivimos y que esta transición debe hacerse de forma austera y sosegada, lo que también comparto, porque un rey debe ser en primer lugar sensible a las necesidades de su pueblo. Solo le pido al Gobierno que mientras que el rey permanezca entre los mortales mantenga su dignidad y rango militar, porque, como a mí me enseñaron, los reyes pueden jubilarse, pero los generales nunca se jubilan.

A mis cincuenta años me siento muy orgulloso de haber vivido estos tiempos de transformación en nuestro país y de haber coincidido con Juan Carlos I. Su legado permanecerá en nuestra memoria histórica colectiva. En los libros de historia siempre habrá un capítulo especial para el rey reconciliador, para el rey soldado.


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