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Venezuela, 1810

Cuando en enero de 1810 la Junta Suprema Central de Sevilla se instala en la isla de León ante el peligroso progreso de la ofensiva napoleónica a través de Andalucía, se acuerda transferir los poderes de gobierno a un Consejo de Regencia presidido por el capitán general Castaños. Este Consejo, consciente de la gravedad de las circunstancias que sobre el país se cernían, decide tomar medidas importantes, entre ellas las relativas a las colonias de Ultramar ya en los bordes de su exaltada libertad.
Como práctica oficiosa, la Regencia determina enviar a Venezuela a dos comisionados: el conde de Montúfar y don Antonio de Villavicencio. Estos, además de aclarar la situación española, pretenderán que se reconozca como única la autoridad regente. Así se lo comunican al capitán general don Vicente de Emparán y también a los miembros destacados de la comunidad criolla; pero éstos se niegan a reconocerlo así pues han formado su propia Junta y no harán caso de la Regencia monárquica puesto que ésta ya no existe para ellos.

De entre sus componentes se destaca un joven, vástago de una linajuda familia criolla. Se llama Simón Bolívar y está destinado a ser un personaje de relevantes méritos en la naciente historia de las Repúblicas Sudamericanas. Bolívar pasó gran parte de su juventud en España, tierra de la que salieron sus mayores vascongados. En la Corte saben de su porte distinguido cuando paseó por los salones de Palacio su brillante uniforme de subteniente de las milicias de los Blancos concedido por despacho del propio Carlos IV. Después recorrería media Europa con aprovechada delectación. Cala en las modernas doctrinas filosóficas y forja su espíritu con nuevas teorías políticas y así, estando en Roma, sobre la cumbre del Aventino, hace solemne juramento de ser fiel a la causa de su Patria.
Vuelto a Caracas, en 1807, se dedica con ardor a esa lucha que exige el proceso de la emancipación. Por eso, al llegar aquellos comisionados se alzan en postura manifiesta de gobernarse así mismos sin que se tenga en cuenta para nada la opinión de la Metrópoli.
Reunida la recién constituida Junta Suprema en la Cámara del Cabildo y ante ya un apagado y dimitido gobernador Emparán, se proclama el primer triunfo de la revolución venezolana el día 19 de abril de 1810, que a la vez sería punto de arranque para la independencia de los demás países sudamericanos.
En este gran acontecimiento patrio, Bolívar se mantuvo alejado en su hacienda tal vez por deferencia y cortesía hacia el que fue amigo, ya caído en la desgracia, Vicente de Emparán.
Enviado después por el gobierno en misión diplomática a Londres, al objeto de conseguir el reconocimiento británico, se entrevista con el duro Weffington, el “Duque de Hier ro”, que se muestra cauteloso y no cede pese a las reticencias de Bolívar que no sacando nada positivo deduce, al menos, que, en el futuro, será factible un apoyo de Inglaterra.
En Londres se encuentra con un antiguo luchador de su misma causa. Es Francisco Miranda, conocido como el “Precursor”. Se encuentra exiliado por ser uno de los primeros insurgentes en su país y no es bien visto por los ingleses. Personaje de leyenda, forjado en incontables hechos guerreros, es un militar a la vieja usanza que hasta peleó por la independencia de Norteamérica. Por la Luisiana conoce y es amigo del español Bernaldo de Gálvez y combate junto a sus granaderos. Luego viaja a Francia y se alista en las filas de Napoleón para seguir luchando hasta que, ya con la experiencia de un viejo general, se incorpora a la otra lucha, que esta vez es la de su Patria.
Bolívar estima su pasado y valora sus cualidades, aunque luego le defraudará por la capitulación de Aragua, en 1812, ante el español Monteverde. Bolívar y los suyos lo apresarán siendo entregado a Monteverde, y éste a su vez lo enviará cautivo a La Carraca (Cádiz) donde morirá este general aventurero en julio de 1816.
Estando ya Bolívar en Caracas, a últimos de 1810, inicia su larga y espinosa carrera de Libertador, jalonada por un sin fin de hechos dignos de quebrantar a cualquiera que no fuera del temple de él.
Hechos como cuando el bloqueo de Venezuela dio lugar a una guerra civil con los realistas de Guayana, Coro, Maracaibo y aun Valencia. Luego, en el colmo de los males, sucede el terremoto de 1812 con lo cual se establece un clima de superstición que perjudica la marcha de la independencia. Aparece el marino español Monteverde y provoca las campañas de Araure, San Carlos y Trujillo, culminando con Puerto Cabello; y para que los escollos no fueran menos, surge la rebelión de los llanos con el feroz Tomás Boyes a la cabeza.
Victorias hubo de contar como la de Araure, en 1813, y Carabobo, en 1814; también se enfrentó a varios de sus generales como Santander, Mariño o aquel mulato Piar, pero contó con la lealtad de Sucre, Páez y Rooke, entre otros.
Ha de hacer frente, en nueva colisión, al español Pablo Morillo que después de altibajos en diversas campañas, le vence en la célebre batalla de Boyacá, en 1819.
El 26 de julio de 1822 se entrevista en Guayaquil con el general argentino don José de San Martín y allí toman importantes acuerdos para lo que ha de ser la confederación de Estados americanos, permanente sueño de ese gran propulsor de libertades americanas que fue Simón Bolívar y que quedaría realizada sólo en parte con aquella inestable presidencia de la Gran Colombia.
De los uniformes presentes poco puede decirse dadas las circunstancias en las que se desarrollaron los primeros tiempos de la revolución. Todo era improvisado y lo de menos era la uniformidad. Lo importante era pelear, a ser posible con buenas armas. La regularidad vendría después. No obstante debe decirse que en esos batallones sueltos y futuros regimientos ya se adoptaba el color azul claro para la infantería en diversos modelos de casacas o casaquillas. En cuanto a ese uniforme de cazador montado para la guardia de Bolívar estaba inspirado en los uniformes ingleses por los que el Libertador sentía gran admiración..

 

Texto y dibujo de Miguel Montaner


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