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Tercios de Idiáquez, (España 1634)

La toma de Breda por las tropas españolas que mandaba Ambrosio Spínola en el año 1625 representó un hecho positivo para el desarrollo del ya tercer período de la Guerra de los Treinta Años, en la que las armas del Imperio de Fernando II de Austria se encontraban un tanto alicaídas por la mucha lucha y no pleno sustento. Por eso, aquella victoria de Breda llevada a cabo por su aliado y pariente de la rama austriaca. Felipe IV, obró como vigorizante para continuar la noble empresa cuyo valer era el empeño religioso. Así, Fernando de Austria, con su fiel conde Tilly, engrosaría nuevas fuerzas y contrataría los servicios del desconcertante Wallenstein, quien aportaría un fuerte ejército.

Conjuntamente se aprestaron a zanjar de una vez la sempiterna querella religiosa con aquellos siempre obstinados príncipes y electores alemanes. Parte hubieron de tornar también en ese lugar de la contienda los ya acreditados Tercios españoles mandados por el heróico jefe don Guillermo Verdugo, que después de las victorias del Palatinado y la Montaña Blanca acudieron en apoyo de las fuerzas de Tilly y Wallenstein, consiguiendo ocupar Bohemia y deponer a su rey, el protestante Federico V. Este, con su esposa Isabel Stuart, huyó a Dinamarca, siendo acogidos por el rey Cristián IV. Así, Federico, debido a su estirpe de príncipe alemán, entró en la lucha del lado luterano una vez que los ejércitos del emperador Fernando II y sus aliados Felipe IV de España y Maximiliano de Baviera habían restablecido la causa católica en esa tercera etapa de tan larga y cruenta contienda.
Mientras, en Francia, Luis XIII y Richelieu, pendientes de su lucha contra los hugonotes, permanecían atentos al cariz de las cosas en la movida Europa. El Cardenal, astutamente premeditaba planes para entorpecer aquellos acontecimientos de cuya causa religiosa no se sentía ajeno, pero a los que anteponía el interés político, faceta ésta en la que estaba seguro de que aquéllos habrían de derivar.
Hacía tiempo que Richelieu, pacientemente, extendía sus hilos de captación por todo el continente. Primero fueron príncipes renanos, después insistió con los Grisones en la Valtelina, dando por resultado que Olivares sacara de los Países Bajos a Spínola y lo llevara a Italia donde las amenazas empezaban a fructificar. Por esta razón hubo de dejar en Flandes, a la sazón en relativa calma, al mando de escasas fuerzas, al conde de Bergh, personaje éste que no inspiraba mucha confianza. La circunstancia fue aprovechada por los rebeldes holandeses, que acaudillados por Federico de Nassau empezaron a hostigar a los españoles por el norte de Brabante. En diciembre de 1633 fallecía aquella dilecta hija del rey Felipe II: Isabel Clara Eugenia, tía del rey Felipe IV y designada por su padre gobernadora de los Países Bajos. Como murió sin descendencia, el estado de Flandes había de revertir, según lo establecido, en la Corona española. Ello dio lugar a un levantamiento general encabezado por la nobleza, siendo el principal propulsor el eterno Federico de Nassau, que seguidamente se apoderó de varias plazas mal guarnecidas, entre ellas Ruremonde, Venló y Maastricht.
Ante la gravedad de los hechos, se nombró al marqués de Aitona para que de modo accidental gobernara aquellos estados hasta que llegara don Fernando de Austria, hermano del rey Felipe IV. Fue llamado “el cardenal-infante”, debido a su inclinación sacerdotal que le llevó a ser muy joven arzobispo de Toledo, pero había de poder más en él aquella otra poderosa virtud que llevaba oculta, que era la vocación militar. Designado por su hermano gobernador de los Países Bajos, abandonó con gusto la liviana corte en la que tanto fausto se derrochaba y partió para Flandes a desempeñar el doble cargo: gobernador y general en jefe de los ejércitos de España, papel que hubo de representar con inusitada grandeza, llenando con dignidad aquel vacío que’ había dejado el gran Spínola. Le tocó una parte de la más espinosa etapa de aquella guerra; cierto que el duro adversario que hubiera sido el rey Gustavo de Suecia había caído- en Lützen, pero le tocó la temible Francia, que por fin había convertido la guerra en una verdadera conflagración europea.
En septiembre de 1634 tuvo lugar la batalla de Nord-ilinghen, batalla que cubrió de gloria al Cardenal-Infante y a sus aguerridas fuerzas. Llevó fuertes contingentes de hispanos e italianos que agrupó con otros que dirigía el duque de Feria, más otro que mandaba el primogénito del emperador Fernando, unido al ejército del duque de Lorena. Con ellos hubo de enfrentarse a los ejércitos del sueco duque de Weyrnar y a los bátavos del conde de Horn. La batalla empezó con una intensa preparación artillera a la que siguió el clioque de la infantería y caballería; tuvo principios indecisos, pero al fin se impusieron los españoles. La caballería austriaca y la de los “Balbases” cargaron con denodado ímpetu, los mosquetes de Nápoles atacaron con brío y los Tercios de Idíaquez se batieron con gran coraje. El resultado fue una clamorosa victoria ostentosamente celebrada, quedando consagrado el Cardenal-lnfante como uno de los mejores generales de Europa.
El atuendo que presenta el adjunto dibujo corresponde al de los Tercios de españoles que combatieron en la citada batalla: el tambor y el pífano con semejante uniforme, con arreglo a la ordenanza de la época, llevan sombrero de fieltro claro con toquilla alrededor de la copa adornado con una o dos plumas de avestruz en color rojo; coleto de ante marrón de altas mangas perdidas sobre jubón amarillo, éste con cuello a la valona; gregüescos amarillos adornados en su boca con amplia lazada roja; medias rojas y zapatos de becerro con lazos rojos. El arcabucero a caballo es peculiar por su celada borgoñota, coleto de ante amarillo de aldas a mangas perdidas y en el pecho la cruz de Borgoña, ligeras calzas a dos colores: rojo y azul, y las clásicas botas altas de montar; como armas lleva el arcabuz, sarta con carga de balas, frasco de pólvora y espada de gavilanes; además porta un aditamento que por ser especial es curioso: cuelga del lado izquierdo del talabarte un mazo y dos hincadas, pues dándose el caso de que esta tropa, según la necesidad, se empleaba tanto a pie como a caballo, llegando el momento de pelear desmontados, clavaban las hincadas sujetando en ellas las bridas del caballo y operaban libremente. Puede decirse que fueron los precursores de aquellos futuros trozos o Tercios de Dragones en la caballería española.
Volviendo a los músicos, conviene aclarar que en el año 1638 hubo una ordenanza de S.M. en la que decía, entre otras cosas, que cada uno de los Tercios creados en España constasen de 12 compañías, y cada una de 250 infantes, incluida la primera plana compuesta de capitán con paje, alférez abanderado, sargento, “dos tambores y un pífano” furriel, barbero y capellán. .

Texto y Dibujo de Miguel Montaner


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