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Oficial del Regimiento de Dragones de Almansa, Oficial de Caballería de línea y Oficial del Regimiento de la Princesa

Se había conseguido de Godoy la concesión de un cuerpo expedicionario compuesto de 15.000 hombres con caballería y artillería, tan bien pertrechadas y equipadas como las francesas, y sobre todo con una oficilialidad digna y competente que en nada tenía que envidiar a los mandos franceses. Se formaron tres divisiones, la primera compuesta de 5.000 hombres de infantería y 1.080 de caballería al mando de don Gonzalo O’Farril, gran estratega, formado en las lides de los Pirineos; las otras dos divisiones las mandaba el general en jefe, marqués de la Romana, pundonoroso soldado curtido en la línea del Bidasoa, llevando como segundo jefe a don Juan Kindelán. La división de O’Farril fue enviada a la Toscana, y las de el general de la Romana, a Dinamarca.

Estas fuerzas salieron de España rumbo a su destino el 16 de agosto de 1807 y fueron agregadas al ejército del príncipe de Montecorvo.
En las divisiones del general de la Romana, figuraba el regimiento de la Princesa. Este regimiento debe su creación a don Carlos Manuel Dongo, Caballero de la Orden de Santiago y capitán del regimiento de caballería ligera de Borbón, que en solicitud dirigida al Rey, se ofreció formarle a sus expensas y con base de dos batallones y en fecha de 26 de octubre de 1765. Pedía un plazo de un año y se ofrecía como primer coronel. Este regimiento de la Princesa llegaría a contar entre sus mandos a insignes jefes de ilustres apellidos, tales como don José O’Donnell, don Ramón Narváez, don Manuel de la Concha, entre otros muchos más.
El regimiento de la Princesa, por aquel entonces, contaba con tres batallones y lo mandaba don Carlos de Velasco. Grandes fueron las vicisitudes de este regimiento en sus andanzas por el norte de Europa, plenas de arrogancia y heroicas acciones. Por eso sin duda recibiría años más tarde el sobrenombre de “La Estrella del Norte”.
Siempre a las órdenes del general de la Romana y siguiendo su pauta, se negó a reconocer como Rey a José Bonaparte, por lo que ya en franca rebeldía, hurtando las acechanzas de los franceses, recorrería todo el norte de Europa hasta llegar a Suecia, donde embarcaría. El 8 de octubre de 1808 llegaría al fin, y pasando por mil peripecias, a España, desembarcando parte de aquel cuerpo expedicionario en Santander y Santoña. Cuenta el conde de Clonard que una mayoría de las fueras partieron hacia Galicia y el primer batallón de la Princesa, burlando la vigilancia de los franceses, llegó con su comandante don Pedro Garballo a Aragón, y en Molina serviría como base a la creación del segundo regimiento gemelo de la Princesa, encargando el general Palafox su mando al coronel don Ramón Alvear.
El segundo batallón quedaría refundido con el primero de tiradores de Castilla, con una fuerza de 1.000 hombres al mando del coronel don Carlos de España; el tercero, formado en Galicia el 19 de agosto de 1.809, refundido con la primera legión del Rivero, al mando del coronel don Félix Correa.
Debido a una nueva organización, el regimiento de la Princesa perdió su regio nombre en 22 de mayo de 1823 y no lo recobraría hasta el 10 de febrero de 1833, que por una Real disposición, queriendo rehabilitar la memoria de este regimiento, quedó instituido por real privilegio como Regimiento de la Princesa María Isabel, 5° de Línea.
En 24 de junio de 1795 salió un Real Decreto por el que se facultaba al inspector general de dragones príncipe de Monforte, a reorganizar los regimientos de caballería con dependencia de otra orden soberana del 7 de julio del año anterior, en la cual se decía que los regimientos de caballería de línea debían aumentar diez hombres montados por compañía y un primer teniente con el grado de capitán, con sueldo de 500 reales mensuales. También se hacía notar la diferencia en cuanto a los dragones, que sólo contaban con cincuenta plazas montadas y diez desmontadas, y es por entonces cuando se creó el regimiento de dragones de Almansa, debiendo su nombre a la célebre victoria en la batalla de Almansa el 25 de abril de 1707. Este regimiento, unido a los existentes, formaba una institución de ocho regimientos de dragones. En el año 1796, por disposición del Rey, se varió el uniforme de los dragones de Almansa, tanto en el corte como en el color de la divisa, quedando de la forma siguiente: casaca, solapa y capa amarilla; cuello, vuelta y vivos, azul turquí; chupa, calzón y botones blancos y el forro encarnado.
Por reglamento de 30 de enero de 1803, cada regimiento se compuso de cinco escuadrones de a dos compañías y éstas de capitán, teniente, alférez, un sargento primero, dos segundos, un trompeta, cuatro cabos primeros, cuatro segundos, cuatro carabineros, treinta y ocho soldados montados, trece desmontados y un herrador. La Plana Mayor la constituían el coronel, teniente coronel, sargento mayor, cinco ayudantes, cuatro portaestandarte, capellán, cirujano, mariscal mayor montado, trompeta de orden montado, picador, sillero y armero.
En el año 1803 se suprimió el Instituto de Dragones, transformándolos en cazadores montados de Almansa. Esta medida causó profundo malestar en los altos jefes del ejército, llegando a oídos de Godoy que confesó estar un tanto aturdido al dictar semejante disposición, por lo que en 30 de enero de 1805 y esta vez por regio decreto, se restableció de nuevo el Instituto de Dragones. El vestuario se describía de la manera siguiente: sombrero apuntado, casaca, chaleco, calzón, capote y forros amarillo limón, vuelta con portezuela y cuatro botones blancos. Más adelante, por otro decreto, se declaró de caballería ligera a los gloriosos dragones Sagunto, Numancia y Lusitania, quedando aún Almansa como dragón. Esto sería con fecha de 1 de junio de 1815, se necesitaría que transcurrieran treinta y dos años para el nuevo destino del de Almansa. Al fin, por un Real Decreto, en 21 de septiembre de 1847, quedaría definitivamente convertido en 6° de lanceros de Almansa.
En cuanto se refiere al uniforme de oficial de caballería ligera, hay que reseñar que no corresponde a ningún regimiento determinado, sino que procede de la colección de 97 estampas de los álbumes del conde de Clonard, incluida aquí para dar a conocer la elegancia de los uniformes de los oficiales españoles en lo referente a gran gala o paseo, y que estos oficiales solían llevar fuera de servicio para asistir a recepciones o fiestas de embajada. Era notable y distinguido llevar el sable en la mano izquierda fuera del tahalí, así como también prescindir de las pesadas e incómodas botas de campaña y llevar zapatos ligeros propios para el compás de baile en cualquier embajada o galantear a una dama.


Texto y dibujo por Miguel Montaner


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