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Home ARTICULOS Opinión, por Enrique Navarro La madre de todas las batallas

La madre de todas las batallas

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ARGO ha sido la gran triunfadora de los Oscars de Hollywood, y no por unas interpretaciones espectaculares, ni siquiera por el guión que nadie tuvo que inventar, sino por la recreación del ambiente del Irán de 1979 y del impacto en la sociedad norteamericana de la invasión de su legación diplomática y del secuestro de sus conciudadanos.

Nadie ha querido en estos años detener semejante locura y ahora ya es demasiado tarde y sólo queda atacar para derrocar el régimen o claudicar. Mientras que el presidente Obama se muestra en retirada y busca nombrar en sus departamentos clave a pacifistas resignados, sólo el primer ministro de Israel es capaz de levantar la voz explicando qué es lo que está en juego. En su caso, la supervivencia de su país, que no sería más que un paso más en la escalada hacia la destrucción de Occidente. No tiene otro objetivo el programa nuclear iraní. Es una guerra santa en la interpretación de los ayatolahs y a tan digno fin se anteponen todas las necesidades del pueblo, de la misma manera que ocurrió con las cruzadas en Europa diez siglos atrás.

Europa asiste a este juego de intereses estratégicos entre la duda de apoyar abiertamente a la única democracia real de Oriente Medio, Israel, poniéndose en contra a gran parte de la opinión pública, que ve en las organizaciones terroristas aliadas de Irán como angelitos de la caridad, sojuzgados por un pequeño país de siete millones de habitantes, o situar al democrático y occidental Estado judío equidistante de Hamas o Hizbollah, es decir con los mismos derechos que los que practican la constante amenaza terrorista sin importarles el bienestar de su pueblo.

Occidente, siempre rehusando ver la realidad de las cosas, ha optado por la negociación y el bloqueo comercial. No obstante, sabemos que ningún embargo en la historia ha conseguido sus objetivos; y el que se ha impuesto a Irán menos lo va a hacer; de manera que las opciones se han agotado. O bien convivimos con un Irán nuclear, y siempre podemos justificarlo diciendo que Paquistán o Corea del Norte, e incluso China o Israel, disponen de misiles nucleares y no pasa nada; o bien Occidente, junto a los países moderados de la zona, optan por una acción preventiva.

Si cedemos al chantaje de Irán y les dejamos disponer de su capacidad nuclear podrán ejercer una pinza del terror inimaginable. Hizbollah ataca las ciudades de Israel con atentados y, si la respuesta militar se produce, impone la disuasión nuclear. Si un régimen fundamentalista se asienta en el Norte de África y reaccionamos como en Mali, pues Ahmanediyah pone sus misiles en Defcon 3, bloquea el estrecho de Ormuz y, mientras, sus ingenieros instalan sus bases de lanzamiento en Mali o en Libia. Si los regímenes musulmanes moderados quieren contrarrestar el poder militar y político de Irán, serán barridos del mapa en nombre de la uniformidad religiosa.

La opción Obama pasa por ignorar el problema y acentuar la independencia energética, dejando a las monarquías aliadas y a Israel en la cuerda floja, al perder interés estratégico para Estados Unidos y, en el plano de la seguridad, establece una tupida red de defensa antimisiles que haga inútil el esfuerzo bélico iraní. El problema en este caso es ignorar la realidad del mundo en que vivimos. Basta un bloqueo en el estrecho de Ozmuz en el mes de febrero para que Europa comience a congelarse y las industrias se paren en China. Lamentablemente, esta política es dilatoria y tenderá a incrementar el problema.

Pensar en un derrocamiento del régimen integrista desde dentro parece la opción más remota, ya que actúa de una manera implacable contra cualquier forma de oposición. Si, por el contrario, Occidente y los países moderados optan por una acción decidida política y, en último caso, militar, se consiguen unos beneficios estratégicos evidentes. Primero, la destrucción de la capacidad nuclear iraní y, por tanto, anular la amenaza; lanzar un claro mensaje a otros países que puedan incurrir en tentaciones similares; y convencer a los proveedores de material para el desarrollo nuclear en cualquier otro país que continuar en este negocio sólo les lleva a su desaparición.

Pero esta reacción sólo puede ser liderada por Estados Unidos y Europa. Y debe ser concertada y para ello hace falta un indudable esfuerzo diplomático y militar, para el que los secretarios de Estado y, posiblemente, de Defensa norteamericanos no parecen las personas más idóneas. La acción militar debe ser un último recurso, pero es una opción que no puede quitarse de la mesa de negociación, precisamente para fortalecer el diálogo fructífero. Esperemos que reine la cordura y que los vientos de guerra no sean necesarios, pero, si éstos llegan, sin duda asistiremos a la madre de todas las batallas.

 

 
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