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Ucrania: el dilema de la Alianza Atlántica

Recientemente, tres instituciones de reconocido prestigio en Estados Unidos han publicado conjuntamente un informe de ocho altos funcionarios civiles y militares de pasadas administraciones con el sugestivo nombre de Preserving Ukraine’s Independence, resisting Russian Aggression: What the US and NATO must do.

Las conclusiones del informe son básicamente son tres:

a) La Alianza Atlántica debe preservar la estabilidad y las fronteras en Europa y, en consecuencia, debe dar un paso más allá en el soporte al Gobierno de Kiev.

b) Lo que se está produciendo en Ucrania es una intervención militar directa de Rusia contra un país soberano y sobre el que existen unos compromisos multilaterales de preservar. La asociación de madres de soldados rusos habla de quince mil efectivos de esa nacionalidad dentro del país.

c) Debe implementarse un paquete de ayuda militar directa a Ucrania para dotarle de recursos defensivos y logísticos que le permitan hacer frente a la agresión rusa.

La puesta en práctica de este tipo de resoluciones implica decisiones que ningún presidente quisiera tomar, ya que, sin duda, constituyen un paso cualitativo muy importante en la escalada del conflicto y con consecuencias muy notables sobre el escenario de seguridad en Europa. Se trata de la misma situación ya vivida en numerosas ocasiones durante la guerra fría, de disuasión a través de la combinación de acción militar controlada con el uso de la amenaza de la guerra total nuclear. En mi opinión, la verdadera cuestión es saber si estamos realmente ante una nueva guerra fría con Rusia o si, más bien, se trata de una cuestión local o puntual, de manera que podamos buscar oportunidades para seguir confiando en el Gobierno de Putin.

Si el escenario es el primero, se habrá producido el mayor cambio geoestratégico en el mundo desde la caída del muro de Berlín y nos devolverá a una situación de enfrentamiento y de bloques de efectos impredecibles. Si aceptamos el segundo punto de vista y consideramos que Putin sigue siendo socio de fiar y que en Ucrania lo que se ha producido es un enfrentamiento entre dos comunidades con orientaciones culturales, sociales y religiosas muy diferentes, al que se ha pretendido sumar Rusia, como garante de la minoría prorrusa, pero sin mayor ambición política. Entonces, una reacción exagerada por parte occidental podría provocar un grave deterioro del conflicto y alimentaría la adopción de nuevas y más radicales acciones desde Rusia.

En este punto no podemos negar que el uso de la energía como arma en Europa no es nuevo por parte de Putin. El incremento brutal del presupuesto militar en los últimos años, la renovación y ampliación de misiles nucleares, la adquisición de nuevos aviones y buques de combate; la concentración de fuerzas en las fronteras occidentales y de las fuerzas navales en el Mediterráneo y en el Atlántico Norte y las casi 150 incursiones militares aéreas en espacio europeo occidental en 2014 no pueden obedecer sólo a la cuestión ucraniana. Los movimientos militares y de capacidades denotan un regreso al escenario de comienzos de los setenta.

El informe sugiere una ayuda militar directa que sería de 3.000 millones de dólares, incluyendo material muy significativo, como radares antimorteros y de localización de baterías; drones, contramedidas electrónicas, comunicaciones seguras, vehículos blindados Humvee y equipamiento médico y logístico. No parecería que este equipo tuviera ningún carácter agresivo, pero sería decisivo para terminar con las guerrillas prorrusas localizando sus puntos de fuego de artillería antiaérea y terrestre.  El resto del trabajo sería fácilmente concluido por la aviación ucraniana, que hace meses que no vuela en el Este de Ucrania, y los batallones acorazados.

Pero, ¿qué reacción deberíamos esperar a una medida de este tipo por parte de Moscú? ¿Se va a quedar de brazos cruzados? Si Rusia interviene de una forma abierta con una ocupación militar de la zona oriental de Ucrania, creando una república independiente, no tardaría ni una semana en consolidar una posición militar que supusiera la división del país, mientras que los occidentales discuten sobre la operación de ayuda y sus límites. Una ayuda militar directa de Estados Unidos y Europa sería visto como una agresión directa, que, además, rompería el consenso dentro de la Alianza y la Unión Europea.

Pero, ¿a dónde nos conduce no hacer nada y dejar que el país se desangre hasta que la ofensiva de los rusos culmine la ocupación de sus territorios y del corredor Sur, que permita enlazar de forma directa a Rusia con los moldavos rusos? ¿Qué mensaje recibirían otros aliados que se sienten amenazados por las iniciativas políticas y militares rusas? ¿Se conformará Rusia con tener una Ucrania occidental enemiga y con lazos fortalecidos con Occidente a cambio de anexionarse dos pobres regiones?

En mi opinión éste es el peor escenario para Moscú. Colmar algunas aspiraciones prorrusas en el Este de Ucrania, sin apenas valor estratégico una vez culminada la invasión de Crimea, para encontrarse con una Ucrania occidental que sería miembro de la Alianza Atlántica y que ya estaría con las manos libres para ser equipada militarmente por Occidente, puede suponer una gran regresión estratégica en Europa y no la salvaría de las sanciones económicas. Sin duda todos tenemos mucho que perder, pero quien sigue estando en la posición más débil es Rusia.


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