Actualidad
Spanish Chinese (Traditional) English French German Italian Portuguese Russian

El Estado Islámico mueve ficha en África

Por Manuel R. Torres Soriano*

Tras varios meses de rumores en Internet, el grupo yihadista nigeriano Boko Haram ha formalizado su adhesión al llamado Estado Islámico a través de un comunicado donde su líder Abubakar Shekau anunciaba su “lealtad al califa de los musulmanes” al cual “escuchará y obedecerá”. Con esta decisión la organización cierra una etapa de ambigüedad sobre su posicionamiento dentro del movimiento yihadista internacional. Desde su reactivación en 2009 el grupo ha buscado activamente situarse tras la sombra de una organización de mayor entidad, tanto en términos de extensión geográfica, como de aceptación y prestigio dentro de la comunidad radical.

Su presentación ante la opinión pública se llevó a cabo de la mano de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la cual prestó a la organización africana sus canales de difusión de propaganda a través de Internet. Esta padrinazgo, así como el incremento de las alusiones a Nigeria dentro de los comunicados de AQMI hacían presagiar una posible adhesión de Boko Haram hacia Al Qaeda, o al menos hacia su filial magrebí, con la cual podría resultar una alianza más fructífera por razones de cercanía geográfica y fluidez en la comunicación. Sin embargo, los gestos de complicidad entre ambos grupos fueron espaciándose cada vez más, hasta el punto de ignorarse mutuamente.

Durante estos últimos años, la trayectoria de Boko parecía que era la propia de una organización que se mueve de manera independiente (llegó a proclamar su propio Califato), y que a pesar de estar centrada principalmente en el ámbito doméstico no renunciaba a que sus acciones tuviesen un impacto internacional. Su polémico líder ha tenido palabras elogiosas para todos los líderes del universo yihadista, incluyendo a aquellos que como Ayman Al Zawahiri o Abu Bakr al-Baghdadi se encontraba enfrentados entre sí. Con su anuncio del 7 de marzo, el grupo nigeriano se inclina hacia el bloque que ha conseguido alzarse como el “caballo ganador” dentro de esta pugna.

Esta decisión inclina aún más a favor del Estado Islámico/DAESH la balanza sobre la primacía dentro del movimiento yihadista, pudiendo generar un efecto dominó entre otros grupos que se encuentran ante el dilema de donde deben posicionarse en este conflicto de lealtades. En ese sentido, cada vez más son más insistentes los rumores de que la propia filial de Al Qaeda en Siria, Jabhat al-Nusra (JN), está sufriendo una gran presión para que anuncie el fin de su vinculación con Al Qaeda. La organización estaría sometida a la acción de tensiones que apuntan hacia direcciones diferentes. Por un lado, la de algunos de sus líderes y militantes partidarios de converger con el Estado Islámico para ganar efectividad en su lucha contra el régimen de Bashar al-Asad, y por otro lado la presión de otros grupos insurgentes que tratarían de sacar a JN de la órbita de los grupos enemigos de Occidente, para poder formar así un frente que pudiese ser apoyado y financiado explícitamente por el grupo de países que apuestan por derrocar al régimen sirio. Aunque es lógico que muchos de estos rumores sean interesados, no puede descartarse la crisis existencial que se cierne sobre la filial siria de Al Qaeda ante la pujanza operativa y mediática de su principal competidor.

Más allá de sus repercusiones inmediatas, resulta interesante analizar la adhesión de Boko Haram desde la óptica de las dinámicas organizativas. La historia general del terrorismo nos demuestra que las asociaciones y fusiones entre grupos terroristas distintos son una auténtica excepción.  En este sentido, la aparición de Al Qaeda supuso un punto de inflexión en este tipo de decisiones estratégicas. El propio Osama Bin Laden impulsó desde un primer momento la fusión y alianza con grupos pre-existentes como una forma de avanzar hacia la creación de un frente internacional capaz de movilizar a todos los musulmanes en la lucha contra “cruzados y judíos”. Sus considerables recursos financieros, la disponibilidad de conocimiento experto y una infraestructura propia de campos de entrenamiento contribuyeron decisivamente a que Al Qaeda pudiese crecer y expandir su ámbito de actuación en la década de los noventa a través de esta política de absorción.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda perdió la capacidad de atraer a otras organizaciones a cambio de contraprestaciones materiales, sin embargo, pudo ofrecer algo aún más valioso: adoptar una marca exitosa de alcance global.  Grupos como los creados por Abu Musab  al-Zarqawi en Irak o el argelino Grupo Salafista para la Predicación y el Combate no dudaron en situarse bajo el paraguas de Al Qaeda para ganar relevancia internacional y facilitar la afluencia de voluntarios y donaciones. A cambio, el grupo de Osama podía seguir justificando su responsabilidad en los ataques contra sus enemigos en una etapa donde sus propias redes operativas habían quedado seriamente dañadas.

Hay autores que consideran que este tipo de acuerdos, lejos de aportar valor a la marca Al Qaeda han terminado siendo una inversión desastrosa.  Así, por ejemplo, el profesor Daniel Byman considera que la política de expansión que inicia el grupo a partir de 2004 resulta claramente contraproducente. Al Qaeda en Irak y su obsesión contra el enemigo chiita se convirtió en un quebradero de cabeza para Al Qaeda, la cual vio como su imagen quedaba dañada por su asociación con la brutalidad del grupo de Zarqawi contra la población musulmana de Irak. Su afiliación con los argelinos del GSPC tampoco dio los resultados esperados. El grupo magrebí lejos de tomar el testigo de la lucha contra el “enemigo lejano” siguió centrándose en su agenda doméstica, dejando en evidencia que su acercamiento a Al Qaeda había sido interesado. Estas malas experiencias, habrían llevado a Osama Bin Laden a rechazar en varias ocasiones la candidatura del grupo somalí al-Shabab.  Un veto que Ayman al-Zawahiri tardaría poco tiempo en levantar tras la muerte de Osama, y que nuevamente ha resultado un mal negocio: la filial africana se ha visto superada por otros grupos armados locales, al tiempo que sufría múltiples escisiones y luchas internas.

¿Significa esto que el Estado Islámico estaría cometiendo con su política de adhesiones los mismos errores que Al Qaeda? Según el investigador Aaron Zelin la respuesta es no.  La diferencia entre ambas organizaciones es su modelo de expansión. Mientras que el principal objetivo de Al Qaeda era sumar fuerzas a su objetivo estratégico de atacar al “enemigo lejano”, en el caso del Estado Islámico el fin último es seguir expandiendo territorialmente su “califato”. Esto es lo que ha hecho en los últimos meses anunciando la “anexión” de territorio en Argelia, Libia, Egipto, Arabia Saudí, Yemen, Afganistán y Pakistán. Abu Bakr al-Baghdadi no necesita que otros grupos asuman su agenda operativa y prioridades, sino que les basta que se comprometan a administrar las nuevas provincias (Wilayat) del califato siguiendo un modelo de gobierno basado en una implacable y brutal aplicación de la sharia, tal y como se hace en los territorios que gobierna el grupo en Siria e Irak. Esto deja un amplio margen de autonomía para que los distintos afiliados sigan librando su lucha contra sus enemigos domésticos según las particularidades de cada escenario. Se trata, por tanto, de un modelo que hace menos probable el conflicto entre la matriz y los afiliados, ya que el “califa” no necesita micro-gestionar los asuntos de los distintos territorios, ni cambiar el orden de prioridades de sus delegados.

El Estado Islámico ha convertido su eslogan propagandístico: baqiya wa tatamaddad (“mantener y expandir”), en un claro plan de actuación de cara a los próximos años. Se trata de una estrategia que previsiblemente seguirá dando frutos en la medida en que la organización sea capaz de mantener su elevado perfil mediático y seguir presentándose como una fuerza arrolladora llamada a triunfar.

Manuel R. Torres es Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Sevilla y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) de la Universidad de Granada (España)


© Copy Right Grupo Edefa S.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin permiso y autorización previa por parte de la empresa editora.