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Las consecuencias estratégicas del acuerdo con Irán

No cabe duda que, desde hace cien años, Oriente Medio, o más  bien la franja que va desde Libia a Paquistán y Bangladesh y desde Egipto a Yemen ha sido la más convulsa y la que ha sido incapaz de hallar un mecanismo, a diferencia de Europa o de Extremo Oriente, para convivir de una forma pacífica. Lejos de ello, después de un siglo, la democracia es una clara excepción frente a los regímenes autoritarios o extremistas. Los enfrentamientos en este siglo han costado millones de víctimas, siendo especialmente virulentos los conflictos alrededor de la independencia de India. Cuatro guerras con Israel, el conflicto entre Irán e Irán; la represión interna y el terrorismo han sido elementos de constante presencia en la vida política de estos países.

El conflicto Chiíta Sunnita sigue marcando la vida de un gran número de países y en especial está presente en los de Irán, Siria y Yemen, en los que están involucrados otros muchos países de la zona. Durante este tiempo, también surgieron movimientos extremistas, como el de los talibanes en Afganistán, que produjo dos grandes guerras civiles con la presencia de las grandes potencias. También en estos años surgieron movimientos terroristas, que han actuado por los cinco continentes y que han sido capaces de aglutinar a facciones o grupos terroristas de Nigeria hasta Filipinas e Indonesia, desde Mali a Sudán o Somalia. Hoy podemos decir con absoluta certeza que el mundo musulmán está ardiendo por los cuatro costados sin que exista una autoridad o voluntad decidida de terminar con esta sangría. Si no fuera porque cada vez con más frecuencia, Occidente está afectado de esta ola de terrorismo y por las inmensas reservas de petróleo que acumulan casi todos estos países, bien podían morirse desangrados todos estas naciones ante la impavidez de los países occidentales.

La aparición del estado islámico como una organización terrorista de amplio espectro, que busca intervenir de una forma decisiva en el conflicto milenario al interior del Islam, ha tenido una clara repercusión fuera, por la influencia y capacidad de convocatoria que ha tenido sobre determinadas personas o grupos, pero en el fondo, y a diferencia de Al Qaeda, no tiene como objetivo destruir al Occidente, sino conseguir la hegemonía sunnita en el Oriente Medio, el gran sueño de su gran inspirador Sadam Hussein.

Desde el final de la II Guerra Mundial, la paz de Occidente descansó en la monarquía Saudita y Persia, que si bien aglutinaba a gran parte de la población chiíta, estaba gobernada por una raza de persas que se situaban bien lejos del radicalismo. Ambos regímenes y sus aliados del Golfo mantuvieron una cierta paz, solo rota por los conflictos con Israel, en los que nunca los grandes países árabes se involucraron, dejando a palestinos, jordanos y egipcios frente al Ejército hebreo. Sin embargo, varios acontecimientos influyeron en el cambio de panorama. Primero la revolución en Irán provocó que claramente Estados Unidos buscara otros aliados y reforzó su alianza con Arabia Saudita y provocó un cambio de régimen en Egipto. El de Jomeini se convirtió en el gran enemigo de todos y por esta razón Saddam Hussein atacó a Irán y mantuvo una larga guerra en los ochenta, con el apoyo de todos los países occidentales.

La invasión de Kuwait, y sobre todo la aparición Al Qaeda, abrieron un segundo nuevo frente y de pronto Occidente se encontró que solo el debilitado régimen egipcio apoyaba su estrategia, mientras que existían dudas sobre las complicidades de la monarquía Saudita y de ciertos países del Golfo con el terrorismo sunnita de Al Qaeda. El estado islámico ha sido, y es, sin duda la nueva amenaza y su extensa presencia en Siria, Irak, Libia y los países del centro de África atestiguan que su poder e influencia es enorme.

Todas estas razones han llevado a Estados Unidos a volverse hacia Irán y, seguramente, el país con el que ahora mismo mantiene mayores coincidencias estratégicas en la región. Irán es el principal enemigo de Al Qaeda y el estado islámico y una gran economía. Occidente confía que unas relaciones más estables y pacíficas con Irán servirán para una intervención más activa del país chiíta más grande del mundo para terminar con el estado islámico.

Pero éste es un craso error. Un Irán fuerte es el mayor enemigo para todos los países de la región, y no dudarán en aliarse incluso con los más insospechados para mantener los regimenes sunnitas. Irán sigue siendo el principal patrocinador de Hizbullá y, por tanto, amenaza y ataca directamente a Israel. En definitiva, Obama, para no involucrarse en una nueva guerra, parecida a aquella que le llevó al poder, y terminar con el estado islámico ha abierto una caja de Pandora de consecuencias inimaginables. No sólo está jugando con fuego en Oriente Medio, sino que éste es ahora nuclear.


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