Actualidad
Spanish Chinese (Traditional) English French German Italian Portuguese Russian

Los acuerdos de Minsk. Un improbable hilo de esperanza

Por José Luis Calvo*

La entrada en vigor del alto el fuego pactado estos días en Minsk cierra otro capítulo de la crisis ucraniana, convertida ya en conflicto armado abierto. Pero no será probablemente el último.

El precipitado viaje de Angela Merkel y François Hollande a Kiev primero y Moscú después, que contrastaba con el distanciamiento norteamericano de la iniciativa, presagiaba que la evolución de los acontecimientos se estaba tornando muy negativa para Europa. Y no faltaban razones para ello.

La tregua acordada en septiembre era ya papel mojado. Hay un viejo principio militar, no por cínico menos válido, que dice que las treguas sirven esencialmente para reorganizarse. No cabe duda que los rebeldes prorrusos han aprovechado la tregua para reorganizarse mejor que las fuerzas armadas ucranianas. La confusa mezcla de milicianos, aventureros y presuntos miembros de la inteligencia rusa de los inicios del conflicto ha dejado paso a unidades bien organizadas, equipadas y motivadas.

Ucrania no ha podido de momento aprovechar su inmensa superioridad demográfica e industrial para movilizar una fuerza capaz de imponerse claramente a los separatistas. Al contrario, sus tropas han retrocedido constantemente en las últimas semanas, abrumadas por un uso eficiente y masivo de la artillería rebelde, como probablemente no se había visto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Evidentemente el refuerzo de los separatistas resulta difícilmente explicable sin el apoyo de Moscú. Hay numerosos debates sobre el número de soldados rusos realmente desplegados en las regiones bajo control rebelde, y las cifras varían entre varios centenares y algunos miles. Pero las evidencias sobre su presencia se diluyen por obra de una eficaz campaña rusa de contra información, combinada con evidentes torpezas ucranianas y occidentales a la hora de presentar evidencias de su presencia, que con frecuencia se ha  demostrado falsas.

Tampoco se explica que unas milicias improvisadas hace unos meses, y que en teoría solo cuentan con el pobremente mantenido equipo capturado al ejército ucraniano, hayan alcanzado tales niveles de fuerza y operatividad. De nuevo el apoyo ruso es la única explicación posible para un fenómeno de otra manera inexplicable. Pero de nuevo las evidencias sobre materiales y especialistas rusos en la zona de los combates se desvanecen en un cruce de acusaciones, propaganda y contra propaganda. Aunque existe la certeza del apoyo ruso nadie puede cuantificar su magnitud.

En el lado ucraniano hay dos problemas acuciantes: el primero es que la economía se encuentra cerca del colapso, algo que puede evitar in extremis el crédito concedido por el FMI en coincidencia con las negociaciones en Minsk. El segundo es la motivación. La población ucraniana ha disfrutado de escasos beneficios después de la revolución del Maidán.  Un conflicto en el Este con la consiguiente movilización, la pérdida de Crimea, el espectacular aumento del precio del gas ruso y las dificultades económicas del gobierno se han aliado para reducir la calidad de vida de los ucranianos por debajo de sus ya muy modestos niveles habituales.

El resultado de la movilización militar ha sido decepcionante. Muchos jóvenes no se sienten en absoluto motivados para lanzarse a la guerra en el Donbass. Las unidades regulares mantienen una moral muy pobre, que es solo ligeramente más elevada en la guardia nacional. Los batallones de voluntarios, formados por los militantes más radicales del Maidán, que tuvieron que ser utilizados como fuerza principal de choque en la ofensiva de verano, sufrieron pérdidas catastróficas en los combates en torno a Ilovaisk de las que aún no se han recuperado.

Esta disparidad en la evolución de ambos contendientes se ha traducido en una ventaja para los rebeldes en el campo de batalla que les ha permitido rectificar las líneas del frente a su favor. Las tropas ucranianas han debido replegarse de los alrededores de las ciudades de Donetsk y Lugansk. Especialmente significativa fue la caída del aeropuerto internacional de Donetsk, pese a una enconada resistencia de las tropas del gobierno atrincheradas en los complejos subterráneos de las instalaciones. Todas las cuñas de penetración en territorio rebelde que las fuerzas ucranianas lograron en el verano han sido reducidas, con la excepción de la bolsa de Debaltsevo, que penetra al norte de Donetsk y corta todavía las comunicaciones con Luhansk. Allí se han centrado los combates en los días previos a la tregua, y allí ha desplegado el ejército ucraniano una fuerza de varios miles de combatientes intentando mantener sus posiciones. La posibilidad de que la bolsa cayese ante el empuje rebelde, provocando pérdidas ucranianas sustanciales, y abriendo la puerta para una posterior ofensiva general de los separatistas, ha  sido sin duda uno de los motivos de la apresurada iniciativa diplomática franco-alemana.

Pero hay otras razones, aparte de las puramente militares, que probablemente han tenido más peso en la decisión de Merkel y Hollande. Las elecciones griegas y la llegada al poder de Syriza han abierto una grieta en el frente europeo, y en la propia OTAN, respecto a la postura sobre el conflicto en Ucrania. El nuevo gobierno de Atenas se ha mostrado de momento moderado en su actitud hacia Rusia, pero resulta evidente que en el duro pulso que mantiene con sus acreedores europeos, la baza rusa está sobre la mesa. La ruptura del consenso en la UE, e incluso la solicitud de ayuda económica a Rusia si Grecia deja de recibir ayuda europea, supondrían un revés de primera magnitud, tanto para la estrategia europea en el conflicto como para la propia estabilidad de la Unión.

Pero quizás la razón más poderosa para la iniciativa diplomática de Merkel y Hollande ha sido la evidencia de que Putin sigue inconmovible pese a las sanciones, la bajada del precio del crudo y su exclusión de numerosos foros internacionales. Le economía rusa está en recesión y el rublo en sus niveles más bajos desde la década de 1990, pero el Kremlin ha echado mano de sus importantes reservas de divisas y ha intentado abrir mercados en Asia y América. Y sobre todo sigue utilizando la opción militar. Está claro que las medidas económicas pueden llegar a asestar un golpe mortal a la economía rusa a largo plazo, no sin antes afectar también seriamente a muchos intereses económicos europeos. Pero puede que para entonces los carros de combate de los separatistas estén ya en el Dniéper.

El resultado de las gestiones de Merkel y Hollande han sido los acuerdos de Minsk, que difícilmente pueden considerarse como algo más que un éxito ruso. Las líneas del frente permanecen más o menos invariables, Crimea ni se menciona, Ucrania debe proceder a modificar su Constitución para reconocer la “descentralización” del Estado y tolerar elecciones locales en las regiones separatistas. Y por si fuera poco debe seguir pagando pensiones y subsidios a la población que vive en esas regiones. A cambio, Ucrania podrá recuperar el control de su frontera con Rusia a finales de 2015. Si todo lo anterior se cumple, por supuesto. No es de extrañar que, en mitad de las negociaciones, un muy enfadado Poroshenko declarase a la prensa que muchas condiciones rusas eran inaceptables.

La beligerancia de Putin está causando un grave daño económico a Rusia. Pero con un 85% de popularidad interna no parece que eso suponga un problema insuperable para el inquilino del Kremlin. La estrategia rusa parece que sigue siendo la misma marcada al inicio del conflicto: convertir a Ucrania en un estado inviable, hasta que alguien llegue al poder en Kiev dispuesto a negociar con Moscú dentro de las condiciones que Putin considera aceptables. Y eso es decir que Ucrania nunca pertenecerá a la OTAN, nunca será un miembro de pleno derecho de la UE y mantendrá una relación privilegiada con Rusia.

Hasta que eso ocurra Putin está dispuesto a seguir utilizando todos los recursos en sus manos para desestabilizar a su vecino. Y eso incluye la opción militar, el gran as que Europa no está dispuesta a utilizar y ante el que Estados Unidos titubea. Así pues, lamentablemente, es muy probable que la segunda tregua de Minsk siga el mismo camino que la primera si Moscú percibe que puede suponer un respiro para el gobierno ucraniano.

 

*José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra, Diplomado en Estado Mayor, y profesor del Máster on-line en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.


© Copy Right Grupo Edefa S.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin permiso y autorización previa por parte de la empresa editora.