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Un tema polémico: la destrucción de Montecasino

Uno de los temas más polémicos de la Segunda Guerra Mundial, en los campos de Europa, lo ocupa por derecho propio la destrucción del monasterio benedictino de Montecassino. ¿Fue inevitable arrasar este centro, famoso por su valor histórico y arquitectónico, así como por los tesoros que contenía? ¿Podrían haberse desarrollado las operaciones militares sin necesidad de ensañarse sobre el monasterio? ¿Tuvieron su parte de culpa los alemanes o revierte toda ella sobre las espaldas de los aliados? En torno a estas preguntas, y a otras muchas, se ha debatido largamente y. como siempre ocurre en estos casos, sigue sin haberse hallado una respuesta contundente. Veamos por qué.

Montecassino era, en el mes de febrero de 1944, una abadía heredera de aquella otra en la que San Benito reuniese, sobre el monte que mira al río Rápido. a su monjes y les insuflase su misticismo. Con el transcurrir de los siglos la primitiva abadía había dejado lugar a un sólido monasterio: una especie de fortaleza cuyos mosaicos, estatuas, frescos y biblioteca la habían hecho figurar en los libros artísticos de todo el mundo. Cuando la presión de los ejércitos aliados llevó la línea del frente hasta Montecassino se dijo, siendo desmentido en el acto por los alemanes, que las fuerzas del III Reich se habían hecho fuertes en el monasterio convirtiéndolo en el eslabón clave de su sistema defensivo. Pese a los mentís germanos, el 15 de febrero seiscientas toneladas de bombas fueron arrojadas sobre el histórico recinto por una flota compuesta por 142 fortalezas volantes, 47 B-25 y 40 B-26. El monasterio quedó reducido a escombros, atestiguándolo incluso la agencia berlinesa Transocean que, en uno de sus cables, decía:
“El monasterio de Montecassino ha sido destruido por las bombas enemigas. El gobierno británico, así como el americano, habían sido informados que no habían posiciones artilleras ni observadores alemanes en el recinto del monasterio.
El informe en cuestión lo había hecho llegar al campo contrario el embalador alemán ante el Vaticano, Ernest von Weizsaecker, sirviéndose de datos facilitados por el mariscal Kesselring. Según éste, el único alemán destacado en la abadía era un soldado de la Feldgendarmerie encargado de vigilar el acceso al recinto religioso convertido, a la sazón, en refugio de los miles de campesinos huidos de las aldeas y pueblos de los alrededores, azotados por la guerra.

Foto: Un soldado neozelandés dentro del propio monasterio de Montecassino, dispara contra los paracaidistas de la I División alemana.

COMIENZA LA POLEMICA

Si desde Berlín se levantó acta de que, con el primer ataque de la aviación, el monasterio había sido gravísimamente afectado, otro tanto hicieron las agencias y medios de comunicación aliados. El comunicado de guerra aliado del día se refirió a la ‘‘absoluta precisión del bombardeo” y a “las grandes columnas de humo que se elevan de la abadía, a la que hay que considerar como destruida”, añadiendo que “tras el ataque aéreo la artillería anglo—americana de grueso calibre ha abierto el fuego contra el monasterio”.  La United Press, por su parte, precisó que el bombardeo había sido “uno de los más concentrados de la guerra” y Don Campbell, famoso corresponsal de guerra, escribió:
‘Nuestros aviadores me refieren que han podido contar centenares de cráteres... El monasterio parece vacilar sobre su base rocosa. Su aspecto cambia de hora en hora “.
La polémica, como no podía por menos que ocurrir, surgió casi en el acto. Monseñor Curloy, desde Washington, dijo: “Todos los católicos del mundo se darán cuenta de la inevitabilidad del bombardeo americano de Montecassino “, y el comentarista William Steed, desde los micrófonos de Radio Londres, censuró el que algunos católicos se refiriesen al raid calificándolo de “horrible sacrilegio ‘. En la actitud de estos últimos influyó, sin duda, la postura de “L’Osservatore Romano” que rompiendo con su línea de conducta, favorable a los aliados, calificó el bombardeo de “ofensa irreparable que se ha hecho a la Iglesia y a la civilización ‘.

Foto: Un carro americano apoya, con el fuego de su cañón el avance de las tropas aliadas.

El día 17, después de nuevos ataques, el padre abad, monseñor Diamare, dejó el monasterio manifestando de inmediato: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo declaro que nunca hubieron soldados alemanes en el interior de los muros de Montecassino ‘. La salida del octogenario abad no pudo resultar más dramática. Le acompañaban los monjes que habían sobrevivido al zarpazo de la metralla, y a los derrumbes, así como unos seiscientos campesinos que dejaban bajo los escombros a muchos de sus deudos, las pocas pertenencias que habían conseguido salvar cuando abandonaron sus hogares. La patética comitiva iba rezando el rosario y, hasta mucho después, no habría de encontrarse con los soldados germanos.

HEROISMO Y TENACIDAD
Inmediatamente después de la evacuación de los civiles la lucha se avivó de nuevo y ahora, efectivamente, con la entrada en el monasterio o, mejor dicho, en lo que quedaba de él, de las fuerzas alemanas. Los alemanes se dispusieron a vender muy caro el suelo que ocupaban, con lo que a sus enemigos no les quedó otro remedio que embarcarse en un choque sangriento, en el que centenares de hombres morían por unos simples metros de suelo o por la habitación de una casa. Volvió a estar de moda denominar a las posiciones “cotas” y se hicieron trágicamente célebres la cota 444, la 593 y la 569. Batallones aliados que habían actuado fulminantemente desde el norte de África, se estancaron aquí y algunos hasta desaparecieron sobre las colinas de Cassino. El río Rápido, que en su tramo más ancho no llega a los dieciocho metros, fue atravesado en uno y otro sentido, varias veces, por los contendientes que, en feroces batallas, lo llenaron de cadáveres, de carros calcinados y de sangre.
Hubo derroches de tenacidad por ambas partes. Un telegrama de la agencia británica Reuter rezaba:
“Tras un terrible y demoledor ataque la infantería sólo pudo ocupar cinco casas, habitación por habitación “ Y el general Alexander, refiriéndose a los paracaidistas alemanes de la 1ª División, dijo: “Tras haber asistido personalmente al bombardeo me pareció increíble que pudiera quedar un solo soldado vivo después de ocho horas seguidas de terrorífico ametrallamiento. Con defensores de este temple, el cúmulo de escombros ocasionados por el bombardeo se habían con vertido en una barrera defensiva para ellos, mientras que para nuestros carros era un obstáculo insuperable “.

Foto: Monseñor Diamare, abad de Montecassino, al llegar a las líneas alemanas. Su testimonio fue contundente: No había soldados alemanes en Montecassino.

En las filas aijadas quienes más se distinguieron fueron, tal vez, los polacos quienes acabarían por darle el golpe de gracia a la resistencia germana con la toma de la plaza de Piedimonte. En quince días el II Cuerpo de Ejército polaco, del general Anders, perdió 281 oficiales y 3.503 soldados, de los cuales la tercera parte cayó en el campo de batalla. Muy particularmente brilló su arrojo en la cola 593 en la que, concluida la guerra, descubrirían una lápida con la siguiente inscripción: “Nosotros los soldados polacos, por nuestra libertad y la vuestra entregamos nuestras almas a Dios, nuestros cuerpos a la tierra de Italia y nuestros corazones a Polonia

HABLAN LOS RESPONSABLES
La toma de Montecassino, al cabo de cuatro batallas perfectamente dibujadas, permitió hacer retroceder la línea del frente y quemar una importante etapa en la conquista de Italia, pero el debate sobre la destrucción del monasterio seguiría crepitando durante años y más años. En octubre de 1964, cuando la abadía fue reconstruida y el Papa Pablo VI la inauguró con un discurso en el que definió al bombardeo como ‘‘uno de los episodios más tristes de la guerra ‘‘, las polémicas recobraron fuerza. El general Sir Francis Tuker, quien como jefe de una división india había sido quien solicitó urgentemente el bombardeo de Montecassino, no quiso responder a las preguntas de los periodistas, alegando que se hallaba enfermo, pero su mujer declaró: ‘Me ha dicho que aunque él se oponía a un ataque directo de la infantería, no quiere eludir su responsabilidad en el bombardeo. El acepta la mayor parte de la responsabilidad del ataque aéreo, pero la división que mandaba era la que tenía que realizar el ataque definitivo. No dudó, por eso, en ponerse de parte de un bombardeo aéreo, porque la vida de sus hombres estaba en peligro y había que darles mayor protección. Sir Francis entiende que el Papa no comprende la guerra, pues en otro caso no hubiera hecho esos comentarios.
Por su parte, el antiguo comandante en jefe del V Ejército norteamericano, y máximo responsable militar del frente de Italia, general Mark W. Clark, rompió una lanza, en sentido diametralmente opuesto al de su aliado subordinado, al manifestarse solidario con las lamentaciones de Pablo VI. precisando: “Yo no estuve de acuerdo sobre la supuesta necesidad de bombardear Montecassino y las averiguaciones realizadas después de la guerra, han probado, efectivamente, que este bombardeo no debiera de haberse llevado a cabo. Si hubiéramos descubierto que aquella obra de arte había sido utilizada por el enemigo, ahora izo tendríamos remord imniento. Sin embargo, este no es el caso del monasterio de Montecassino”.

Foto: Sobre el paisaje lunar del monasterio ya reducido, los soldados polacos del general Anders pasan en línea de patrulla.

Estas tomas de posiciones, diametralmente opuestas, ha hecho que los historiadores sigan sin ponerse de acuerdo sobre si fue necesario o no el bombardeo de la histórica abadía. De lo que no cabe ninguna duda es de que, desde algo antes de que las escuadrillas americanas la centrasen como objetivo, ya se temía un acontecimiento de esa naturaleza. Recordemos, como prueba de ello, que la inapreciable biblioteca del monasterio fue llevada a Vaticano, en donde se le dio cobijo mientras que el más tarde cardenal Anselmo María Albareda, un catalán, exhumó los restos mortales de San Benito y los condujo, igualmente, a la Santa Sede, salvándolos así de la destrucción. Claro que esas precauciones, muy naturales, provenían de la posibilidad de que los alemanes tratasen de hacerse fuertes en el monasterio lo que, según todas las evidencias, no ocurrió hasta después de los demoledores raids de la USAF.


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