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MOSCU: octubre 1941-enero 1942

Sólo los polacos y los franceses, desde el oeste, y los mongoles por el este (hace ya muchos siglos), consiguieron conquistarla. Los últimos en intentarlo, los alemanes, quemaron ante sus defensas la posibilidad de ganar la “guerra relámpago” en Rusia.

Hace ahora casi ochenta años Moscú se reveló como la gran sorpresa de la guerra, al frenar a un Ejército alemán que parecía imparable, dando la vuelta así a la SGM. Aunque el nombre de Stalingrado sonaría, desde luego, mucho más en las antologías militares, casi todos los historiadores y observadores soviéticos están hoy de acuerdo en que fue en Moscú donde la máquina bélica germana recibió un golpe de muerte, del que no pudo reponerse, por mucho que la guerra en suelo ruso se prolongara todavía casi tres años. Cuatrocientos mil hombres, 1.300 carros, 2.500 cañones, y casi 2.500 aviones fue el precio que los alemanes tuvieron que pagar ante las defensas de Moscú, ciudad que encarna el temperamento de Rusia y concentra el poder político de un inmenso Estado, cuya influencia directa se extiende desde Centroeuropa al Océano Pacífico.

Foto: La población moscovita corre en busca de refugio mientras arden las casas.

A estas bajas materiales hubo que añadir el efecto moral, decisivo en cualquier contienda. Por primera vez desde el comienzo de la guerra los alemanes tuvieron que batirse en retirada, dejando miles de muertos y heridos sobre el hielo, y los soviéticos comprobaron satisfechos que la victoria en el terreno militar era posible.
Sorprende la semejanza del efecto que Moscú tuvo en la destrucción del Gran Ejército de Napoleón y del Ejército alemán, el mismo que había barrido a los Ejércitos francés y británico en unos días.
En el caso del Ejército francés Moscú se convirtió en la gran tumba donde se enterró la capacidad combativa de los soldados de Napoleón, que, en agosto de 1812, no pudieron acabar con las tropas rusas en la decisiva batalla de Borodino, librada a unos 124 kilómetros de la capital. En ese campo de batalla, donde los franceses perdieron 58.000 soldados y los rusos 44.000, existe hoy un monumento a la Infantería rusa, con una inscripción en letras doradas que reza: Prometimos morir y cumplimos nuestra promesa en Borodino.
En el siglo XIX, como en el XX, Moscú marcó el desastre de los Ejércitos más importantes de la era contemporánea, y supuso un viraje en el curso de la guerra que preservó a Rusia de su destrucción.

Foto: Cae la primera nieve sobre Sraraja Russa. El ‘general invierno” iba a intervenir decisivamente para frenar el avance germano.

Por estas fechas, los medios informativos soviéticos rememoran la batalla de Moscú, librada hace 40 años, destacando en sus comentarios los actos de valor de las tropas y el sacrificio de la población civil, que, con un frío glacial, cayó trincheras y construyó defensas para contener el avance de los carros de guerra alemanes. Nuevos monumentos se añaden todos los años a la exaltación de esta batalla, y el más reciente, inaugurado el pasado mes de octubre en las cercanías de Moscú, se ha erigido en memoria de los veintiocho hombres (famosos en toda la URSS) que, al mando del comisario político V. Klochkov, fueron capaces de detener a un destacamento de panzer alemanes que irrumpía en la ciudad por la carretera de Volokolamsk. De los veintiocho cayeron todos, y, antes de morir, Klochkov les dijo a su soldados una frase que resume la importancia que para los soviéticos tenía su capital: Aunque Rusia es enorme, ya no hay sitio donde retirarse, porque Mosct está detrás.

Foto: El mariscal Koniev, uno de los héroes de la defensa de Moscú fotografiado cuando ya había acabado la guerra.

En términos técnicos la batalla de Moscú tuvo para los soviéticos dos fases: la defensiva, de octubre a diciembre de 1941, y el contraataque, de diciembre de
1941 al ocho de enero de 1942. A principios de octubre, el Grupo de Ejércitos Centro alemán, al mando del mariscal Von Bock, contaba con 77 divisiones, de las que 14 eran acorazadas, con más de un millón de soldados, 4.000 piezas de artillería, 1.700 carros y 950 aviones. Los soviéticos, por su parte, concentraron, para defender la ciudad, tres ejércitos: el Occidental, a las órdenes del coronel-general Koniev, el de Briansk, bajo el mando del general Yeremenko, y el de Reserva, mandado por el mariscal Budioni, amigo de Stalin y héroe de la Caballería roja durante la guerra civil.
El Ejército Rojo, según cifras de procedencia soviética contaba con 800.000 soldados, 6.800 cañones, 780 carros y 550 aviones, y su objetivo principal consistía en ocasionar a los alemanes la mayor cantidad de bajas, para ganar tiempo, concentrar nuevas reservas y pasar a la ofensiva.
Aunque los alemanes rompieron en varios puntos las líneas de defensa rusas, llegando a las inmediaciones de la capital, no pudieron penetrar sólidamente en ningún sitio, y sus aviones, debido al mal tiempo y a la eficacia antiaérea soviética, apenas causaron daño en Moscú. El general invierno, aliado tradicional de los rusos, hizo oportunamente su aparición, y puso al descubierto errores monumentales en la logística alemana, que ni siquiera tenía previsto proporcionar a sus soldados ropa adecuada para resistir el intenso frío. Cuando la sangría del Ejército alemán le paralizó, los soviéticos pasaron a la contraofensiva, haciéndolo retroceder hasta 250 kilómetros en algunos sitios y reconquistando las regiones de Moscú, Tula y Riazan. Una vez más la ciudad santa de la estepa, la tercera Roma y el corazón de Rusia se habían salvado..

Foto:  Un piloto de la Luftwaffe tomó esta fotografía de Moscú bajo las bombas


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