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¿Son eficaces las campañas de bombardeo contra infraestructuras civiles?

Por Javier Jordán*

¿Es posible vencer desde el aire? Como sabemos, en el periodo comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial los principales teóricos del poder aéreo respondían afirmativamente a este interrogante. Desde el italiano Giulio Douhet, que proponía el bombardeo estratégico de ciudades con el fin de que la población exigiera la rendición inmediata de sus gobiernos, y como un mal menor para acabar rápidamente los conflictos, evitando así la sangría de la guerra de 1914; pasando por Sir Hugh Trenchard, que no aceptaba el ataque directo a las ciudades, pero sí a las instalaciones militares cercanas a ellas para que la población fuera testigo de la lluvia de destrucción; hasta la Escuela norteamericana de Cuerpo Aéreo Táctico, que apostaba por el bombardeo selectivo de ciertos nodos críticos de la infraestructura civil e industrial del enemigo, cuya destrucción provocaría el colapso de su sistema económico y político.

La pregunta sigue manteniendo su vigencia, aunque los bombardeos ya no se dirijan de manera directa contra la población civil (algo que cada vez más se considera inaceptable). Para contestar a esta cuestión, voy a utilizar como plantilla –añadiendo algunas consideraciones propias– las respuestas que ofrece Ward Thomas en un interesante artículo publicado en la revista científica Security Studies, con el título “Victory by Duress: Civilian Infrastructure as a Target in Air Campaigns”.

Conviene aclarar que en este breve análisis sólo nos referimos a las campañas que tienen como principal finalidad desmoralizar a la población para que ésta exija la rendición de su gobierno. Como es lógico, las infraestructuras civiles son bienes de doble uso y tienen también utilidad militar, por lo que en ocasiones su bombardeo puede estar motivado fundamentalmente por razones estrictamente operativas. En esos no se aplicaría necesariamente todo lo que aquí planteamos.

De entrada, señalamos algunas razones que favorecerían las campañas de bombardeo contra infraestructuras civiles.

  • Son congruentes con el enfoque de las operaciones basadas en efectos, según el cual serían los resultados finales –antes que los objetivos inmediatos– quienes deberían guiar las decisiones estratégicas y operacionales. Por tanto, la selección de blancos a destruir ha de hacerse con la vista puesta en los objetivos finales que se pretenden alcanzar. A partir de este marco conceptual –aunque no necesariamente– podría deducirse que la destrucción de las capacidades militares del gobierno adversario es menos importante que la quiebra de su voluntad de lucha, y que esto último podría alcanzarse desmoralizando a la población mediante el bombardeo de infraestructuras civiles.
  • Encajan bien en la práctica de la diplomacia coercitiva. Es decir, con las acciones políticas, económicas, diplomáticas y militares dirigidas a que un país que ha violado el statu quo, regrese a la situación anterior, pero sin tener que forzarle mediante una derrota militar completa. En el contexto de la diplomacia coercitiva las acciones militares son por naturaleza limitadas. Y, por ello, la opción de bombardear los puentes, centrales eléctricas y refinerías del adversario se considera preferible a una invasión o un choque frontal entre ejércitos.
  • El desarrollo de municiones inteligentes (misiles de crucero, bombas guiadas por láser y por GPS) que permiten destruir ese tipo de blancos sin causar –a priori– un número elevado de víctimas civiles.
  • La doctrina de cero bajas (propias) tan en boga en las intervenciones militares de los 90, y que a día de hoy continúa vigente sobre todo en aquellos conflictos cuyo sentido es difícil de explicar convincentemente a nuestras sociedades.
  • El caso histórico de la guerra de Kosovo (operación Allied Force), librada en la primavera de 1999, que se saldó con la aceptación por parte del régimen de Milosevic de las condiciones establecidas por la Alianza Atlántica sin necesidad de recurrir a una intervención militar terrestre. Ello además con una campaña aérea de dos meses y medio de duración en la que ningún piloto de la OTAN perdió la vida por la acción del enemigo, pero en la que se logró dejar al 85% de Serbia sin electricidad.
  • Y, por último, sería aceptable según los parámetros de una ética consecuencialista. Aunque la campaña provocase algunas víctimas civiles y graves perjuicios al resto de la población, los costes humanos sería significativamente menores a otros modos mucho más cruentos de hacer la guerra.

Como suele suceder tras una enumeración de argumentos positivos, a primera vista la opción por las campañas aéreas de este tipo parecería justificada. Sin embargo, son varias las razones que ponen en cuestión su conveniencia:

  • Los resultados del bombardeo de ciudades durante la Primera y –muy especialmente– Segunda Guerra Mundial no doblegaron la voluntad de lucha de la población civil. Ward Thomas cita la conclusión alcanzada por la unidad de investigación del bombardeo británico, en referencia a la campaña de los 40: en la medida en que la ofensiva contra las ciudades alemanas estaba diseñada para quebrar la moral de población civil alemana, puede decirse que falló con toda claridad. No deja de ser un revelación demoledora si tenemos en cuenta las decenas de miles de vidas de no combatientes –en su mayoría mujeres, ancianos y niños– sacrificadas a partir de una premisa errónea. Por tanto, si campañas de bombardeo que han causado daños tan atroces no lograron su propósito, ¿en base a qué cabe esperar que otras campañas menos destructivas sean capaces de minar la moral de la sociedad?
  • De hecho, el caso de estudio de Kosovo –además de ser un caso aislado– tampoco constituye una prueba tan evidente. Además de los bombardeos aéreos, también influyó la amenaza de una intervención terrestre y, sobre todo, el fin del apoyo de Rusia al régimen de Milosevic y la presión de Moscú para que éste se rindiera. En opinión del Teniente General británico Mike Jackson (jefe del Cuerpo de Reacción Rápida de la Alianza durante la contienda), fue precisamente el cambio de postura de la diplomacia rusa la que motivó el término favorable de la guerra.
  • Por otra parte, aunque las campañas contra infraestructuras civiles afecten a la moral de la población, es muy difícil predecir en qué dirección lo harán. Edward Luttwak, que considera que el sentir de la opinión pública serbia fue una variable crucial en el éxito de la operación Allied Force, reconoce que el bombardeo de Bagdad durante la guerra del Golfo de 1991 tuvo probablemente el efecto contrario, al fortalecer el apoyo social a Sadam Hussein.
  • Al mismo tiempo, este tipo de campañas plantean serios problemas éticos. Para algunos ciudadanos –especialmente los de clase media y acomodados– los apagones de larga duración y la destrucción de los sistemas de transporte pueden suponer una molestia importante pero llevadera. Para otros, sin embargo, sería cuestión de vida o muerte. No todos los hospitales del mundo cuentan con grupos electrógenos fiables, ni las plantas de potabilización de agua que abastecen las ciudades funcionan sin electricidad. Al mismo tiempo el deterioro de la economía golpea con particular dureza a los más pobres. Se da así una proporcionalidad inversa. Cuanto más se prolonga la campaña de bombardeos, más sufren los sectores sociales (niños, enfermos, ancianos) que menos influyen en las decisiones políticas de sus gobernantes.
  • Por último, este tipo de campañas también suponen costes políticos para los gobiernos que las ordenan. Costes que aumentan conforme se producen errores en los bombardeos, que causan víctimas civiles y que son hábilmente explotados por la propaganda adversaria. Los daños de esa naturaleza son especialmente notorios en unos campos de batalla que internet y las cámaras digitales hacen cada vez más transparentes. Al mismo tiempo, los costes en política interna incrementan su trascendencia internacional cuando las campañas de bombardeo se realizan en el seno de coaliciones; creando fisuras entre los aliados. Así sucedió, de hecho, en las últimas semanas de los bombardeos de Kosovo.

En definitiva, la decisión de embarcarse en una campaña de bombardeo estratégico de finalidad política conlleva de entrada más contras que pros. Esto no es sin embargo un absoluto, pues en las Ciencias Sociales no hay apenas leyes y las que hay son probabilísticas. Pero las razones que hemos considerado son de tal gravedad que quienes deban tomar las decisiones llegado el caso, harían bien en sopesarlas contemplando con escepticismo la eficacia política de dichos bombardeos.

*Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI).


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