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Lo racional y lo irracional en la gestión de los conflictos armados

Por Jose Luis Calvo Albero*

Hace ya dos siglos que Clausewitz comenzó a escribir la que sería su obra cumbre: “De la Guerra”. En ella pretendía ir más allá de una descripción de lo que había visto en los campos de batalla desde su niñez, y adentrarse en la propia naturaleza de los conflictos armados. Un tema que resultaría central en su obra, y que tenía mucho que ver con la propia experiencia bélica del prusiano, era el de la racionalidad o irracionalidad en la gestión de un fenómeno tan complejo como la guerra.
Clausewitz fue educado en las postrimerías del siglo XVIII, y llegó a conocer los últimos estertores del Siglo de la Razón pero, siendo todavía niño, presenció como el entusiasmo, la furia y el orgullo de una nación en armas barrió a los ejércitos profesionales europeos del campo de batalla. Su vida adulta se desarrolló marcada culturalmente por el Romanticismo, que renegaba del anterior culto a la razón, y su obra reflejó claramente este cambio. No obstante, como buen oficial prusiano, y también buen conocedor de la naturaleza de la guerra, Clausewitz nunca dejó lo racional de lado.
En su obra nos expone cómo la guerra debe regirse por la razón, pues sin ella sencillamente carece de sentido y se convierte en una matanza incontrolable y absurda. Al líder político le corresponde gestionar el conflicto con racionalidad, algo que debe traducirse en la definición de objetivos realistas y un estricto cálculo de costes y beneficios. Pero donde Clausewitz se separa de los teóricos militares del siglo XVIII es en el reconocimiento de la importancia de lo irracional. De los tres elementos que componen para él la guerra, dos son irracionales: la incertidumbre y el paquete emocional que todo conflicto desata, compuesto entre otros elementos de odio, pasión, miedo y entusiasmo. La razón sigue siendo la que dirige, pero lo irracional cuenta, y mucho.
Aunque cualquier símil histórico debe ser tomado con precaución, hay puntos de coincidencia entre la situación actual y la que Clausewitz vivió en su tiempo. Hoy como entonces parece que asistimos a la decadencia de un modelo político, social y cultural. La desconfianza en el “sistema” que rige nuestras vidas se agranda progresivamentey, como en aquel tiempo, surge la furia, la pasión y el entusiasmo mientras retrocede la razón, la moderación y el cálculo de costes y beneficios.
El auge de lo irracional se apoya ahora en instrumentos diferentes a los de finales del siglo XVIII. Todos los pronósticos que auguraban una humanidad más racional, moderada y sabia, como producto de los pasos sucesivos en la revolución de la información, han fallado. Es cierto que la radio, la televisión, el video, el ordenador o Internet han contribuido a mejorar los conocimientos de una parte de la población, pero ese efecto palidece frente a la irresistible atracción de lo emocional, que se ha apoderado de todos y cada uno de los instrumentos de comunicación de nuestros días. Los rumores, habladurías y encendidos discursos que movían a las masas en la Francia revolucionaria, y que con frecuencia terminaban por erigir cadalsos,  han sido sustituidos por torrentes de información difíciles de digerir para el ciudadano medio.  Ante esa dificultad, lo habitual es recurrir a que otros los digieran, preferiblemente con un aderezo emocional que haga el plato más atractivo. La puerta está pues abierta, más que nunca, para la manipulación, el engaño, y una visión emocional del mundo que, aunque atractiva, captura solo una parte de su realidad. 
Pero cuando se trata de tomar decisiones sobre seguridad y defensa, la propuesta de Clausewitz sigue siendo probablemente válida. La guerra, los conflictos, las crisis, tienen un componente irracional a tener en cuenta en su gestión, y que debe conocerse para saber cómo prevenir sus excesos y aprovechar sus oportunidades. La guerra no es una partida de ajedrez ni, como recordaba el teórico prusiano, una disciplina científica en la que a una causa específica sigue siempre un efecto invariable. Pero si bien lo irracional ha de ser tenido en cuenta, nunca debe apoderarse de la dirección de un conflicto, so pena de regresar al inútil Armagedón que Clausewitz anunciaba. Destrucción mutua sin sentido, medida ni final.
A la hora de enfrentarse con la prueba suprema del uso de la fuerza es la razón, y no la emoción, la que debe regir el frío pero necesario cálculo de costes y beneficios que todo líder político y militar está obligado a realizar. No es algo tan sencillo y evidente como puede parecer, pues la razón tiende a mostrarnos una realidad compleja y decepcionante, en la que no hay certezas absolutas, soluciones mágicas ni victorias definitivas. La tentación de lo irracional, de sucumbir al atractivo de las decisiones simples y viscerales apelando a la pasión de las masas, estará siempre ahí, pero no nos llevará a ningún sitio al que alguien en su sano juicio desearía ir.


José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra y miembro del Grupo de Estudios en Seguridad Internacional de la Universidad de Granada (GESI)


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