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La preocupante evolución de la crisis en Ucrania

Por José Luis Calvo Albero*

Los acontecimientos en Ucrania han comenzado a desaparecer de las portadas de los medios de comunicación, pero eso no significa en absoluto que la situación se haya estabilizado. Por el contrario las noticias son cada vez más inquietantes.

La aparición de movimientos rebeldes en las zonas Este y Sur del país era algo que se consideraba probable hace dos meses y medio, cuando las fuerzas rusas ocuparon fácilmente la Península de Crimea. Pero era difícil esperar un movimiento tan rápido y virulento. De nuevo la conducción de la crisis por parte de Moscú ha sorprendido tanto por su velocidad de su ejecución como por la agresividad en sus formas. Y de nuevo la reacción de Occidente ha ido a remolque de los acontecimientos, aunque la incesante acumulación de agravios está llevando a Estados Unidos y a algunos de sus socios europeos a proponer medidas más enérgicas, que en general no han superado todavía esa condición de propuesta.

Entender la evolución de la crisis ucraniana requiere un análisis realista de la estrategia elaborada y aplicada por el Kremlin, y especialmente de sus objetivos finales, que a veces  resulta fácil confundir. La acumulación de fuerzas militares rusas en la frontera ucraniana, unida a la previa ocupación militar de Crimea, se ha interpretado con frecuencia como prueba de que el objetivo último de Moscú es la invasión de las zonas de mayoría rusa en el Este del país. La excusa para esta invasión seria la protección de la población civil en esa región ante una situación de inestabilidad que Kiev se vería incapaz de controlar.

Sin embargo, esa opción aparece como demasiado arriesgada y costosa. Integrar a la pequeña Crimea va a suponer ya un esfuerzo considerable, incrementado por las sanciones occidentales a las empresas que intenten operar en su territorio. Absorber el empobrecido Este de Ucrania sería a corto plazo un enorme lastre económico. Además, incluso para los apáticos estándares occidentales de respuesta, la entrada abierta de fuerzas rusas en el Este ucraniano provocaría una ruptura total con Moscú, de consecuencias negativas para todos, pero especialmente para los intereses rusos.

Un objetivo más realista es mantener la situación que hasta ahora se ha considerado satisfactoria para Vladimir Putin y los estrategas del Kremlin, y que puede resumirse en unas pocas palabras: una Ucrania no alineada con Occidente y que mantenga una relación privilegiada con Moscú.

Para conseguir ese objetivo Moscú tiene que deshacerse de los actuales dirigentes de Kiev, que han llegado al poder precisamente por su radical defensa de todo lo contrario. La ascensión al poder de un candidato que por convicción o pragmatismo acepte las condiciones impuestas por el Kremlin sería una situación final muy satisfactoria. Pero incluso un equilibrio entre fuerzas políticas, que hiciese imposible un abierto giro de Kiev hacia Occidente, sería un escenario aceptable.

Así pues, no parece que la intención de Vladimir Putin sea invadir Ucrania. De hecho no le han faltado excusas para hacerlo en las últimas semanas, en las que la sangre ha corrido ya en abundancia en Donetsk y Odessa. Pero parece que la estrategia del líder ruso se inclina más hacia la desestabilización que hacia la invasión. El objetivo sería deslegitimar al gobierno de Kiev, crear una situación de vacío de poder sobre el terreno, y sabotear el normal desarrollo de las elecciones del 25 de Mayo. Todo ello hasta que pueda iniciarse un proceso electoral en el que un candidato del agrado del Moscú sea de nuevo favorito, o hasta que se acepte una descentralización extrema del estado ucraniano, que lo mantenga bajo una amenaza permanente de partición si sus dirigentes intentan abandonar la órbita de Moscú.

Muchos de esos objetivos se han alcanzado ya en un grado bastante aceptable. Grupos de milicianos armados han ocupado docenas de edificios oficiales, se han enfrentado con éxito notable a la policía y las fuerzas armadas ucranianas y han celebrado un referéndum que, pese a ser claramente una farsa, ha servido para llenar los titulares de prensa con imágenes de cientos de ciudadanos esperando su turno para votar. La reacción de Kiev ha sido a veces contenida y a veces exagerada, cayendo con frecuencia en las provocaciones de los milicianos. Con este déficit de coherencia en su actuación han conseguido aparecer como impotentes ante sus apoyos políticos más radicales, y como intolerablemente agresivos ante la población de las regiones rebeldes. Lo más importante, y también lo más inquietante, es que las actuaciones del actual gobierno ucraniano demuestran que, fuera de Kiev, carece del grado de control deseable sobre muchos de los instrumentos del estado, desde las fuerzas armadas hasta la policía, pasando por las autoridades regionales y locales.

Al contrario que en Crimea, la presencia de fuerzas militares rusas entre los rebeldes no ha podido confirmarse de manera categórica. Ciertamente, resulta muy sospechoso que en pocas semanas una milicia se organice, adquiera un equipamiento tan completo y alcance una eficacia en combate tan notable sin apoyo exterior. La sombra de Moscú resulta evidente desde el análisis de los hechos, pero no resulta tan evidente sobre el terreno. Cabe suponer que elementos de los servicios de inteligencia o de alguna de las numerosas fuerzas de operaciones especiales rusas están prestando asesoramiento y apoyo directo a los rebeldes, pero su actuación ha sido discreta hasta el momento. Lo que se ha visto es una curiosa, pero no por ello menos inquietante, mezcla de veteranos de guerra, agitadores profesionales de oscuro pasado, grupos violentos movilizados por oligarcas locales y una población que se muestra cada vez más hostil hacia Kiev.

Frente a ellos se han encontrado con soldados y policías ucranianos visiblemente incómodos con sus órdenes, y que en los primeros días de la crisis entregaban fácilmente sus armas, cuando no cambiaban directamente de bando. La ineficacia de las fuerzas de seguridad convencionales ha llevado a Kiev a utilizar cada vez más a la guardia nacional, en la que se han alistado militantes con mayor motivación y también mayor disposición a utilizar la violencia. De hecho, algunas de sus unidades no se diferencian demasiado de sus oponentes pro-rusos del otro lado de la barricada.

Se han producido ya secuestros, ejecuciones y sangrientos enfrentamientos entre civiles armados, como los que terminaron en masacre en Odessa. Hay helicópteros derribados, blindados incendiados y docenas de muertos. La autoridad del estado es ya marginal en las regiones de Donetsk y Luhansk, y dudosa en otras zonas. Y lo peor es que la cadena de acontecimientos, los hechos y las imágenes, se parecen cada vez más al inicio de la tragedia de la desintegración yugoslava a principios de los años 90. Solo que ahora se trata de un país con el doble de población, y que hace frontera tanto con la UE como con Rusia.

En este punto surge la duda sobre hasta qué punto Vladimir Putin controla los acontecimientos que él mismo ha contribuido decisivamente a desencadenar. La recomendación de Putin  a los rebeldes ucranianos de no celebrar el referéndum del 11 de mayo fue para algunos un esperanzador signo de distensión, que duró apenas dos días hasta que el presidente ruso hizo su triunfal aparición en Crimea en el Día de la Victoria sobre la Alemania nazi. Pero para otros fue quizás una primera indicación de que Putin no controla del todo lo que ocurre en el Este de Ucrania. Oligarcas locales y extremistas de diverso pelaje pudieran ser los que llevan la iniciativa. Un escenario no demasiado atractivo. En general, la rivalidad geopolítica siempre resulta menos inquietante que el caos.

Las sanciones económicas han hecho cierta mella en la economía rusa, aunque más por el clima de inseguridad propio de la crisis que por las sanciones en sí. Rusia no pasa por su mejor momento económico y son de sobra conocidos los desequilibrios de su economía. Pero también tiene puntos fuertes que pasan más desapercibidos, como una deuda pública de apenas el 14% de su PIB, unas reservas en divisas de casi medio billón de dólares y unos recursos en materias primas sin parangón en el resto del mundo. Resulta evidente que Rusia venderá cada vez menos gas a la Unión Europea, pero intentará compensarlo con la inmensa demanda de China, que deberá sustituir el carbón por el gas y la energía nuclear en las próximas décadas si no quiere que sus ciudades se ahoguen por la polución. No obstante, para ello Rusia tendrá que construir gaseoductos que todavía están en proyecto, y aceptar precios bajos, impuestos por Beijing desde una cómoda posición de dominio de la demanda.Respecto a la reacción occidental continúa siendo poco más que simbólica. La OTAN se concentra en reforzar sus fronteras, intentando disipar los lógicos temores de los aliados más orientales. La Unión Europea, dividida por los diferentes intereses de sus miembros, trata desesperadamente de encontrar un punto a partir del cual se pueda iniciar la desescalada del conflicto. Y Estados Unidos se ve atenazado tanto por la desgana de involucrarse en otra crisis europea como por la escasa convicción de sus aliados.

Con todo, Putin está asumiendo riesgos importantes. Aunque más sólida de lo que habitualmente se considera, la economía es su principal talón de Aquiles, y no podría soportar mucho tiempo una acción realmente decidida de Occidente. Pero probablemente confíe en que esa acción decidida es muy improbable. Implicaría un daño apreciable a algunas economías europeas en un momento crítico, y sobre todo a la propia Ucrania, que depende en gran medida de su relación económica con Rusia. Bloquear la economía rusa y mantener a flote la ucraniana necesitaría de una unidad de acción y una disposición al sacrificio que no resulta esperable en la Europa que conocemos.

En cualquier caso, la soberanía de Kiev en el Sureste del país se está desintegrando, y el proceso corre el riesgo de contagiarse a otras regiones. Las elecciones del 25 de mayo se celebrarán con bastante normalidad en gran parte del territorio nacional, pero no en Donetsk y Luhansk, donde viven seis millones y medio de ucranianos, y menos en Crimea donde otros dos millones de ciudadanos han pasado a depender de la Federación Rusa. El argumento de que las elecciones carecerán de legitimidad, especialmente en las regiones rebeldes, está servido. Y los dirigentes de la revuelta de la Plaza Maidán dejarán probablemente paso a oligarcas como Petro Poroshenko, más acostumbrados al idioma que se habla en el Kremlin.

La ventaja rusa en la conducción de la crisis sigue siendo evidente, aunque la evolución sobre el terreno se hace cada vez más preocupante. Mala sería una situación final en la que una Europa impotente se resignase a que Ucrania nunca abandone la órbita de Moscú. Pero aún sería peor la perspectiva de un agujero negro a las puertas de Europa, apenas controlado por un precario equilibrio entre extremistas, caciques y criminales. Estados Unidos se juega en esta crisis su ya debilitado prestigio como superpotencia, pero lo que se juega Europa es sencillamente su estabilidad futura. Cabría por tanto esperar algo más de energía y compromiso en la conducción de la crisis.

*José Luis Calvo Albero es Coronel del Ejército de Tierra, Diplomado en Estado Mayor.


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