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Innovación y Revolución en los Asuntos Militares: una perspectiva no convencional

Por Javier Jordán*

Se ha escrito mucho sobre la Revolución en los Asuntos Militares (RMA en sus iniciales en inglés) y sobre la Transformación de la Defensa, dos términos de moda en la década de 1990 y principios de la de 2000. El inicio de las intervenciones militares en Afganistán e Irak pareció dar la razón a quienes compartían sus postulados. Sin embargo, su aparente ineficacia a la hora de enfrentarse las insurgencias posteriores rebajó drásticamente las expectativas generadas por ambos conceptos.

 

No es mi intención repetir en este análisis las ideas que ya han expuesto numerosos autores anglosajones sobre la RMA. Y en la medida de lo posible voy a tratar de mantenerme alejado del debate –a veces bizantino– sobre los tipos y subtipos de revolución militar y sobre cuántas revoluciones se han producido a lo largo de la Historia. Para quienes no estén familiarizados sobre este tema les recomiendo los excelentes trabajos en español de Guillem Colom (2008),José Luis Calvo (2001), y en particular la explicación de Josep Baqués (2013) en este fragmento de su capítulo en el Manual de Estudios Estratégicos. De hecho, en este análisis vamos a seguir la misma terminología que utiliza Baqués:

  • Revolución Tecnológica Militar (RTM). Es un concepto empleado por algunos pensadores militares soviéticos, en especial por el mariscal Nicholai Ogarkov entre finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 para referirse a los hipotéticos efectos que tendría sobre el campo de batalla la aplicación de los avances tecnológicos en materia de inteligencia, comunicaciones, mando y control, y ataque de precisión. Avances sobre los que hablamos en un análisis anterior dedicado al estudio de la Batalla Aeroterrestre. Los soviéticos desarrollaron la idea de la RTM y desearon aplicarla a sus fuerzas militares, pero la distancia existente entre objetivos y medios (el propio Ogarkov reconoció públicamente en 1982 que el Ejército Rojo estaba dos generaciones detrás de los americanos en tecnología) les impidió llevarla a la práctica.?
  • Revolución en los Asuntos Militares (RMA). Es un concepto introducido a principios de la década de 1980 por Andrew W. Marshall, director de la Oficina de Net-Assessment del Pentágono. Marshall tuvo acceso a las reflexiones de los soviéticos y aceptó su punto de vista sobre el carácter potencialmente revolucionario de las nuevas tecnologías. Pero Marshall fue más allá al cambiar la ‘T’ por la ‘A’. Para ser una auténtica revolución los avances tecnológicos debían ir en paralelo a cambios profundos en la doctrina, adiestramiento y orgánica de las fuerzas armadas. Pocos años después, tras la victoria aliada en la Guerra del Golfo en 1991, las ideas de Marshall recibieron nueva y profunda atención y dieron origen al debate sobre la existencia en la actualidad de una RMA asociada a las tecnologías de la información (IT-RMA, de Information-Technology Revolution in Military Affairs en adelante).?
  • ?Revolución Socio-Militar (RSM). Otros autores se refieren a este tipo de cambio como Revolución Militar a secas, pero la ‘S’ es adecuada pues ayuda a distinguir con más claridad este concepto de los anteriores. La idea de la RSM precede a los autores que acabamos de mencionar. Se remonta al historiador británico Michael Roberts, quien en 1955 empleó el término revolución para referirse a las transformaciones políticas, militares y sociales acaecidas entre mediados de los siglos XVI y XVII. En 1976 Geoffrey Parker criticó el trabajo de Roberts no por el concepto en sí, sino por aspectos de carácter histórico. Según Parker la revolución a la que aludía Roberts se había producido unos cien años antes. A partir de ahí siguió un fecundo debate académico en el que no vamos a entrar. Sólo me interesa destacar que una RSM entraña un conjunto de cambios más amplio que el de una RMA, pues afecta al contexto social, político, económico y cultural en que se enmarcan las organizaciones militares y en consecuencia limita en unos casos, e impulsa en otros, las grandes transformaciones de los ejércitos.

Una vez aclarada la terminología asociada a las revoluciones militares, vamos centrarnos en algunos aspectos de la RMA que adquieren una luz diferente cuando son contemplados desde la perspectiva de los estudios de innovación militar. Comencemos por el primero.

Distinguiendo entre innovación militar y RMA

En un análisis anterior hemos definido la innovación militar como el resultado de un proceso de cambio integral que afecta sustancialmente a la doctrina, al adiestramiento y, a menudo, a la orgánica y/o materiales en una o varias ramas de un ejército, y que supone un aumento considerable de la efectividad al cumplir alguna o varias de las misiones asignadas.

Lógicamente una RMA es un cambio mucho más profundo que una simple innovación o que incluso lo que Stephen Peter Rosen (1988: 34) entiende como una ‘gran innovación militar’. Apuntamos dos definiciones de RMA de autores de referencia que reflejan bien el carácter del cambio:

Por un lado la de Andrew Krepinevich, 1994: 30:

¿Qué es una revolución militar? [aludiendo a lo que en este artículo entendemos como RMA] Es lo que ocurre cuando la aplicación de nuevas tecnologías en un número significativo de sistemas militares, se combina con conceptos operacionales innovadores y adaptaciones organizativas de un modo que altera fundamentalmente el carácter y la conducción del conflicto. Y lo hace mediante un incremento dramático –a menudo de un orden de magnitud o más– en el potencial de combate y en la efectividad militar de las fuerzas armadas.

Y, de manera complementaria, Michael Horowitz & Stephen P. Rosen (2005: 441) definen la RMA como:

 

una combinación de nuevos objetivos y estructuras organizacionales con nuevas prácticas en el campo de batalla que a veces, pero no siempre, se encuentra impulsada por nuevas tecnologías […] Es una revolución porque no es un cambio incremental en la estructura organizativa y en la práctica, sino un nuevo orden militar en el que elementos dominantes previos son reemplazados o subordinados a los nuevos constructos organizativos. Las RMAs han dado lugar históricamente a un incremento del poder militar observable en un orden de magnitud en el alcance de las operaciones militares dentro de un determinado marco temporal y con un número dado de fuerzas, o en una reducción de un orden de magnitud en el número de fuerzas necesarias para defender objetivos en un tiempo determinado. Las fuerzas empleadas, el alcance territorial y el tiempo son medidas observables cruciales en las consecuencias de las RMAs.

A partir de ambas definiciones podríamos entender una RMA como la combinación de varias innovaciones (y grandes innovaciones) en el seno de las fuerzas armadas durante un periodo concentrado de tiempo. Un periodo que puede ser relativamente largo, pues como ya hemos visto en el Análisis GESI sobre las fases de la innovación militar, los procesos de innovación suelen requerir una o varias décadas en su desarrollo.

Por tanto, la radicalidad del cambio no se encuentra en la rapidez con que se produce sino en su carácter discontinuo y en el calado de sus consecuencias. En esto se asemejan más a las revoluciones científicas. Y al igual que éstas lo más común es que las nuevas etapas del progreso de corte revolucionario superen e integren, pero no destruyan, las conquistas previas o, al menos, no lo hagan con una parte sustancial de las mismas. Dicho de otro modo, las novedades suelen convivir más o menos armónicamente con sistemas de armas, con orgánicas y con doctrinas provenientes de etapas teóricamente superadas (Jordán y Baqués, 2014: 55).

Bajando de la abstracción a lo concreto, la combinación de ambas perspectivas de estudio (la de la innovación y la de la revolución) nos permite hilar más fino a la hora de entender un cambio como revolucionario. Por ejemplo, algunos autores han calificado como RMAs producidas durante la Segunda Guerra Mundial el bombardeo estratégico, la guerra submarina, los grupos de combate de portaviones, la Blitzkrieg o la guerra anfibia. Según dichos autores, se trataría de RMAs enmarcadas en una RSM vinculada a dicho conflicto.

Sin embargo, desde el punto de vista que estamos aplicando, esos cambios no serían RMAs, sino grandes innovaciones militares (a las que se podría añadir por ejemplo, el sistema de defensa aéreo integrado de la RAF). La combinación de tales innovaciones sí que daría lugar a una auténtica RMA. Una RMA enmarcada además en la RSM del momento, caracterizada entre otros factores por el ascenso al poder de los totalitarismos y la importancia creciente de la opinión pública en las democracias occidentales.

Del mismo modo, durante la Primera Guerra Mundial se puso de manifiesto otra RMA, resultado de grandes innovaciones militares procedentes de la revolución industrial del siglo XIX, así como de la RMA (y RSM) que tuvieron lugar durante las guerras napoleónicas. Fruto de dichas innovaciones serían la capacidad de movilizar y equipar a grandes ejércitos, de abastecerlos y trasladarlos por ferrocarril, de coordinarlos mediante el telégrafo y, más tarde, el teléfono, y de hacerlos combatir con una enorme potencia de fuego mediante los avances en la artillería y las armas de repetición. A ello habría que añadir otras innovaciones asociadas a avances tecnológicos como el submarino, la aviación o el carro de combate. A su vez, la Primera Guerra Mundial también supuso la eclosión de otra RSM manifestada en cambios sociales, políticos, económicos y culturales de gran calado durante las últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del XX.

¿Nos encontramos ante una nueva RMA?

Como ya he adelantado, no tengo intención de reproducir en este análisis los argumentos a favor y en contra de la existencia actual de una RMA asociada a las tecnologías de la información (IT-RMA). Mi opinión personal es afirmativa, aunque creo que dicha RMA se está materializando de un modo diferente a como se vislumbró en la década de 1990. Vayamos por partes.

Por un lado, es fácilmente apreciable que el contexto político, económico, social y cultural es propio de un RSM. La revolución en las tecnologías de la información, la enorme atención que prestan los políticos a la opinión pública, la importancia de los valores posmateriales, las bajas tasas de natalidad, el vaciamiento de las identidades tradicionales, la omnipresencia de los medios de comunicación y otros factores (Baqués, 2013: 136-137) condicionan significativamente el modo de operar de los ejércitos y afectan a los recursos humanos y materiales con que éstos pueden contar.

Por otro, es innegable que desde hace casi tres décadas los arsenales occidentales (en particular los de Estados Unidos) disponen de sistemas de inteligencia, de mando y control, de plataformas bélicas y de municiones cada vez más avanzadas. Ya hablamos de algunos de ellos en el análisis sobre la Batalla Aeroterrestre. Las intuiciones de Ogarkov y de otros pensadores soviéticos sobre la RTM estaban fundadas. Sin embargo, la RTM se circunscribía a la dimensión tecnológica. Mientras que ese tipo de avances, si no van acompañados de cambios doctrinales, de adiestramiento y –a veces– orgánicos, no suponen siquiera una innovación militar. Y aquí es donde radica el núcleo del debate sobre la IT-RMA actual. ¿Se han producido las enormes transformaciones en doctrina y estructura de las que nos hablan Krepinevich, Horowitz y Rosen en las definiciones que hemos visto líneas atrás?

La IT-RMA ‘convencional’

En el ámbito de las fuerzas armadas convencionales la existencia de una IT-RMA completamente desarrollada resulta cuestionable. Es verdad que en los conflictos de las dos últimas décadas se aprecian atisbos de cambios revolucionarios en las capacidades y el modo de actuar de los ejércitos. Cambios que han contribuido a que se diesen resultados cualitativamente superiores en el campo de batalla.

Sin embargo, los casos acumulados hasta ahora no son del todo concluyentes. Los principales partidarios de la RMA reconocen que la guerra del Golfo de 1991 fue más una guerra propia de la era industrial que un conflicto de la era de la información, también por el lado de la coalición liderada por Estados Unidos. Y ello a pesar de que algunas de sus líneas de actuación casasen bien con la idea de la IT-RMA, como fue el empleo de los misiles de crucero, los aviones stealth, las municiones inteligente, y los sistemas de inteligencia, mando y control (Cohen, 1996: 40).

Del mismo modo, las intervenciones occidentales en Balcanes, Afganistán, Irak y Libia tampoco permiten llegar a conclusiones definitivas, pues los adversarios eran muy desiguales en términos convencionales. Sin necesidad de una IT-RMA en curso, la victoria aliada habría sido seguramente aplastante. Un problema similar se encuentra la Operación Plomo fundido, protagonizada por las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) contra Hamas entre diciembre de 2008 y enero de 2009. Aunque en ella se produjeron cambios importantes en lo tecnológico, y doctrinal, en el adiestramiento y la orgánica (que ya analizamos en un post anterior), la disparidad de fuerzas fue tal que tampoco resulta concluyente.

Hay un caso anterior –y menos mencionado– en el que se aprecia de un modo más claro la ventaja que otorga el empleo innovador de la inteligencia y de los sistemas de mando y control asociados a la IT-RMA. Se trata de la operación israelí contra el sistema de defensa aérea sirio en la guerra del Líbano de 1982. Mediante el empleo innovador de tácticas, materiales y sistemas de mando las IDF neutralizaron las defensas antiaéreas sirias –las mismas que les habían provocado graves pérdidas nueve años antes, en la guerra del Yom Kippur– y barrieron del cielo a la fuerza enemiga sin apenas sufrir bajas. En tres días los israelíes destruyeron 19 baterías antiaéreas y derribaron entre 81 y 88 aviones sirios sin perder un solo aparato. Puede leerse un resumen de dicha operación y de la función que desempeñaron en ella los drones de inteligencia en este post de nuestro blog Mosaico. Aun así, este caso es demasiado puntual y acotado como para que a partir de él se pueda hablar de una IT-RMA.

Por otra parte, en los conflictos que acabamos de mencionar se observa que los soldados de Estados Unidos y de algunos de sus aliados son ahora mucho más letales que los de hace unas décadas. Y ello no porque las bombas sean más poderosas, sino porque mediante las comunicaciones, los designadores láser y el GPS pueden concentrar con enorme precisión el fuego procedente de la artillería, de la aviación o de los misiles de crucero (Cohen, 2004: 403). Esto también sería otro indicio de IT-RMA.

Pero a pesar de todas estas intuiciones, mientras dichas fuerzas no se enfrenten contra un adversario con el que exista un equilibrio aproximado de capacidades convencionales no quedará patente la existencia de un salto revolucionario en la doctrina y orgánica de las fuerzas armadas. Un salto que sólo se podrá juzgar en base a los resultados en el campo de batalla y a la proporción de fuerzas empleadas a la hora de conseguir esos resultados, tal como lo expresan las dos definiciones de RMA que hemos recogido más arriba.

La IT-RMA ‘no convencional’

Ha sido en los conflictos no convencionales donde en apariencia naufragó la idea de la RMA y donde, paradójicamente, se han producido los avances más revolucionarios. Nos explicamos.

Como suele suceder cuando un tema se convierte en trending topic, en la década de 1990, junto a análisis rigurosos proliferaron opiniones poco fundamentadas que exageraron las posibilidades y expectativas de la revolución en ciernes. Algunos de los más fervorosos partidarios de la IT-RMA afirmaron que los avances tecnológicos proporcionarían a las fuerzas norteamericanas una conciencia situacional (situational awareness) perfecta sobre lo que sucedía dentro de un cubo imaginario de 200 millas por 200 millas, cubo que representaba la zona de operaciones. En la misma línea, el almirante Owens (2000), otro de los defensores de la IT-RMA, desafió al mismísimo Clausewitz en el libro Lifting the Fog of War [Disipando la niebla de la guerra], cuyo título permite hacerse una idea de la atrevida tesis de su autor.

En la práctica estas actitudes hicieron más mal que bien, desde el punto de vista argumentativo, a quienes defendían la existencia un proceso revolucionario. Sobre todo, cuando el marasmo de las insurgencias de Irak y Afganistán a mediados de la década de 2000 pusieron al descubierto los límites de la tan cacareara IT-RMA.

La supuesta inteligencia situacional fracasó estrepitosamente en las calles de Bagdad y de Faluya (por citar sólo dos poblaciones). El cubo de las 200 millas era una auténtica quimera. Los avanzados sistemas de inteligencia electrónica parecían extemporáneos en un entorno donde cada policía o soldado local, funcionario, contratista o vendedor ambulante podía ser una amenaza y cada insurgente un potencial aliado (Lindsay, 2013: 436).

Los promotores de la IT-RMA habían descuidado casi por completo la inteligencia humana (HUMINT) en la preparación y conducción de las operaciones militares. Y al tratar de obtener información mediante HUMIT este sistema desvelaba su abrumadora complejidad, con la carga de riesgo, subjetividad, doblez, autoengaño y traición que le es propia. Hablar de inteligencia situacional perfecta en tales entornos resultaba sarcástico.

Por otra parte, la lucha contra la insurgencia (COIN) en Afganistán e Irak cambió el foco de atención. La clave ya no estaba en la ventaja tecnológica sino en ganarse las ‘mentes y corazones’. Se pasó del network-centric warfare del vicealmirante Cebrowsky (un concepto fundamental de la IT-RMA) a un modelo centrado en la población local. En consecuencia, elcultural awareness se convirtió en otro de los términos imprescindibles del vocabulario militar conforme avanzaba la década de 2000.

Pero a pesar de todo ello, si examinamos en detalle –y sin apasionamiento– el papel que ha jugado la tecnología en las operaciones COIN de Irak y Afganistán (por no hablar de las campañas de ataques con drones en Pakistán y Yemen) no cabe más remedio que admitir suenorme valor como multiplicador de fuerza.

El propio general Petraeus (una figura clave en la reinvención de doctrina COIN norteamericana y crítico con la idea de que la IT-RMA permitía reducir drásticamente el número de tropas sobre el terreno) lo admitía en 2007: “He sido un escéptico durante años de la network-centric warfare”, pero gracias a la inversión del Pentágono en ese tipo de tecnologías, las fuerzas armadas norteamericanas cuentan con la capacidad de “transmitir datos, video, fotos, imágenes e información. Ahora puedes determinar con mayor efectividad quién es el enemigo, encontrarlo y capturarlo o matarlo; y percibir al mismo tiempo qué está sucediendo en el área mientras lo haces, -dónde están las fuerzas amigas y qué plataforma quieres emplear.” (Shachtman, 2007).

Esto es claramente apreciable en la campaña de ataques con drones en Pakistán o en Yemen. Esta última compartida entre la CIA y el mando conjunto de operaciones especiales norteamericano (JSOC). En un trabajo previo hemos analizado en detalle los estragos que han causa en Al Qaeda Central los ataques con drones armados. Unos resultados que muy probablemente han sorprendido a quienes pusieron en marcha la campaña. De esta manera me atrevería a calificar el modo como se están empleando los drones armados de innovación –e incluso– de gran innovación. Una innovación que es “militar” en la medida en que el JSOC participa con la CIA en la campaña de Yemen.

Por otra parte, y yendo más allá del empleo de drones, la transformación experimentada por el mando de operaciones especiales de Estados Unidos (US SOCOM) desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, y el protagonismo que este tipo de unidades han adquirido en la lucha contra objetivos humanos de alto valor (HVT en iniciales inglesas) de  redes terroristas transnacionales o grupos insurgentes constituye otra gran innovación militar que se aproxima a lo revolucionario. Es más, muchos de esos cambios se han beneficiado de las tecnologías y conceptos doctrinales asociados a la IT-RMA. (Lindsay, 2013).

Hay dos ejemplos particularmente reseñables:

  • Las operaciones terrestres en Afganistán durante los seis primeros meses de la campaña fueron dirigidas o realizadas por unidades especiales. Las fuerzas convencionales se emplearon en apoyo de éstas, y en determinadas misiones estuvieron bajo el mando de las fuerzas de operaciones especiales. Ello supuso un cambio innovador con respecto a la estructura tradicional donde las fuerzas de operaciones espaciales actúan en apoyo de las unidades convencionales. La situación volvió a la ‘normalidad’ durante la operación Anaconda (marzo de 2002), cuando las unidades de operaciones especiales asumieron su rol habitual de multiplicador de fuerza del ejército convencional. Este cambio doctrinal y orgánico fue posible gracias a las tecnologías asociadas a la IT-RMA (Lee, 2002).
  • Los cambios operados en el Joint Special Operations Command (JSOC, uno de los componentes del US SOCOM) en la neutralización de cuadros insurgentes y terroristas. Se trata de un tema justificadamente polémico por los abusos a prisioneros cometidos por JSOC y por su modo de actuar de esta unidad en países con los que Estados Unidos no estaba en guerra (Scahill, 2013). Pero analizado exclusivamente desde el punto de vista de nuestro estudio, lo que consiguió el General Stanley A. McChrystal (jefe del JSOC entre 2003 y 2008) encaja claramente en el concepto de innovación militar. Una innovación además disruptiva, pues supuso una mejora sustancial en un modo de operar y combatir que hasta ese momento no había sido particularmente valorado (Pierce, 2004: 1).

Exponer en detalle la innovación experimentada en el JSOC requeriría otro análisis. Baste ahora con señalar que el General McChryistal aplicó el principio de que para derrotar a una red (insurgente o terrorista) era necesaria otra red (la del JSOC). Una idea que justificó en un artículo publicado en un número de la revista Foreign Policy en 2011 a raíz de sus experiencias de Irak y Afganistán. Dicho principio ya había sido expresado unos cuantos años antes por John Arquilla y David Ronfeldt (1997) al teorizar sobre la netwar.

Gracias a las tecnologías propias de la IT-RMA y a una serie de cambios doctrinales y orgánicos adaptados a ellas, el JSOC fue capaz de aplicar el ciclo Find, Fix, Finish, Exploit, and Analyze de manera reiterada: los analistas encontraban a los cuadros de mando insurgentes mediante inteligencia humana y de señales, los operadores de drones fijaban el blanco, los equipos de operaciones especiales lo detenían o mataban, y simultáneamente otros especialistas procesaban la información capturada en la operación (agendas de teléfonos, discos duros, detenidos, mapas, etc) y se la entregaban a los analistas que buscaban nuevos objetivos para repetir el ciclo.

Ambos son ejemplos de innovaciones propias de la IT-RMA. De hecho, la transformación del SOCOM y en particular del JSOC también encajaría en el concepto de ‘gran innovación militar’ de Stephen P. Rosen. En sí mismos no suponen el desarrollo completo de la IT-RMA, pero sí que podemos entenderlos como jalones de un proceso revolucionario en el empleo de la fuerza militar, que se manifiesta en cambios de magnitud en la efectividad y en el volumen de fuerzas requeridas.

Es verdad que el empleo innovador de los drones armados y de las unidades de operaciones especiales no se ha traducido en victorias decisivas en las campañas COIN de Irak y Afganistán. Pero conviene tener presente que la innovación militar entraña incremento en la efectividad, no necesariamente supremacía en la guerra. Un ejército puede cosechar éxitos en el nivel táctico y operacional gracias a la innovación y, a pesar de ello, la victoria resultarle elusiva por limitaciones o errores en la concepción operacional y estratégica del conflicto.

Al mismo tiempo, las campañas COIN de Irak y Afganistán pertenecen a un modelo de guerra especialmente difícil de ganar. Cuando un ejército extranjero libra una contrainsurgencia en apoyo de un gobierno local sus probabilidades de victoria resultan limitadas por muy poderoso y efectivo que sea. De hecho, según el estudio de Ben Connable y Martin C. Libicki (2010) sobre una muestra de 89 casos, las probabilidades de victoria para el gobierno son mayores si no cuenta con el apoyo de fuerzas extranjeras (por paradójico que esto pueda parecer). En ese estudio también se constata que la lucha contra la insurgencia suele durar una media de diez años (y en algunos casos bastante más), y los gobiernos occidentales rara vez cuentan con la ‘paciencia estratégica’ necesaria para mantener el empuje durante tanto tiempo. Máxime si le añadimos los condicionantes políticos que sus respectivas sociedades imponen a las misiones de estabilización y a las campañas COIN. Dicho de otro modo, la RSM actual no es un contexto propicio para que la fuerzas armadas (estén inmersas o no en una IT-RMA, actúen de modo convencional o no) se hagan con la victoria en grandes campañas COIN.

En cambio la RSM vigente sí que favorece las actuaciones militares de perfil bajo y con un alto componente de inteligencia estratégica materializado en los ataques con drones, en el empleo discreto de las unidades de operaciones especiales en misiones de HVT y en acciones de ciberguerra (por ejemplo, el Stuxnet contra el programa nuclear iraní). Son tres líneas de actuación que la Administración Obama heredó de la Administración Bush y que, a pesar de las diferencias entre una y otra, el presidente Obama ha mantenido y –de hecho– ha expandido (Sanger, 2012). Y todo ello gracias a las oportunidades que plantea la IT-RMA.

Conclusión

La velocidad con que se desvaneció el interés en la revolución en los asuntos militares tras complicarse el panorama en Irak y Afganistán fue prematura. La RMA no fue una víctima de ambas insurgencias, ni tampoco es exacto que exista una dicotomía RMA vs COIN. Lo que sucedió más bien es que algunos tiraron el niño con el agua de la bañera al querer dar carpetazo al asunto RMA. No obstante, el proceso de la IT-RMA ha seguido avanzando, aunque lo ha hecho –y este es nuestro argumento central–de manera diferente a como se esperaba las décadas de 1980 y 1990.

A quien sí han afectado seriamente las insurgencias afgana e iraquí ha sido a los procesos de Transformación de la Defensa. Unos procesos que debían traducirse en innovaciones en la línea de la IT-RMA dentro de las fuerzas convencionales pero que se han visto desfondados por ambos conflictos. Las campañas COIN han consumido una cantidad ingente de recursos que inicialmente estaban previstos para la modernización del material y el adiestramiento conjunto. Aunque no ha sido la única razón, las guerras de Irak y Afganistán han tenido mucho que ver en el descarrilamiento del gran proyecto Future Combat Systems del US Army. Además, ante los requerimientos urgentes que planteaban ambos escenarios, los ejércitos tuvieron que dotarse con medios sin aprobación expresa de la oficina responsable de la Transformación en el Pentágono (como fue el caso, por ejemplo, de los vehículos de protección contra IEDs, adquiridos tanto por el US Army como por el US Marine Corp) (Colom, 2011: 6-7)

Una vez finalizadas las dos campañas COIN, es probable que en los próximos años seamos testigos de nuevas innovaciones en las fuerzas convencionales. Especialmente en los ámbitos naval y aéreo, en línea con el ‘pivot to East-Asia’ y con el desarrollo de la llamada AirSea Battle, un proceso que puede convertirse en cuna de cambios tecnológicos, doctrinales y orgánicos de calado. Algo que ya vimos que sucedió hace tres décadas con motivo de la Batalla Aeroterrestre.

*Javier Jordán es Profesor Titular de Ciencia Política y director del Máster en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada

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