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¿Por qué es importante la doctrina militar?

Por Carlos Javier Frías Sánchez*

La ‘doctrina’ es un término que se emplea con frecuencia, pero al que no siempre se da la importancia que tiene: para J.F.C. Fuller, la doctrina es ‘la idea central’ de un Ejército. Haciendo un símil sencillo, los Ejércitos son ‘herramientas’ diseñadas, equipadas y adiestradas para ejecutar una tarea concreta (que sería su ‘doctrina’). Dos Ejércitos con doctrinas diferentes son en la práctica ‘herramientas’ diferentes, de la misma forma que una llave inglesa es distinta de un martillo y sirven para tareas diversas. Si se intentan emplear de manera diferente de la proyectada, sus resultados serán siempre inferiores a lo deseable, como si empleamos una llave inglesa para clavar clavos.

La doctrina condiciona la táctica, la organización, los materiales, el adiestramiento y la enseñanza de un Ejército. Un caso muy evidente que permite detectar el impacto de la doctrina puede verse en el desarrollo de la doctrina de ‘guerra de maniobra’ en los años 20-30 del siglo XX. Partiendo de una misma experiencia (la I Guerra Mundial), los alemanes desarrollaron una doctrina de guerra de movimiento (la Blitzkrieg), mientras que los franceses perfeccionaron la guerra de trincheras de 1914-1918. Las diferencias entre ambos enfoques puede verse comparando el carro de combate francés par excellence de 1940, el Char de Bataille B-1 bis con el Pzkw-III alemán.

La doctrina francesa concibe el carro como un elemento de apoyo a la Infantería. Su despliegue se hacía intercalándolo en las filas de la Infantería que avanza sobre las trincheras enemigas, con la función de abrir brecha en las alambradas y destruir los puntos de resistencia (nidos de ametralladoras, pequeñas fortificaciones) que pudieran quedar después del bombardeo artillero. Como consecuencia, el Char de Bataille B-1 bis es un carro lento (no es necesaria la velocidad para ir al paso de la Infantería), pesadamente acorazado (para resistir los impactos de la Artillería enemiga), armado con un cañón de 75 mm situado en la parte frontal del casco (los objetivos posibles aparecerán siempre a vanguardia, pues el avance se hace en líneas y a los flancos sólo habrá Infantería y carros propios), junto con otro cañón de 47 mm en una torreta giratoria, como arma secundaria pensada para destruir objetivos móviles (otros carros enemigos) y un par de ametralladoras (para batir a la Infantería enemiga). Su torre sólo tenía espacio para un hombre, que debía ejercer de Jefe de Carro y de cargador y apuntador del cañón de 47 mm; si, además, era el Jefe de la Unidad de carros, también debía mandar su Unidad. Sin embargo, esto último no era un problema excesivo: el B-1 bis carecía de radio o de cualquier otro medio de transmisión, excepto un teléfono situado exteriormente que podía emplearse para que la Infantería a la que acompañaba el carro se comunicase con su tripulación. Tampoco se concebía el empleo de los carros de forma separada de la Infantería.

Por el contrario, el modelo alemán era mucho más ligero (23 t. por 30 t. del modelo francés), confiando su protección a la movilidad más que al blindaje; su velocidad era muy superior (40 km/h frente a 28 km/h) y su armamento más ligero (un cañón de 37 mm en torre giratoria y dos ametralladoras). Su torre permitía alojar a dos tripulantes, un apuntador y un Jefe de Carro, mientras que el cargador del cañón se situaba en el casco, bajo la torre. Esto permitía que el Jefe de Carro se concentrase en sus funciones propias: observar el terreno, tomar decisiones tácticas y, en su caso, mandar a su unidad. El Pzkw-III estaba dotado además de radio, lo que permitía al Jefe de una Unidad de Carros impartir órdenes.

Esta comparación pone de relieve que el proceso lógico es que la innovación en doctrina determine los materiales… Una estudio similar puede hacerse comparando la orgánica de las Unidades, el adiestramiento, la enseñanza e, incluso, el ‘estilo de mando’ de ambos Ejércitos. Pero, al final, la base de la innovación es doctrinal.

Existen casos en los que la aparición de nuevas tecnologías parece suponer cambios radicales en la conducción de las operaciones militares. Sin embargo, hasta que esas posibilidades tecnológicas no se transforman en una construcción doctrinal, su efecto es siempre limitado e incompleto (caso de la aviación en la I Guerra Mundial, y de las teorías sobre el ‘poder aéreo’ de Billy Mitchell o Douhet).

Como se ha citado, los Ejércitos son ‘herramientas’, y, como tales, sirven muy bien para unas tareas concretas, pero son inútiles para otras. Por ello, pese a que exteriormente los Ejércitos parezcan ‘iguales’, en el fondo pueden ser tan diferentes como lo son una sierra y un destornillador. Por eso, la comparación numérica de materiales entre dos Ejércitos sólo permite dar una ligera idea de las capacidades relativas: es como comparar dos herramientas por su tamaño, peso, color, relación madera/metal o cualquier otro dato objetivo, pero no siempre relevante.

También por ese motivo, habrá Ejércitos muy bien adaptados a determinadas tareas, pero muy poco capaces de realizar otras. Por ello, la definición de doctrinas siempre entraña riesgos: al final, la base para su desarrollo reside en ser capaz de deducir cómo va a ser el campo de batalla futuro, y adaptar al Ejército a ese hipotético campo de batalla. Cuanto mayor sea el acierto en esa labor prospectiva, mejor será la doctrina y mayor será la eficacia del Ejército en caso de conflicto, pero, en caso de error, el resultado será la derrota o un número importante (e innecesario) de bajas. Ésta es una de las razones que explican la ‘inercia doctrinal’ de los Ejércitos: las doctrinas vigentes son el resultado de una adaptación con éxito a unas condiciones del combate que pueden haber cambiado… o no, mientras que una doctrina ‘innovadora’ implica en gran medida entrar en un terreno desconocido y en el que un error puede resultar desastroso. También por eso la ‘adaptación’ (el cambio doctrinal en pleno conflicto) es más sencillo que la innovación doctrinal en tiempo de paz: la ‘adaptación’ se realiza cuando resulta evidente que la doctrina en curso no responde a las características reales del combate, mientras que en tiempo de paz esa inadecuación de la doctrina es sólo una hipótesis de difícil demostración.

Las características de la ‘herramienta’ condicionan el uso que el político puede hacer de ella. Como ejemplo, las garantías militares francesas a Polonia en 1939 tuvieron muy poco efecto disuasorio sobre Hitler, que invadió Polonia pese a tener a sus espaldas al potente Ejército francés… Sin embargo, Hitler era consciente de que la doctrina y los materiales franceses de 1939 eran completamente defensivos, por lo que una ofensiva francesa sobre Alemania quedaba descartada: pese a los deseos del Presidente francés, su ‘herramienta’ era inútil para el fin para el que pretendió emplearla.

Como en el caso de las herramientas, los Ejércitos se ven forzados a elegir entre características opuestas, de forma que lo que es adecuado para una función determinada es innecesario o perjudicial para otra: un mango largo puede ser muy bueno para dar fuerza a una llave inglesa, pero puede hacer inmanejable un destornillador de precisión… De la misma manera, una unidad de misiles balísticos puede ser muy útil en un conflicto de alta intensidad, pero absolutamente innecesaria para una operación de estabilización, pese a su complejidad y elevado coste. Como norma general, un Ejército adaptado a las operaciones de alta intensidad tiene cierta capacidad para realizar operaciones de estabilización (aunque contará con capacidades que no necesitará en éstas últimas), pero lo recíproco no suele ser cierto: un Ejército dedicado a las operaciones de estabilización carece de elementos esenciales para el combate de alta intensidad, sin las cuales simplemente no podrá sobrevivir en el campo de batalla. Por eso es arriesgado calcular la competencia de un Ejército en combate de alta intensidad partiendo de su comportamiento en operaciones de estabilización: son competencias diferentes, como nadar y correr.

Siguiendo con el símil de la herramienta, siempre ha existido la tentación de que los Ejércitos ‘valgan para todo’. Como en el caso de las herramientas, existen útiles ‘multipropósito’, como la famosa navaja suiza, que combinan gran número de herramientas en un solo elemento… Sin embargo, al igual que la navaja suiza, ni su destornillador, sus tijeras o su hoja  pueden competir con herramientas ‘profesionales’ especializadas en una sola función. En el extremo está la posibilidad de que lo que se pretende que sirva para todo, acabe no sirviendo para nada.

*Carlos Javier Frias Sanchez es Teniente Coronel de Artillería, Diplomado en Estado Mayor


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